/ Contratiempo Revista de cultura y pensamiento / La cultura crítica en América Latina / Otoño - Invierno 2007 / N° 2 Edición Impresa

       


Foto: Zenda Liendivit

Ana Inés Couchonnal Cancio es Socióloga, Es Master by Research in Political Theory  Edinburgh University (Universidad de Edimburgo) (Reino Unido). Actualmente cursa el primer año del Doctorado en Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. Es Consultora en CRISOL (Proyectos Sociales para la evaluación del Prodernoa en el marco de la fase de gestión del conocimiento de proyectos FIDA). Fue Miembro del Equipo de Investigación de la Comisión de Verdad y Justicia para la elaboración del informe sobre violaciones de derechos humanos y abusos cometidos por la dictadura en el Paraguay. Ha publicado varios artículos en revistas especializadas.

 

El malón o la historia de un retorno posible entre tantos otros
ANA INÉS COUCHONNAL CANCIO

Este quiere ser el relato de un encuentro posible y postergado de dos ciudades que conviven. Un cruce de fronteras que, a modo de un guiño de ojo, expone, casi fotográficamente las vidas abisales que constituyen una misma realidad social, un encuentro que es constantemente elidido a través de la historia, convocado y negado a la vez por una  misma organización social con pretensiones de legitimidad.

Cada ciudad se levanta siguiendo el movimiento que instala la homeostasis que funda una estructura. Los horarios, la entrada, la salida y los paisajes cotidianos marcan el margen de pequeñas estrategias de ahorro de tiempo y dinero que le permiten a uno seguir inscripto en un ritmo que se dice urbano, a falta de otra identidad soportable.

Es que la identidad aparece ligada a la conformación en lo imaginario de un esquema de repetición que habremos de acarrear toda la vida, y que forma por lo tanto parte importante de decisiones políticas que se inscriben en el seno de la constitución del sujeto y los cuidados de sí.

Y es este reino de la imagen, propio de nuestro tiempo, el que nos remite a un nosotros mismos estructurado alrededor de funciones tales como: hablo si me escuchan y si me ven soy, ya Baudrillard nos había advertido, rememorando a Guy Debord, de las configuraciones de la sociedad del espectáculo.

Es esta lejanía del objeto, causa última de una fascinación estimulada hacia el lugar exacerbado del consumo, la que viene a instalar del lado del espanto ciertas inminencias que se juegan en el terreno de la invisibilidad y que constituyen el lugar de un otro imposible de ser imaginado.

Hablo de invisibilidad, porque las estrategias de supervivencia están puestas en el contraste de luces y sombras que define los espacios que cada uno viene a ocupar, donde en el silencio y la oscuridad se trama, al interior mismo de un sistema, la estructura real de lo social, contenida, tensa, constante.

Aquello que vemos, las imágenes que somos capaces de distinguir, se inscribe dentro de un sistema que rige las posibilidades de la percepción; así, hemos aprendido a ver la piel como expresión última del cuerpo, los rasgos de la cara se reconocen con arreglo a divisiones previamente dispuestas según un  principio de estetización constante, que busca dejar de lado cualquier rastro no homogéneo, no aséptico, no inmune, cualquier residuo que pueda decir de un deseo que no esté regulado por pautas publicitarias específicas. Reconocemos el acento que hay que tener, la ropa que debe portarse, las maneras, los gestos, y también hemos aprendido a no ver. La mirada juega en el terreno del lenguaje. La ideología se ha servido de este mecanismo durante años y lo ha refinado como herramienta esencial. Lo cotidiano se convierte en una regla tiránica. Weber tenía razón y Foucault también.

Por suerte el deseo insiste, la incompletud es su sino y es desde ese lugar de insistencia donde se hace posible imaginar el cambio y abrir las posibilidades.

En este contexto, en las ciudades, en muchas de ellas al menos, la lluvia viene a significar el despliegue de operativos particulares que, tal vez, tengan que ver justamente con el hecho de haber perdido el hábito de desacostumbrarse, el hábito del juego. Para un niño, la lluvia es un motivo absolutamente distinto que para una ciudad. “Cuando el niño era niño, andaba con los brazos colgando, quería que el arroyo fuera un río, que el río fuera un torrente y que este charco fuera el mar. Cuando el niño era niño, no sabía que era niño, para él todo estaba animado y todas las almas eran una.   Cuando el niño era niño, no tenía opinión sobre nada, no tenía ninguna costumbre, se sentaba en cuclillas, se escabullía de su sitio, tenía un remolino en el cabello y no ponía caras cuando le fotografiaban[1]

Hablo de la lluvia, porque a veces, aquello que nos saca de la costumbre abre pasadizos hacia otros mundos posibles, nos muestra las manchas acumuladas que se han desvanecido, nos muestra el sol que se había perdido.

