El mal(estar) de Carlos Liscano,
Dostoyevski y Baudrillard
JUAN PABLO CHIAPPARA
juanpablochiappara@terra.com.br
El furgón de los locos
(LISCANO, 2001), texto pasible de ser clasificado como
literatura de testimonio, sugiere una lectura que no lo limite
al caso de la dictadura militar uruguaya de los años 70 y 80.
Se amplía el contexto enunciativo previsible para ese libro al
optar por una lectura comparada con Memorias del subsuelo,
de Dostoyevski (2006) (1),
Las estrategias fatales, de Baudrillard (1991) y con
¡Bernabé, Bernabé! (2004), de Tomás de Mattos. El objetivo
es reflexionar sobre la cuestión del bien y del mal
en la Modernidad y concretamente en la Modernidad uruguaya.
Al leer Memorias del
subsuelo y compararlo con El furgón de los locos es
posible percibir cómo el proyecto literario de Liscano está
vinculado a una tradición de pensamiento moderno que tiene sus
raíces en el siglo XIX. Pero los precursores de Liscano,
parafraseando la famosa expresión de Borges referida a su
lectura de Kafka, provienen de una de las posibles tradiciones
de lo que convencionalmente se llama Modernidad. Ésta nace
fracturada, ambivalente y cuestionada.
Dostoyevski es uno de esos
autores situados en una enunciación que desconstruye los
elementos que son importantes para cierta Modernidad que
triunfó, sobre todo, en el plano de la ciencia y de la razón.
En Memorias del subsuelo, ataca un mundo cuyos pilares
filosóficos se sustentan en una utopía que divide bien
y mal como antagónicos. El autor enfrenta un esquema
cultural simplista que coloca al mal en el estante de
lo bárbaro o incivilizado, mientras que el bien es
visto como ese estado de espíritu que se alcanza con el uso de
la razón y con el triunfo del sujeto analítico. Escribe el
autor:
“Pero todo
eso son sueños dorados. Ah, díganme, ¿quién fue el primero que
declaró, que proclamó que el hombre comete ignominias
únicamente por desconocer sus reales intereses y que bastaría
instruirlo, abrirle los ojos para que viese sus verdaderos y
normales intereses, para que inmediatamente dejase de cometer
esas ignominias y se convirtiese en bondadoso y noble, porque,
siendo instruido y comprendiendo sus reales ventajas, vería en
el bien su propio interés, y bien se sabe que nadie es capaz
de actuar concientemente contra sus propios intereses y, por
lo tanto, por decirlo así, por necesidad pasaría a practicar
el bien?”
(DOSTOYEVSKI, 2006, p.32-33) (2)
En la lectura hecha de este
texto para vincularlo a la obra de Liscano, también interesa
llamar la atención sobre la ambigüedad del lugar de
enunciación en que se coloca Dostoyevski, lo cual hace oscilar
su texto entre lo ensayístico y lo ficcional. En el prólogo de
la edición consultada, Boris Schnaiderman, al traducir el
término ruso zapíski del título, justifica la elección
de la palabra memorias, en vez de notas. Su
argumento se basa en una cuestión de desdoblamiento semántico
(DOSTOYEVSKI, 2006, p.11-12), pero se detiene donde debe
empezar el nuestro. ¿Ese ajuste lexical modifica la recepción
del libro? La pregunta se vuelve pertinente en la lectura
comparada con el Furgón de los locos porque el gesto
del traductor al utilizar la palabra memorias permite
un tránsito de lo ficcional a lo ensayístico que, en la
recepción, amplía los horizontes discursivos literarios en un
clásico moderno. Para el autor, haber elegido la palabra
zapíski no puede haber sido aleatorio, mucho menos si ésta
permite la ambigüedad semántica que enreda el criterio de
clasificación de un texto cuyo tema (no por mera coincidencia)
es una crítica a la separación positivista entre ciencia y no
ciencia, moderno y arcaico, útil e inútil, quizás de
literatura y vida. El lugar ambiguo de enunciación elegido por
Dostoyevski permite pensar el lugar ambiguo de enunciación del
autor de esas memorias de la cárcel contadas en El furgón
de los locos. Y en este caso, ¿un relato supuestamente
vinculado tan solo a la vida de un preso en condiciones de
represión y horror puede entrar en el ámbito de la ficción?
