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Cría Cuervos
(1975)
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NOTA EDITORIAL
La ciudad y los
cuervosAna
camina rezagada unos metros detrás de
sus hermanas. La cámara las sigue de
cerca; de tanto en tanto se aleja, la
ciudad entonces domina la escena. Madrid
centellea bajo los rayos del sol de la
mañana, luminosidad que fluye entre
calles, aceras, edificios y gente rumbo
al trabajo, y que de alguna forma intenta
contrarrestar el claroscuro dominante
durante casi todo el relato. Ahora las
nenas corren, franquean la puerta y suben
las escaleras del colegio. Son los
minutos finales de Cría Cuervos,
la película de Carlos Saura, estrenada
en 1975.
Desde ese par de ojos
oscuros y abismales, Ana escudriña el
mundo que la rodea, lo organiza más o
menos a su voluntad y decreta la
supresión de todo lo que la perturba.
Ficción y realidad se funden en ella
para, en última instancia, intentar
disolver el orden constituido. Pero
¿cuál es ese orden tan terrible para la
niña? Yo recuerdo mi infancia como un
periodo largo, interminable, triste,
donde el miedo lo llenaba todo, dirá
ya de grande, al evocar esa casa familiar
con la madre enferma de tristeza, el
padre militar y libertino y el país
sumergido bajo una dictadura. Ana puede
ver lo que sus hermanas no ven y acceder
a ese mundo de sombras donde las cosas
pierden sus límites precisos, se vuelven
difusas y se abren a lo inesperado. Por
ese espacio del medio, cada noche
aparecerá la madre muerta para paliar su
desolación. Desde ese lugar también
planeará y llevará a cabo los intentos
de eliminar al padre, a la tía y hasta a
la abuela. Pero si bien este libre
albedrío se funda en la venganza, en el
amor y en el odio, también lo hace en el
deseo de reparación de un mundo enfermo.
Ana elige oponerse al destino
preestablecido que la aguarda y que se
refleja en esos adultos corrompidos,
encadenados a uniformes, infidelidades y
rituales que afianzan su esclavitud y que
enrarecen la atmósfera hasta la muerte.
Pero si para sobrevivir, la abuela apela
al recuerdo de sus épocas felices
-tiempo congelado en las fotos familiares
colgadas de la pared-, y la madre a la
experiencia estética de la música, Ana
opta en cambio por la acción y el
crimen. La desobediencia será entonces
maldita por partida doble: al mundo
instituido por un lado y a la resistencia
pasiva que se mueve en el territorio del
bien, heredada y siempre abortada a
través de generaciones, por el otro.
Recién cuando el espacio de
la ficción se encuentra con la realidad
y se estrella contra ésta- Ana
comprenderá los límites de su fracaso.
Porque así como, en realidad, no fue
responsable de la muerte de su padre y ni
siquiera envenenó a la tía, tampoco la
presencia de la madre muerta podrá tener
ya efectos de verdad en la vida real. El
relato ceremonioso y detallado de su
pesadilla que hace Irene en el desayuno,
vuelve a poner las cosas en su lugar. A
la hermana mayor la habían secuestrado
en una jornada de caza, sus captores
habían intentado comunicarse con sus
padres, no lo lograron, entonces "me
pusieron una pistola en la sien, y cuando
me iban a matar, me desperté",
concluirá la niña. Y ésta será la
última frase de la película. Luego
vendrá la partida hacia al colegio y la
realidad sin escapatoria; la casa, ahora
desangelada, las veredas atestadas de
gente rumbo al trabajo, los edificios
centelleantes bajo el sol de la mañana y
el colegio religioso, marcarán los
espacios que Ana tendrá que atravesar
hasta su muerte. Quedarán, como último
resquicio simbólico, esos metros que la
separan de sus hermanas, ese andar en
solitario, esa eterna falta de
complacencia, ese deseo de hacer su
voluntad aunque tenga en contra a toda la
ciudad luminosa y franquista que se
revela perdidamente adulta y
disciplinada.
Como Ana, fuimos niños más
o menos por la misma época y bajo una
dictadura; como ella, respiramos
opresión en casa y afuera latía
también una ciudad feroz. No intentamos
matar a nadie pero ya en nuestras cabezas
anidaba un cementerio. Nos faltó su
mirada fundadora y edad para ver Cría
cuervos en la época del estreno. Nos
resguardamos entonces en la canción
pegadiza que acompaña la película, es
que para entonces el amor y sus
desengaños ya nos estaban haciendo
estragos. Y bailamos, sedujimos,
imaginamos y conspiramos como ella frente
a miles de espejos. Así nos fuimos
criando.
El tema de este nuevo Contratiempo
es la libertad.
Zenda Liendivit
Buenos Aires, noviembre de 2004
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