| |
"...todo
lo que tiene una marcha
resuelta, franca, lo que
destaca el cuerpo
mientras anda, está
expuesto a riesgos
anónimos; y por lo
contrario, que aquello
que repta, que se
aposenta en cuevas, que
toma el color y el
aspecto de las cosas de
la tierra, está
protegido por alvéolos
transparentes. Todos los
valores se potencian
hacia lo estático y se
marchitan hacia lo
dinámico, cuyas leyes
infinitamente más
complicadas sólo dejan
de ser tembibles para el
ojo de la
serpiente."
EZEQUIEL
MARTÍNEZ ESTRADA
|
|
Nota de Tapa
N° 36 / América al rojo
vivo
Asunción
Buenos Aires /
Ycuá Bolaños -
Cromagnón
La
técnica del reptil

Foto:
Diario La Nación de
Paraguay (Diciembre 2006)
Asunción
es el territorio de la
infancia, con ciertas
coordenadas fijas en el
recuerdo: los árboles
frutales, las puertas
abiertas de par en par
durante todo el día, las
galerías y los patios
embaldosados y el silbato
del heladero a la hora de
la siesta. Es la calle
América, de apenas unas
cuantas cuadras, con dos
límites infranqueables:
las Avenidas España y
Mariscal López, espacios
adultos, de tránsito
rápido que entonces
contrarrestaban la vida
lenta de sus
transversales. Pero
América era nuestra; los
automovilistas lo
sabían, circulaban a
paso de hombre, como
dejando en claro nuestra
autoridad vial ejercida a
través del fútbol, el quemado
o la simple presencia del
bloque infantil que unía
sin solución de
continuidad ambas
veredas. Precarias
alambradas separaban una
casa de otra; muchas
tenían gallinero al
fondo y casi ninguna,
pileta de material. Esta
quedaba reservada para
las clases altas. En la
calle América vivía una
burguesía profesional,
intelectuales
desencantados y
comerciantes en ascenso.
La
televisión recién
llegada al país era otro
de los fundamentos de
este territorio: a la
hora de Bonanza o
de Un paso al más
allá nos reuníamos
en el patio de alguno y
allí seguíamos aquellas
historias que luego
recrearíamos trepados en
árboles y techos.
Héroes y heroínas que
morían, resucitaban, se
transformaban,
atravesaban épocas,
espacios y hasta géneros
pero que siempre
vencían. Las fuentes de
nuestros libretos estaban
allí, apoyadas por los comics,
que circulaban de casa en
casa y que envejecían
semanalmente. El
calendario marcaba
mediados de los años 60,
pero poco y nada
sabíamos de aquella
dictadura en la que
habíamos nacido y la que
se prolongaría, cada vez
más violenta, unas
cuantas décadas más.
Sin embargo, una fuerza
silenciosa latía por lo
bajo y lanzaba sus
efluvios siniestros que
nosotros intuíamos y que
buscábamos contrarrestar
con gritos, corridas e
interminables puestas en
escena de la eterna lucha
entre el bien y el mal.
Los
mayores de nuestro clan
arañaban los 11; los
más chicos rondábamos
los cinco. De aquéllos
íbamos heredando las
colecciones juveniles, y
así conocimos a Verne,
Salgari, Alcott,
Stevenson y Melville casi
sin darnos cuenta. La
calle era el sitio
codiciado donde se
llevaban a cabo las
luchas por el liderazgo;
los jardines y patios
funcionaban como apoyos
estratégicos de cada
familia de hermanos;
había códigos
inviolables, alianzas
secretas y algunas
traiciones. Los más
grandes, los que ya
andaban entre los 15 y
los 18 años, y que por
supuesto no formaban
parte del grupo,
invariablemente nos
invitaban a sus fiestas
de cumpleaños y de
carnaval. Los adultos se
sentaban en círculos, en
el patio las
fiestas siempre se
hacían afuera porque en
Asunción siempre hace
calor-, los jóvenes
hablaban de amores y
bailaban con los Beatles
y Sandro. Durante un
rato, nosotras
imitábamos a las
adolescentes, pero pronto
nos aburríamos y
entonces nos tomábamos a
los golpes con los
varones que nos tiraban
de las trenzas, rematadas
en moños blancos, o
armábamos con ellos
campeonatos de fútbol
que hacían peligrar las
mesas arregladas para la
ocasión, los atuendos de
los asistentes y hasta la
cristalería que entonces
salía a relucir de
manera especial. Nuestros
cumpleaños, en cambio,
eran solo nuestros. El
ritual consistía en ir a
elegir personalmente las
golosinas y el cotillón
para la reunión de la
tarde. El almacenero, con
rostro grave, como si
estuviera llevando a cabo
una importantísima
transacción comercial,
iba apartando el material
seleccionado, y el del
cumpleaños llevaba la
preciada carga a su casa,
seguido en procesión por
el resto del clan. Los
más pudientes incluían
piñatas y hasta
animadores.