Liscano fue preso a los 23 años
en 1972 por una policía y un ejército que se preparaban para
la Dictadura; se vuelve escritor en la cárcel de donde sale en
1985. El furgón de los locos, sin embargo, fue escrito
más de 15 años después de su liberación, entre los últimos
meses del año 2000 y los primeros del 2001. En él se cuenta
una parte de su biografía antes y durante el período de la
prisión, pero desde la experiencia de la cárcel. El texto
ofrece un punto de vista en el que la distancia entre el
sujeto que narra y el objeto de la narración, así como la
organización del tiempo del relato y reflexiones que por
momentos parecen tomar distancia de los acontecimientos,
colocan algunos problemas para clasificar el libro como
testimonio, si lo comparamos con otros relatos que cuentan la
experiencia de la cárcel y de la tortura, como es el caso de
Memorias del calabozo (2007), de Eleuterio Fernández
Huidobro y Mauricio Rosencof, probablemente el más leído en el
ámbito uruguayo, caracterizado por una visión menos dialógica,
o sea menos crítica en el sentido de que participan menos
voces en la construcción del relato, según uno de los sentidos
bajtinianos del término.
Otro texto con el que se
establece un diálogo comparativo es Las estrategias fatales
(1991), de Baudrillard. Con el concepto de “principio del
mal”, el autor acomete un gesto doblemente significativo:
profiere una crítica a una Modernidad que entroniza la
subjetividad y elabora una defensa del objeto. El “principio
del mal” es, en principio, la inversión de la mecánica del
razonar moderno, proponiendo la venganza del objeto sobre el
sujeto; Baudrillard propone que, en el estado actual de la
Modernidad, aquél adopta una vida propia e ironiza la
capacidad pretendida de éste por abarcarlo y circunscribirlo
en el discurso científico-académico. De esa forma, promueve un
viraje en el estado de cosas hegemónico del ámbito académico y
escribe para desconstruir lugares de poder físicos y
discursivos que se constituyen alrededor de una subjetividad
todavía poco cuestionada como tal en ciertos estudios
críticos. La salida que propone es radical y experimental al
afirmar: “Es cierto que ahí existe un partido oscuro y
difícil: pasar del lado del objeto, adoptar el partido del
objeto.” (BAUDRILLARD, 1991, p.204).
Para Baudrillard (1991, p.197),
el “principio del mal” es el que gobierna una forma nueva de
relacionarse con el mundo que respeta al objeto, a lo
inhumano, como él dice, dejando abierta una provocación
implícita en la ambigüedad del término: lo no humano y lo
antihumano. Esa es la estrategia fatal, adjetivo
aprovechado de la nomenclatura dada por la ciencia del XIX a
las culturas que no buscaban respuestas en lo racional, sino
que lo hacían (o hacen) en la naturaleza y en el objeto (ibidem,
p.197). Según el autor, bajo un paradigma teórico que descansa
en una estrategia banal, el sujeto se cree más vivo que
el objeto, se cree más maligno, dice Baudrillard. Al
contrario, bajo un paradigma fatal es el objeto el que
lleva la mejor parte y se burla del sujeto por la relación
fuerte y autoritaria que éste se esfuerza en establecer. El
objeto ironiza la credulidad del sujeto. Según Baudrillard
(1991, p.195-196):
“El objeto no es el doble ni la representación del sujeto, no
es su fantasía ni su alucinación, no es su espejo ni su
reflejo, sino que tiene su estrategia propia, es poseedor de
una regla del juego imprescindible para el sujeto (...)”
¿Hay en este punto de vista una
forma instigadora de acercarse al corpus descrito para este
trabajo? Como Dostoyevski, Baudrillard también enarbola una
crítica atacando el concepto civilizador de bien,
asociado a una Modernidad aún vigente cuya excesiva fe en el
sujeto borra las contradicciones que, sin embargo, se
manifiestan constantemente. Y afirma:
“Siempre hemos vivido del esplendor del sujeto, y de la
miseria del objeto. El sujeto es el que hace la historia, el
que totaliza el mundo. Sujeto individual o sujeto colectivo,
sujeto de la conciencia o sujeto del inconsciente, el ideal de
toda la metafísica es el de un mundo-sujeto, el objeto no es
más que una peripecia en el camino real de la subjetividad. (BAUDRILLARD,
1991, p.121)
Además,
Baudrillard habla en una época en que el control y la
reversibilidad de las cosas parecen absolutos y todo quiere
ser transgredido por una subjetividad máxima que domina sus
corpus. Por eso ilumina al objeto y nos obliga a pensar si
éste, cansado de la domesticación que el sujeto siempre le ha
infligido, no estaría tramando alguna venganza que acabaría
por acorralar a su adversario y por domesticarlo con su propia
arma: el relato explicativo. Cada vez más vacío en cuanto a su
poder simbólico y real, el relato sucumbiría ante esa
estrategia fatal del objeto (3).