Y así resulta que había salido el sol después de un presagio de otoño con consecuencias funestas, un día en el que un tono distinto se asomó a una calle en cualquier ciudad de las nuestras.

Los colectivos dando una vuelta en U en una avenida, fueron el primer indicio de que algo andaba suelto, gente caminando con paso apurado hacia una misma dirección hizo suponer que alguna congestión amenazaba con alterar el ritmo cotidiano de cualquier barrio bien acomodado en una capital.

Un murmullo silencioso avanzaba a lo lejos, por la transversal. Los negocios apurando una puerta, los clientes indecisos, el hierro marcando las fronteras de lo público y el rostro angustiado. Fantasmas.

De un reducido grupo inicial fueron agrandándose las esquinas, y en realidad era más el eco que el sonido de los pies. El rostro acostumbrado a no ser visto, a ser igual a todo el mundo pero a veces tan absurdamente distinto, tinto, retinto. Ese rostro urdido en innombrables silencios para caminar una ciudad siempre de otros.

El reclamo era alguno de los de siempre, los que ya no importan. Lo que la ocasión delataba, era más bien esas fronteras nunca conquistadas que retienen al malón donde nunca estuvo.

Siglos de una espera agazapada daban las señales que desde siempre se habían estado esperando. Indios, negros, niños, sucios, desterrados de todas las razas. Los mismos otros de siempre entre cartones, paco, pasaportes, documentos y sellos de todos los infiernos visitados, convocados en una erupción virulenta, inesperada y plena.

No tienen razón, porque la razón les niega un espacio que no sea el que habitan, la invisibilidad que funda su horizonte.

Con la tarde se iban haciendo claros los unos, y oscuros los otros. Entre las caras descompuestas por un miedo que se ha sabido inculcar podían distinguirse los rostros ajenos, de gente que recorre la basura, de niños cansados y a veces todavía sonrientes, viéndose venir por la calle principal, reconociéndose, sumando. En cada rincón, un estallido pequeño, uno más uno, más uno. De repente siente uno que ya no está sólo.

Late el corazón, tal vez incluso porque lo cotidiano se ve salpicado por una emoción distinta a la de encontrar un sándwich en el medio de otras suciedades. Se deshacen las cerraduras forjadas con sangre o a causa de ella. El envés de la historia es la historia misma.

Del otro lado, los de siempre, la policía, el muro, Ayacucho, Tijuana, Madrid, Nueva York, Paris, Perejiles, Migraciones, Panamericana, todo es lo mismo.

Pero ellos han salido a la calle y la memoria del desprecio se hereda como los cantos.

En realidad la pregunta que emerge al respecto es la de cómo es posible convivir con el eco permanente de la violencia, cómo tantos años de historia han dibujado en América Latina un esquema que sólo reconoce para negar. La sanción de la mención, como si se dispusiese de mecanismos de nivelación, tierra sobre el volcán, más tierra, olvido sobre el olvido. Y una historia que se tensa en la masa pero ya no vemos sino aquello que nos ciega, el resplandor que anula el gris que le otorga contraste. La presencia del mal hace a su transparencia y nadie quiere bajarse de ese tren. Cuando el ritmo para, aparece el miedo, el terror ante aquello que hemos desconocido. La emergencia de un signo de otro tiempo y el retorno de aquello que nunca se ha dejado de saber porque funda el orden que habitamos.

Todo aquello que nos resulta ajeno, discordante en la imagen de nosotros que queremos ver, retorna como un fantasma. Sacamos la basura de nuestra casa, y no vemos al ejército que se nutre de ella, lo desconocemos cada noche a la salida, tal vez asaltados por el terror de poder ser ellos mismos. En cada aeropuerto vuelven a aparecer los mismos rostros ajenos, la misma ambición negada, denegada, deportada. Los otros de siempre. Y un mundo globalizado expandiendo sus fronteras siempre a expensas de alguien que cada vez son más. Nombrando al otro desde el poder de la ley y de acuerdo a las capas de la hegemonía, de mayor a menor según las reglas de la acumulación, inmigrantes, negros, indios, latinos, paraguayos, bolivianos, sudacas. Otros malones cada vez, siempre los mismos.

Pero las sombras dibujan sus siluetas y así se multiplican. Y la ciudad ya nunca será la misma, sino aquella que siempre fue: la noche larga de los deshechos en el rincón que nadie ha visto; en cada semáforo, cada juego convertido en una apuesta, el playstation de la estación donde el tiempo corre con el ritmo cardíaco de cada día que se sobrevive. Desde el fondo el malón resucitado, aguardando la noche de los tiempos, batallas pendientes, años, años, años. No somos sino aquello que hemos olvidado.

[1] Fragmento de Cielo sobre Berlín de Wim Wenders

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