
TRISTAN TZARA

HUGO BALL
|
Dadá y El
Cabaret Voltaire
HANS RICHTERDel libro
Historia del Dadaísmo, Ediciones
Nueva Visión (Buenos Aires,
1973)
Todo cuanto (Hugo)
Ball tenía de reflexivo,
reservado y profundo, estaba
compensado en el poeta rumano
Tristan Tzara por una vivacidad
ardiente, una fluidez intelectual
y una agresividad increíble. Era
pequeño, pero carecía de
inhibiciones: un David que sabía
tocar a cada Goliat exactamente
en su punto vulnerable, con una
piedra o un poco de tierra o de
estiércol, acompañados (o no)
por frases ingeniosas, réplicas
impertinentes o expresiones
verbales mordientes y duras. Era
un virtuoso de la vida y el
lenguaje, que se animaba
crecientemente a medida que a su
alrededor aumentaba la batahola.
Ese contraste absoluto entre
Tzara y Ball hacía resaltar con
mayor claridad sus cualidades
respectivas, de modo que estos
dos anit-Dióscuros formaban,
durante aquella primera época
"idealista" del
movimiento, una unidad semiseria,
semicómica, pero muy dinámica.
Nada existía que Tzara no
hubiera conocido, emprendido o
arriesgado. Con él, con su
sonrisa maliciosa, su sentido del
humor y también sus
triquiñuelas, no se conocían ni
el tedio ni la abulia. En
constante actividad, parloteando
en alemán, francés o rumano,
era el antídoto natural del
calmo y meditativo Ball
y
tan irremplazable como él. En
efecto, a su manera, cada uno de
estos paladines del espíritu y
del anti-espíritu de Dadá era
insustituible. ¿Qué hubiera
sido de Dadá sin los poemas de
Tzara, sin su ambición
insaciable, sin sus manifiestos,
sin hablar de los tumultos que
sabía provocar en forma
magistral? Declamaba, cantaba y
hablaba en francés
también podía hacerlo en
alemán, con similar maestría- o
interrumpía sus actuaciones con
gritos, sollozos y silbidos.
Repiques de campanas
y campanillas, tambores, golpes
sobre mesas o cajones vacíos
vitalizaban en forma inédita el
violento llamado del nuevo
lenguaje poético, excitando
así, por medios puramente
físicos, a un público que al
principio permanecía totalmente
postrado ante sus jarros de
cerveza. Pero aquello acabaría
por arrancarlo de su estado de
embotamiento, a tal punto que un
verdadero frenesí de
participación se apoderaba de la
gente. ¡Eso era el Arte, eso era
la vida y eso era lo que ellos
necesitaban!
En verdad, los
futuristas ya habían introducido
en el arte (y sus
manifestaciones) el concepto y la
técnica de la batahola. Como
arte, lo llamaban
"ruidismo", y fue
elevado más tarde a la
categoría musical por Edgard
Varèse, quien a su vez siguió a
Russolo, que había descubierto
la música de ruidos, uno de los
aportes fundamentales del
futurismo a la música moderna.
En 1911 Russolo construyó un
"órgano ruidista",
gracias al cual podían evocarse
todos los sonidos indeseables de
la vida cotidiana
, los
mismos que Varèse utilizaría
más tarde como elementos
musicales.
Este singular
instrumento fue destruido en
1930, en París, durante el
estreno en el Estudio 28-
del film de Dalí y Buñuel La
edad de oro; en esa ocasión
los "Camelots du Roy" y
otros grupos reaccionarios
arrojaron bombas de mal olor a la
pantalla donde se proyectaba este
film "anti" (católico)
y luego procedieron a destruir
sistemáticamente cuanto cayó en
sus manos: butacas, mesas,
cuadros de Picasso, Picabia y Man
Ray y, entre otras cosas, el
órgano "ruidista" de
Russolo, expuesto en el foyer
junto con los cuadros. El
"ruidismo" fue retomado
por el Cabaret Voltaire y
enriquecido con suspiros y
aullidos por el impulso y el
frenesí de un movimiento nuevo:
hacia arriba, hacia abajo, a
derecha y a izquierda, hacia
adentro (suspiros) y hacia fuera
(aullidos).
