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Nota de tapa 20 / Año III / Diciembre 2004

NOTA EDITORIAL / DICIEMBRE 2004
Cultura y Pobreza
Ezequiel Martínez Estrada no era demasiado optimista cuando analizaba la situación y el destino de la cultura en el mundo occidental. Planteaba que la unificación de las fuerzas libres del alma constituía una posible forma de resistencia a ese catastrófico estado de cosas en el que la civilización había sumido al hombre; pensaba en la capacidad que poseían ellas para desorganizar las rígidas estructuras en las que estaba atrapado; confiaba en las reservas insospechadas que anidan imperceptibles en medio del desastre y, en última instancia, en las infalibles leyes del azar.
Tenía muy en claro, sin embargo, que la lucha era desigual: la civilización y sus propagadores constituían enemigos demasiado poderosos para una cultura orgánica y vital, basada en la libertad espiritual del individuo. Por lo que, afirmaba, para cualquier poder representaba menos peligro un hombre con libertad económica que uno intelectualmente libre. La confusión de términos –tomar una libertad por otra- no sería entonces más que otra estrategia de sometimiento: el hombre no tiene conciencia de su esclavitud, ni siquiera que él mismo es su amo más terrible. De allí, el deseo de los estados en mantener a los pueblos en la más completa ignorancia, aunque ésta fuera ilustrada; de allí la cultura de masas, el embrutecimiento sistemático y los educadores educados para tales fines (aún los que se autoproclaman progresistas). De allí, en fin, una cultura alejada de los valores fundamentales y transformada en mercancía y en vehículo de servidumbre.
Educación, cultura, pobreza, desocupación y hambre parecerían ser en la Argentina las piezas de un difícil rompecabezas, un desafío cuya resolución, como mucho, no apuntaría más allá del orden del discurso, de una enunciación más o menos feliz de dicho armado. Esta impresión actualizaría de alguna manera las palabras de Martínez Estrada, cuando cita a Simone Weil, sobre la opinión que suelen tener del pueblo tanto el Estado como sus educadores, una masa incapaz de entender y sentir por encima de cierto nivel muy bajo de excelencia. Confundir (o inducir al público a hacerlo) palabras con hechos es el mejor mecanismo para tranquilizar conciencias ya embrutecidas, desmantelar cualquier intento crítico y mantener esa realidad lo más lejos posible. Al fin y al cabo la ficción siempre fue más atractiva que la realidad y moverse en ambos terrenos, sin tener conciencia de los límites precisos, no puede ser sino una ventaja cuando la distancia entre ellas es insalvable.
Sin embargo, así como muy difícilmente la lengua, o la dinámica que la mantiene rebeldemente viva al decir de Steiner, asista a congresos en lujosos teatros, tampoco la cultura crítica estará allí donde oficialmente se le ha decretado domicilio. Martínez Estrada fue un intelectual argentino que pensó su tiempo, que reflexionó sobre las complejas relaciones entre la cultura y el estado, la sociedad, la política y la economía; afortunadamente, no creó escuela (el doble apellido lo salvó también de idólatras y continuadores). Lejos del homenaje desactivador y estéril, la recuperación -y la lectura- de su obra podría iluminar nuestra época actual, podría hacernos pensar en este año que se está despidiendo con los reclamos de los docentes bonaerenses en defensa de una mejor educación pública, con los obreros de Zanon y de Pirelli reclamando por sus fuentes de trabajo, con los piqueteros transformando –y, por qué no, revitalizando- una y otra vez el aletargado paisaje de Buenos Aires, con las provincias pidiendo -a los gritos, bajo amenazas o silenciosamente- comida y trabajo, y con una desoladora sensación de malestar que trasciende largamente el plano económico para afectar, por fortuna, también el espiritual. Cuando se cumplen 40 años de la muerte de Ezequiel Martínez Estrada y en el cuarto año de vida de Contratiempo, reproducimos algunos fragmentos de su obra "Análisis funcional de la cultura"

Redacción de Contratiempo
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