Inicio | N° Publicados | Comunicación | Literatura | Cine | Apuntes Arte | Libros | Hemeroteca | Fotos | Ciudad | Notas de Tapa

/ Libros Olvidados

       

  ESTEBAN ECHEVERRIA
La Educación del Pueblo
Objeto y Fines de la Instrucción Pública
Del libro Obras Completas de Esteban Echeverría (Ediciones Zamora, Buenos Aires, 1972)

El asunto que va a tomar en consideración el Consejo, es grave. Grave no solamente porque afecta intereses actuales sino también intereses del porvenir.
Creería por esta razón faltar a mi deber si no manifestare francamente mi opinión sobre él, sometiendo al juicio de los señores miembros algunas observaciones que considero importantes.
En la época actual, señores, después de lo que ha pasado entre nosotros, y en vista de los extravíos de la revolución, sería, en mi concepto, una falta inexcusable contentarse con reproducir lo que se ha hecho anteriormente en materia de instrucción pública. Se ha creído antes de ahora que bastaba instruir, que bastaba abrir escuelas y universidades para satisfacer las necesidades del país en punto a instrucción. Error, señores, error gravísimo. La instrucción propagada sin un fin social dado y reconocido, sin una mira de moralidad y sociabilidad, lejos de ser útil puede ser perniciosa, puede extraviar los ánimos, relajar las costumbres, fecundar el egoísmo sofocando el germen de las cívicas virtudes; puede, en una palabra, sembrar en las entrañas de las generaciones nuevas, principios de desorden y de perpetua anarquía.
Esto precisamente ha sucedido entre nosotros, merced por una parte a la instrucción pública y por otra a la libertad ilimitada de la enseñanza que ha existido hasta hoy en el país. Estoy persuadido de que gran parte de los males sufridos por la República Argentina, males cuya duración no es posible calcular, provienen del vicioso sistema de instrucción pública implantado en Buenos Aires del año 21 al 27, y de haber estado en tiempos anteriores en manos de especuladores que hacían granjería de ella como de una industria cualquiera, por el abandono en que la dejaron los gobiernos.
Los estadistas de nuestro país olvidaron que la misión del Estado no es instruir por instruir únicamente sino instruir con una mira de progreso y de sociabilidad, principalmente en países nuevos como los nuestros, recién emancipados y que para ser libres necesitaban pasar por una verdadera transformación social.
Si lo que acabo de decir es cierto, si tenemos, como no dudo, la previsión nacida del conocimiento de los errores del pasado, en la cuestión de que se trata, todo está reducido a dar a la instrucción pública una organización adecuada a las necesidades del país y propia para desarrollar normalmente tanto sus instituciones como su sociabilidad. Fuera de este problema no hay cuestión de interés alguno para nosotros. Instrucción primaria, instrucción secundaria y profesional, todo debe eslabonarse en un sistema uniforme y encaminarse a ese fin. Considerar de otro modo la instrucción pública será reproducir los errores del pasado y nunca salir del atolladero.
Sabido es que la instrucción pública es el resorte principal de la prosperidad de los Estados, y que sólo por medio de ella pueden perfeccionarse y consolidarse las instituciones sociales. En Atenas, en Roma, se educaba desde la infancia al hombre libra para ciudadano. Se le enseñaba en las escuelas, todo lo necesario, nada más que lo necesario para desempeñar fielmente los deberes de ciudadano en cualquier estado o condición que tuviese. La instrucción pública era el regulador de las costumbres y el sustentáculo de las instituciones y de aquí nacía toda su fuerza y vitalidad. Nada había en ella especulativo, todo era práctico, todo estaba relacionado íntimamente con las necesidades, con los intereses, con las instituciones y la vida misma de la República.
En los tiempos modernos y principalmente en Francia, donde la civilización se ha desarrollado de un modo más sistemático y regular que en país ninguno de Europa, la instrucción pública ha seguido una marcha análoga a la que siguió en la antigüedad, tanto en tiempo de la República como en la monarquía. En el año 93 todas las instituciones de enseñanza salieron del taller legislativo marcadas con el sello republicano. Era menester que la Francia fuese República, que educase a sus hijos nuevamente y les inoculase en las escuelas el principio de su nuevo modo de ser social y los gérmenes de su grandeza futura.
Napoleón, después transformó las instituciones de enseñanza con arreglo a las exigencias de su despotismo y de sus miras de ambición dinástica. La Escuela normal republicana fue en sus manos el taller donde se formaban los profesores destinados a propagar entre la juventud las doctrinas oficiales, las doctrinas del poder. Para que fuese la Francia suya y de sus descendientes, Napoleón quiso educarla a su modo, amoldarla a su pensamiento, por medio de la instrucción pública.
