Prólogo de
Cátulo González Castillo al
libro
CHAPALEANDO BARRO,
de Celedonio Flores
Del Libro Chapaleando barro,
Celedonio Flores (El Maguntino,
Buenos Aires, 1951)En la intersección
de dos épocas, cuando la ciudad
asistía a su promoción
intelectual de la primera década
del siglo, comenzaron a
delinearse las corrientes
estéticas distintas, que habían
de concurrir a la formación de
una poética argentina de
caracteres bien personales.
Podríamos estar en
el año 1910.
Ya el sarampión
Dariano, había prendido en los
cenáculos célebres de entonces.
Baudelaire y Verlaine (pobre
Papá Lelián), encendían la
lumbre de una sensibilidad
ciudadana, a veces canallesca,
que otorgaba calor alfabeto y
digno a una musa callejera, de
pintoresca y brava personalidad.
Ya, Evaristo Carriego había
transitado con gallardía y
oficio, por el género de las
décimas lunfardas, que
"Fray Mocho" o
"Caras y Caretas"
recogieron con todo cariño y
sentido de la verdad popular.
El pálido muchacho
de Palermo, pagaba su
"pecata minuta"
parnasiana, para hallar en las
"Misas Herejes" el alma
de la calle y la historia
romántica y doméstica de la
costurerita que dio aquel
"mal paso".
Pero entretanto, los
vates periféricos de los
boliches esquineros y estañosos,
defendían a gritos, sobre el
lomo de sus guitarras, a una musa
ecléctica y grandilocuente.
Payadores
romancescos, de negros corbatines
y sombreros aludos, discutían en
verso los problemas de Marx y de
Kant, en esa filosofícula
gritona, pero ingenua y mansa,
como los contrapuntos camperos
sobre temas abstractos, que les
otorgaba el acento gauchesco más
encantador y más nuestro.
José Hernández ya
era una realidad argentina, con
toda la incidencia en la épica
americana. Su milagroso personaje
de Martín Fierro, habría de
configurar por propia
gravitación y médula, lo
homérico y lo quijotesco del
hombre de la Pampa empezada a
alambrar.
Y también el
fenómeno ciudadano del tango,
extendiendo sus voces desde la
periferia, para buscar las liras
diferentes que habrían de
cantarlo por la boca de un
predestinado, casi cósmico, que
se llamó Carlos Gardel.
En este meridiano un
tanto indefinido, de transición,
surgieron los poetas de la ciudad
de adentro, con el lenguaje recio
de la "ciudad de
afuera"
Y para hallar un
nombre que asuma la
representación cabal de ese
momento, que es trascendental,
nada mejor que el de este
verdadero prócer de la musa
porteña que se llamó Celedonio
Flores.
Pareciera el suyo,
un nombre de composición
lunfarda. Tal es la eufonía
porteña que lo asiste.
Arraiga en lo más
viril de las costumbres criollas,
al lado de otros que podrían ser
estos: Presentación, Eulogio,
Eufemio, Anselmo.
Y Flores, su
apellido, es el de un trovador de
la España de Alfonso "El
Sabio", en tiempo de
cantigas y romances.
Celedonio Flores,
apareció de pronto, con esa cosa
recia, pintoresca y cabal, que es
su lenguaje poético.
Viejo transitador de
esquinas, el duende de la noche,
le amorenó la cara y le aclaró
los ojos.
Junto a cualquier
"giniebra" era el
hombre que quería el estaño y
que amaba los tangos de aquellos
organitos que animaron su
infancia. Infancia trashumante y
corredora, la quiero imaginar,
como imagino así, su mocedad, de
"rompe y raja" tal como
corresponde al "tipo"
que sus versos delatarían más
tarde con una precisión de
aguafuerte y cincel.
La poesía de
Celedonio Flores, anda en el
tráfico vivo de todos los tangos
que forman la antología
verdaderamente porteña.
Tienen, como el
mastuerzo, un sabor de
extramuros, y el claro oscuro de
todas las ochavas que vieron los
faroles de antaño: los del
tango.
Y su lenguaje es
"suyo" como es suya su
"rima" y son suyos sus
dramas, no importa si hampones,
pero que tiene en todo
caso- la vibración más neta,
que es exigible al tango ya una
estética particularísima, que
no puede ser suplantada por el
purismo, ni por la elaboración
académica.
La academia de
Celedonio Flores, fue, en todo
caso, la propia calle. Pero la
calle de él, con sus ligustros y
sus cercos de pitas. La calle de
la tarjeta postal, que tenía las
huellas de las chatas y
conservaba el grito de un
"cuartiador" lejano, en
camiseta, de látigo en la zurda
y pantalón cambrona.
Sus luces, son las
luces verdosas de las timbas
llenas de cigarrillos, en el
monte con puerta, a salto y carta
y detrás de aquel punto que se
jugó la parada en la última
hora de su vida. Personajes y
clima que son de Flores.
De "Cele"
inolvidable amigo, en todo lo que
tuvo de amigo y de poeta.
Poeta sin retórica.
Amigo sin eufemismos.
Su lenguaje regresa
casi siempre, inolvidable y
simple, con un alejandrino, en
una octava, detrás de una
asonancia.
"Desde lejos se
te manya pelandruna abacanada,
"que naciste en la pobreza
de un cuartucho de
"arrabal. Hay un algo que te
vende:
"yo no sé si es la mirada,
la manera de sentarte
"de mirar, de estar parada,
"o es tu cuerpo acostumbrado
"a las pilchas de
percal".
No sabremos, jamás,
cuál es el misterio que preside
a los versos que perduran y viven
en la emoción de la gente. No
sabemos, hasta qué punto
todavía- un poeta como
Celedonio Flores, incidirá sobre
la definitiva poética popular
porteña.
Lo cierto es que él
está, con los méritos supremos
que surgen como una esencia
familiar, de la lectura de sus
cosas.
De todas sus cosas,
sin excepción alguna, donde
abrevan los tangos, y donde vive
el duende de un pasado que vamos
perdiendo poco a poco, con el
mutis fatal de la vida, en este
escenario de la vida y de la
muerte.
Celedonio Flores, no
necesita prólogo ninguno.
Sus tangos que lo
cantan, que lo recuerdan, que lo
exaltan a cada instante, prologan
ese libro caliente de su vida y
de su aparición en la canción
popular argentina.
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