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Lo absurdo y
el suicidio
ALBERT CAMUSDel libro
"El mito de Sísifo",
Cap. Un razonamiento absurdo (Ed.
Losada, Buenos Aires, 2004)
No hay más que un
problema filosófico
verdaderamente serio: el
suicidio. Juzgar que la vida vale
o no vale la pena de que se la
viva es responder a la pregunta
fundamental de la filosofía. Las
demás, si el mundo tiene tres
dimensiones, si el espíritu
tiene nueve o doce categorías
vienen a continuación. Se trata
de juegos; primeramente hay que
responder. Y si es cierto, como
quiere Nietzsche, que un
filósofo, para ser estimable,
debe predicar con el ejemplo, se
advierte la importancia de esta
respuesta, puesto que va preceder
al gesto definitivo. Se trata de
evidencias perceptibles para el
corazón, pero que deben
profundizarse a fin de hacerlas
claras para el espíritu.
Si me pregunto para
qué voy a juzgar si tal pregunta
es más apremiante que tal otra,
respondo que pone en juego los
actos. Nunca vi a nadie morir por
el argumento ontológico.
Galileo, quien defendía una
verdad científica importante, la
abjuró con la mayor facilidad
del mundo, cuando puso su vida en
peligro. En cierto sentido, hizo
bien. Aquella verdad no valía la
hoguera. Es profundamente
indiferente quién gira alrededor
del otro, si la tierra o el sol.
Para decirlo todo, es una
cuestión baladí. En cambio, veo
que muchas personas mueren porque
estiman que la vida no vale la
pena de que se la viva. Veo a
otras que, paradójicamente, se
hacen matar por las ideas o las
ilusiones que les dan una razón
para vivir (lo que se llama una
razón para vivir es, al mismo
tiempo, una excelente razón para
morir). Opino, en consecuencia,
que el sentido de la vida es la
pregunta más apremiante. ¿Cómo
contestarla? Con respecto a todos
los problemas esenciales, y
considero como tales a los que
ponen en peligro la vida o los
que decuplican el ansia de vivir,
no hay probablemente sino dos
métodos de pensamiento: el de
perogrullo y el de Don Quijote.
El equilibrio de evidencia y
lirismo es lo único que puede
permitirnos asentir al mismo
tiempo a la emoción y a la
claridad. Se concibe que en un
tema a la vez tan humilde y tan
cargado de patetismo, la
dialéctica sabia y clásica deba
ceder el lugar, por lo tanto, a
una actitud espiritual más
modesta que procede a la vez del
buen sentido y de la simpatía.
Nunca se ha tratado
del suicidio sino como de un
fenómeno social. Por el
contrario, aquí se trata, para
comenzar, de la relación entre
el pensamiento individual y el
suicidio. Un acto como éste se
prepara en el silencio del
corazón, lo mismo que una gran
obra. El hombre mismo lo ignora.
Una noche dispara o se sumerge.
De un gerente de inmuebles que se
había matado me dijeron un día
que había perdido a su hija
hacía cinco años y que esa
desgracia le había cambiado
mucho, le había
"minado". No se puede
desear una palabra más exacta,
comenzar a pensar es comenzar a
ser minado. La sociedad no tiene
mucho que ver con estos
comienzos. El gusano se halla en
el corazón del hombre y hay que
buscarlo en él. Este juego
mortal, que lleva de la lucidez
frente a la existencia de la
evasión fuera de la luz, es algo
que debe investigarse y
comprenderse.
Son muchas las
causas de un suicidio, y, de una
manera general, las más
aparentes no han sido las más
eficaces. La gente se suicida
rara vez (sin embargo, no se
excluye la hipótesis) por
reflexión. Lo que desencadena la
crisis es casi siempre
incontrolable. Los diarios hablan
con frecuencia de "penas
íntimas" o de
"enfermedad incurable".
Son explicaciones valederas. Pero
habría que saber si ese mismo
día un amigo del desesperado no
le habló con un tono
indiferente. Ése sería el
culpable, pues tal cosa puede
bastar para precipitar todos los
rencores y todos los cansancios
todavía en suspenso.
