ARCHIVO DE REVISTA CONTRATIEMPO / EL OFICIO DE ESCRITOR

CARTA DE ESTEBAN ECHEVERRÍA
A
MELCHOR PACHECO Y OBES

 


Abril 6 de 1844

 

...le mando la segunda parte del Ángel Caído, no con el fin de robarle un momento de tiempo, tan precioso para Ud., sino porque la obra es suya.

Sé que gustando Ud. mucho de la primera, dijo sin embargo, que la obra no era oportuna, y quiero aprovechar esta ocasión para explicarme. Confieso que no soy hombre de oportunidades y que nunca he querido deber nada a la fortuna, por lo que sin duda me ha desamparado tan de lleno. Pero no es ése el sentido con que tomo sus palabras. Comprendo muy bien que Ud, por deber y posición, mire con indiferencia y áun repruebe todo acto y todo pensamiento escrito que no se reasuma en la guerra. Pero permítame que le diga que yo, artista solitario y caprichoso, a nadie tengo que dar cuenta, ni del pensamiento que mueve mi pluma, ni de la inspiración que hace vibrar las cuerdas de mi lira. Harto respeto y consideración tributo al sentimiento público y a las exigencias de la situación no publicando nada de lo que escribo, ni llamando como muchos otros la atención con producciones no sólo inconducentes, sino frívolas y mezquinas. A ese precio, prefiero que me olviden.

Me preguntará Ud. tal vez, si vivo en la época, pues parezco no tomar parte alguna en los dolores y esperanzas, en los actos y peripecias del sangriento drama que se representa ante mis ojos. Vivo amigo, y lo comprendo también como el mejor: pero un destino fatal me ha creado la posición en que permanezco, como la víctima en el banco del tormento.

Si me sintiese con la salud necesaria para ser soldado, mucho tiempo hace habría tomado un fusil, y presumo que como a uno de tantos, no me faltaría valor para pelear, como no me faltó en algún lance crítico que puso mi cabeza a merced de los sicarios de Rosas; y puedo asegurarle, que a juzgar por la fuerza impulsiva de mis instintos marciales, si no me mataban en camino, pronto subiría a general. Ríase de la ocurrencia.

Pero se me dirá, si Ud. no puede ser soldado, ¿por qué no guerrillea con la pluma? Porque nunca sé obrar sino con arreglo a mis convicciones; porque hace mucho tiempo tengo la persuasión íntima que la prensa nada puede, nada vale en la guerra contra Rosas, y que el plomo y las lanzas sólo podrán dar la solución de la cuestión, porque los hechos que todos palpamos, hablan con más elocuencia que la palabra, y porque aquel que no siente galvanizado el corazón y no se arma al aspecto de esos millares de cabezas degolladas por el cuchillo de Rosas, sonreirá irónicamente al eco varonil que lo llame a la venganza, y dormirá tranquilo oyendo el grito de alarma de la prensa charlatana.

¿Quién tiene además derecho para azuzar al combate cuando todos están en las filas combatiendo? El que lo haga y pretenda derribar a Rosas con violentas filípicas no es más que un charlatán cobarde que sólo merece menosprecio.

¿Es acaso época ésta de propagar principios ni doctrinas? No. Ud. lo confesará conmigo. Cuando se ara no se siembra. Cuando la acción empieza, la voz de los apóstoles doctrinarios enmudece. Así ha sucedido en todas las grandes revoluciones del mundo....

La prensa, pues, nada puede hoy, y si me apuran, diré, que es un sarcasmo, una ironía, escribir; porque escribir por escribir, o por hacer alarde de facundia, sin que una creencia, una mira de utilidad pública nos mueva, me parece no sólo un charlatanismo supino, sino el abuso más criminal y escandaloso que pueda hacerse de esa noble facultad, y yo no he nacido para semejante oficio de ganapán -preferiría irme a plantar espárragos.

Y advierta Ud. que se mi convence, si se me prueba que es hoy útil a la causa escribir, estoy dispuesto a tomar la pluma mañana, y a escribir tanto en prosa como en verso, y presumo que lo haría también como el mejor, porque donde está mi convicción íntima, está mi acción enérgica.