Cuestionándose sobre el discurso de la transparencia y del
triunfo del bien que supone ese esquema de explicación
moderno a veces domesticador, Baudrillard decide actuar como
un terrorista y coloca una bomba: “No es la moralidad ni el
sistema positivo de valores de una sociedad lo que la hace
progresar, es su inmoralidad y su vicio”. (BAUDRILLARD, 1991,
p.76).
En el relato de Liscano, el bien y el
mal se mezclan. El sujeto que asume la palabra abre camino
para una reflexión sobre la condición humana que va más allá
del caso específico del verdugo y de la víctima, del
torturador y del torturado, del sujeto y del objeto. Esa voz
parece que se pregunta dónde el principio de la razón Moderna,
defendida también por la ideología de izquierda y por la
militancia política de las predictaduras, colocan al mal.
Y podemos preguntarnos, ¿de dónde surge esa fuerza y la
posibilidad de hacer el mal, el máximo mal que
la sociedad uruguaya ha cometido hacia dentro de ella misma?
¿De dónde sale esa fuerza con la cual el narrador-personaje de
El furgón de los locos se choca de forma irremediable
dentro de la cárcel de la dictadura uruguaya? Y aún se puede
ir más allá: ¿cómo es posible que el mal actúe de forma
natural en el seno de una sociedad convencidamente civilizada
y fundada en el ideal romántico republicano de la Modernidad?
Esa desconfianza, latente en la obra de Liscano en general,
aparece expresada de forma explícita también en su último
libro, El escritor y el otro (LISCANO, 2007, p.69):
“El ser humano es la especie que por casualidad
un día dejó de apoyarse en el suelo con los cuatro miembros y
quedó de pie. (...) Por eso con frecuencia se bestializa, por
pura nostalgia”.
Con Liscano, el punto de vista cambia en
relación con un pensamiento de izquierda que tiende a pensar
la cuestión de lo humano y de los regímenes autoritarios en
Uruguay dentro de esquemas de oposición del tipo bien/mal.
Tal parece ser el caso de la ensayista y crítica literaria
Carina Blixen cuando, al comentar Liscano, pregunta: “¿Cómo
contar una experiencia que está, según la cultura de quienes
la padecen, fuera de los límites de lo humano?” (BLIXEN, 2006,
p.63).
El furgón de los locos
produce un replanteamiento de ese problema escribiendo de
forma tal que sujeto y objeto son alterados. Un cuerpo
golpeado, sucio, torturado observa y piensa al sujeto. Ese
relato deja brechas para no domesticar el sentido de la
dictadura y no designa lugares éticos fijos para los
protagonistas o para la sociedad en la cual se expresan y
actúan.
En Uruguay, el discurso que predominó y
predomina es que las dictaduras militares del Cono Sur fueron
actos bárbaros perpetrados por personas menos instruidas y con
un grado de civilización menor: los militares y todos los que
los apoyaron. La visión del mal absoluto, anclada en la
mítica tradición democrática del país que supone un bien
absoluto, no ayuda a pensar el pasado reciente de una forma
inteligente que prepare el camino para una nueva etapa.
Inclusive, esa polarización hace que se encuentren en el mismo
discurso aquellos que se opusieron a la dictadura y los que la
apoyaron. Para ambos, Uruguay es un país fundado en los
principios democráticos y humanistas del siglo XIX y la
dictadura fue un traspié.
El Furgón de los locos
corroe este discurso o por lo menos lo amenaza. “El torturador
es un espejo en el que mirarse: es un ser parlante y un
uruguayo”, ha dicho Liscano, a propósito de este libro (BLIXEN,
2006, p.78). Y escribe en El furgón de los locos:
“Los médicos militares no se forman en los cuarteles, se
forman en la Universidad. Uno podría preguntarse cómo la misma
Universidad que forma a los médicos que mueren en la tortura,
forma a los que ayudan a torturar”. (LISCANO, 2001, p.62-63).
De este modo, el relato de una subjetividad que no representa
un tipo y no hace un discurso ideológico, sino que es
testimonio del horror cometido por compatriotas (por
semejantes) con él y con otros, abre una reflexión sobre la
oposición bien/mal que se vuelve relevante e ineludible
para el Uruguay; y se vuelve ineludible por haber surgido en
el lugar y en el tiempo en que surgió: la cárcel de la
dictadura, primero, y el exilio después, siendo estos dos los
espacios que cambiaron la perspectiva y la historia de todo el
país en los últimos cuarenta años. Pero además, por haber
surgido en relatos literarios, en la obra de Liscano.