Pero si es difícil
fijar el instante preciso, el
paso sutil en que el espíritu ha
apostado a favor de la muerte, es
más fácil extraer del acto
mismo las consecuencias que
supone. Matarse, en cierto
sentido, y como en el melodrama,
es confesar. Es confesar que se
ha sido sobrepasado por la vida o
que no se comprende ésta. Sin
embargo, no vayamos demasiado
lejos en estas analogías y
volvamos a las palabras
corrientes. Es solamente confesar
que eso "no merece la
pena". Vivir, naturalmente,
nunca es fácil. Uno sigue
haciendo los gestos que ordena la
existencia por muchas razones, la
primera de las cuales es la
costumbre. Morir voluntariamente
supone que se ha reconocido,
aunque sea instintivamente, el
carácter irrisorio de esa
costumbre, la ausencia de toda
razón profunda para vivir, el
carácter insensato de esa
agitación cotidiana y la
inutilidad del sufrimiento.
¿Cuál es, pues,
ese sentimiento incalculable que
priva al espíritu del sueño
necesario para una vida? Un mundo
que se puede explicar hasta con
malas razones es un mundo
familiar. Pero, por el contrario,
en su universo privado
repentinamente de ilusiones y de
luces, el hombre se siente
extraño. Es un exilio sin
remedio, pues está privado de
los recuerdos de una patria
perdida o de la esperanza de una
tierra prometida. Tal divorcio
entre el hombre y su vida, entre
el actor y su decoración, es
propiamente el sentimiento de lo
absurdo. Como todos los hombres
sanos han pensado en su propio
suicidio, se podrá reconocer,
sin más explicaciones, que hay
un vínculo directo entre este
sentimiento y la aspiración a la
nada.
El tema de este
ensayo es, precisamente, esta
relación entre lo absurdo y el
suicidio, la medida exacta en que
el suicidio es una solución de
lo absurdo. Se puede sentar como
principio que para un hombre que
no hace trampas lo que cree
verdadero debe regir su acción.
La creencia en lo absurdo de la
existencia debe gobernar, por lo
tanto, su conducta. Es una
curiosidad legítima preguntarse,
claramente y sin falso patetismo,
si una conclusión de este origen
exige que se abandone lo más
rápidamente posible una
situación incomprensible. Me
refiero, por supuesto, a los
hombres dispuestos a ponerse de
acuerdo consigo mismo.
Planteado en
términos claros, el problema
puede parecer a la vez sencillo e
insoluble. Pero se supone
equivocadamente que las preguntas
sencillas traen consigo
respuestas que no lo son menos y
que la evidencia implica la
evidencia. A priori, e
invirtiendo los términos del
problema, así como se mata uno o
no se mata, parece que no hay
sino dos soluciones filosóficas:
la del sí y la del no. Eso
sería demasiado fácil. Pero hay
que tener en cuenta a los que
interrogan siempre sin llegar a
una conclusión. A este respecto,
apenas ironizo: se trata de la
mayoría. Veo igualmente que
quienes responden que no, obran
como si pensasen que sí. De
hecho, si acepto el criterio
nietzscheano, piensan que sí de
una u otra manera. Por el
contrario, quienes se suicidan
suelen estar con frecuencia
seguros del sentido de la vida.
Estas contradicciones son
constantes. Hasta se puede decir
que nunca han sido tan vivas como
con respecto a este punto en el
cual la lógica, por el
contrario, parece tan deseable.
Es un lugar común comparar las
teorías filosóficas con la
conducta de quienes las profesan.
Pero es necesario decir que,
salvo Kirilov, que pertenece a la
literatura, Peregrinos, que nace
de la leyenda, y Jules Lequier,
que surge de la hipótesis,
ninguno de los pensadores que
negaban un sentido a la vida, se
puso de acuerdo con su lógica
hasta el punto de rechazar esta
vida. Se cita con frecuencia,
para reírse de él, a
Schopenhauer, quien elogiaba el
suicidio ante una mesa bien
provista. No hay en ello motivo
para burlas. Esta manera de no
tomar lo trágico en serio no es
tan grave, pero termina juzgando
a quien lo adopta.
Antes estas
contradicciones y estas
oscuridades, ¿hay que creer, por
lo tanto, que no existe relación
alguna entre la opinión que se
pueda tener de la vida y el acto
que se hace para abandonarla? No
exageremos nada en este sentido.
