/contratiempo | El pensamiento en la Argentina / Año II N° 5 / Invierno-Primavera 2002
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El territorio donde la Argentina no existe

JAVIER DIMENT

  Cediendo a un antiguo vicio, ya me sospecho en tren de entarrarme en un frasco de dudas. Pero sí, hacia allí me lleva el momento del pensar un poco y, como decía Macedonio, ayudarme a pensar escribiendo unas líneas. Quede esta introducción como un aviso: sin dudas me saldré del camino.

Argentina en la carne del relato cinematográfico.

Dicen que los relatos producidos por los habitantes de determinado país constituyen, en buena medida, el pensamiento nacional. Y el relato cinematográfico argentino no quedaría fuera de esa premisa. El tipo de personajes con sus respectivos nivel y modo de identificación, los géneros (o ausencia, o escamoteo de géneros), la estética, las citas cinéfilas que suelen colarse, etcétera, etcétera, no solo determinan o dan cuenta de un pensamiento argentino, sino del pensamiento (o los pensamientos) dominante en las distintas épocas del país.

Numerosos críticos se dedican a definir las coordenadas de pensamiento que habitan la cinematografía argentina actual. Con mayor o menor tino se habla de un tal Nuevo Cine Argentino, se agrupan movimientos estéticos en función de un cine más o menos comprometido con la realidad (y en general se dice así a las películas protagonizadas por personajes pobres y marginados, al margen de que esas películas reproduzcan o no modelos cinematográficos "burgueses", sea lo que sea en que se haya convertido hoy por hoy esta palabra), en función de las edades de los realizadores, o las metodologías productivas a que se recurre para lograr terminar una película en este país, en esta época. También se tiene en cuenta la evidente atención que se está prestando en los festivales internacionales a las películas hechas aquí, y el contraste con la falta de público en las salas de estreno en la Argentina de películas aclamadas por la crítica extranjera, y aclamadas o aplastadas por la crítica local.

Y todo esto habla del pensamiento en Argentina. Supongamos que se nos ocurre rastrearlo en la cinematografía del año 2001. Deberíamos meternos en esa gran variedad de espectros atravesados por películas como: La Libertad, Maldita Cocaina, El Lado Oscuro del Corazón 2, Chiquititas, La Ciénaga, Historias de Argentina en Vivo, Mil Intentos y un Invento (redux), Plaga Zombi: zona mutante, Rodrigo: la película, etcétera etcétera. (Se estrenaron 48 películas).

Envueltas en el papel regalo que se te ocurra, las cinematografías de un país en una época (y la palabra época es un recorte que puede durar la cantidad de años que se le ocurra a quien esté leyendo esa realidad), incluyen muchos datos que nos hablan del pensamiento nacional: idiosincrasias, arquetipos, modelos de conducta, ideologías dominantes y oposiciones, preferencias de los espectadores, temáticas elegidas, y hasta corrientes estéticas, sean inauguradas, adaptadas o simplemente copiadas.

Atrás de la carne

Pero hay un aspecto en que la Argentina desaparece del relato cinematográfico argentino. Un espacio donde no hay nación para el relato, donde deja de ser representativo de una época y un país, y pasa a formar parte indiscriminada de ese caldo o maremagnum o concierto o conversación del relato a secas, del relato humano -no deteniéndome en aquel proverbio pinta tu aldea y pintarás el mundo, sino intentando ir a cuál es ese aspecto en que no se puede hablar de cinematografías nacionales, y que también sospecho trasciende la posibilidad de hablar de pensamientos nacionales-. Un espacio compartido por la variadísima gama de películas que cité recién, y por la gran mayoría de las películas de la historia de la cinematografía.

Uno ve Nueve reinas, de Fabián Bielinsky, y no puede evitar la identificación porteña. Son indiscutiblemente personajes de Buenos Aires, y el entorno es más que representativo. La ciudad y la manera de hablar de los personajes son presencias que se imponen. Si ves La Sonámbula, de Fernando Spiner, otra vez encontramos una expuesta argentinidad. Las referencias históricas, los paisajes, ciertos personajes, y la adscripción a una tradición literaria que tanto anclaje tiene en la Argentina, esa ficción especulativa que remite a Bioy Casares, al Eternauta, etcétera.

