Revista de pensamiento y cultura
/ ¿Existe la libertad? / Año IV N° 7 / Primavera - Verano 2004/05

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Cría Cuervos
(1975)

   
NOTA EDITORIAL
La ciudad y los cuervos

Ana camina rezagada unos metros detrás de sus hermanas. La cámara las sigue de cerca; de tanto en tanto se aleja, la ciudad entonces domina la escena. Madrid centellea bajo los rayos del sol de la mañana, luminosidad que fluye entre calles, aceras, edificios y gente rumbo al trabajo, y que de alguna forma intenta contrarrestar el claroscuro dominante durante casi todo el relato. Ahora las nenas corren, franquean la puerta y suben las escaleras del colegio. Son los minutos finales de Cría Cuervos, la película de Carlos Saura, estrenada en 1975.

Desde ese par de ojos oscuros y abismales, Ana escudriña el mundo que la rodea, lo organiza más o menos a su voluntad y decreta la supresión de todo lo que la perturba. Ficción y realidad se funden en ella para, en última instancia, intentar disolver el orden constituido. Pero ¿cuál es ese orden tan terrible para la niña? Yo recuerdo mi infancia como un periodo largo, interminable, triste, donde el miedo lo llenaba todo, dirá ya de grande, al evocar esa casa familiar con la madre enferma de tristeza, el padre militar y libertino y el país sumergido bajo una dictadura. Ana puede ver lo que sus hermanas no ven y acceder a ese mundo de sombras donde las cosas pierden sus límites precisos, se vuelven difusas y se abren a lo inesperado. Por ese espacio del medio, cada noche aparecerá la madre muerta para paliar su desolación. Desde ese lugar también planeará y llevará a cabo los intentos de eliminar al padre, a la tía y hasta a la abuela. Pero si bien este libre albedrío se funda en la venganza, en el amor y en el odio, también lo hace en el deseo de reparación de un mundo enfermo. Ana elige oponerse al destino preestablecido que la aguarda y que se refleja en esos adultos corrompidos, encadenados a uniformes, infidelidades y rituales que afianzan su esclavitud y que enrarecen la atmósfera hasta la muerte. Pero si para sobrevivir, la abuela apela al recuerdo de sus épocas felices -tiempo congelado en las fotos familiares colgadas de la pared-, y la madre a la experiencia estética de la música, Ana opta en cambio por la acción y el crimen. La desobediencia será entonces maldita por partida doble: al mundo instituido por un lado y a la resistencia pasiva que se mueve en el territorio del bien, heredada y siempre abortada a través de generaciones, por el otro.

Recién cuando el espacio de la ficción se encuentra con la realidad –y se estrella contra ésta- Ana comprenderá los límites de su fracaso. Porque así como, en realidad, no fue responsable de la muerte de su padre y ni siquiera envenenó a la tía, tampoco la presencia de la madre muerta podrá tener ya efectos de verdad en la vida real. El relato ceremonioso y detallado de su pesadilla que hace Irene en el desayuno, vuelve a poner las cosas en su lugar. A la hermana mayor la habían secuestrado en una jornada de caza, sus captores habían intentado comunicarse con sus padres, no lo lograron, entonces "me pusieron una pistola en la sien, y cuando me iban a matar, me desperté", concluirá la niña. Y ésta será la última frase de la película. Luego vendrá la partida hacia al colegio y la realidad sin escapatoria; la casa, ahora desangelada, las veredas atestadas de gente rumbo al trabajo, los edificios centelleantes bajo el sol de la mañana y el colegio religioso, marcarán los espacios que Ana tendrá que atravesar hasta su muerte. Quedarán, como último resquicio simbólico, esos metros que la separan de sus hermanas, ese andar en solitario, esa eterna falta de complacencia, ese deseo de hacer su voluntad aunque tenga en contra a toda la ciudad luminosa y franquista que se revela perdidamente adulta y disciplinada.

Como Ana, fuimos niños más o menos por la misma época y bajo una dictadura; como ella, respiramos opresión en casa y afuera latía también una ciudad feroz. No intentamos matar a nadie pero ya en nuestras cabezas anidaba un cementerio. Nos faltó su mirada fundadora y edad para ver Cría cuervos en la época del estreno. Nos resguardamos entonces en la canción pegadiza que acompaña la película, es que para entonces el amor y sus desengaños ya nos estaban haciendo estragos. Y bailamos, sedujimos, imaginamos y conspiramos como ella frente a miles de espejos. Así nos fuimos criando.

El tema de este nuevo Contratiempo es la libertad.

Zenda Liendivit
Buenos Aires, noviembre de 2004

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