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Literatura y Ciudad
El crimen en el barrio
ROBERTO
ARLTEsta
Aguafuerte porteña fue publicada
en el diario El Mundo
del 25 de enero de 1929.
El crimen en
el barrio
No me refiero al barrio
céntrico, sino al barrio de la
orilla; Mataderos, cercanías del
arroyo Maldonado, sur de
Floresta, radio de Cuenca, Villa
Luro, Villa Crespo, etc., etc.
Esos barrios, de casas
amontonadas, de salas divididas
en dos partes, donde en una
trabaja el sastre y en la otra se
apeñusca la familia, son mis
tierras de predilección. Allí
se desenvuelve la vida
dramática, la existencia
sórdida que, cuando yo tenía
doce años, aprendí a admirar en
las novelas de Carolina
Invernizio, y ahora en las de
Pío Baroja. Con la diferencia,
claro está, que ahora todos esos
barrios me son familiares. Los he
recorrido en tantos sentidos y
tantas veces, que puedo
especificar cuál es la
característica de una
carnicería que está a dos
cuadras antes de llegar a la
plaza de Vélez Sársfield, por
Avellaneda.
Pobreza
Allí la gente vive pobremente.
Con presupuestos que sufren un
espantoso desequilibrio cuando
faltan diez pesos del mensual.
Una casa es morada de varias
familias; la enemiga común, la
dedicada al espionaje, la
buscadora de perlas del caserón,
es la encargada, y la gente vive
odiándose por pequeños chismes
que van y vienen, atisbando la
vida del vecino, mordiéndose las
uñas en un fermentar de odio que
a veces estalla en el crimen
sensacional.
Entonces, todo el aburrimiento
que se alberga en esas almas sin
distracciones, estalla como una
bomba fulgurante. Parece mentira,
pero yo he oído, al entrar a la
casa donde un hombre había
liquidado a su mujer y dos hijos,
estas palabras de varias mujeres:
El crimen debió ocurrir el
sábado pasado.
Esto es formidable. Durante cinco
días la gente de esa calle
había estado aguardando el
acontecimiento, olfateándolo en
conversaciones cuchicheadas; esas
conversaciones que al llegar
interrumpen los maridos, pues
prevén una pejiguera de órdago
si se le consiente a su mujer que
ande echando leña al fuego.
Placer de
los pobres
Cuando una mujer inicia el relato
del chisme, el marido, lo primero
que exclama es:
¡Cállate la boca; déjate de
macanear!
La mujer calla, pero entonces, el
hombre que está aburrido de ocho
horas de fábrica, que no tiene
ganas de ir hasta el almacén de
la esquina, dice:
¿Así que hay un lío?
No ha terminado de pronunciar
estas palabras cuando el vecino
de la otra pieza se acerca y
comenta:
¡Pero quién diría, amigo! ¿Se
da cuenta? La del sastre habla
con el carpintero de la esquina.
En cuanto el gringo lo sepa, la
mata.
Es fija, la mata.
Y todos, de pronto, se quedan
estáticos, meditando, saboreando
el contenido de la palabra matar,
gozándolo profundamente,
imaginándose la tragedia y
estremeciéndose de un placer que
no quieren confesar.
Esa noche el sastre recibe el
anónimo.
Después del
crimen
Después del crimen todos
respiran aliviados. ¡Por fin se
han confirmado las presunciones!
Y la gente, que ha vaticinado el
suceso, exclama, gloriosamente,
tomando por testigos a los que
les escucharan:
¿No le había dicho yo? ¿No le
había dicho? ¿Ha visto cómo no
me equivoqué?
La satisfacción de no haberse
equivocado es tan intensa, que si
aquí hubiera una cinta de la
Legión de Honor, estos búhos la
reclamarían en premio de sus
servicios a la pesca del suceso.
Y como el crimen ocurre,
fatalmente, en las horas de la
noche, o al amanecer, poco
después que el hecho se produjo,
el barrio aparece revuelto como
un avispero, o un hormiguero
después de una inundación.
El plato
En cada puerta hay media docena
de mujeres. Las vecinas, que, por
dimes y diretes, no se saludaban,
en esta oportunidad hacen las
paces. Las que han hecho las
paces se tratan con exquisita
cordialidad. Se dicen:
¡Pero quién lo iba a decir,
señora! ¿Eh?
¿Ha visto, señora? ¡Una mujer
que parecía de su casa
!
A mi no me parecía trigo muy
limpio. ¡Qué quiere que le
diga, señora! Yo le había visto
unos saludos demasiado amables
con el esposo de la
partera
¡En fin..! Que
descanse en paz, la
pobrecita
El chafe, que está en la puerta
de la casa del drama, no deja
pasar sino a los inquilinos.
Periodistas van y vienen; los
fotógrafos le dicen cuchufletas
a las mocitas que, frente a la
casa, se cruzan de brazos, menean
la cabeza y, cuando se ríen
demasiado fuerte, reprimen la
carcajada subsiguiente, porque la
difunta está estirada allí
adentro esperando al juez.
Satisfacción
Ese día todo el mundo almuerza
satisfecho, con apetito. Cierto
es que la sopa está quemada y
que la tortilla se pasó, y que
las papas del puchero están
crudonas; pero nadie repara en el
pan habiendo tortas de
acontecimiento. La gente no sabe
por qué, pero almuerza,
satisfecha, con una cosquilla de
alegría hormigueando en el alma;
y el almacenero que, por razones
de caja, no ha podido dejar el
mostrador, estira el pescuezo
fuera de la trastienda, o
mientras despacha medio kilo de
azúcar, sin olvidarse de robar
cien gramos, pregunta:
¿Así que le dio veintisiete
puñaladas
?
Justitas.
¿Cómo ocurren las cosas, doña!
¿Eh?
Y, así es la vida.
Pero todos están, en el fondo,
satisfechos de que así sea la
vida; esa vida que, para ellos,
sólo es llevadera por los
crímenes que la enrojecen.
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