| contratiempo | La Argentina que quisimos | Año II -N° 4 | 25 de mayo de 2002 | ||
| EDITORIAL | ||
| INCLUSIÓN Y EXCLUSIÓN |
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La idea de Mariano Moreno de "cortar cabezas, verter sangre y sacrificar a toda costa" para librarse de los enemigos y defender la Revolución, es por lo menos una señal premonitoria. Si tomamos en cuenta que redactó su Plan de Operaciones apenas unos meses después de la gesta de mayo de 1810, se lo podría considerar casi como un certificado de nacimiento. Un nacimiento que se iba a retrasar unos cuantos años (o quizás todavía no ocurrió) pero que, al parecer, ya estaba sentando ciertas bases. O ciertos gestos que se irán repitiendo, como un retorno maldito, a través de los dos siglos siguientes. La toma de una decisión, en cualquier aspecto de la vida, implica el renunciamiento a las demás opciones. Elegir es optar y descartar. Hubo en nuestra historia elementos que no encuadraban en el modelo de país que se intentaba construir. No sólo eran prescindibles sino peligrosos. La sola presencia de ellos les demostraba a las sucesivas élites gobernantes que se podía ser de otra manera. Demostración incómoda como pocas para todo poder con pretensiones hegemónicas. Hubo entonces que realizar un proceso mental para justificar la eliminación del peligro. Hubo que apelar a la supresión del otro, suprimiendo previamente su condición esencial. Porque si para Moreno los enemigos de la Revolución eran traidores, y por lo tanto había que "decapitarlos" sin miramientos, para Roca, Sarmiento y Mitre, ni los gauchos ni los indios eran exactamente seres humanos ("...de la fusión de estas tres familias ha resultado un todo homogéneo, que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad industrial, cuando la educación y las exigencias de una posición social no vienen a ponerle espuela y sacarla de su paso habitual. Mucho debe haber contribuido a producir este resultado desgraciado, la incorporación de indígenas que hizo la colonización..." dirá Sarmiento en el Facundo, refiriéndose a los gauchos). Y si el Paraguay de 1865 representaba una molesta piedra en el zapato para los intereses internacionales, hubo un Tratado de la Triple Alianza que justificaba su desaparición del mapa. Y cuando los inmigrantes europeos no resultaron ser la raza superior que se esperaba de ellos, porque tuvieron la osadía de venir no solamente con sus enseres y su pobreza, sino con ideas propias, hubo Ligas Patrióticas y trágicas Patagonias que se encargaron de ellos. Supresiones ontológicas, supuestas ofensas, falsas antinomias, guerras, todo servía a los fines del modelo de país deseado. ¿Pero cuál era ese modelo deseado? El pensamiento que siempre encontró terreno fértil a lo largo de la historia Argentina fue el de la supresión, el descarte y la negación de las otras potencialidades. La poderosa idea de exclusión. Encontrar las razones del predominio de ella nos dará una pista de nuestra incierta identidad nacional. Es frecuente que las grandes potencias se dediquen a eliminar a sus adversarios. Es frecuente también el deseo de conquista y dominación. El poder es una fuerza en expansión que siempre está buscando más poder. Lo que ya no resulta tan fácil de entender es la eliminación sistemática de sus propios elementos. La cuestión, claro está, es que en el caso de la Argentina los grupos exterminados no eran vistos como partícipes de una posible unidad. Ni en 1810, desde luego, pero tampoco en 1850, ni en 1900. Entonces la pregunta surge inevitable ¿qué es lo propiamente argentino? ¿hay algo parecido a una identidad nacional?
Adjudicar la responsabilidad de nuestros males a los intereses extranjeros, siempre poderosos sobre nuestros gobernantes, sería un reduccionismo estéril. Afirmar que el problema radica en que siempre, desde 1810, estamos mirando hacia afuera para saber cómo somos, también. No se trata, de ninguna manera, de negar nuestra herencia occidental y, en un ataque de americanismo, fanatizarse con las culturas autoctónas porque eso sería otra falacia. Ya no somos guaraníes, tobas, o incas. Tampoco europeos. Somos hijos de una encrucijada y al parecer, hacerse cargo de esto nos está costando la historia misma. Salvo contadas y brillantes excepciones, no hubo muchos intentos por definir un pensamiento propio. Un pensamiento previo, una filosofía, como diría Alberdi, para fundar luego una nación. Digamos que se tomó un atajo, el camino más corto y menos dificultoso. Que la Argentina, hoy como ayer, estuvo sometida a los de afuera, es innegable. Que los motivos siempre fueron económicos-financieros, también. Pero cuando lo único que rige a las relaciones internas y externas de un país es el cálculo, cuando la única ley viable es la de los números, el sistema no puede ser otro que mercenario. El dinero no se trasciende a sí mismo. No hay un más allá de la simple oferta y demanda. Uno de los grandes mecanismos del capitalismo es el de transformar todo lo que toca en un medio para lograr un rédito. Es el ver en lo otro, o en el otro, un instrumento para saciar una sed cada vez más intensa. Cuando no encuentra en su campo de acción un sistema de ideas que, de alguna manera, lo encauce y le traze los límites, actúa en contra de él, provocando su destrucción e imponiendo sus propias reglas. Argentina no sólo fue un terreno fértil para la agricultura y la ganadería sino que, desprovisto de un sólido concepto de nación, o, para ser menos pretensiosos, desprovisto de una mínima idea de nación, fue también -y es- un campo propicio para los mercaderes de turno. Para "la aristocracia del dinero", como lo afirmara Manuel Dorrego en 1826, y para el libre ejercicio de todo tipo de corrupción -concepto fuera de lugar, tratándose del mundo de las