Y la verdad que bien pudiera vanagloriarme de haber sacado el cuerpo a los compromisos, y de haber hecho más por la patria que los que me tildan, no aquí a mansalva, sino bajo el ojo vigilante de Rosas, y sus seides. ¿De qué cabeza salieron casi todas las ideas nuevas de inciativas, tanto en literatura como en política, que han fermentado a las jóvenes inteligencias argentinas desde el año treinta y uno adelante? ¿Quién, cuando ellos se alistaban en la mazorca y daban su voto a las omnímodas de Rosas, en el año treinta y cinco, protestó contra ellas enérgicamente? ¿Quién a mediados del treinta y ocho promovió y organizó una asociación de las jóvenes capacidades argentinas y levantó primero en el Plata la bandera revolucionaria de la Democracia, explicando y desentrañando su espíritu? ¿Quién antes que yo, rehabilitó y proclamó las olvidadas tradiciones de la Revolución de Mayo? ¿Quién trabajó el único programa de organización y renovación social que se haya concebido entre nosotros? Pregunte, amigo, ¿a nombre de qué creencias, multitud de jóvenes han buscado el martirio en los campos de batalla, o se han ido a mendigar el pan del extranjero?...

Yo no quiero hacer basura. Por eso sobrellevo con tan mansa resignación el papel oscuro e insignficante que me ha cabido, por eso me censuran y tildan por bajo los que no me conocen y no saben respetar el fuero individual; mis amigos califican de importunos; y por eso, no pidiendo otra cosa, le mando la segunda parte del Ángel Caído.

Confesará Ud. al menos que mi proceder es lógico, y que hay tal vez más altas miras, más patriotismo en trabajar en silencio con el fin de engrandecer la literatura de mi patria, que en asumir, sin conciencia, el papel de foliculario charlatán, que si bien puede granjear algun provecho y consideración personal momentánea, nunca producirá ni gloria ni utilidad consistente para ella. ¿Qué quedará de toda esa charla fatigosa mañana?...

Hablemos ahora del Ángel Caído. Sé que cuando esta segunda parte se publique, sublevará censuras de todo género, que en cada línea se encontrará una alusión maligna, una sátira. Nada me importa. El que tiene la debilidad de meterse a escritor, debe resignarse de antemano a sufrir todos los inconvenientes del oficio. Ninguna consideración me impedirá entrar de lleno, como lo he resuelto, en el fondo de nuestra sociabilidad. Conozco que la senda es escabrosa, que no se hará justicia a mis nobles intenciones, pero el porvenir me justificará. Si la consideración del qué dirán, me ha hecho antes arrojar mil veces la pluma, hoy he aprendido a vivir, a conocerme y a conocer. Nada me arredrará. El hombre que se siente con la fuerza de realizar una misión debe levantarse alto. Basta ya de circunspección nimia. Cuánto me ha dañado.

Notará Ud. que en esta segunda parte aparecen recién en escena las principales figuras del poema. Como mis ideas a medida que trabajo se van ramificando y extendiendo, difícil me sería ahora determinar sus partes ni proporciones. Probablemente será indefinido.

El Don Juan es un tipo, en el cual me propongo concretar y resumir, no sólo las buenas y malas propensiones de los hombres de mi época, sino también mis sueños, ideales y mis creencias y esperanzas para el porvenir. Así, pues, tipo multiforme, Proteo Americano, lo verá Ud. reaparecer bajo otra luz y con distinto relieve en otros poemas que tengo entre manos.

Como todas las almas grandes y elásticas, la de mi Don Juan se perderá a veces en las regiones de lo infinito y lo eterno; otras se apegará, para nutrirse, a la materia o al deleite. Así representará la doble faz de nuestro ser: el espíritu y la carne; o el idealismo y el materialismo en su más alta expresión; y probará alternativamente los placeres y dolores, las esperanzas y desengaños, los éxtasis y deleites que constituyen el patrimonio de la humanidad. Y como nuestra sociedad es el medium o el teatro donde esa alma debe ejercitar su devorante actividad; esto me dará lugar para ponerla en contacto a cada paso con ella, pintar, como lo ve Ud. ya en esta segunda parte, nuestras costumbres, censurar, dogmatizar, disertar a mi antojo, e imprimir al poema un colorido exclusivamente local y americano. Presumo que entonces no tendrán la audacia de tildarlo por bajo esos pobres vergonzantes del Parnaso que acostumbran nutrirse con la sustancia ajena sin que les salte el color al rostro. Ya se ve, les dan el nombre de poetas, y ellos se figuran tales...

Acabaré por hacerle una confesión. Mucho tiempo hace que no tengo ambición de gloria individual, porque la considero tan poca cosa entre nosotros que no merece tomarse el menor trabajo para conquistarla. Si alguna ambición puedo abrigar es la de ser útil a mi país...

 


PÁGINAS AUTOBIOGRÁFICAS, Esteban Echeverría (Eudeba, 1962)

Volver a Archivo
Volver a Inicio