El
malón o la historia de un retorno posible entre tantos
otros
ANA INÉS COUCHONNAL CANCIO
Este
quiere ser el relato de un encuentro posible y
postergado de dos ciudades que conviven. Un cruce de
fronteras que, a modo de un guiño de ojo, expone, casi
fotográficamente las vidas abisales que constituyen
una misma realidad social, un encuentro que es
constantemente elidido a través de la historia,
convocado y negado a la vez por una misma
organización social con pretensiones de legitimidad.
Cada
ciudad se levanta siguiendo el movimiento que instala
la homeostasis que funda una estructura. Los horarios,
la entrada, la salida y los paisajes cotidianos marcan
el margen de pequeñas estrategias de ahorro de tiempo
y dinero que le permiten a uno seguir inscripto en un
ritmo que se dice urbano, a falta de otra identidad
soportable.
Es que la identidad
aparece ligada a la conformación en lo imaginario de
un esquema de repetición que habremos de acarrear toda
la vida, y que forma por lo tanto parte importante de
decisiones políticas que se inscriben en el seno de la
constitución del sujeto y los cuidados de sí.
Y es
este reino de la imagen, propio de nuestro tiempo, el
que nos remite a un nosotros mismos
estructurado alrededor de funciones tales como: hablo
si me escuchan y si me ven soy, ya Baudrillard nos
había advertido, rememorando a Guy Debord, de las
configuraciones de la sociedad del espectáculo.
Es
esta lejanía del objeto, causa última de una
fascinación estimulada hacia el lugar exacerbado del
consumo, la que viene a instalar del lado del espanto
ciertas inminencias que se juegan en el terreno de la
invisibilidad y que constituyen el lugar de un otro
imposible de ser imaginado.
Hablo
de invisibilidad, porque las estrategias de
supervivencia están puestas en el contraste de luces y
sombras que define los espacios que cada uno viene a
ocupar, donde en el silencio y la oscuridad se trama,
al interior mismo de un sistema, la estructura real de
lo social, contenida, tensa, constante.
Aquello que vemos, las imágenes que somos capaces de
distinguir, se inscribe dentro de un sistema que rige
las posibilidades de la percepción; así, hemos
aprendido a ver la piel como expresión última del
cuerpo, los rasgos de la cara se reconocen con arreglo
a divisiones previamente dispuestas según un
principio de estetización constante, que busca dejar
de lado cualquier rastro no homogéneo, no aséptico, no
inmune, cualquier residuo que pueda decir de un deseo
que no esté regulado por pautas publicitarias
específicas. Reconocemos el acento que hay que tener,
la ropa que debe portarse, las maneras, los gestos, y
también hemos aprendido a no ver. La mirada juega en
el terreno del lenguaje. La ideología se ha servido de
este mecanismo durante años y lo ha refinado como
herramienta esencial. Lo cotidiano se convierte en una
regla tiránica. Weber tenía razón y Foucault también.
Por
suerte el deseo insiste, la incompletud es su sino y
es desde ese lugar de insistencia donde se hace
posible imaginar el cambio y abrir las posibilidades.
En
este contexto, en las ciudades, en muchas de ellas al
menos, la lluvia viene a significar el despliegue de
operativos particulares que, tal vez, tengan que ver
justamente con el hecho de haber perdido el hábito de
desacostumbrarse, el hábito del juego. Para un niño,
la lluvia es un motivo absolutamente distinto que para
una ciudad. “Cuando
el niño era niño, andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río, que el río fuera un
torrente y que este charco fuera el mar. Cuando el
niño era niño, no sabía que era niño, para él todo
estaba animado y todas las almas eran una.
Cuando el niño era niño, no tenía opinión sobre nada,
no tenía ninguna costumbre, se sentaba en cuclillas,
se escabullía de su sitio, tenía un remolino en el
cabello y no ponía caras cuando le fotografiaban”
Hablo
de la lluvia, porque a veces, aquello que nos saca de
la costumbre abre pasadizos hacia otros mundos
posibles, nos muestra las manchas acumuladas que se
han desvanecido, nos muestra el sol que se había
perdido.
Y así
resulta que había salido el sol después de un presagio
de otoño con consecuencias funestas, un día en el que
un tono distinto se asomó a una calle en cualquier
ciudad de las nuestras.
Los
colectivos dando una vuelta en U en una avenida,
fueron el primer indicio de que algo andaba suelto,
gente caminando con paso apurado hacia una misma
dirección hizo suponer que alguna congestión amenazaba
con alterar el ritmo cotidiano de cualquier barrio
bien acomodado en una capital.
