
Serie Caprichos
GOYA
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ALBERT CAMUS
El siglo del
miedo
Del libro Moral
y Política,
Albert Camus (Ed. Losada S.A.,
Buenos Aires 1978)El siglo XVII fue el
siglo de las matemáticas, el
XVIII el de las ciencias físicas
y el XIX el de la biología.
Nuestro siglo XX es el siglo del
miedo. Se me dirá que el miedo
no es una ciencia. Pero, en
primer lugar, la ciencia es en
cierto modo responsable de ese
miedo, porque sus últimos
avances teóricos la han llevado
a negarse a sí misma y porque
sus perfeccionamientos prácticos
amenazan con destruir la tierra
toda. Además, si bien el miedo
en sí mismo no puede ser
considerado una ciencia, no hay
duda de que es, sin embargo, una
técnica.
Lo que más
impresiona en el mundo en que
vivimos es, primeramente y en
general, que la mayoría de los
hombres (salvo los creyentes de
todo tipo) están privados de
porvenir. No hay vida valedera
sin proyección hacia el
porvenir, sin promesas de
maduramiento y de progreso. Vivir
contra una pared es una vida de
perros. ¡Y bien! Los hombres de
mi generación y de la que
ingresa hoy en los talleres y las
facultades vivieron y viven cada
vez más como perros.
Por cierto, no es la
primera vez que los hombres se
hallan ante un porvenir
materialmente cerrado. Pero
salían adelante, por lo general,
gracias a la palabra y al clamor.
Recurrían a otros valores en los
que depositaban sus esperanzas.
Hoy nadie habla ya (salvo los que
se repiten) porque el mundo nos
parece conducido por fuerzas
ciegas y sordas que no oyen las
voces de advertencia, los
consejos y las súplicas. Algo en
nosotros fue destruido por el
espectáculo de los años que
acabamos de vivir. Y ese algo es
aquella eterna confianza del
hombre que le ha hecho creer
siempre que podían obtenerse de
otro hombre reacciones humanas
hablándole con el lenguaje de la
humanidad. Nosotros vimos mentir,
envilecer, matar, deportar,
torturar y cada vez que sucedía
era imposible persuadir a los que
lo hacían de no hacerlo, porque
estaban seguros de sí mismos y
porque no se persuade a una
abstracción, es decir al
representante de una ideología.
El largo diálogo de
los hombres acaba de cortarse. Y,
por supuesto, un hombre a quien
no se puede persuadir es un
hombre que da miedo. Así, al
lado de los que no hablaban
porque lo juzgaban inútil, se
extendía y se extiende aún una
inmensa conspiración del
silencio, aceptada por los que
tiemblan y se dan buenas razones
para ocultarse a sí mismos que
tiemblan, y suscitada por quienes
tienen interés en hacerlo.
"No deben ustedes hablar de
la depuración de artistas en
Rusia, porque es hacerle el juego
a la reacción". "No
deben ustedes decir que Franco se
mantiene en el poder gracias a la
ayuda de los anglosajones, porque
es hacerle el juego al
comunismo". Bien decía yo
que el miedo es una técnica.
Entre el miedo muy
general a una guerra que todo el
mundo prepara y el miedo
particular a las ideologías
homicidas, es muy cierto que
vivimos en el terror. Vivimos en
el terror porque ya no es posible
la persuasión, porque el hombre
fue entregado por completo a la
historia y no puede volverse
hacia esa parte de sí mismo, tan
verdadera como la parte
histórica, y que reencuentra
ante la belleza del mundo y de
los rostros; porque vivimos en el
mundo de la abstracción, el
mundo de las oficinas y de las
máquinas, de las ideas absolutas
y del mesianismo sin matices. Nos
asfixia esa gente que cree tener
la razón absoluta, ya sea con
sus máquinas o sus ideas. Y para
todos aquellos que no pueden
vivir sino en el diálogo y la
amistad de los hombres, este
silencio es el fin del mundo.
Para salir de este
terror habría que poder
reflexionar y actuar según esa
reflexión. Pero el terror
precisamente no constituye un
clima favorable para la
reflexión. Creo, sin embargo,
que en lugar de vituperar este
miedo, hay que considerarlo como
uno de los primeros elementos de
la situación y tratar de ponerle
remedio. Nada hay más
importante. Pues esto concierne a
la suerte de gran número de
europeos a quienes, hartos de
violencia y de mentiras, burlados
en sus esperanzas más caras, les
repugna tanto la idea de matar a
sus semejantes para convencerlos
como la de ser convencidos de la
misma manera. Sin embargo, es la
alternativa en que se coloca a
esta gran masa de hombres en
Europa, que no pertenecen a
ningún partido, o que no están
cómodos en el que eligieron, que
dudan de que el socialismo se
haya realizado en Rusia y el
liberalismo en Estados Unidos,
que reconocen, no obstante, a
aquéllos y a éstos el derecho
de afirmar su verdad, pero les
rehusan de imponerla por la
muerte, individual o colectiva.
Entre los poderosos de la hora
actual, esos hombres no tienen
fuerza y sólo podrán hacer
admitir (no digo triunfar, sino
admitir) su punto de vista y
sólo recuperarán su lugar en el
mundo cuando hayan tomado
conciencia de lo que quieren y lo
digan simple y enérgicamente,
como para que sus palabras puedan
liar un haz de energías. Y si el
miedo no es el clima adecuado
para la reflexión, deberán, en
primer lugar, enfrentarlo.
Para enfrentarlo es
necesario ver qué significa y
qué rechaza. Significa y rechaza
el mismo hecho: un mundo en el
que se legitima el homicidio y en
el que la vida humana se
considera una futileza. He aquí
el primer problema político de
hoy. Y antes de seguir adelante
es necesario tomar posición al
respecto de él. Previamente a
toda realización deben hoy
plantearse dos preguntas:
"Sí o no, directa o
indirectamente, ¿quiere usted
que lo maten o lo violenten? Sí
o no, directa o indirectamente,
¿quiere usted matar o
violentar?" Todos los que
contesten no a estas dos
preguntas quedan automáticamente
enfrentados a una serie de
consecuencias que deben modificar
su manera de plantear el
problema. Tengo el proyecto de
precisar tan sólo dos o tres de
esas consecuencias. Entretanto,
el lector de buena voluntad puede
interrogarse y responder.
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