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Política y Comunicación

Censura y Cultura: una relación peligrosa

Zenda Liendivit

 

 
 

 

En teoría, el periodismo se ocupa del discurso público. Del conjunto de enunciados, emitido por un poder, destinado a un colectivo y que genera lo que se denomina la opinión pública. No se inmiscuye en lo doméstico, no es ése su objetivo (aunque ya veremos cómo deviene difuso el límite entre ambas esferas). Todo discurso público es un hablar vigilado por el poder que lo enuncia, así como toda censura es simbólica. El propósito final de ésta, siempre, es limitar el pensamiento. Cercarlo. Todo acto de censura pretende restringir las posibilidades de reflexión que se alejen de las intenciones de lo que dicho poder quiere comunicar. Así en la Edad Media como en la actualidad. La censura está siempre del lado del poder.

 

Pero, ¿acaso nombrar, definir, hablar, no implican ya un acto de censura previo? ¿Acaso la misma cultura, esa selección que unifica y reunifica, que diferencia y señala, que excluye, incluye y legitima un conjunto de producciones, modos, creencias, tradiciones, ideas y actos, acaso la propia cultura no constituye ya un trazado de límites en los que están en juego la identidad, la pertenencia y los modos de lo pensable, ese horizonte de sentidos necesario para el diálogo? ¿Hasta dónde llega el alambrado, qué queda afuera? Y sobre todo, ¿por qué queda afuera? (Aquí los malestares de Freud). Y si la lengua es la expresión del espíritu de los pueblos; o, en versión menos romántica, la sedimentación de sucesivas capas que se van transformando ―rebeldemente vivas‖, a decir de Steiner, en el tiempo, ¿qué nombra la lengua? Hasta la Edad Media no había dudas: aspiraba a la palabra primera que exigía la fidelidad y el dogma, la traducción y sus interpretaciones. Pero Modernidad mediante, muerta toda trascendencia, la lengua encuentra su deriva y su justificación en ella misma, en el devenir desligado por fin del afuera. Con el Renacimiento, la censura se ve obligada a refinar sus modos y formas frente a la proliferación de los discursos de los nuevos grupos de poder y de los temas emergentes, así como también a la masificación de la palabra escrita a través del libro y de la imprenta. Y a partir de allí, de todas las formas de expresión facilitadas por la tecnología que no sólo contribuirá con el acceso a la información sino a las materialidades y a los usos del tiempo. La censura encuentra aquí su primer escollo histórico: la crisis de la hegemonía en el decir y en la posesión de aquellos medios.

 

Uno de los aspectos fundamentales de la censura es la invisibilidad. A la censura le urge ocupar los espacios posibles de la esfera pública; manipular lo que circula, persuadir, entablar complicidades con los destinatarios, producir efectos de verdad y deslegitimar aquello que fuera contra sus intereses. La transversalidad otorgada por los avances tecnológicos desbarata jerarquías y a la vez, paradójicamente, alienta esa refeudalización de la sociedad y de la opinión pública de la que habla Habermas:¹ mientras el poder como espectáculo es en sí mismo el mensaje, y tiene mayor peso que cualquier discurso racional, todo buen productor de espectáculos, es decir, todo buen constructor de líderes, surgirá como potencial desestabilizador. El discurso público no se vuelve vulnerable porque perdió sus soportes establecidos, fácilmente digitados y controlables (el diario en papel, monopolizado por las corporaciones aliadas, el canal de televisión con la programación a la hora señalada, etc.) sino porque la reformulación de los conceptos de espacio-tiempo en la posmodernidad vuelve inestable cualquier fundación donde debe asentarse todo mecanismo de control: un espacio sin coordenadas convencionales y la simultaneidad temporal, sumados a la multiplicidad de las voces que pueden tanto ser una misma que se diversifica, como miles que se repiten.

La incertidumbre que provoca la proliferación tecnológica opera, sin embargo, en ambas direcciones. Actúa sobre la censura, desbaratándola, y sobre la cultura, restringiéndola; y las acerca peligrosamente. Si el proceso de ―definir no se refiere a las cosas sino a la relación entablada dentro del discurso, a la distancia entre ellas, esa expansividad potenciada de la lengua mueve constantemente dicha distancia hacia sus bordes. Instaura relaciones móviles que a cada paso reformula las reglas del juego. Si la palabra es absorbida de su contexto social, la movilidad de este opera contra cualquier posibilidad de aquietamiento y clasificación. Favorecen a la censura, a la que por definición le resulta imposible hablar y deteriora a la cultura, a la que le resulta imprescindible hacerlo. Pero al mismo tiempo, inhabilita al censor porque provoca un espacio vacío (lo que a toda censura le causa un horror indescriptible) sobre el qué operar y favorece a la cultura, ensanchando otras posibilidades aún no colonizadas.