Un
murmullo silencioso avanzaba a lo lejos, por la
transversal. Los negocios apurando una puerta, los
clientes indecisos, el hierro marcando las fronteras
de lo público y el rostro angustiado. Fantasmas.
De un
reducido grupo inicial fueron agrandándose las
esquinas, y en realidad era más el eco que el sonido
de los pies. El rostro acostumbrado a no ser visto, a
ser igual a todo el mundo pero a veces tan
absurdamente distinto, tinto, retinto. Ese rostro
urdido en innombrables silencios para caminar una
ciudad siempre de otros.
El
reclamo era alguno de los de siempre, los que ya no
importan. Lo que la ocasión delataba, era más bien
esas fronteras nunca conquistadas que retienen al
malón donde nunca estuvo.
Siglos
de una espera agazapada daban las señales que desde
siempre se habían estado esperando. Indios, negros,
niños, sucios, desterrados de todas las razas. Los
mismos otros de siempre entre cartones, paco,
pasaportes, documentos y sellos de todos los infiernos
visitados, convocados en una erupción virulenta,
inesperada y plena.
No
tienen razón, porque la razón les niega un espacio que
no sea el que habitan, la invisibilidad que funda su
horizonte.
Con la
tarde se iban haciendo claros los unos, y oscuros los
otros. Entre las caras descompuestas por un miedo que
se ha sabido inculcar podían distinguirse los rostros
ajenos, de gente que recorre la basura, de niños
cansados y a veces todavía sonrientes, viéndose venir
por la calle principal, reconociéndose, sumando. En
cada rincón, un estallido pequeño, uno más uno, más
uno. De repente siente uno que ya no está sólo.
Late
el corazón, tal vez incluso porque lo cotidiano se ve
salpicado por una emoción distinta a la de encontrar
un sándwich en el medio de otras suciedades. Se
deshacen las cerraduras forjadas con sangre o a causa
de ella. El envés de la historia es la historia misma.
Del
otro lado, los de siempre, la policía, el muro,
Ayacucho, Tijuana, Madrid, Nueva York, Paris,
Perejiles, Migraciones, Panamericana, todo es lo
mismo.
Pero
ellos han salido a la calle y la memoria del desprecio
se hereda como los cantos.
En
realidad la pregunta que emerge al respecto es la de
cómo es posible convivir con el eco permanente de la
violencia, cómo tantos años de historia han dibujado
en América Latina un esquema que sólo reconoce para
negar. La sanción de la mención, como si se dispusiese
de mecanismos de nivelación, tierra sobre el volcán,
más tierra, olvido sobre el olvido. Y una historia que
se tensa en la masa pero ya no vemos sino aquello que
nos ciega, el resplandor que anula el gris que le
otorga contraste. La presencia del mal hace a su
transparencia y nadie quiere bajarse de ese tren.
Cuando el ritmo para, aparece el miedo, el terror ante
aquello que hemos desconocido. La emergencia de un
signo de otro tiempo y el retorno de aquello que nunca
se ha dejado de saber porque funda el orden que
habitamos.
Todo
aquello que nos resulta ajeno, discordante en la
imagen de nosotros que queremos ver, retorna como un
fantasma. Sacamos la basura de nuestra casa, y no
vemos al ejército que se nutre de ella, lo
desconocemos cada noche a la salida, tal vez asaltados
por el terror de poder ser ellos mismos. En cada
aeropuerto vuelven a aparecer los mismos rostros
ajenos, la misma ambición negada, denegada, deportada.
Los otros de siempre. Y un mundo globalizado
expandiendo sus fronteras siempre a expensas de
alguien que cada vez son más. Nombrando al otro desde
el poder de la ley y de acuerdo a las capas de la
hegemonía, de mayor a menor según las reglas de la
acumulación, inmigrantes, negros, indios, latinos,
paraguayos, bolivianos, sudacas. Otros malones cada
vez, siempre los mismos.
Pero las sombras dibujan
sus siluetas y así se multiplican. Y la ciudad ya
nunca será la misma, sino aquella que siempre fue: la
noche larga de los deshechos en el rincón que nadie ha
visto; en cada semáforo, cada juego convertido en una
apuesta, el playstation de la estación donde el tiempo
corre con el ritmo cardíaco de cada día que se
sobrevive. Desde el fondo el malón resucitado,
aguardando la noche de los tiempos, batallas
pendientes, años, años, años. No somos sino aquello
que hemos olvidado.
Fragmento de Cielo sobre Berlín de Wim Wenders