El furgón de los locos
se destaca por algunas características: el antiheroísmo del
personaje principal, la ausencia de una autocompasión y de una
autovictimización, por una escritura que no busca ser
representativa del sentir de un grupo y que rompe con la
homogeneidad discursiva en torno de la idea de una patria
original y pura, es decir, del bien. Esas características
revelan un carácter dialógico y polifónico del texto de
Liscano en el sentido que les da Mijaíl Bajtín a esos dos
conceptos; a su vez, esas características obligan a repensar
algunos de los clichés que todavía forman parte del discurso
formador de la idiosincrasia nacional uruguaya, forjados a la
sombra de textos de fundación como Tabaré (1888) y
La leyenda Patria (1879), responsables por la elaboración
de un relato del que, a esta altura, los uruguayos no
consiguen deshacerse a pesar de su evidente infertilidad. Esa
ceguera es, sin duda, fruto de la domesticación explicativa a
que el sujeto Uruguay es sometido por esos objetos
elaboradores de una nación que no responde más a esos
criterios.
La novela uruguaya ¡Bernabé,
Bernabé!, de Tomás de Mattos, publicada por primera vez en
1988, retoma ese contexto de los relatos fundadores de finales
del XIX y lo hace de forma oblicua, abordando el episodio del
genocidio de los charrúas de 1831, cometido por la primera
generación del Uruguay republicano. Dicho genocidio, no les
impidió a aquellos primeros ciudadanos orientales pronunciarse
a favor de un país civilizado, del bien y moderno, que
proponían como modelo de república. Para ellos, el genocidio
se trataba simplemente de limpiar el terreno y empezar de
cero, todavía más.
El juego literario establecido
por de Mattos en la novela ¡Bernabé, Bernabé! consiste
en inventar una voz narrativa femenina que cuenta toda la
historia y los hechos relacionados al genocidio de los
charrúas en el nuevísimo territorio nacional. La narradora
Josefina Péguy O´Dojherty es una señora de clase alta cuyo
padre (un gran comerciante) y su marido (un influyente
abogado) están vinculados a las figuras del poder de la época,
1885, en la cual la narradora escribe una carta (la novela)
que envía a un periódico, “El Indiscreto”. El objetivo de
dicha carta es contar todo lo que sabe de los sucesos de
Salsipuedes (por haberlo escuchado en su familia y visto en
documentos poco divulgados), nombre con que se conoce la
batalla tramada de forma traicionera para exterminar a los
indios en el Uruguay recién fundado.
Liscano propone una visión del
hombre y de la historia moderna que coloca cuestiones
actuales. Considerar su libro bajo la luz de la ambivalencia
de la Modernidad significa decir que ésta atraviesa al sujeto
Liscano y no le confiere tan solo una identidad (la de ex
guerrillero y de ex preso político), sino que también le da la
identidad de un escritor que entra en la tradición y que cría
sus propios precursores.
Lo que la literatura de Liscano
revela es una fractura imaginaria anterior y paralela a la
dictadura. En un artículo de 1995, Achugar (2004, p.118)
critica el carácter unitario de nación promovido por una elite
intelectual uruguaya que se aferró a una construcción
discursiva formada a partir de lo uno e indivisible, que un
día habría sido violado. En Uruguay, el proceso de
desagregación de ese mito empieza por lo menos a principios de
los 60, como afirma Ricardo Lessa (2005, 2007) y Liscano es
testimonio de eso, testimonio bastante aislado para su
generación.
La lectura de Liscano puede abrir los
caminos que siguen cerrados para la elaboración de un nuevo
discurso sobre una nación que parece derrotada, veintitrés
años después de la redemocratización. Dos propuestas surgen de
esta reflexión. La primera es la necesidad de contar otra
historia. Un primer paso para salir del círculo de la derrota
es tomar plena conciencia del carácter imaginario e
instrumental de la representación que nos hicimos de la nación
uruguaya, forjada muy verosímilmente en los discursos
ficcionales de fundación, como los llama Doris Sommer (2004).
Hay que salir del lugar de enunciación esperado o esperable y
ejercer un desplazamiento de la relación que nosotros, sujetos
discursivos, trabamos con ese objeto que es la nación uruguaya
y la memoria de los acontecimientos de los últimos 50 años.
Baudrillard tiene razón: el objeto es maligno y se venga. Su
perversidad es tal que no se consigue salir del círculo de su
seducción ni derrotado. El objeto se venga y domestica al
sujeto: éste, aún patinando en el barro de la derrota, sigue
forjándose un objeto ideal violado que quiere reconstruir la
nación sobre los mismos principios y escombros de lo que,
según creemos, ya no puede ser la base de una construcción
significativa y significante. La segunda propuesta se deduce
de la anterior: hay que imaginar otro Uruguay.
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