|
|
Identidad en las
orillas
JUAN
PABLO CHIAPPARA
Filosofía barata y zapatos de goma,
quizás es todo lo que te di.
(Charly García)
En París, un uruguayo recién llegado ya extraña la patria. Dice
que es músico, carga una guitarra que rasca a duras penas y
canta desafinado. Fue él, podría haber sido otro. Mano a mano en
la mesa, surge el asunto Uruguay y lo provoco. Yo ya llevaba
años aguantándome a mí mismo. Medio distraído y sin
pretensiones, le digo: “en realidad, el tango es argentino, pero
algo hay que decir.” Saltó de la silla y me miró con cierto
desprecio. “¡Qué sabrás pibe!”, habrá pensado. “Vos estás
chiflado”, dejó escapar. A aquella altura yo ya sabía que era
mucho más fácil definirse delante de los otros y de uno mismo
como originario de la cultura del tango, o mejor, como un
fervoroso amante del tango. Yo mismo ya había recurrido a ese
artificio incontables veces, pero de regreso a casa, me deparaba
con cierto vacío nuevamente. Decir en París que uno es uruguayo
y que el tango también es uruguayo (el “también” no es anodino),
simplifica todo. Tranquiliza al interlocutor, que consigue
asociar a ese no ciudadano en ruinas con algún imaginario ya
traqueteado en la actual Lutèce, y calma al propio locutor que
se esfuerza por saber quién es a quince mil kilómetros de su
hogar, en una ciudad gris y fría con el estómago siempre medio
vacío.
Pero quien es uruguayo sabe, en buena ley (como todo el mundo,
además), que el tango es, antes que nada, argentino.
Evidentemente, en Montevideo se produjo, compuso, escribió,
tocó, escuchó y bailó tango desde finales del siglo XIX,
paralelamente a lo que ocurrió en Buenos Aires. El tango también
forma parte de la formación de Montevideo, pero después lo
abandonó, o viceversa. El impacto que tiene en la sociedad
uruguaya el tango hoy, en 2009, es muy diferente a lo que pasa
en Buenos Aires, o de lo que uno imagina que pasa y el mundo
entero le atribuye que pasa. Una identidad es justamente eso, un
camino de ida y vuelta, un espejo en el cual ver y verse. Y no
se trata de que haya tal o cual lugar donde se baila tango o se
escucha tango en Montevideo. Ese fenómeno llegó (en nuestro
caso, volvió) como a muchas ciudades del mundo a partir del
resurgimiento del interés por el tango que ocurrió en Argentina
en el período de la última dictadura militar y después. Pero no
es porque los uruguayos, por ejemplo, hayamos llorado tanto como
los argentinos al ver “Tangos. El exilio de Gardel”, de Solanas,
ni por entender cabalmente la manera de sentir y de vivir esa
experiencia traumática que fue la dictadura de ambos a través
esa película, que podemos decir que el tango es uruguayo hoy.
Como rescate de un elemento cultural, imaginado o real, pero
reincorporado como identidad, el tango se reafirma en Buenos
Aires y en Montevideo se relaja, se afloja cada vez más. En la
capital uruguaya, el querido y entrañable bar Fun-Fun,
centenario, es prueba de eso: ahí el tango es una parodia
adorable, la escenificación de un ritual que muestra lo hueco de
su presente, como ocurre con las tribus amazónicas que no bailan
más para hacer que las cosas sucedan, sino que mantienen una
costumbre para sí y para el turismo. En el bar Fun-fun,
lo que importa mismo, el plato fuerte, es lo que pasa a partir
del momento en que otros géneros musicales uruguayos se apoderan
de la noche. Para el buen conocedor del lugar, el momento en que
los turistas pagan, se levantan y se van es cuando empieza la
nueva misa negra, la que todavía no se ve de afuera y, a veces,
ni de adentro.
No es por el hecho de que los uruguayos tengamos dificultad para
definirnos delante de otras naciones que debemos echar mano al
tango y hasta afirmar que (mi interlocutor no se privó de este
argumento) “como La Cumparsita es uruguaya, el tango es
más uruguayo que argentino”. Sin embargo, prueba irrefutable de
que el tango es argentino (no como una propiedad privada, sino
como forma de expresión de una comunidad imaginaria reunida
alrededor de esa diablura, como lo llamó Borges) es la
existencia de Piazzolla, a quien Borges, dicho sea de paso, no
entendió (1). Montevideo no habría
nunca posibilitado ese desdoblamiento magistral del tango; en
todo caso, Buenos Aires lo hizo posible, como posibilita la
existencia de Tanghetto, Daniel Melingo, la Orquesta típica
Fernández Fierro. Por su parte, Bajofondo Tango Club, con
músicos de las dos orillas, surge, justamente, con la influencia
parisina de Gotan Project, que cuenta con un integrante
argentino, además de un francés y un suizo.(2)
Pero La cumparsita, en la materialidad del signo
lingüístico, revela exactamente el argumento que está pronto
para ser esgrimido: las dos expresiones musicales de la cultura
que definen el ser uruguayo cabalmente a partir de la posguerra
son el candombe y la murga, y eso estaba en germen en esa
palabra que suele pasar desapercibida. En ambos, el concepto de
comparsa es fundamental porque define exactamente la manera como
esas dos manifestaciones culturales son ejecutadas: en grupo, en
comparsa, no en orquesta. En Uruguay hubo compositores y
cantores de tango, pero, como uruguayo, no recuerdo ninguna
orquesta famosa. En ese ámbito, en Argentina, decir Francisco
Canaro (3), Aníbal Troilo y Astor
Piazzolla es decir todo. Lo que importa no es solo que hayan
existido, sino que la construcción de la memoria también haya
sido realizada. Y no es contradictorio, sino propio de los
procesos culturales, que en el tango por excelencia,
originalmente uruguayo (y ahí está la ironía), el más tocado en
todo el mundo, dicen, la idea de comparsa ya estuviese presente
en el propio nombre. La palabra cumparsita nos remite, en
primer lugar, al elemento negro que compone el tango desde el
siglo XIX, el cual se desarrolla a lo largo del siglo XX en
Uruguay de una forma peculiar y, en Buenos Aires, disminuye y se
transforma en una expresión menor dentro del tejido
multicultural en que se transforma la ciudad desde principios
del siglo XX (4).
