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/ Literatura y Ciudad

     

ALBERT CAMUS
La Calle
El Minotauro o el Alto de Orán
Del libro Bodas (Editorial Sur, Buenos Aires 1953)

Con frecuencia he oído a los oraneses quejarse de su ciudad: "No hay ambiente interesante". ¡Ah, diablos, no lo querrían! Algunas buenas personas han intentado aclimatar en ese desierto las costumbres de otro mundo, fieles al principio de que no se puede servir al arte o las ideas sin ser varios. El resultado es tal que los únicos ambientes simpáticos siguen siendo los de los jugadores de póker, aficionado al box, jugadores de bochas y sociedades regionales. Allí, por lo menos, reina la naturalidad. Existe cierta grandeza a la que no le sienta la elevación. Es infecunda por esencia. Y los que desean encontrarla, dejan los "ambientes" para bajar a la calle.

Las calles de Orán están consagradas al polvo, a los guijarros y al calor. Si llueve, es el diluvio y un mar de barro. Pero con lluvia o con sol, los comercios tienen el mismo aire extravagante y absurdo. Todo el mal gusto de Europa y Oriente se ha dado cita allí. Se encuentran, amontonados, lebreles de mármol, bailarinas en la danza del cisne, Dianas cazadoras de galalit verde, discóbolos y segadores, todo lo que sirve para regalos, concursos o aniversarios, y que va a parar al desván o la repisa de la chimenea, toda la multitud afligente que un genio comercial y farsante produce sin cesar. Pero esta aplicación al mal gusto adquiere un aire barroco que lo hace perdonar todo. He aquí, ofrecido en un cofrecillo de polvo, el contenido de una vitrina: espantosos modelos en yeso de pies torturados, un lote de dibujos de Rembrandt "sacrificados a 150 francos cada uno", "chascos", billeteras tricolores, un pastel del siglo XVIII, un burrito mecánico de felpa, botellas de agua de Provenza para preparar las aceitunas verdes, y una innoble virgen de madera, de sonrisa indecente (para que nadie lo ignore, la "gerencia" ha puesto a sus pies un rótulo: "Virgen de madera").

También pueden encontrarse en Orán:
1°) cafés de mostrador barnizado de mugre, espolvoreado de patas y alas de moscas, el patrón siempre sonriente a pesar de la sala siempre desierta. El "cafecito" costaba doce centavos y el doble dieciocho.
2°) casas de fotografía donde la técnica no ha progresado desde la invención del papel sensible. Exponen una fauna singular, imposible de hallar en las calles, desde el pseudo marino que apoya el codo en una consola, hasta la muchacha casadera, con el busto comprimido, los brazos colgando, sobre un fondo silvestre. Puede suponerse que no son retratos del natural: son creaciones.
3°) una edificante abundancia de casas de pompas fúnebres. No es que en Orán muera más gente que en otras partes, pero me imagino que andan con más historias.

El candor propio de ese pueblo de comerciantes y colonos se manifiesta en la publicidad misma. Leo en el programa de un cinematógrafo oranés, el anuncio de un film de tercera categoría. Señalo los adjetivos "fastuoso", "espléndido", "extraordinario", "prestigioso", "turbador" y "formidable". Para terminar, la gerencia informa al público de los grandes sacrificios que se ha impuesto para poder presentarle esa asombrosa "realización". Sin embargo el precio de las entradas no será aumentado.

Sería un error creer que sólo aquí se practica el sentido de la exageración propio del mediodía. Exactamente los autores de ese maravilloso programa dan la prueba de su sentido psicológico. Se trata de vencer la indiferencia y la apatía profunda que se experimenta en este país no bien hay que elegir entre dos espectáculos, dos oficios, y con frecuencia hasta entre dos mujeres. Nadie se decide sino a la fuerza. Y la publicidad lo sabe bien. Adoptará proporciones norteamericanas, teniendo, aquí como allá, las mismas razones para exasperarse.

