Metrópolis / Revista Contratiempo | Año 1 Nº III Primavera - Verano 2001/02


Malos
pensamientos

ZENDA LIENDIVIT


I. CANDILEJAS

El tiempo y la historia suelen ser temas conflictivos en las grandes ciudades modernas. Toda sociedad que borra los rastros del pasado no hace más que negar que alguna vez fue de otro modo y posee la precaria ilusión de que allí el único tiempo que existió siempre es el presente. Este tiempo moderno y metropolitano necesita, y a la vez origina, formas que lo refuercen en su carácter de instante siempre abierto a las novedades y al recambio veloz.

Los edificios destinados al consumo apelan principalmente a la excitación de los sentidos. Apelan al deseo. Esta capacidad sensual de dichas construcciones, sin embargo, no apunta solamente a una estrategia comercial. Su fin último es, paradójicamente, rescatar al hombre de un tiempo rutinario que lo envuelve y anestesia, rescatarlo de ese entretejido del que ella misma forma parte, para lanzarlo una y otra vez a lo nuevo.

El ingreso a un shopping, por ejemplo, pretende ser un acto luminoso. La profusión de luces, marquesinas, colores chillones, grandes puertas de vidrio y vegetación de plástico, insinúa un atractivo alto a la rutina. Algo fuera de lo común ocurrirá allí adentro. Estos elementos, tanto exteriores como interiores, irradian una atracción casi infantil: aires de eterna navidad, festivos, entre la kermesse de barrio y los cumpleaños, prometen el cumplimiento de todos los sueños. Una incursión a la tierra del nunca jamás donde vamos a ser, o por lo menos parecer, eternamente jóvenes. A medida que transitamos los diferentes niveles, con escaleras doradas y alfombras rojas, nuestros cuerpos reflejan su luminosidad a fuerza de miles y miles de wats y de superficies estratégicamente brillantes dispuestas en nuestro camino. Y si miramos hacia lo alto, lo más probable es que nos encontremos con una poderosa cúpula de vidrio, material ligero que nos lanza al infinito.

De alguna forma, los espacios de consumo apelan también al recuerdo. Al recuerdo de cuando nos sentíamos inmortales. Apelan a la infancia y a nuestras primeras incursiones a las jugueterías. Si intentáramos definir la impresión que nos causaban dichos lugares, seguramente coincidiríamos en que nuestra mirada, entonces inocente, no se detenía tanto en los objetos en sí sino en aquella mágica atmósfera que el sitio irradiaba. Al ingresar nos sentíamos atrapados por la puesta en acto, concreta y tangible, de nuestras fantasías. Allí estaban todos los responsables de nuestro "verdadero" mundo. Porque en el arco, la flecha y los cinturones del sheriff se hallaban concentradas todas la experiencias pasadas (y las por venir), acontecidas en el patio de la casa o en las calles del barrio, devenidos oestes salvajes o peligrosos peñascos donde habíamos muerto y vencido infinidad de veces. Y aunque el juguete en sí generalmente mostraba muy pronto sus precarias limitaciones frente a la intensidad de aquellos mundos, la atmósfera que generaba la reunión multitudinaria de nuestros inmortales compañeros nos volvía aún más invencibles.

El hecho de que una vez adentro de un shopping no existan registros del día, de la hora, del estado del cielo y del entorno inmediato, acentúa la sensación de que ese espacio está sustraído al paso destructor del tiempo. El afuera no existe. No nos arruinará la jornada una lluvia imprevista, el calor infernal o la presencia de un desesperado, sentado en el umbral de un edificio a oscuras. Las hojas de la exuberante vegetación, que cuelga suspendida por todas partes, jamás se pondrán amarillas, no sobrevendrá el otoño. Las superficies brillosas y eternamente limpias constituyen el inequívoco símbolo de nuestro paso por allí. La apropiación está restringida al efímero momento de nuestra estadía. No borramos nuestras huellas, éstas ni siquiera quedan impresas. Tal vez, después de todo, también nosotros seamos bellos, jóvenes e inmortales por un rato. Instalado con esas características en la imaginación colectiva, actúa entonces de masivo refugio cuando la realidad se vuelve intolerable. Es decir, cuando ella simplemente transcurre.

Pero tras cierto tiempo en el valle mágico, nos sobreviene el agobio. Los pasillos empiezan a estrecharse, las luces molestan, nos invade un imperativo deseo de retornar a la calle. El tiempo fluctuó entonces entre las grandes promesas del acceso y el cansancio de la partida. En el medio, el progresivo desencantamiento sostenido por la impotencia de las mercancías de ir más allá. Y advertimos otra vez -una y otra vez, porque siempre volvemos- que ese aparente mundo suspendido se agota en sí mismo de igual forma que acontece con nuestro propio tiempo allá afuera. Es una tendencia de la cultura de masas confundir realidad con ficción; tal vez por ello sucumbimos de entrada ante formas al parecer rupturistas, con la ilusión de escapar, a través de montajes muy bien preparados, de nuestra tediosa realidad cotidiana. Nosotros, al fin y al cabo, comprendemos que sólo es un juego: el shopping, a su manera, nos está diciendo que juguemos a ser, por un rato, distintos. El grave problema es que ya no somos niños.

 

 

II. EL PARAÍSO PERDIDO

 

Algo semejante ocurre con los countries, los nuevos centros habitacionales de la modernidad. La exhuberancia del verde, que promete al comprador una eterna primavera; el canto de los pájaros por las mañanas, que sustituye al odioso despertador; el chillido de los grillos en los atardeceres; el cielo inmenso y azul, que ya se estaba volviendo un cuento fantástico, intentan recrear las imágenes pastoriles de los cuentos infantiles. Una suerte de reproducción terrenal de lo que, otra vez, en el imaginario ocupa el lugar del paraíso.