 

En la actualidad, un trabajo constante sobre la lengua, una vigilancia estricta sobre sus transformaciones y encerronas, ya no sería la tarea principal porque ella misma se constituye y se destituye a velocidades inimaginables. El discurso del otro, del censurado, puede sin problemas coincidir con el del censor. Bourdieu afirma, en varios textos, que la censura llega a su máximo logro cuando se identifica con la cultura, cuando igualan sus límites. La censura, entonces, ese mecanismo con el que el poder defiende sus intereses a través de una serie invisible de operaciones, se visibilizaría como producción y acrecentamiento, a manera de Foucault, y tendría como destinatario ya no al receptor sino a la cultura en su conjunto. Imposibilitadas de una palabra plena, devaluadas por la certeza de que todo estaría legitimado por el espectáculo y sobre todo, por la incertidumbre de receptores y emisores, de realidad y ficción, de espacio y tiempo, la censura y la cultura iniciarían una marcha indistinguible en pos de, precisamente, nuevos límites. La constancia en la igualación de estos garantizaría el éxito de la primera y el desmantelamiento de las posibilidades de la segunda. Que es lo ocurre en la actualidad. La figura pública del líder y su demostración ostentosa del poder como valor en sí mismo es tanto el objetivo como el límite. La intimidad del poderoso en primer plano, el detallado informe, publicado a un click de distancia a escala mundial, de sus acciones más nimias, los gestos que revelan al hombre común empleando, supuestamente, su tiempo en lo mismo que el resto de los mortales, sólo pueden provocar –arma eficaz como pocas— la identificación y la certeza de que allí no hay más resquicios por descubrir. No hay nada afuera que pueda competir con ese poder en la opinión pública (al margen de que ésta tuviera cierta conciencia del montaje), y a la vez, ella encontraría en el mecanismo de exhibición del yo su máxima expresión. La foto de la mascota, del desayuno, de las últimas vacaciones, el comentario trivial, el seudointelectual, el video de pornografía hogareña, los desenfrenos festivos, las incontables selfies, manifestaciones todas promovidas por las redes sociales en donde el autor busca desesperadamente la atención del otro, es decir, que multitudes anónimas detrás de pantallas infinitas lo legitimen por fin, con el pulgar para arriba, dándole una ilusa idea de poder, generan más devoción que cualquier pensamiento que rozara la posibilidad de que dicho mecanismo tiene como objetivo principal la exaltación de una existencia inexistente (el sólo hecho de que millones de seres accedan con tanta facilidad a una instancia de supuesto poder público ya tendría que despertar sospechas).

 

Habría que preguntarse entonces (pregunta ya formulada por otros autores) de qué nos defiende la censura. O, en este caso, peligroso para Bourdieu, la cultura. Lo primero, y más obvio: de la verdad, de lo oculto que si saliera a la luz desmantelaría un sistema de poder armado, lógicamente, para la dominación. Pero se puede arriesgar también una segunda respuesta indemostrable y deudora de la primera: de nosotros mismos. De todo aquello que podríamos hacer, pensar o relacionar sin la existencia de límites, incluso, sin aquellos impuestos por la propia cultura en el caso de que no coincidiera con ella. De la irrefrenable capacidad humana desatada cuando percibe no sólo que ese afuera existe (ese afuera que el eterno espectáculo se encarga de ocultar) sino también el goce, el placer, la violencia y el espíritu de destrucción de cualquier forma de domesticación. La censura resulta más visible cuanto más lejos esté de lo que tenemos internalizado y mucho más efectiva cuando más coincide con nuestras creencias. Por esto, en épocas de autoritarismo, paradójicamente, suele producir resistencias mucho más creativas que en democracia, cuando simula inexistencia.

 

Pero retomando el tema de los discursos transversales de esta modernidad híper tecnificada, también habría que preguntarse entonces, ¿qué censura el poder cuando prácticamente puede decirse todo, en cualquier sitio, en cualquier momento y sobre todo, en forma anónima? Puede enunciarse uno y su contrario; provocar efectos de verdad, al estilo Borges, a sabiendas de que se trata de una ficción, denunciar, anunciar, vociferar… La pregunta no apuntaría al control social sino a lo que se oculta en una época que parece no poseer resquicio sin vigilancia posible. La censura a los medios de comunicación resulta una respuesta insuficiente. En ambos sentidos de la palabra. En la mayoría de los casos, el medio de comunicación se ha vuelto un operador político, ha transformado en  “cuestión pública intereses privados” (definición de hegemonía de Gramsci). Pero a la vez, a esos medios hegemónicos les ha surgido la contracara de lo no hegemónico: lo informe que flota, tipo cadena informativa de Walsh², donde la noticia se construye en forma conjunta, anónima y circulante, con credenciales de credibilidad por el simple hecho de no responder a corporaciones conocidas. El poder entonces, político-comunicacional, censura ya no tanto la información, la presencia, la circulación o las materialidades que atenten contra sus intereses sino las posibilidades de que la cultura se aleje de los límites que ha impuesto a fuerza de espectáculo continuo. Que rompa la relación peligrosa y tan efectiva para sus fines e inicie su propia marcha (de allí la persecución activa y productiva que hace de ella). Que la palabra por fin vuelva a nombrar con la densidad de aquellas capas sedimentadas en el tiempo pero a la vez, ligera e indomable como el cuchicheo de los niños. Un murmullo, inescrutable para el mundo adulto, de palabras dichas por primera vez.

 

 

El presente ensayo fue publicado por primera vez en el Blog Travesías, de Revista Contratiempo. Luego en el libro Obsesiones. Notas sobre arte y cultura, de Zenda Liendivit (Contratiempo Ediciones, 2016)

 
 
 

 

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