Las calles de Orán nos informan por fin sobre los dos placeres esenciales de la juventud local: hacerse lustrar los zapatos y pasear esos mismos zapatos por el bulevar. Para tener una idea justa de la primera de esas voluptuosidades, es preciso confiar el calzado, a las diez, el domingo por la mañana, a los lustrabotas del bulevar Gallieni. Encaramado en altos sillones, cualquiera podrá gustar entonces esa satisfacción particular que da, al mismo profano, el espectáculo de hombres enamorados de su oficio como lo están visiblemente los lustrabotas oraneses. El trabajo se ejecuta minuciosamente. Varios cepillos, tres variedades de trapos, pomada combinada con bencina; podría creerse que la operación ha terminado frente al definitivo esplendor que nace bajo el cepillo suave. Pero la misma mano encarnizada vuelve a pasar pomada por la superficie brillante, la frota, la empaña, lleva la crema hasta el corazón de las pieles y hace brotar entonces, bajo el mismo cepillo, el doble y verdaderamente definitivo esplendor salido de las profundidades del cuero.

Después es cuestión de pasear las maravillas así obtenidas. Para apreciar los placeres que proporciona el bulevar, conviene asistir a los juveniles bailes de máscaras que se realizan todas las noches en las grandes arterias de la ciudad. Entre los dieciséis y veinte años, en efecto, los jóvenes oraneses de la "sociedad" copian sus modelos de elegancia del cinematógrafo norteamericano y se disfrazan antes de la cena. Con el pelo lleno de ondas y fijador, desbordando de un fieltro inclinado sobre la oreja izquierda y requintado sobre el ojo derecho, el pezcuezo apretado en un cuello lo bastante grande para ocupar el espacio que deja libre el pelo, el nudo de corbata microscópico sostenido por el alfiler de rigor, la chaqueta a medio muslo y el talle muy cerca de las caderas, el pantalón claro y corto, los zapatos resplandecientes con su triple suela, esa juventud, todas las tardes, hace sonar en las aceras su imperturbable aplomo y la punta herrada de su calzado. Se esmera en imitar en todo el andar, la soltura y la superioridad de Clark Gable. En este sentido, los espíritus críticos de la ciudad llaman comúnmente a esos jóvenes, por gracia de una pronunciación descuidada, los "Clarques".

Los grandes bulevares de Orán se ven invadidos, al final de la tarde, por un ejército de simpáticos adolescentes que se toman gran trabajo para parecer malos. Como las jóvenes oranesas se sienten prometidas desde siempre a esos gangsters de corazón tierno, ostentan igualmente el maquillaje y la elegancia de las grandes actrices norteamericanas. Los mismos espíritus malignos las llaman en consecuencia "Marlenes". Así, cuando en los bulevares, al crepúsculo, un ruido de pájaros sube de las palmeras al cielo, docenas de Clarques y de Marlenes se encuentran, se miden y tasan, felices de vivir y de aparentar, entregados por una hora al vértigo de las existencias perfectas. Se asiste entonces, dicen los envidiosos, a las reuniones de la comisión norteamericana. Pero uno siente en estas palabras la amargura de los mayores de treinta años que no participan ya en estos juegos. Desconocen esos congresos cotidianos de la juventud y de lo novelesco. Son, en verdad, los parlamentos de pájaros que sen encuentran en la literatura hindú. Pero nadie agita en los bulevares de Orán el problema del ser y nadie se inquieta por el camino de la perfección. Sólo queda batir las alas, ruedas empenachadas, gracias coquetas y victoriosas, todo el esplendor de un canto despreocupado que desaparece por la noche.

Oigo desde aquí a Hlestakoff: "Habrá que ocuparse de algo elevado". Ay, es muy capaz. Que alguien lo impulse y poblará el desierto antes de pocos años. Pero por el momento un alma un poco reservada debe liberarse en esa ciudad fácil, con su desfile de muchachas pintadas pero incapaces de emoción, simulando tan mal la coquetería que la astucia se descubre en seguida. ¡Ocuparse de algo elevado! Mejor mirar Santa Cruz cincelada en la roca, las montañas, el mar chato, el viento violento y el sol, las grandes grúas del puerto, los trenes, los depósitos, los muelles y las rampas gigantescas que ascienden por la roca de la ciudad, y en la ciudad misma esos juegos y ese tedio, ese tumulto y esa soledad. Quizá, en efecto, todo eso no sea bastante elevado. Pero el gran valor de esas islas superpobladas es que el corazón se desnuda en ellas. El silencio sólo es posible ahora en las ciudades ruidosas. De Ámsterdam, Descartes escribe al viejo Balzac: "Voy a pasear todos los días entre la confusión de un gran pueblo, con tanta libertad y reposo como podríais hacerlo en vuestras alamedas".

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