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Wuthering
Heights (1939)
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EDITORIAL
Donde
se ensaña el viento
"La
literatura no es inocente
y, como culpable, tenía
que acabar al final por
confesarlo.
Solamente la acción
tiene los derechos.
La literatura, he
intentado demostrarlo
lentamente,
es la infancia por fin
recuperada."
GEORGES BATAILLE, La
literatura y el mal
Si
Flaubert piensa que
despertar con un cuerpo
desconocido a nuestro
lado es una experiencia
imprescindible para
comprender la modernidad,
su contrapartida no
resulta menos
perturbadora. Enloquecer
de amor, sin embargo, no
es habitual en nuestros
días; es más un asunto
de telenovela de media
tarde o de Hollywood
cuando adapta a su manera
la novelística del siglo
XIX. Fundidos uno en el
otro, predestinados desde
tiempos remotos, hechos
de la misma esencia,
Catherine y Heathcliff se
aman hasta la muerte en Cumbres
Borrascosas. Pero si
ella traiciona y se casa
con otro, para Heathcliff
no hay alternativa
posible. Mientras el
cuerpo desconocido nos
instala y nos extraña en
el tráfico urbano de los
deseos y la
transitoriedad, la
pasión de Heathcliff
reconfigura el cuerpo de
Catherine como espacio no
negociable. Catherine no
es un medio, Catherine es
un fin en sí mismo,
único lugar donde el
personaje maldito de la
novela de Emily Bronté
puede llegar a ser.
Heathcliff no concilia ni
acepta tratos; su
desesperada y lúcida
militancia en las filas
del Mal no es más que la
búsqueda del instante
perdido, esa tierra del nunca
jamás de la que fue
expulsado al perder a su
compañera de la infancia
y donde el deseo
arrebatado sueña
intensidades y no la mera
supervivencia. Heathcliff
es cruel, impiadoso y
vengativo; un fiel
transgresor por amor, y
hasta la muerte, de todas
las leyes establecidas:
de allí su terrible
atractivo. Y también su
peligrosidad.
En la imaginación
popular el sombrero de
Napoleón sobrevuela con
mucha frecuencia sobre
ciertos individuos y el
término explota en
tantos matices que se
desactiva y se arrumba
inofensivo. Hasta que un
acto extremo lo devuelve
al interés disciplinar.
O al instituto
psiquiátrico. Pero el
atractivo de la locura
está en que deja en
suspenso cierto ejercicio
de poder que requiere del
pensamiento digitado y no
de los imprevistos y las
salidas de escena.
Aquella que salta al
vacío sabiendo que abajo
no está la red de la
razón o que construye su
propia red a fuerza de
espacios vacíos. La
locura peligrosa ataca y
desenmascara precisamente
los normalizadores del
pensamiento que siembran
sutiles enrejados y
camisas de fuerza sobre
sus territorios de
acción. Es la lengua que
desvaría y excede los
límites, es su pérdida
en el extranjero o su
descenso a la noche de
nuestros días; es el
peligro que constituye la
literatura -la
auténtica, no el
palabrerío que sofoca
nuestros días-. La que
desata cataclismos y
pestes a la manera de
Artaud; la que construye
ese espacio intermedio,
ese mundo complementario
donde las cosas oscilan
siempre en la
indefinición y la
imposibilidad; la que
inventa un pueblo que
falta o la que erige
alturas donde la furia
del viento aniquila
-aunque sea por un
instante- las
convenciones grabadas a
fuego sobre los cuerpos,
para dejar paso a nuevos
resplandores. La que
sueña amores más
poderosos que la muerte o
que piensa
indistintamente en la
pasión, el amor y la
muerte como un mismo
sueño. Todo eso y a la
vez, nada.
La Literatura como una
forma de locura en la
primera entrega de este
nuevo Informe de Contratiempo.
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ESPACIOS DE LA LOCURA
2000-2006
Revista Contratiempo |
Buenos Aires | Argentina
Directora Zenda Liendivit
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