En el apego de un hombre a la
vida hay algo más fuerte que
todas las miserias del mundo. La
condena del cuerpo equivale a la
del espíritu y el cuerpo
retrocede ante el aniquilamiento.
Adquirimos la costumbre de vivir
antes de adquirir la de pensar.
En la carrera que nos precipita
cada día un poco más hacia la
muerte, el cuerpo mantiene una
delantera irreparable.
Finalmente, lo esencial de esta
contradicción reside en lo que
yo llamaría la elisión, porque
es a la vez menos y más que la
diversión en el sentido
pascaliano. El juego constante
consiste en eludir. La elisión
típica, la elisión mortal que
constituye el tercer tema de este
ensayo, es la esperanza:
esperanza de otra vida que hay
que "merecer", o
engaño de quienes viven no para
la vida misma, sino para alguna
gran idea que la supera, la
sublima, le da un sentido y la
traiciona.
Todo contribuye así
a enredar las cosas. No en vano
se ha jugado hasta ahora con las
palabras y se ha fingido creer
que negar un sentido a la vida
lleva forzosamente a declarar que
no vale la pena de que se la
viva. En verdad, no hay
equivalencia forzosa alguna entre
estos dos juicios. Lo único que
hay que hacer es no dejarse
desviar por las confusiones, los
divorcios y las inconsecuencias
que venimos señalando. Hay que
apartarlo todo e ir directamente
al verdadero problema. El que se
mata considera que la vida no
vale la pena de que se la viva:
he aquí una verdad indudable,
pero infecunda, porque es una
perogrullada. ¿Pero es que este
insulto a la existencia, este
desmentido en que se la hunde,
procede de que no tiene sentido?
¿Es que su absurdidad exige que
se la evada mediante la esperanza
o el suicidio? Eso es lo que se
debe poner en claro, averiguar e
ilustrar, dejando de lado todo lo
demás. ¿Lo Absurdo impone la
muerte? Éste es el problema que
hay que estudiar antes que los
otros, al margen de todos los
métodos de pensamiento y de los
juegos del espíritu
desinteresado. Los matices, las
contradicciones, la psicología
que un espíritu
"objetivo" sabe
introducir siempre en todos los
problemas, no tienen lugar en el
análisis de esta pasión. Esto
no es fácil. Lo fácil es
siempre ser ilógico. Es casi
imposible ser lógico hasta el
fin. Los hombres que mueren por
sus propias manos siguen hasta el
final la pendiente de su
sentimiento. La reflexión sobre
el suicidio me proporciona, por
lo tanto, la ocasión para
plantear el único problema que
me interesa: ¿Hay una lógica
hasta la muerte? No puedo saberlo
sino siguiendo, sin
apasionamiento desordenado, a la
sola luz de la evidencia, el
razonamiento cuyo origen indico.
Es lo que llamo un razonamiento
absurdo. Muchos lo han comenzado,
pero no sé todavía si lo han
conseguido.
Cuando Karl Jaspers,
revelando la imposibilidad de
constituir al mundo en unidad,
exclama: "Esta limitación
me lleva a mí mismo, allá donde
ya no me retiro detrás de un
punto de vista objetivo que no
hago sino representar, allá
donde ni yo mismo ni la
existencia ajena puede ya
convertirse en objeto para
mí", evoca, después de
otros muchos, esos lugares
desiertos y sin agua en los
cuales el pensamiento llega a sus
confines. Después de otros
muchos, sí, sin duda, ¡pero
cuán impacientes por salir de
ellos! A este último recodo en
el cual el pensamiento vacila han
llegado muchos hombres, y de los
más humildes. Éstos renunciaban
entonces a lo más querido que
poseían y que era su vida.
Otros, príncipes del espíritu,
han renunciado también, pero a
lo que llegaron en su rebelión
más pura es al suicidio de su
pensamiento. El verdadero
esfuerzo consiste, por el
contrario, en atenerse a él
mientras sea posible y en
examinar de cerca la vegetación
barroca de esas regiones
alejadas. La tenacidad y la
clarividencia son espectadores
privilegiados de ese juego
inhumano en el cual lo absurdo,
la esperanza y la muerte
intercambian sus réplicas. El
espíritu puede de tal modo
analizar las figuras de esta
danza, a la vez elemental y
sutil, antes de ilustrarlas y
reanimarlas él mismo.
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