/ EDITORIAL / Revista Contratiempo Nº 2
 

EL HORROR:
Un paso más allá



En el origen estuvo el horror. O, tal vez, antes y el origen fue tan sólo una consecuencia.
¿De qué manera se podría entender la creación del mundo sino fuera por el espanto divino frente al vacío?
(La eterna pregunta sin respuesta, "¿por qué hay donde podría no haber?", encontraría aquí una pista).
El horror antes del origen. Y después, también. Basta con pensar en la expulsión del hombre del paraíso y la condena a trabajar, día trás día, año trás año, hasta la muerte. Maldición divina como pocas.
Y luego, el crimen, un fratricidio. La historia empieza entonces con un primer hombre condenado y su hijo asesino.

Ahora, si nos ubicamos desde otro ángulo, tampoco pudo haber sido menor el espanto del mono al comprobar su lenta y monstruosa transformación.
Es indudable que hoy no nos horrorizamos por las mismas cuestiones que un tiempo atrás. Según Nietzsche, todo ese periodo que se denomina antigüedad estuvo atravesado por el horror sagrado y la alegre crueldad. "Festival para los dioses" era la sangre que corría a borbotones en guerras, espectáculos públicos y sacrificios. Así entre los troyanos como entre los aztecas.
Horror para complacer a los dioses y crueldad para pasar un rato agradable.

Con el tiempo, las cuestiones horrorosas tomaron otros rumbos. Con la muerte, la retirada o la huida de los dioses (vaya uno a saber qué aconteció realmente con ellos) y con los instintos domesticados, el horror dejó de ser una fiesta y perdió su trascendencia. Nada que festejar, por lo menos, no en forma pública, en las guerras aniquiladoras, en los genocidios, en los cuerpos torturados o bañados con napalm. El horror se volvió condenable, útil pero condenable.

Al parecer, experimentar horror en los tiempos modernos implicaría que algo monstruoso se apoderó y violentó los elementos vitales. Es decir, algo atentó contra la existencia. Razón por la cual, escondido como el pariente idiota en los fondos de la casa, tan sólo sale a la luz del día como un contravalor de la cultura.
Se corre, sin embargo, un grave peligro al sostener esta imágen única del horror. Y ese peligro no es otro que el empobrecimiento de nuestras ya empobrecidas experiencias. Si "lo que excluye debilita", la historia de la humanidad pareciera ser un lento proceso de anemia progresiva.
Relacionarse con el horror solamente desde lo que éste tiene, o implica, de destructivo es mutilar una fuerza que nos constituye. Al pretender institucionalizarlo en determinadas acciones y personajes nefastos -Hitler, Hiroshima, genocidios, Vietnam, guerras étnicas y otras atrocidades- el concepto de horror queda atrapado, o reducido, en su faz puramente negativa, oscureciendo su luminosa potencialidad constructiva, su capacidad vital y creadora.

Casi en las antípodas de esta actitud de negación, está la otra. La que pretende encontrar y encender la llama del horror en todas partes. Y así es como el terreno del arte se pobló de obras que buscan el impacto, el shock, el asco, a fuerza de provocar ese movimiento anímico que sacude el cuerpo y altera los sentidos. Horror sistemático.
Paradójicamente, con esta actitud se llega al mismo punto que con la negación o la condena. Mientras ésta última postura debilita una fuerza vital, el endiosamiento de lo macabro le hace proferir un bostezo de aburrimiento y la obliga a emigrar a cualquier otro lado. En ambos casos, el poder reflexivo del espanto se bate en retirada.

A cualquier sujeto occidental, medianamente sensible, medianamente responsable (esto es, con capacidad para responder a los estímulos) le bastan apenas unos pocos minutos de meditación sobre sí mismo -el sin sentido de la existencia, el vacío atróz que lo circunda, el tiempo que se estrecha y que lo vuelve, desde que nace, un condenado a muerte- para que le sobrevenga el espanto.
El horror nos atraviesa. Y así como de un soplo puede arrasar con 6 millones de personas o borrar de la faz de la tierra a otras 30 mil, así también puede crear un bello Olimpo.
Con el horror es necesario dar un paso más allá. Explorar, investigar sus movimientos, sus cauces, sus orientaciones. Y, como el científico que estudia los fenómenos de la naturaleza, sacar de él el mayor provecho. Esta es la imposible historia del horror que nos interesa. Historia que sacude cuerpos, destruye y levanta construcciones sobre sus propias ruinas, y se abalanza sobre los límites convencionales para denunciar la precariedad de todo lo instituído. Historia con personajes terribles.

En este nuevo Contratiempo, dedicado al horror, no habrá derramamiento de sangre. Pero esperemos que la sangre fluya con intensidad por las venas de nuestros lectores. Así sabremos que están vivos, rabiosamente vivos, y dispuestos a entrar al infierno.
Tal vez les resulte encantador.



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