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  Apuntes sobre Buenos Aires
Esbozo geocultural del espacio-tiempo-suelo
CLAUDIO CAVERI

Según la definición académica, el espacio es el continente de las formas corporales. Sería entonces como una especie de recipiente o un contenedor de objetos. El Espacio, así definido, termina siendo una categoría a priori que existiría antes que las formas corporales se ubiquen en él: ésta era la visión de Kant. La creación de las geometrías no euclidianas en el siglo XIX y la teoría de la relatividad modificaron este cuadro.

La obra de Einstein es una descripción del universo válido para todo observador desde cualquier punto de vista; es decir que la Física de Einstein, no es una física sin observador, sino una física con un observador cualquiera. Si la física clásica partía de un observador privilegiado, fuera de la naturaleza –de la realidad- gracias a su categorización a priori del espacio, la de Einstein reduce a todos los observadores posibles a sistemas de coordenadas, homologando lo observado y los observadores dentro de una misma estructura. Pero este sistema dejó al hombre de carne y hueso y su realidad como un accidente secundario.

La visión aposteriori de Einstein destruye el recipiente (el modelo) y lo transforma en una red indefinida estructural (homologación).

Pero tanto el espacio concebido como un a priori, como el de la estructura aposteriori no son más que conceptos físico-matemáticos, en definitiva libres construcciones que solamente satisfacen una pequeña parte de las necesidades originales de orientación vital del hombre.

Por eso el existencialismo criticará esta visión abstracta del espacio y tratará de complementarla con los nuevos conceptos de espacio pragmático, espacio perceptivo, espacio existencial y espacio expresivo o artístico como imagen del mundo según la tesis de Norberg-Schulz (1).

Los conceptos de hogar, ciudad y país, son aún válidos, sostiene, dan una estructura al nuevo entorno abierto y hacen posible que lleguemos a ser ciudadanos del Mundo, y continúa: El ciudadano del mundo TIENE SU LUGAR EN LA TOTALIDAD, pero al reconocer que es un elemento de un contexto más amplio, toda cosa distinta se convierte en una continuación de su propio espacio existencial. La contribución del individuo a la totalidad es proteger y articular el lugar que se le ha asignado para que lo cuide.

Qué pasa si en este pensamiento de Schulz reemplazamos individuo por Nación, quedaría así: La contribución de la Nación es proteger y articular el lugar que se le ha asignado para que lo cuide. Y ¿cuál es ese macro-ser, esa macro-nación que me ha ASIGNADO mi lugar para que lo cuide en esta especie de división internacional de los cuidados? Un extraterrestre seguro no es, tampoco el antiguo Dios trascendente, sólo nos queda en la práctica mirar para arriba y esperar que uno de los dos nos asigne los cuidados.

En este punto es donde desde el SUR continuaremos chocando con los existencialistas derivados de Heidegger.

Pese a la revalorización de la residencia como estructuradora del espacio, se lo ve encerrado en la totalidad imperial, es una parcela que no modifica el horizonte de control y de visión del mundo que marca el norte en su dominación.

No es distinta la actitud de Charles Moore (2) cuando sostiene que "los fracasos se producen cuando no hacemos reconocible el espacio, cuando no distinguimos entre una parte y el continum", y agrega: lo que hemos hecho cuando delimitamos una parte del espacio del contínuo, es identificarlo como dominio.

Esta idea la traslada a la forma arquitectónica apoyándose en lo que dio en llamar aedícula o edículo: pequeño espacio metido dentro del espacio de la casa, reservando a la piel externa un doble papel: Resolver los problemas visuales, de ventilación y asoleamiento y proveer las necesidades de habitar en los humanos y los objetos.

En resumen, la actitud existencial surge como compensador interno del avasallamiento producido por el contínuo universal, con la esperanza de salvaguardarla. Por eso la actitud comprensiva, protectora y de reserva individual de un espacio de libertad (edículo).

Sin las formas corporales, el Espacio no tiene realidad en sí, decía Marechal en Cosmogonía Elbitense, y estamos de acuerdo. Para nosotros el espacio como tal no tiene entidad, es simplemente lo que queda entre las distintas realidades, los pueblos, los hombres, estos hombres, estas cosas. Es el lugar de las relaciones, del encuentro, de la amistad, del amor, pero también el de la lucha, el conflicto, la opresión, la guerra.

Nunca es algo previo, tampoco algo deducido de una realidad que se homologa, porque es el lugar de la ineludible creación.

Por eso no nos conformamos con que nos permitan las variaciones regionales dentro del todo ya determinado. No queremos los edículos –recipientes dentro de recipientes-, para librar nuestras angustias personales y sentirnos libres, ni para evadirnos en el Nirvana de la contemplación infusa. No queremos terminar como el ejecutivo de la cosmópolis, que entra en su casa externamente correcta y contextual y se pone la túnica y el turbante para refugiarse en el edículo-meollo, oriental considerando la realidad exterior inmodificable. No queremos la esquizofrenia.

Nuestro sentimiento es el de un pueblo desterrado de su propia tierra. Por eso para nosotros la búsqueda del centro, de nuestro centro tanto individual como colectivo, es vital y constituyente.

Sólo en la medida de la recuperación de nuestro centro espacial –físico, geopolítico, vital, cultural y arquitectónico- es que se nos abrirá nuestro futuro.

Es que toda construcción que no sea pura elucubración abstracta parte de un lugar concreto, se instala en ese lugar concreto y vive y se piensa desde ese lugar concreto. Luego, más que hablar de espacio es mejor hablar de lugar. Y el lugar tiene foco y tiene centro, tiene también sentido. Y esto ocurre porque en el lugar campean los símbolos, se siente que algo presiona. Pero no es un sentido referido a cosas, sino de algo que forzosamente se abre a una alteridad. Nos soy yo quien construye el espacio, sino que podría ser que mi inquietud esté condicionada por el lugar como presentimiento de un fundamento.

Desde esta forma de ver, es posible entender el sentimiento de estar centrado y el valor simbólico del centro como centro del mundo.

El centro es pues, la zona de lo sagrado, de la realidad en profundidad. Todos sus símbolos: árbol de la vida, fuentes de la juvencia, Zigurat, casa de los hombres en la tribu Bororó, etc., son imágenes míticas y explicativas del cosmos. No otra cosa son el Centro Ceremonial Maya, el Acrópolis Griego o el Capitolio Romano o la Meca con la Kaaba en su centro.

NOTAS:
(1) "Existencia, Espacio y Arquitectura", Christian Norberg-Schulz
(2) Summarios 1: Charles Moore o la inclusividad

Fragmento extraído del libro FICCIÓN Y REALISMO MÁGICO EN NUESTRA ARQUITECTURA (CP67, Buenos Aires/1987)

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