Revista de pensamiento y cultura
/ La pregunta por la muerte / Año III N° 6 / Otoño - Invierno 2003
   

Tarquinia,Tumba de los Leopardos
Fresco que respresenta
una ceremonia de sacrificio

EDITORIAL

Vivir y Morir en Occidente
El espacio de la muerte

...te suplico que me avises
si me vienes a buscar
no es porque te tenga miedo
sólo me quiero arreglar…

Canción para mi muerte, SUI GENERIS

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Con frecuencia, en los múltiples discursos que atraviesan el espacio moderno se producen vacíos, silencios que actúan como agujeros negros sobre ciertas cuestiones al parecer esquivas para el lenguaje. La muerte, por ejemplo. Ante la proliferación de comentarios sobre casi cualquier cosa, ante tanto ruido comunicacional, ella parece replegada, o confinada, al mundo de la ficción, a la crónica policial y, con ciertas reservas, al ámbito de la medicina.

Si uno echa un vistazo a épocas pasadas, a primera vista se podría pensar que hoy perdió su lugar, su espacio, hasta su jerarquía. Seguramente, en el origen de esta pérdida está la desacralización de la vida moderna. De acto trascendente, pasaje, restitución a la continuidad o fusión, ha quedado reducida a cita a ciegas, siempre inoportuna, siempre indeseable. Y sobre todo, siempre ineludible. Curiosamente, en un mundo que no acepta certezas, la muerte es el único acontecimiento irrefutable. Tal vez porque la época se caracteriza por la preeminencia del robustecido "pensamiento débil", el tema de la muerte se encuentra fuera de lugar, incómodo, un poco contradictorio ante tanta relatividad.

Es cierto que a lo largo de la vida creemos morir muchas veces. Cargamos con varios funerales íntimos de los que, de una forma u otra, a veces con mayor o menor fortuna, resucitamos. Pero cuando la metáfora retrocede y la muerte hace real acto de presencia, por lo general sobreviene el silencio, o el disimulo, como en esos hospitales donde el cadáver sale discretamente por la puerta de servicio para evitarle a los otros el mal momento de la visión.

Echarle la culpa al miedo sería, sin embargo, un reduccionismo. La muerte siempre inspiró temor. Ni siquiera, en tiempos arcaicos, los elegidos para el sacrificio a los dioses morían contentos (y menos aún si eran esclavos). La diferencia está en el espacio que cada cultura le ha reservado a la pregunta por la muerte y, por lo tanto, a la responsabilidad frente a sus consecuencias. Al tratarla como el opuesto indeseado de la vida, la moderna cultura occidental la ha ubicado en el rol del maldito acreedor que tarde o temprano vendrá a cobrarnos una deuda. Una deuda que ni siquiera recordamos haber contraído y que es preferible olvidar. El tiempo metropolitano, que, en palabras de Rella, se consume a cada instante, arrastra al hombre en una sucesión de muertes transitorias mientras lo aleja de pensar en la definitiva. Reflexionar sobre la muerte no implica, de manera alguna, una obsesión por lo nefasto, no es un síntoma patológico, como dice Steiner y cita a Heidegger: "El uno de las habladurías no deja brotar el denuedo de la angustia ante la muerte". Cuando la muerte irrumpe lo que hace es actualizar en los otros, los sobrevivientes, el carácter del tiempo y de la naturaleza humana. Como también lo hace el amor, la muerte quiebra el letargo y el olvido en los que cae el individuo moderno, siempre bombardeado de estímulos y repeticiones. Irrumpe y, finalmente, provoca a la vida misma. Devolverle a la muerte su espacio es, de alguna forma, reacomodar también el orden de los valores. Poner en escena la transitoriedad de la estadía en la tierra, y asumir la angustia que esto conlleva, obliga a lanzar una nueva mirada sobre la impunidad legalizada de tantas muertes anticipadas, sobre el desprecio por la vida y las justificaciones absurdas para la eliminación del otro. En estas circunstancias, negar la muerte termina convirtiéndose en una forma solapada de negar tanto la vida como las capacidades del hombre -la vida como valor supremo y la capacidad creadora como instancia de libertad. Pensar la muerte, entonces, puede convertirse en un acto de extrema vitalidad, en una feliz desorganización de todos los ordenes instituidos que tienden justamente a hacernos olvidar, en palabras de Marcuse, de lo que somos capaces.

La pregunta por la muerte nos obsesiona; por eso, este nuevo Contratiempo.

Zenda Liendivit /
Junio 2003
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/ Volver a Portada Revista Contratiempo Nº 6

Revista Contratiempo / Buenos Aires / Argentina
Directora Zenda Liendivit