Trabajar en la cultura, en la producción y
difusión de conocimientos, no es un
pasatiempo. El imaginario colectivo, con mucha
frecuencia, lanza esta actividad al terreno
del ocio o de la desocupación. Y el trabajo
independiente, fuera de las protecciones
mercantiles o académicas, suele ser, lo
sabemos muy bien, arduo y a veces bastante
desalentador. Hay una cultura que tiende al
menosprecio de lo que se refiere a las tareas
del intelecto pero también hay intereses muy
bien fundados para sostener dicho
convencimiento. El pensar siempre fue una
ocupación riesgosa, no solo para el que la
realiza sino también para aquellos que están
cómodos en un sistema establecido y protector.
La sobreproducción de contenidos, de
opiniones, de comentarios, de libros
descartables, de blogs intrascendentes, de
muros atiborrados de palabrerío, activos las
24 horas del día, en tiempo real para
documentar la nada, de trivialidades
estupidizantes, configuran un panorama
desalentador para cualquier pensamiento que se
pretenda relevante para la vida cultural de
una sociedad. Funcionan como poderosos
analgésicos del espíritu, el que entra en un
letargo adictivo y pierde, por lo general, la
perspectiva del tiempo. Que no es otra cosa
que un presente que se disuelve a paso veloz y
deja una nada que hay que llenar de manera
inmediata. Del futuro, o mejor dicho, de una
construcción a largo plazo, ninguna novedad a
la vista.
Pero por otro lado, no
es de extrañar que la Academia eleve el grito
al cielo cuando siente que su hegemonía está
en juego. El problema no radica en un asunto
de vencedores y vencidos. El problema es que
la aparición de otros centros de producción
haría entrar en crisis las legitimaciones y
las formas de circular, de producir y de
canonizar los conocimientos que ella enarbola
(y de paso, cargos, becas, institutos y toda
la estructura parasitaria que la sustenta con
fondos públicos). Pero esa crisis, muy
saludable por cierto, solo sería real si esos
institutos tienen como premisa fundamental, y
fundacional, su condición de independientes de
cualquier poder. Si funcionaran como sitios
móviles donde se abordara lo no pensable. Y
esto no se trata de rescatar a olvidados y
malditos, o de fosilizar a la lengua en un
Museo, sino de leer en otra forma, fuera de
territorios preestablecidos a fuerza de
normativas, jerarquías y márgenes, de corpus,
léxicos y toda la parafernalia formal a la que
se apela para domesticar los procesos de
investigación. Y en otro caso, fuera de los
intereses políticos del momento. No es
infrecuente encontrar profesores que enseñan
en los grandes centros mundiales de
conocimiento al mismo tiempo que en la
Academia Argentina. Interrogarse hasta qué
punto influye ese doble lugar de enunciación,
desde un país del primer mundo al nuestro,
tampoco vendría mal. Qué autores son
traducibles, qué discursos son taquilleros,
qué pensamientos se adaptan a las necesidades
de estos centros, qué formas no incomodan a
esas historias:
al fin y al cabo,
pensar con los mecanismos, las normas y los
intereses del centro cuando se está en el
margen es la mejor garantía de perpetuar la
dependencia y la exclusión, de fortificar la
hegemonía en todos los órdenes, no solamente
cultural, y de alimentar esa estupidez de la
que hablábamos al principio.
La instrumentalización
del pensamiento en una estructura que ostenta
al prestigio como elemento silenciador frente
a la crítica o la prerrogativa de un Estado
que se adjudica las formas de contar la
historia, son los objetivos a demoler con
estas nuevas formas de lectura. Que pueden
surgir de los sitios más inesperados. Esa es
la tarea más ardua para cualquier intelectual
realmente independiente.