Pero para que existiera este espacio celestial, fue necesario que primero, en la imaginación del futuro usuario, se creara un infierno. Se demonizara su hábitat tradicional, se le presentara sus miserias, sus maldades, sus cuestiones siniestras. Es decir, fue necesario que se hiciera hincapié en la naturaleza del ser humano. La época ayuda a este supuesto éxodo hacia las fuentes. La misantropía terminal que padece el cuerpo social favorece la formación de paraísos exclusivos, donde cada uno gozará de las garantías que lo protegerán justamente de los otros (al margen del smog, el tránsito, la contaminación auditiva, etc.). A la vez, el tiempo también estará suspendido en una atmósfera bucólica que recuerda a esas poblaciones del campo que se mantienen siempre iguales a ellas mismas a través de los siglos y ajenas a la historia.

Pero, con un procedimiento similar al que utiliza David Lynch en Terciopelo azul, si nos dedicamos a escarbar debajo de esas apacibles tierras, encontraremos que estos modernos paraísos tienen su propio infierno. Sistemas de vigilancia las veinticuatro horas, guardias armados, alambrados, radares, perros amaestrados, identificación al entrar, al salir, permiso de visita, etc. delatan que este estilo de vida, tipo Familia Ingalls, reproduce en una escala mucho más sofisticada el mal imperante de la época. No basta entonces con asegurarse la vecindad; no basta con asegurarse el fin de los imprevistos -un descuidista, un mendigo, un niño de la calle-; no bastan las prudenciales distancias de los "centros peligrosos". Cuanto mayor es el aislamiento, la presencia encarnada en la ausencia de los que quedaron afuera adquiere connotaciones casi monstruosas.

 

 

III. TERRITORIOS EN TRÁNSITO

 

Gran parte de España está sembrada de recuerdos moros. Si tuvimos la suerte de no haber comprado un paquete turístico o de no habernos perdido en las imágenes de algún canal de viajes -grandes desarticuladores del misterio- es probable que la arquitectura y el arte hispanomusulmán desbaraten nuestros mecanismos de percepción. Acostumbrados al arte occidental, que al fin y al cabo siempre está hablando de nosotros, las formas orientales se emancipan de nuestra mirada clásica y se tornan literalmente inesperadas. El arte árabe entabla un diálogo casi exclusivo con nuestros sentidos, provocando un desconcertante repliege de nuestra estructura racional.

Sin embargo, los europeos, concientes de que nadie es el mismo por mucho tiempo, miran con cierto recelo a los miles de africanos que cruzan el Gibraltar (algo similar ocurre aquí en América: quedamos fascinados frente a ruinas mayas, aztecas, incas, pero nada queremos saber de sus actuales descendientes). Esta tensión, provocada por el indeseado encuentro con la diferencia, se siente en las principales ciudades del viejo mundo. La presencia morena avanza ante el desconcierto, la lástima, el desdén y, sobre todo, el miedo de los dueños de casa. Un universo de leyes poco conocidas, difíciles de pasar por el tamiz de la racionalidad occidental, se impone a través de cuerpos en constante movimiento. Territorios en tránsito en busca de la gran ciudad.

En principio, España les resulta familiar. Allí están sus mezquitas, lonjaz, alcázares y torres. Allí están sus rostros aceitunados de miradas penetrantes que los observan como auténticos invasores. Es muy posible que la marea humana que consiguió vencer el furioso Gibraltar no termine de entender esta suerte de vigía de Occidente que le toca ejercer a un país donde ellos encuentran parte de su pasado, sus propias huellas. Y para España, este mismo pasado irrumpe en el presente de manera inesperada. Un pasado que parecía haberse conjurado en las suntuosas obras arquitectónicas, las que, al margen de los valores históricos, reportan jugosos dividendos. Ese "otro" siempre estaba enfrente. Ahora está aquí, y fluye, y sacude con su tránsito veredas, plazas, estaciones de metro. Sacude los fundamentos de un sistema que parece estar devorándose a sí mismo.

El desplazamiento actual de grandes masas humanas se ha convertido en una forma de subsistencia. El hombre se desplaza detrás de las fuentes de trabajo y este éxodo lo convierte en un sobreviviente. Se aleja del lugar que lo expulsa, en donde ya casi se siente un muerto, y cifra sus expectativas en otro sitio, que por lo general también termina expulsándolo o, por lo menos, excluyéndolo. Sin embargo, este moderno tránsito de cuerpos indeseables vendría a ser la versión negativa de otro movimiento. Aquel que, bajo las rutilantes luces de la publicidad y los medios de comunicación, hace desfilar a los nuevos modelos de la época. Mientras los primeros aspiran a sobrevivir en una ciudad, los otros son los objetos de deseo de esa ciudad. Pero mientras unos son cuerpos vencidos, los otros están en su apogeo. Sin embargo, dada la velocidad de la época, su particular obsesión por el recambio, la corta duración de las cosas, en el esplendor de estos cuerpos-mercancías se insinúa también el final. Los primeros serían entonces el futuro inmediato de los segundos. Como contracara a este exceso de carne y piel esplendorosas y caducas, está la ausencia. En el otro extremo, en ese misterioso mundo de la virtualidad, lo que no aparece por ningún lado es, justamente, la carnalidad.

Y si es cierto aquéllo tan trillado de que no conozco a mi vecino pero mantengo estrechas relaciones con una persona que vive en el Japón, experimentar el cuerpo del otro, la presencia viva, ya no se daría en ningún lado. Ese cuerpo se habría vuelto, o se está volviendo, un deseo imposible.

 

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