Comunicación, cultura y sociedad / Medios


CINE / DÉJÀ VU
El tiempo recuperado

En una charla con su compañero el agente Doug Carlin (Denzel Washington) resume la esencia de la modernidad: nada permanece, ni las cosas, ni la belleza, ni los afectos; todo se escurre y uno está siempre solo. Ni el amor familiar, ni la pasión ni la amistad salvan al hombre moderno. Él lo sabe y lo padece. Carlin es un detective solitario de intelecto aguzado que, a la manera de la mejor tradición del género policial, ve lo que al resto de los mortales se le pasa por alto. Que puede experimentar, de manera singular, ese instante en el que el pasado retorna y se repite sin aviso; esa sensación de rozamiento de tiempos paralelos que sacude el cuerpo, alborota los sentidos, desarticula la historia y hace entrar en crisis el concepto de destino.

Pero con el Déjà vu de Tony Scott nada estaría perdido. Lo vivido podría retornar en cualquier momento, en forma sorpresiva, para reconfigurar activamente las categorías temporales. Nada de reaccionario tendría entonces, ninguna resignación frente a una actualidad que solo se limitaría a repetir un libreto prefijado, ninguna patología o disminución de las tensiones vitales, ninguna hipertrofia o mera espectación. Ni Bergson ni Virno. Si todo se pierde irremisiblemente en esta época moderna, Carlin toma el toro por las astas: llevado por el amor, revierte la pérdida en ganancia al detener el tiempo que conduce a la catástrofe (el tiempo metropolitano y la catástrofe cotidiana, no solamente la explosión del barco) y transitar una de las tantas bifurcaciones al curso principal que constituye la historia, hasta llegar a anularlo. Y se salva, porque, al fin y al cabo, nadie se muere con anticipación ni con posterioridad. Pero claro, esta opción quedaría para los hombres que no comulgan con lo terrible sino que se rebelan contra él, aunque en eso se les fuera la vida. Los últimos románticos o los primeros modernos. Los que sienten nostalgias de otras formas de vida, aunque jamás las hubieran vivido.

El movimiento de cabeza, la sonrisa desconcertada, el simple "no", pronunciado con descreimiento, y la mirada trágica de Denzel Washington sobre el final de la película, nos recuerdan que además de héroe hollywodense Carlin también es un hombre común, un hombre que actúa. O apenas un sobreviviente.

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