Pero si a Nueve reinas le sacás la "carne", las características porteñas de los personajes, el tipo de paisaje en que se desarrolla, etcétera, tenés una historia que podría desarrollarse en cualquier ciudad del mundo, y para confirmarlo basta ver Casa de juegos, de David Mammet. Igualmente con La Sonámbula. E igualmente con cualquier película que se te ocurra. Pensemos en la versión argentina de M el vampiro, de Fritz Lang, dirigida por Román Viñoly Barreto, en que Nathan Pinzón recrea el personaje de Peter Lorre. Funciona perfectamente, sin dudas, así como tampoco hay dudas respecto de la alemanidad del original.

Es que hay tras esa carne un argumento, y tras ese argumento un esqueleto que sostiene la narración. Una estructura. Y cuando entramos a desmenuzar las dinámicas estructurales del relato cinematográfico desaparecen los paises. No existe una estructura argentina, una manera específicamente argentina de estructurar un relato cinematográfico. Ni existe una manera específica norteamericana, ni francesa, ni italiana.

Podemos ver que Estados Unidos impone un modelo estructural, que unifica las cinematografías comerciales en el mundo occidental, y buena parte del oriental, al menos del que llega hasta nosotros (y lógicamente no es casual que llegue hasta nosotros). La estructura en tres actos, en que el primero y el tercero duran un cuarto de la duración total de la película cada uno, quedando la mitad de la duración en manos del acto 2. Lo impone a través del bombardeo, el asedio al cerebro del prójimo, y de presiones económicas al resto de los países. Pero lo que impone no es un modelo propio, sino un modo de un modelo, que elige, que le conviene o que le funciona. Insisto: no un modelo propio. Así como la Argentina, los Estados Unidos tampoco han producido una base estructural propia. Han sabido exprimir, en todo caso, una que les es tan ajena como propia, así como para nosotros. Ajena en términos de invención, de registro o patente en función de país. Propia en el sentido de que sí, ellos también son seres humanos.

El esqueleto

La base de la estructura clásica en tres actos, sintetizada por primera vez por Aristóteles en su Poética, hace unos 2.300 años, y que ya tenía unos cuantos añitos de desarrollo en las tragedias que este analizó para sintetizar dicha estructura, se ha modificado poco y nada, no solo en el tiempo sino en la producción cinematográfica de cada nación. Y hablo de la base. Porque analizando películas podemos definir estructuras en 2 actos (estructura frecuente en las formas cortas, sketches o cortometrajes), de cuatro (estructura procedente acaso de la antigua dramaturgia, que situaba el clímax mucho antes del desenlace), cinco (estructura frecuente para películas largas, por ejemplo BenHur), y estructuras difusas, en que según el encuadre da para leer distinta cantidad de actos. (1)

Estas categorías, así como las síntesis estructurales hechas por distintos autores (desde los hollywodenses tipo Syd Field o Linda Seger, al análisis acerca de las estructuras de los relatos mitológicos de Joseph Campbell, capturado y hecho regla para el cine por George Lucas, etcétera), comparten una base en común: la causalidad como dinámica inalterable. Causa y efecto. Acción y reacción.

El acto 1, el comienzo, es un estado de las cosas que deviene de causas anteriores (Rocky Balboa es un boxeador frustrado que pelea en tugurios, es medio subnormal, y no tiene un cobre). En este estado de las cosas, un hecho (una acción, o lo que se llama ahora punto de giro), se convierte en causa que abre paso a un efecto, una reacción (ella volvió, y Rick debe enfrentar el pasado que ya casi había logrado ocultar bajo el olvido), que se desarrolla en el acto dos. En el que a su vez se va a generar una acción (segundo punto de giro: Indiana ya consiguió alcanzar el cáliz; ahora tiene que devolverlo a sus legítimos dueños) que causará un nuevo estado de las cosas en el fin del acto tres, y de la película.

Que en el próximo capítulo (en Rocky 2), será a su vez causa de... etcétera. Se dice que si la sucesión de actos no responde a motivos causales reconocibles, entonces no es una buena película, (un buen relato, una buena estructura).

