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Nota de Tapa N° 37 / Enero 2007
CINE / DÉJÀ VU
El tiempo
recuperado
En
una charla con su compañero el agente Doug
Carlin (Denzel Washington) resume la esencia de
la modernidad: nada permanece, ni las cosas, ni
la belleza, ni los afectos; todo se escurre y uno
está siempre solo. Ni el amor familiar, ni la
pasión ni la amistad salvan al hombre moderno.
Él lo sabe y lo padece. Carlin es un detective
solitario de intelecto aguzado que, a la manera
de la mejor tradición del género policial, ve
lo que al resto de los mortales se le pasa por
alto. Que puede experimentar, de manera singular,
ese instante en el que el pasado retorna y se
repite sin aviso; esa sensación de rozamiento de
tiempos paralelos que sacude el cuerpo, alborota
los sentidos, desarticula la historia y hace
entrar en crisis el concepto de destino.
Pero
con el Déjà vu de Tony Scott nada
estaría perdido. Lo vivido podría retornar en
cualquier momento, en forma sorpresiva, para
reconfigurar activamente las categorías
temporales. Nada de reaccionario tendría
entonces, ninguna resignación frente a una
actualidad que solo se limitaría a repetir un
libreto prefijado, ninguna patología o
disminución de las tensiones vitales, ninguna
hipertrofia o mera espectación. Ni Bergson ni
Virno. Si todo se pierde irremisiblemente en esta
época moderna, Carlin toma el toro por las
astas: llevado por el amor, revierte la pérdida
en ganancia al detener el tiempo que conduce a la
catástrofe (el tiempo metropolitano y la
catástrofe cotidiana, no solamente la explosión
del barco) y transitar una de las tantas
bifurcaciones al curso principal que constituye
la historia, hasta llegar a anularlo. Y se salva,
porque, al fin y al cabo, nadie se muere con
anticipación ni con posterioridad. Pero claro,
esta opción quedaría para los hombres que no
comulgan con lo terrible sino que se rebelan
contra él, aunque en eso se les fuera la vida.
Los últimos románticos o los primeros modernos.
Los que sienten nostalgias de otras formas de
vida, aunque jamás las hubieran vivido.
El
movimiento de cabeza, la sonrisa desconcertada,
el simple "no", pronunciado con
descreimiento, y la mirada trágica de Denzel
Washington sobre el final de la película, nos
recuerdan que además de héroe hollywodense
Carlin también es un hombre común, un hombre
que actúa. O apenas un sobreviviente.
Enero 2007
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