Televisión / El
Chavo del 8
EL ESPEJO
ROTO
Redacción de Contratiempo
Colaboración
especial: NAHUEL LEVINTON
...Infinitos los veo,
elementales
Ejecutores de un antiguo pacto,
Multiplicar el mundo como el acto
Generativo, insomnes y fatales.
/
Los espejos,
J.L.BORGES
Durante una clase de
historia, el Profesor Jirafales le
pregunta al Chavo qué tuvieron que hacer
los aztecas cuando los españoles se
instalaron en sus dominios. El niño toma
su libro y lee con entusiasmo:
-"Tuvieron que pegarte ¡bruto!"
El Profesor, sorprendido primero, furioso
después, corrige, remarcando las
palabras:
-"Tuvieron que pagar
tri-bu-to".
El Chavo lee mal. No sólo
tiene problemas con sus libros de
historia, sino también con las
historietas y los libros de cuentos. A su
vez, para el Chavo las palabras son lo
que dicen, exclusivamente, sin
sobreentendidos ni metáforas (la Bruja
del 71 es una auténtica bruja, con
pócimas maléficas y escoba, y no sólo
una vieja chismosa). La mala lectura y la
extrema literalidad son las bases de su
propia lógica. Y con ella desarticula
cuanto razonamiento encuentra a su paso.
La vecindad del Chavo está
ubicada en un humilde barrio del Distrito
Federal de México. Sus habitantes más
que amigos son vecinos. Odios, envidias,
resentimientos, orgullo y desdén
circulan de un personaje a otro, tejiendo
la red que los mantiene unidos y que, en
muchos casos, constituye el eje de sus
vidas. El vecino es el espejo de lo que
cada uno no quiere ser, pero que es:
pobre, inculto y con escasas
posibilidades de revertir su destino. Los
personajes adultos responden a
estereotipos que vienen heredados de
lejos y contra los que no oponen
resistencia alguna: la autoritaria ama de
casa, la vieja chismosa, el vago y
borracho, el profesor engreído y el
satisfecho cobrador de rentas. Para ellos
la existencia está pautada por una serie
de gestos, acciones y palabras que se
suceden, una y otra vez, hasta el
hartazgo. Incluso, el amor que siente
Doña Florinda por el Profesor Jirafales
parece la repetición de una telenovela,
un mal libreto del que es imposible salir
("¡qué milagro verlo por
acá", "no será mucha
molestia
" un día tras
otro).
En este contexto de
conductas prefijadas aparecen los niños.
Nada queda en pié con el Chavo y sus
amigos, ni los espacios ni el lenguaje ni
los símbolos de la autoridad. Si el
Señor Barriga recibe un pelotazo que lo
tira al piso cada vez que viene a cobrar
la renta, tampoco el maestro corre mejor
suerte. Cuando Doña Florinda les dice
que sólo con el estudio y la lectura
podrán parecerse, de grandes, al
Profesor Jirafales, los chicos se
apresuran a cerrar los libros que estaban
leyendo. Ese espejo, indudablemente,
resulta aterrador. Pero mientras Quico,
la Chilindrina y Ñoño, de una forma u
otra, ya empiezan a reflejar los gestos
de sus mayores (las picardías de la
nena, la superioridad que siente Quico
frente a la "chusma" y la
ejemplaridad de Ñoño reproducen,
sucesivamente, la astucia de don Ramón,
el desdén de Doña Florinda y la
solvencia del Señor Barriga), es el
Chavo el que desestructura, desde la
misma base del lenguaje, la vida en la
vecindad.
El Chavo no tiene padres ni
tutores a la vista; no es un eslabón
más de la monstruosa cadena de herencias
y de infinitos reflejos. Es un ser único
que habita un espacio que, como su
barril, rompe la continuidad del mundo
construído. La interpretación del
lenguaje en su sentido literal provoca
una interrupción en el discurso de los
otros, que los obliga a recomenzar, una y
otra vez. Incluso, cuando intenta
descifrar la diferencia entre un término
correcto y su mala pronunciación
("¿cómo se dice?
¿y yo
cómo dije?
¿y cómo se
dice?
¿y yo cómo dije?"),
el Chavo no hace otra cosa que
desenmascarar, involuntariamente, siempre
involuntariamente, el carácter
convencional de las palabras. "¡Es
que no me tienen paciencia!"
suspira frente a la impotencia y la furia
de sus interlocutores. El espacio de la
comunicación social queda en un suspenso
del que sólo se puede salir con gritos,
cachetadas o a través del absurdo.
Pero el Chavo no es un niño
rebelde a la autoridad adulta, tampoco un
resentido social. Ni siquiera es un chico
muy travieso. Y aunque a veces lo
parezca, tampoco es tonto. No cuadra en
ninguna definición que permita
clasificarlo y asimilarlo a la sociedad.
Para él, cada encuentro con sus mayores,
o con los otros niños, representa la
posibilidad de alimentar esta lógica de
palabras primeras (de allí su actitud
dócil, casi interrogante, lejos de la
malicia de la Chilindrina o de la
obediencia ciega de Quico). Lógica que,
en sus manos, tiene la fuerza de una
topadora.
Desposeído, mal lector y fiel a las
palabras, al Chavo sólo le queda ser
igual a sí mismo. Y esto, con mucha
frecuencia, genera violencia en los
otros.
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