Y en ese aspecto no hay diferencias. Todas las cinematografías imponen (y/o adscriben a) un modelo asociativo causal, del que no puede escapar ninguna obra que intente algún éxito de público. Y esto impone una dinámica de pensamiento del que el hombre escasamente logra correrse.

Surge la especulación huevogallinácea respecto de qué viene primero: si el sistema de pensamiento del público masivo (no se si llamarlo sistema de pensamiento: tal vez dinámica asociativa), que manda por sobre la estructura, o la imposición de esa dinámica a través del bombardeo permanente en todo tipo de relato. Especulación a la que no me dejaré arrastrar, al menos esta noche. Pero no hay dudas de que este tipo de estructura es similar a la dinámica asociativa de la conciencia contemporánea, sobre todo en occidente. Y cuando digo contemporánea hablo de varios siglos a la redonda.

Aquí sí, ya empiezo a darme por perdido: ¿tendrá relación esta manera de establecerse la dinámica interna del pensamiento con el espantoso estado de cosas del mundo actual? ¿En los planes de qué fuerzas figura el insistir sin cesar para que no podamos emerger de esa dinámica?

Continuidad de la internación, hasta el empantanamiento final.

"Nosotros nos expresamos necesariamente mediante palabras, y pensamos muy a menudo en el espacio. En otros términos: el lenguaje exige que establezcamos entre nuestras ideas las mismas distinciones claras y precisas, la misma discontinuidad que entre los objetos materiales. Esta asimilación es útil en la vida práctica y necesaria en la mayoría de las ciencias. Pero podríamos preguntarnos si las dificultades invencibles que ciertos problemas filosóficos suscitan no proceden del hecho de obstinarse en yuxtaponer en el espacio fenómenos que no ocupan espacio, y si, haciendo abstracción de las imágenes groseras, alrededor de las cuales se desarrolla el combate, no sería posible, en ocaciones, poner término al mismo." (2)

Y si nos corremos de esos ciertos problemas filosóficos: ¿podríamos hacer extensivo esto a pensar en la posibilidad de salirnos de estas dinámicas, en términos de pensamiento cotidiano, o de registro cotidiano de la realidad, y modificar así dicha realidad, poner término a este combate?

Y, ¿ayudaría para eso un desarrollo de estructuras narrativas no causales?
Y, ¿cuáles serían estas estructuras?
Y, ¿seguiríamos llamándolas "estrucura"?

Obviamente no pienso responderme estas preguntas, pero sí seguir internándome un poco en la especulación.

En su libro "Esculpiendo el tiempo", Andrei Tarkovsky hace una definición de su sistema, o su poética. Lamentablemente me lo afanaron y no puedo citarlo literalmente. Pero decía más o menos así: Cuando me interesa transmitir la emoción de un personaje, no lo cuento mostrándolo triste, o riéndose. Prefiero encuadrar un paisaje, un charco de agua con ciertos brillos... otra cosa, que pueda suscitar en el espectador esa emoción.

Este sistema, esta poética, conlleva una actividad extra para el espectador: contemplar unas imágenes sin saber exactamente hacia dónde quiere manipularlo el autor. Y esto es algo que mucho no se perdona. Una observación: muy distinto es trabajar con la atención del espectador, que manejar el hilo de su pensamiento. Y el relato causal, naturalmente, conduce el pensamiento, además de la atención. Tal vez sea el que más facilidades otorga para desarrollar y sostener sistemas de control.

William Burroughs trabaja mucho sobre este tema. A partir de sus cut-ups, de sus desarrollos argumentales en que los saltos y movimientos no responden a dinámicas causales, de su permanente interés por la simultaneidad, intenta como acto político romper con esa dinámica. En el único guión cinematográfico que escribió, Las últimas palabras de Dutch Schultz, no solo se explaya en sus dinámicas de subjetividad extrema, sino que propone dispositivos narrativos para trabajar, en la percepción del espectador, con lo simultáneo, con lo extra-causal. Por ejemplo indica que ciertos actores, además de sus personajes, participen como extras o secundarios poco reconocibles en otras escenas, con el objetivo de generar efectos de deja vu que enrarezcan la percepción del espectador, y atenten contra su organización temporal del relato, y así contra su propia organización interna, contra su dinámica de la conciencia.