La
muerte llegó temprano;
una nena recién nacida
enlutó al barrio y a
nosotros nos cayó la
prohibición de no hacer
ruido por una semana.
Cosa que no entendimos en
absoluto puesto que a esa
edad la muerte es remota
aunque ocurra en la casa
de al lado. Las siestas
eran sagradas para los
adultos y verdaderos
calvarios para los
niños. Así es que ese
duelo nos pareció una
siesta interminable. Pero
aquéllo le dio un nuevo
significado a la calle
América; a nuestros
rituales lúdicos,
nuestros desplazamientos
en bloque, nuestra
hegemonía vial, se le
agregaba ahora una nueva
imagen: una silenciosa
procesión, precedida por
un pequeño cajón
blanco, con todos los
autos del barrio atrás y
el negro homogéneo de
nuestros mayores. La
calle también enmudecía
frente a las enfermedades
infantiles: cuando alguno
del grupo contraía
viruela, gripe o paperas,
caíamos todos, y
entonces América se
cubría de un aire
sepulcral. Amanecía
desierta y silenciosa y
de alguna forma
anticipaba los años por
venir, cuando uno a uno
la fuéramos abandonando
en pos de otros destinos.
Pero el tiempo de la
infancia es la eternidad
y allí nadie pensaba en
volverse adulto;
seríamos siempre niños
y la ciudad quedaría
delimitada por esa calle,
por el colegio, ubicado a
algunas cuadras de allí
y, de tanto en tanto, por
el centro, al que íbamos
de manera excepcional y
casi como extranjeros.
Nada
de aquella Asunción
queda ahora, es una
metrópolis como tantas
otras en América Latina.
Una mezcla de retazos del
pasado y un despliegue de
gestos de ciudad moderna,
fragmentada y ajena por
completo a cualquier idea
urbanística. Torres
vidriadas telonean a las
últimas construcciones
coloniales del centro o
directamente se pegotean
a ellas; zonas
residenciales lindan con
extensas áreas de
pobreza y el río está
ausente de la ciudad,
salvo para los deportes
náuticos de los clubes
privados, o para ahogar
con sus crecidas a uno de
los barrios más
carenciados de Asunción.
Pero algo de las otras
ciudades aún late por
abajo del pavimento y
siempre, a manera de las
Buenos Aires de Martínez
Estrada, pugna por salir.
De vez en cuando, esa
Asunción de ayer, de
ritmo cansino, sin
anonimato posible,
premoderna, solidaria
hasta la intromisión,
fulgura en la modernidad
metropolitana. Entonces,
y en vez de un cajón
blanco, son 400 cuerpos
calcinados, atrapados en
una trampa mortal durante
un plácido domingo de
agosto de 2004, los que
presiden la procesión y
transforman a la ciudad
en un cementerio
Ycuá Bolaños
anticipa también el
negro diciembre que
sellaría por siempre a
Buenos Aires con la
masacre de Cromagnón ese
mismo año-. Y vuelve a
resurgir en la furia y
los desmanes, ocurridos a
principios de diciembre
de este año, frente a la
impunidad judicial y a la
eterna ausencia de
responsables. Una ciudad
sacude a la otra,
desenmascara ese circuito
de seguridades
"reptilianas"
en el que se ampara, la
hace salir del letargo o
la euforia, y muestra los
infinitos estratos, los
múltiples territorios
que en realidad anidan en
cualquier moderna
metrópolis sudamericana.
Diciembre
2006
A NOTAS DE
TAPA
A Inicio
2000-2006
Revista Contratiempo |
Buenos Aires | Argentina
Directora Zenda Liendivit
/
|
|