En tiempo de la Restauración sucedió lo mismo; nada se enseñaba en las escuelas que no fuese oficialmente mandado, especialmente en materia de ciencias morales y políticas. Luis Felipe siguió el ejemplo de sus antecesores, modificando la instrucción pública conforme a la nueva situación de la Francia y a los intereses de su dinastía.
Todos estos ejemplos prueban de un modo evidente que el poder de la instrucción pública es irresistible para imprimir en sentido dado una dirección cualquiera a la sociedad y transformar en pocos años sus creencias y costumbres.
La instrucción pública, sin embargo, puede desarrollarse en abstracto y sin mira alguna práctica de sociabilidad, y esto sucede casi siempre en los gobiernos despóticos, los cuales, no pudiendo sofocar la aspiración a saber, le dan una falsa dirección, la extravían para que se pierda en el vacío de la especulación y olvide las cosas mundanas. País ninguno en Europa más científico, más ilustrado que la Alemania; pero si bien durante un siglo la ciencia y las letras han progresado de un modo extraordinario en esta nación, ese progreso más ha sido especulativo que práctico, así que puede decirse que la Alemania es el país de los sistemas y de las utopías de todo género.
Lejos estoy de pensar que nosotros quisiéramos si pudiéramos imitar a la Alemania en punto a instrucción pública. Nosotros somos republicanos y tenemos o aspiramos a tener instituciones democráticas. Nuestro deber, por consiguiente, es hacer servir la instrucción al desarrollo y consolidación de esas instituciones y ponerla en armonía con nuestro estado social y nuestro régimen político.
Para que nuestras instituciones de enseñanza sean buenas y correspondan al fin que debemos proponernos, es necesario en primer lugar, que sean esencialmente prácticas, que nada tengan de especulativo, de irrealizable; en segundo lugar que estén animadas del espíritu democrático que es el principio de vida de nuestra sociedad.
Ahora bien: es de evidencia inconcusa que no hay instituciones sólidas y durables sino aquéllas que nacen de una necesidad social reconocida y generalmente sentida.
Luego la cuestión previa por resolver en la materia que nos ocupa es la siguiente: ¿Cuáles son las necesidades reales del país en materia de instrucción pública?
Para conocer las necesidades reales del país en materia de instrucción pública, no hay más que echar una mirada sobre nuestra sociedad y ver los elementos de que ella se compone.
En primer lugar tenemos la mayoría de la población habitando la campaña y satisfecha de la condición en que ha nacido y en que vivirá por muchos y muchos años. La primera necesidad de esta clase es saber leer, escribir y contar; pero para vivir socialmente y desempeñar sus deberes cívicos, esta clase, más que ninguna otra de nuestra sociedad, necesita aprender a vivir moralmente, porque el hombre no es en realidad sociable sino cuando vive unido a los demás por el sentimiento racional de la justicia y el deber.
Esas necesidades de la población de las campañas, las satisface si no de un modo completo, al menos suficiente por ahora, el Reglamento de instrucción primaria sancionado por el Instituto. En las escuelas primarias deberá enseñarse moral, los derechos y los deberes del hombre y del ciudadano y la Constitución del Estado.
Tenemos, en segundo lugar, la población de las ciudades, aplicada a la industria, el comercio, a la ciencia, gozando de cierto bienestar y con aspiraciones más altas y más extensas que la de las campañas y de cuyo seno saldrán los legisladores, los administradores, los jurados, los militares, todos esos hombres, en fin, destinados a ejercer una influencia directa y decisiva sobre la suerte de su país.
Es claro que las necesidades de esta clase, en punto a instrucción, son diferentes, más amplias que la anterior, y que la enseñanza que reciba en las escuelas debe calcularse con arreglo al papel que está destinada a desempeñar en la sociedad, y a las tendencias y disposiciones que predominan en ella. Esa instrucción deberá ser industrial, mercantil, hasta cierto punto científica. Las escuelas secundarias, se la proporcionarán ampliamente, porque mal puede el país prosperar, si los hombres que han de dirigirlo no tienen las luces necesarias…
Ahora bien: examinemos el programa de estudios universitarios y veamos hasta qué punto satisface las necesidades reales del país que acabo de enumerar con respecto a instrucción, eliminando la primaria ya reglamentada y de la que deben participar todas las clases sociales. Pero antes de entrar a ese examen hagamos una observación importante. La instrucción primaria debe considerarse como el fundamento indispensable de todo buen sistema de instrucción pública; la instrucción secundaria como su desarrollo necesario; la instrucción científica como su complemento. Pero estos tres grados de instrucción deben eslabonarse entre sí, de lo contrario no hay sistema, no hay plan uniforme, ni concepción científica de la instrucción pública.

Noviembre 27 de 1847

 

Volver a Libros


2000-2006 Revista Contratiempo | Buenos Aires | Argentina
Directora Zenda Liendivit
/