Son tópicos difíciles. Aquellas películas que no respeten la dinámica causal, quedan encerradas en la inofensiva etiqueta del cine experimental. Que lo hay, en Argentina y en el mundo. Pero esos ejemplos aislados no suelen incorporarse en lo que se llama la cinematografía del país. Encima, filmar no solo cuesta vida, y hasta para desarrollar un proyecto de neto corte comercial suele ser necesario que entre algún billete de afuera, porque el de acá no sabe no contesta. O no alcanza. Además, incursionar lenguajes distintos implica modificar los circuitos de distribución del material. Hay entonces dos grandes esfuerzos para hacer: el de pensar una propuesta, filmarla y mostrarla, y el del espectador, que suele rechazar aquéllo en lo que no se reconozca de manera inmediata. Esta característica, este piloto automático, está en el pensamiento argentino. Pero no es privativo de él.

El espectador, decía... el espectador... ¡qué tema!. Esa indiscriminación llamada espectador... como decir "las masas", "el pueblo"... Y el espectador, si es que existe tal etiqueta, no deja de mostrarse como un bicho triste, desganado, automatizado, manejable. Nunca nadie imagine que me excluyo de estas características, por favor... Pero el espectador busca que le repitan lo que ya sabe, que le tiendan la cama con las sábanas que ya conoce, que no lo molesten. Y la crítica, con sus extrañas relaciones, suele decir: "el espectador argentino ha crecido mucho", cuando fue mucha gente a ver una película que a esta crítica le gustó. Y si bien el huevogallinismo a que hacía referencia antes no desaparece, en el sentido de si es el espectador o el realizador el responsable de la cosa, no cabe quitar responsabilidad a ninguno en este pantallazo. Realmente, si el espectador no se levanta, la película no se renueva. Como la vida misma.

Llegado a este punto, en que se me plantea la ausencia de nacionalidades en la base estructural del relato, empiezo a pensar si las naciones (y por ende los pensamientos nacionales) no serán emergentes de la invención causal de la realidad. Del lenguaje. A preguntarme si no sería un movimiento interesante el que, como espectadores, intentáramos deshacernos del piloto automático de encontrar tranquilidad en que nos cuenten siempre las historias en términos causales, (en ese punto sí: siempre la misma historia). Forzarnos (es un gran esfuerzo) a algún tipo de movimiento interno de nuestras conciencias que nos corra un poco del "acción y reacción", del temor-huída, del enfrentamiento de las parejas de opuestos. Y sé que aquí todo empieza a abrirse, y me alejo del cine, y entro a territorios inmensos, la comunicación, la palabra, no se, muchas cosas, pero no puedo dejar de preguntarme si convirtiendo el relato en otra cosa, no convertiríamos en otra cosa la realidad. Y la Argentina, y el mundo. Y evidentemente: el lenguaje. Es decir: el pensamiento.

No es retórico: realmente me lo pregunto.

¿Será un camino, ése? ¿Será un esfuerzo que valga? ¿Será que insistir en la comodidad del disfrute programado del relato causal nos sigue empantanando en el mismo barro desde hace tantos siglos?

  NOTAS:
(1) Los tipos de estructuras fueron extraidos del libro Guiones modelo y modelos de guión, de Francis Vanoye.
(2) Del libro Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia, de Henri Bergson.
 

Javier Diment es guionista y asistente de dirección de cine (entre otras cosas, el corto de las Vaquitas, en Historias de Argentina en Vivo, dirigido por Fernando Spiner, y con el mismo director, la película Adiós Querida Luna, en proceso de post-producción). Es realizador de televisión (empezó como asistente en el programa El Otro Lado). Dicta talleres de guión cinematográfico y clases en el ENERC. Co-editó durante unos años la revista independiente Sexicangrejo. Tiene un espacio en el programa de radio La Gota (a.m. El Mundo, sábados de 15 a 17), donde habla de literatura y cine. Ha escrito varias obras inéditas, entre ellas dos novelas, "Teléfonos" y "La muerte -el relleno de este libro". Actualmente, dirige Mabuse, revista de cine, guión y literatura en internet.


  FOTOS DE CINE:
El tango en Broadway (1934)
Cuesta Abajo
Música, alegría y amor (1956)

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