En volumen sonoro y
en corrosividad, Tzara había
encontrado su igual en la persona
de su anti-amigo, el
médico-poeta Richard
Huelsenbeck. A través de su
amistad con Hugo Ball, por quien
sentía admiración, Huelsenbeck
había sido arrastrado al
torbellino del cabaret, que
convenía perfectamente a su
personalidad. En forma muy
distinta al espíritu mordaz de
Tzara, su impertinencia
consiguió oportunamente irritar
al público; tal impertinencia
iba combinada con un látigo que
agitaba al ritmo de sus Plegarias
fantásticas, recién
compuestas, azotando así,
metafóricamente, las nalgas
colectivas de la concurrencia.
Huelsenbeck estaba
obsesionado por los ritmos de la
música negra, que ya en Berlín
había servido, así como a Ball,
para sus experiencias. Tenía
predilección por el gran tam-tam
que utilizaba para acompañar sus
Plegarias desafiantes y
blasfemas. Dice Ball: "Se
había erigido en defensor de una
intensificación del ritmo
(negro) y de buena gana hubiera
ahogado la literatura en redobles
del tambor". Si combinamos
las improvisaciones pianísticas
de Ball y la voz aflautada,
débil y artificial de Emmy
Hennings (alternando canciones
folklóricas y licenciosas), con
las máscaras negras abstractas
de Janco, que transportaban al
público del lenguaje primigenio
de la nueva poesía a la selva
virgen de las visiones
artísticas, podremos concebir en
parte la vitalidad y el
entusiasmo que inspiraron al
grupo
"Son una especie
de poseídos, proscriptos,
maniáticos, y todo por amor a su
obra. Se dirigen al público con
la esperanza de obtener su ayuda,
y le proveen el material para
diagnosticar su enfermedad",
escribía la prensa
.
Al igual que Tristan
Tzara, Marcel Janco y sus
hermanos habían llegado a Zurich
procedente de Bucarest, el París
de los Balcanes. Antes de marchar
a Suiza, Janco había realizado
serios y profundos estudios de
arquitectura. En su mente había
almacenado de todo, desde la
pequeña cesta de juncos que
sirvió de morada ambulante a
Moisés en sus primeros días de
vida, hasta los Estudios de
armonía y perspectiva de
Bramante o las teorías
renacentistas de Leon Battista
Alberti.
Esto se advierte muy
bien en sus relieves abstractos,
que no tardarían en adornar
nuestros muros. Unas veces
talladas en yeso de un blanco
puritano, otras pintados, a veces
provistos de trozos de espejos, o
incluso tallados en madera, estos
relieves estaban concebidos como
obras de arte, con la más
profunda seriedad, y tenían,
como dice Ball en su Diario,
"su propia lógica,
desprovista de amargura o
ironía".
Todo lo que Janco
producía tenía cierta
elegancia, inclusive las
horripilantes máscaras
abstractas de las que dice Ball:
"Para el nuevo espectáculo
Janco ha realizado algunas
máscaras que revelan algo más
que talento. Evocan el teatro
japonés o la tragedia griega sin
dejar de ser profundamente
modernas. Fueron concebidas para
ser vistas a la distancia y
producen un efecto increíble en
la sala relativamente pequeña
del cabaret. Todos estábamos
presentes cuando Janco llegó con
sus máscaras y cada uno de
nosotros inmediatamente quiso
probar una. Entonces ocurrió
algo extraño: cada máscara no
sólo exigía un traje apropiado,
sino que imponía igualmente
gestos precisos, patéticos, que
rozaban la demencia. Sin dudarlo
un instante, cinco minutos
después nos encontrábamos
moviéndonos como en un extraño
ballet, vestidos y ornados con
los objetos más inverosímiles,
intentando sobrepasarlos
mutuamente con nuestras
ocurrencias.
El poder de esas
máscaras se comunicaba a
nosotros con violencia
irresistible y nos hizo
comprender de súbito el
significado que tenían en la
pantomima y el teatro. Esas
máscaras exigían simplemente, a
quien las usara, que comenzara a
danzar una danza a un tiempo
trágica y absurda (
) Los
que nos fascina en estas
máscaras es que encarnan
caracteres y pasiones que
sobrepasan en mucho la escala
humana. El horror de nuestra
época, con su telón de fondo
paralizante, se torna aquí algo
perceptible."
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