
Estela funeraria
del siglo V A.C.
Caronte transportando a los infiernos las
almas de los condenados
Atenas/Cementerio de Dipylon
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| LA MUERTE
EN LA LITERATURA |
E.M.CIORAN
Un infierno milagroso
-Cuanto antes
acabemos, mejor dijo Camier.
-Es cierto dijo Mercier.
Hace unos meses, oímos en
París al actor irlandés Mac Gowran
recitar para sí mismo algunos poemas de
Beckett y también fragmentos de sus
novelas y de su teatro. No creo haber
visto nunca a un intérprete
identificarse hasta tal punto con una
obra: ni siquiera el autor hubiera
mostrado más convicción y fervor.
Totalmente absorto en sí mismo, parecía
indiferente al mundo exterior e incluso a
la idea misma del público. Con su
atuendo de mendigo, de un dios-mendigo,
se movía en círculo como para expresar
mejor que no se dirigía a nadie. Si
recuerdo aquella noche en que ofició
más que recitó o actuó, es porque no
olvidaré fácilmente el sobrecogimiento
que sentí cuando le oí pronunciar con
una claridad definitiva la frase:
"Lamento haber nacido". Creí
haber descubierto de repente la clave de
los personajes de Beckett, me pareció
que todos ellos hubieran podido proferir
esas palabras, que las proferían, en
efecto, de otra manera, que ellas
constituían el fondo de sus apotegmas y
de sus bagatelas. Son seres que se
extrañan de estar vivos, que ignoran lo
que se llama una vida. Han pasado del
nacimiento a la agonía sin transición,
sin existencia: deshechos que no
tienen ya nada que aprender ni afrontar,
que rumian futilidades risueños o
estupefactos, y que de vez en cuando, por
desprecio, lanzan algunas paradojas,
algunos oráculos. Sólo se les comprende
si se admite que algo está
irremediablemente roto, terminado, que
pertenece no al fin de la historia sino a
lo que vendrá luego, a ese futuro
quizás inminente, quizá lejano, en el
cual la degradación del hombre
alcanzará la perfección de una utopía
al revés.
La más descabellada de
todas las utopías es la del superhombre.
Anunciando en la parte fastidiosamente
"constructiva" de su obra un
nuevo tipo de humanidad, Nietzsche cayó
en el ridículo y mostró su ingenuidad;
no hace falta ser en absoluto profeta
para ver con claridad que el hombre ha
agotado ya lo mejor de sí mismo, que
está perdiendo la compostura, si es que
no la perdido ya. "El universo
entero apesta a cadáver", dice Clov
en Fin de partida, esa respuesta a
Zaratustra.
Sólo se es libre cuando se
vive como si no se hubiera nacido, como
si, en la hipótesis de una elección
anterior a la existencia, hubiésemos
articulado un no inequívoco.
Cuando nos hemos convencido del desastre
que representa el nacimiento, toda espera
es una espera sin objeto. "El fin
está en el comienzo y sin embargo
continuamos", dice Hamm. Como él,
Vladimir y Estragón no esperan nada ni a
nadie: para ellos no vendrá nadie, nadie
ha venido nunca. Incapaces de aceptar la
calamidad de haber nacido, no saben por
qué están aquí. ¿Con qué horizonte
podrían contar cuando el
"paraíso", quintaesencia y
símbolo de toda espera, sólo es apenas
imaginable en el espacio anterior al
nacimiento, anterior a la historia e
incluso anterior al ser? El ser,
reconozcámoslo, no ha satisfecho nunca a
nadie. Consentir en procrear es un
verdadero atentado contra el saber,
contra el conocimiento, una empresa que
parece inconcebible cuando se piensa en
las ventajas de la inexistencia, en el
milagro de una virtualidad no degradada
en acto. El nacimiento no es el signo de
la decadencia sino la decadencia misma.
"¡Canalla! ¿Por qué me has
hecho?", le dice Hamm a su padre
confinado en un cubo de basura. Es
difícil, es imposible creer en la
existencia de alguien que, aunque sólo
sea para sí mismo, no haya pronunciado
alguna vez semejante reproche. Por todas
partes no hay más que padres culpables,
devorados por el remordimiento, frente a
sus vástagos furiosos por existir. No se
puede perdonar a los genitores y en ese
sentido se debería acusar de crimen más
que de pecado al primero de ellos.
"Pensadlo, pensadlo, estáis en la
Tierra sin remedio", dice también
Hamm. Pero él no se mata, él está más
allá del suicidio, como lo están
igualmente Estragón y Vladimir, quienes,
a fin de cuentas, son superiores a la
cuerda alrededor de la cual dan vueltas.
Para matarse hace falta tener algo que
matar o por lo menos hacerse cómplice de
la propia negación. Precipitarse a la
muerte significaría identificarse con
algo, ceder a la seriedad, arruinar la
ironía. En general, a los personajes de
Beckett les repugna hacer gestos
"importantes", retroceden ante
toda ocupación que pudiera colocarles al
mismo nivel que sus semejantes. Y,
curiosamente, ellos, que no se rebajan a
los actos, por el hecho mismo de negarse
a actuar alcanzan lo verdadero, lo
esencial, pues es evidente que no tenemos
nada que hacer ni aquí ni en ningún
otro lugar; eso ellos lo saben como nunca
nadie lo ha sabido. Pero no es legítimo
evocar a sus semejantes. No tienen
semejantes. Mejor dicho, ni siquiera son
mortales. ¿Qué son entonces? No se
sabe. "¿A dónde iría yo si
pudiera ir a algún sitio, qué sería yo
si pudiera ser algo, qué diría yo si
tuviera una voz que hablase así,
pretendiendo ser yo?", leemos en uno
de los libros más bellos de Beckett,
cuyo título, cosa rara en él, es al
mismo tiempo un comentario: Textos
para nada.
Acusar al nacimiento es una
desintoxicación y una liberación. El
budista, que se ejercita en ello desde
siempre, alcanza con más seguridad que
el cristiano el desapego y la serenidad.
Si no se rumia la inoportunidad de toda
llegada al mundo es imposible la
liberación, cualquier clase de
liberación. Tan intemporales como los
ángeles, como ángeles devastados por el
humor, los personajes de Beckett conocen
la libertad extrema no me atrevo a
decir la alegría- de sentirse
superfluos, desposeídos, fuera de juego,
excluidos de la cadena de los vivos.
"Todo esto no es asunto
nuestro", parece ser su lema. En
cuanto pronuncian la menor afirmación,
la minan inmediatamente con una
contra-afirmación, pues afirmar es para
ellos proferir futilidades: se retractan
y contradicen indefinidamente por temor a
hundirse en alguna verdad. Si bien
Beckett anota las palabras fluctuantes
con cierta distancia, describe en cambio
con amor sus miserias psicológicas, se
precipita en su decrepitud y, a medida
que les despoja de los atributos
exteriores de la humanidad, se anima,
exulta y se vuelve casi lírico. Su
universo es quizás un infierno, pero un
infierno milagroso, puesto que en él se
libera de la doble tarea de vivir y de
morir.
1970
Del libro
EJERCICIOS DE ADMIRACIÓN, E.M.
Cioran (Tusquets Editores,
España/2000)
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