Pero a su vez, en su origen montevideano, el término
cumparsita también remite al tipo de agrupaciones de
influencia española que dieron origen a las murgas rioplatenses
desde la primera década del siglo XX. No fue por acaso que esa
composición, escrita en 1917 por Gerardo
Matos Rodríguez en el antiguo bar La giralda
(5) nació como marcha para un grupo
carnavalesco uruguayo. Después, vino su historia oficial:
Roberto Firpo la escuchó, la llevó a Buenos Aires, le hizo
arreglos para tango y la ejecutó como tal. A su vez, Pascual
Contursi y Enrique Maroni, ya en los años 20, para quienes el
título La Cumparsita no debía ser muy expresivo, la bautizaron
“Si supieras”, versión cantada por Gardel y grabada en Barcelona
en 1927, y que ya era famosa en París desde el comienzo de los
años 20.
Es un hecho que el candombe, la murga y el tango son fenómenos
culturales que se dieron en ambos márgenes del Río de la Plata y
que existen hasta hoy en las dos orillas. Sin embargo, no
conozco ningún argentino que diga que la murga y el candombe son
definidores de la idiosincrasia porteña, aunque algunos porteños
se expresen a través de esas formas artísticas o la reconozcan
como propias o familiares. Como elemento de identidad, como
referentes culturales globales, el candombe y la murga se
volvieron uruguayos por excelencia en la segunda mitad del siglo
XX porque fueron reelaborados. La transformación que sufrieron
en Uruguay, convirtiéndose en algo totalmente peculiar y
diferente de sus orígenes, difiere mucho de la manera como el
candombe y la murga se dan en Argentina hoy, es decir, como
lenguaje de minorías y con características musicales y escénicas
que difieren de las formas uruguayas. Además, en Uruguay están
íntimamente vinculados a la expresión de la nacionalidad en
varias manifestaciones artísticas. Basta observar su presencia
en la música de los últimos 50 años (de Eduardo Mateo a Jorge
Drexler, pasando por Ruben Rada, Jaime Roos, Mauricio Ubal y
mucho del rock uruguayo) (6)
pero también en la danza popular y en lo gestual del cuerpo
oriental, así como en la pintura (de Pedro Figari hasta Páez
Vilaró, pasando por la relectura hecha de Joaquín Torres García,
plasmada en la artesanía uruguaya, que sigue popularmente
algunas líneas del constructivismo, pero incorporando elementos
del candombe y de la murga que no existen en la obra del pintor
(7). Lo más obvio, no obstante, es lo que
pasa todos los años en la fiesta popular que congrega el mayor
número de uruguayos alrededor de la murga y el candombe: el
carnaval.
Y
no es porque es casi imposible explicarle a un francés o a un
checo lo que son el candombe y la murga que se debe recurrir al
tango. No puede haber una identidad para mostrar afuera y otra
de entre casa. Obviamente, nos quedaremos sin poder decir
quiénes somos porque para nuestro interlocutor la referencia de
esas dos palabras es absolutamente vacía. Pero es como
consecuencia de ese callejón sin salida que se forja gran parte
del sentimiento nacional uruguayo, o sea, un disentimiento, una
negación de nación, un mirar constante hacia fuera, que alguna
ventaja también nos ha traído, así como ha contribuido con la
formación de una idiosincrasia muy particular, aún por definir,
aún por descubrir, aún por asumir. En aquella época quise
explicarle este punto de vista a mi casual amigo: su ansia de
ser alguien, implícitamente, negaba lo que afirmaba. Para decir
soy yo, decía soy otro. ¿Quieren verme a mí? Miren a éste e
imagínenme a mí. Como La Cumparsita, era él con un ritmo
modificado, dicho y divulgado por otro. Por caminos retorcidos,
acababa siendo cabalmente uruguayo, pero de una forma que él no
imaginaba. Yo intuí que, haciendo un trabajo de arqueólogo, era
posible partir de las ruinas de una comparsa-tango y encontrar
el hilo de una historia cuyo viaje al pasado revelase algo de
nuestro presente. Aquel día, nuestra charla acabó súbitamente y
no dije nada de eso. Mi amigo estaba mucho más preocupado en
sobrevivir en aquella París inhóspita que en escuchar versiones
apócrifas de la identidad uruguaya. Además, estaba apurado;
tenía un compromiso que nunca había tenido en Montevideo: iba a
clases de tango dos veces por semana.
|
|