
Tarquinia,Tumba de
los Leopardos
Fresco que respresenta
una ceremonia de sacrificio
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Vivir y
Morir en Occidente
El espacio de la muerte
...te suplico
que me avises
si me vienes a buscar
no es porque te tenga miedo
sólo me quiero arreglar
Canción para mi muerte, SUI
GENERIS
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Con frecuencia, en los
múltiples discursos que atraviesan el
espacio moderno se producen vacíos,
silencios que actúan como agujeros
negros sobre ciertas cuestiones al
parecer esquivas para el lenguaje. La
muerte, por ejemplo. Ante la
proliferación de comentarios sobre casi
cualquier cosa, ante tanto ruido
comunicacional, ella parece replegada, o
confinada, al mundo de la ficción, a la
crónica policial y, con ciertas
reservas, al ámbito de la medicina.
Si uno echa un vistazo a
épocas pasadas, a primera vista se
podría pensar que hoy perdió su lugar,
su espacio, hasta su jerarquía.
Seguramente, en el origen de esta
pérdida está la desacralización de la
vida moderna. De acto trascendente,
pasaje, restitución a la continuidad o
fusión, ha quedado reducida a cita a
ciegas, siempre inoportuna, siempre
indeseable. Y sobre todo, siempre
ineludible. Curiosamente, en un mundo que
no acepta certezas, la muerte es el
único acontecimiento irrefutable. Tal
vez porque la época se caracteriza por
la preeminencia del robustecido
"pensamiento débil", el tema
de la muerte se encuentra fuera de lugar,
incómodo, un poco contradictorio ante
tanta relatividad.
Es cierto que a lo largo de
la vida creemos morir muchas veces.
Cargamos con varios funerales íntimos de
los que, de una forma u otra, a veces con
mayor o menor fortuna, resucitamos. Pero
cuando la metáfora retrocede y la muerte
hace real acto de presencia, por lo
general sobreviene el silencio, o el
disimulo, como en esos hospitales donde
el cadáver sale discretamente por la
puerta de servicio para evitarle a los
otros el mal momento de la visión.
Echarle la culpa al miedo
sería, sin embargo, un reduccionismo. La
muerte siempre inspiró temor. Ni
siquiera, en tiempos arcaicos, los
elegidos para el sacrificio a los dioses
morían contentos (y menos aún si eran
esclavos). La diferencia está en el
espacio que cada cultura le ha reservado
a la pregunta por la muerte y, por lo
tanto, a la responsabilidad frente a sus
consecuencias. Al tratarla como el
opuesto indeseado de la vida, la moderna
cultura occidental la ha ubicado en el
rol del maldito acreedor que tarde o
temprano vendrá a cobrarnos una deuda.
Una deuda que ni siquiera recordamos
haber contraído y que es preferible
olvidar. El tiempo metropolitano, que, en
palabras de Rella, se consume a cada
instante, arrastra al hombre en una
sucesión de muertes transitorias
mientras lo aleja de pensar en la
definitiva. Reflexionar sobre la muerte
no implica, de manera alguna, una
obsesión por lo nefasto, no es un
síntoma patológico, como dice Steiner y
cita a Heidegger: "El uno de las
habladurías no deja brotar el denuedo de
la angustia ante la muerte".
Cuando la muerte irrumpe lo que hace es
actualizar en los otros, los
sobrevivientes, el carácter del tiempo y
de la naturaleza humana. Como también lo
hace el amor, la muerte quiebra el
letargo y el olvido en los que cae el
individuo moderno, siempre bombardeado de
estímulos y repeticiones. Irrumpe y,
finalmente, provoca a la vida misma.
Devolverle a la muerte su espacio es, de
alguna forma, reacomodar también el
orden de los valores. Poner en escena la
transitoriedad de la estadía en la
tierra, y asumir la angustia que
esto conlleva, obliga a lanzar una nueva
mirada sobre la impunidad legalizada de
tantas muertes anticipadas, sobre el
desprecio por la vida y las
justificaciones absurdas para la
eliminación del otro. En estas
circunstancias, negar la muerte termina
convirtiéndose en una forma solapada de
negar tanto la vida como las capacidades
del hombre -la vida como valor supremo y
la capacidad creadora como instancia de
libertad. Pensar la muerte, entonces,
puede convertirse en un acto de extrema
vitalidad, en una feliz desorganización
de todos los ordenes instituidos que
tienden justamente a hacernos olvidar, en
palabras de Marcuse, de lo que somos
capaces.
La pregunta por la muerte
nos obsesiona; por eso, este nuevo Contratiempo.
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Junio 2003 /
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