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NOTA DE TAPA N° 90 / DICIEMBRE - ENERO  2011/12

Otro año que vivimos en peligro
 


FOTO: ZENDA LIENDIVIT / 2011

 

Trabajar en la cultura, en la producción y difusión de conocimientos, no es un pasatiempo. El imaginario colectivo, con mucha frecuencia, lanza esta actividad al terreno del ocio o de la desocupación. Y el trabajo independiente, fuera de las protecciones mercantiles o académicas, suele ser, lo sabemos muy bien, arduo y a veces bastante desalentador. Hay una cultura que tiende al menosprecio de lo que se refiere a las tareas del intelecto pero también hay intereses muy bien fundados para sostener dicho convencimiento. El pensar siempre fue una ocupación riesgosa, no solo para el que la realiza sino también para aquellos que están cómodos en un sistema establecido y protector. La sobreproducción de contenidos, de opiniones, de comentarios, de libros descartables, de blogs intrascendentes, de muros atiborrados de palabrerío, activos las 24 horas del día, en tiempo real para documentar la nada, de trivialidades estupidizantes, configuran un panorama desalentador para cualquier pensamiento que se pretenda relevante para la vida cultural de una sociedad. Funcionan como poderosos analgésicos del espíritu, el que entra en un letargo adictivo y pierde, por lo general, la perspectiva del tiempo. Que no es otra cosa que un presente que se disuelve a paso veloz y deja una nada que hay que llenar de manera inmediata. Del futuro, o mejor dicho, de una construcción a largo plazo, ninguna novedad a la vista.

Pero por otro lado, no es de extrañar que la  Academia eleve el grito al cielo cuando siente que su hegemonía está en juego. El problema no radica en un asunto de vencedores y vencidos. El problema es que la aparición de otros centros de producción haría entrar en crisis las legitimaciones y las formas de circular, de producir y de canonizar los conocimientos que ella enarbola (y de paso, cargos, becas, institutos y toda la estructura parasitaria que la sustenta con fondos públicos). Pero esa crisis, muy saludable por cierto, solo sería real si esos institutos tienen como premisa fundamental, y fundacional, su condición de independientes de cualquier poder. Si funcionaran como sitios móviles donde se abordara lo no pensable. Y esto no se trata de rescatar a olvidados y malditos, o de fosilizar a la lengua en un Museo, sino de leer en otra forma, fuera de territorios preestablecidos a fuerza de normativas, jerarquías y márgenes, de corpus, léxicos y toda la parafernalia formal a la que se apela para domesticar los procesos de investigación. Y en otro caso, fuera de los intereses políticos del momento. No es infrecuente encontrar  profesores que enseñan en los grandes centros mundiales de conocimiento al mismo tiempo que en la Academia Argentina. Interrogarse hasta qué punto  influye ese doble lugar de enunciación, desde un país del primer mundo al nuestro, tampoco vendría  mal. Qué autores son traducibles, qué discursos son taquilleros, qué pensamientos se adaptan a las necesidades de estos centros, qué formas no incomodan a  esas historias: al fin y al cabo, pensar con los mecanismos, las normas y los intereses del centro cuando se está en el margen es la mejor garantía de perpetuar la dependencia y la exclusión, de fortificar la hegemonía en todos los órdenes, no solamente cultural, y de alimentar esa estupidez de la que hablábamos al principio. La instrumentalización del pensamiento en una estructura que ostenta al prestigio como elemento silenciador frente a la crítica o la prerrogativa de un Estado que se adjudica las formas de contar la historia, son los objetivos a demoler con estas nuevas formas de lectura. Que pueden surgir de los sitios más inesperados. Esa es la tarea más ardua para cualquier intelectual realmente independiente.

 

 


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