/editorial / Revista Contratiempo | Año 1 Nº III Primavera - Verano 2001/02

Por
los caminos
del deseo

Según parece vivimos una época dominada por los deseos y las pasiones. Una época altamente sensual en la que el cuerpo adquiere el protagonismo a través de la liberación de los placeres, el goce de los sentidos y la libertad de sus instintos. Con los dioses desterrados y el descrédito de las antiguas ideas, el nuevo culto recluta fieles, erige catedrales y se esparce sobre la superficie de la cultura. Y al parecer, allí se queda.

Pero, ¿qué es esto, el deseo?, ¿qué es exactamente esto que circula en el habla común, satura los medios de comunicación, bombardea desde la publicidad, se apodera del arte, de la literatura, en fin, qué es esto llamado deseo?

Recurrir a Heidegger es una forma de apelar a la distancia y al extrañamiento del término. Distancia y extrañamiento que posibiliten un rescate de sus cuestiones esenciales, sumergidas hoy en el agotamiento del palabrerío imperante.

Si coincidimos, por lo menos en forma precaria, que el deseo es una fuerza vital -esto es, una energía relacionada con los ciclos de la vida y, por lo tanto, en contacto directo con sus misterios- postergar o negar una reflexión de este tipo es casi un acto de hostilidad hacia la vida misma. No somos seres libres, no tenemos grandes espacios de autonomía. Y el deseo es algo más que la representación que nos forjamos de él (o que nos forjaron otros), es algo más que ese objeto terminado y listo para el consumo, taquillero como pocos y altamente jerarquizado que ofrece el mercado actual. Al igual que la electricidad en la atmósfera, el deseo es una fuerza que nos abrasa, que no tiene dirección ni sentido, que simplemente es. Y así como aquélla toma el curso que encuentra disponible, también el deseo busca sus propios circuitos de acción. Y tanto puede, como un rayo, iluminar un instante como actúar contra él.

De algo estamos seguros: el tema desveló al hombre desde que éste tomó consciencia de sí mismo. A lo largo de la historia se redactaron tratados explicativos y máximas para el buen vivir, se lo glorificó, se lo maldijo, se lo satanizó, se lo negó, se lo declaró agonizante, algunos lo dieron por muerto, no importa qué mismo, en todos los casos fue una preocupación, diríamos una cuestión a considerar. En todos los casos se entrevieron las consecuencias que podría acarrear la no reflexión, se entrevió el peligro.

Sería casi un aliciente pensar que, harto de la razón omnipotente, el hombre moderno se ha entregado a los reclamos de la carne y de sus instintos como alternativa para oxigenar su empobrecida capacidad de experiencias. Lamentablemente, esta entrega sensual recuerda más a una maquinaria que funciona a base de estímulo programado y reacción compulsiva que a un inteligente trabajo sobre el cuerpo. Si por un lado, como dicen, el hombre vive el reencuentro con sus verdades más íntimas a través de un estado continuo de deseo, ¿cómo es posible que a la vez se halle instalado en la imbecilidad de la sumisión y aletargado por la repetición?

Algo, entonces, está fallando en la correspondencia entre discurso y realidad.

Reflexionar sobre qué es el deseo, cómo actúa hoy sobre nosotros, cuál es nuestro grado de participación en él, reflexionar cómo eso que llamamos deseo, apetito, voluntad, falta, dato natural, proceso, proyecto, moción, hechizo...se fundió y confundió con el poder, se reflejó en la muerte, delineó conductas, actuó sobre ciudades, definió movimientos artísticos y trazó múltiples itinerarios, es básicamente el propósito de este nuevo número de Contratiempo. Pensar el deseo fuera de la trivialización. Porque si éste es el gran culto de la época, nosotros preferimos una seductora y creativa infidelidad.

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