finanzas-. Y si la sangre derramada del "otro" corrió hasta anegar todo el territorio argentino fue porque con ese otro, en realidad, no existía ningún lazo trascendental que justificara su no eliminación. La política de la exclusión, entendida en su sentido más amplio, es empobrecedora en sus alcances y miope en sus perspectivas. Desabastece los campos sobre los cuales ejerce su accionar y niega el futuro mismo. Eliminar indios, gauchos, paraguayos, anarquistas (o en su versión actual, pobres e indigentes), no es una cuestión numérica de bajas en el campo enemigo, aunque este haya sido siempre el discurso oficial. Es deshechar la posibilidad de generar espacios de confluencia de fuerzas diferentes en una fusión enriquecedora y vital. Es incendiar el pasado y el futuro en una misma fogata y pretender, después, convertir las cenizas en ladrillos. Hoy, la Argentina repite sus mecanismos de exterminio, el maldito retorno de lo mismo, dejando morir de hambre a todos aquellos que ya no tienen nada que hacer en el circuito globalizado del dinero y las finanzas. La legión de fámelicos y desamparados que, como espectros fantasmales, deambula por el interior de las provincias y de las villas no necesita esta vez de bayonetas, cuchillos ni fusiles. El mecanismo está aceitado de tal forma que funciona con el simple transcurrir del tiempo, de las horas. Y hoy como ayer la matanza acontece relativamente lejos de Buenos Aires, le ocurre a los otros. Esos otros en los que no terminamos jamás de vernos reflejados. La Argentina que quisimos no es exactamente la que trazara Moreno en su conflictivo Plan de Operaciones. Tampoco, por supuesto, es la que supimos conseguir, si es que conseguimos alguna. La Argentina que quisimos asoma en ciertos textos rescatados de la historia y del incendio, y que tienen en común precisamente el concepto de inclusión. En ellos, de alguna forma, subyace la idea de que, asimilando todo lo existente a una idea integradora, se forjará una unión tan indestructible y poderosa que soportará los peores vientos. La Argentina que quisimos podemos encontrarla en los desesperados y románticos intentos de Juan B. Alberdi y de Esteban Echeverría por fundar, de una vez por todas, algo parecido a una nación. Agradecidos herederos de Saavedra, Moreno y compañía, consideraban que el tiempo de la espada y de la sangre derramada debía llegar a su fin. Había que empezar a pensar, cosa que al parecer ya era una dura tarea por aquellos turbulentos días de 1837. Ilustradamente ajenos al pueblo, la identidad nacional se construiría con esa masa fascinante y misteriosa que siempre tendría razón, con la razón universal como suprema garantía de emancipación y con las benéficas influencias culturales y económicas de Francia y de Inglaterra respectivamente.
Se la puede encontrar también en las Instrucciones para los Pueblos Libres del Sur, dictadas por José Artigas; en su proyecto de la Gran Provincia integrada por indios, gauchos, criollos, mulatos, en condición soberana, independiente de las potencias extranjeras y en igualdad de derechos y deberes con respecto a Buenos Aires. Una breve demostración de sus ideas fue la labor del Comandante Andresito, hijo adoptivo del caudillo oriental, que supo unificar a los indios guaraníes tras las mismas banderas, en la lucha contra el invasor portugués. En San Martín, quien con su renunciamiento en Guayaquil juzgó, en una visión casi premonitoria, que la presencia militar en el gobierno, más que sumar restaba. Y de paso dejó una poco frecuente lección de ética. En el alegato de Manuel Dorrego a favor de los pobres, a los que se les prohibió votar en 1826, igualándolos con los "notoriamente vagos" y que ya entonces ocasionaban serios problemas. También en la correspondencia de Facundo Quiroga, donde le dejaba en claro a Juan Manuel de Rosas que, al fin y al cabo, eran los gauchos los que tenían la última palabra. En el Manifiesto de Felipe Varela en el que expone tanto las verdaderas razones de la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay como la opresión de las provincias por el monopolio porteño y el aniquilamiento de gauchos en manos mitristas. Una exposición del Dr. Elizalde, ministro de Relaciones Exteriores de Mitre, que también transcribimos aquí, intenta explicar lo inexplicable sobre la contienda contra el Paraguay. En el discurso pronunciado por Alfredo Palacios, en 1904, contra la Ley de Residencia, en defensa de los obreros anarquistas. El Manifiesto de la Revolución de 1890 es nada más que un increible espejo en el que nuestra época se puede ver retratada con lujo de detalles. Y también en las utopías anarquista y socialista de principios de siglo XX. Tanto en "La Ciudad Anarquista Americana", de Pierre Quiroule, como en "Buenos Aires en el 1950", de Julio O. Dittrich, se plantea la posibilidad de "el día después" de la caída del capitalismo. Ambas obras reflejan, a través de una situación ideal, el estado de opresión en el que vivían los obreros durante la década del 10 en Buenos Aires. Aunque con ciertas reservas, también se insinúa en la democrática Argirópolis, de Sarmiento, donde con los Estados Unidos del Norte como guía, se forja el proyecto de los Estados Unidos del Sur. Las especie humana marcha a reunirse en grandes grupos, afirma el autor, y propone en 1850 un gran estado integrado por Uruguay, Paraguay y la Confederación Argentina. La Argentina que quisimos es la primera parte de esta serie de reflexiones sobre la cuestión de la nación y el pensamiento en nuestro país. Zenda Liendivit Fotos del Archivo General de la Nación: A la espera de los resultados electorales (1931); Público frente al Congreso (1924); Escrutino (1936) Volver a Portada Revista Contratiempo Nº 4
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