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Danaide (1889)
RODIN
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Filosofía y
Política
La caída
(fragmento)
ALBERT CAMUSDel
libro LA CAÍDA, Albert Camus (Losada,
Buenos Aires / 1985)
Mi punto
de partida, mi principio, consiste en no
admitir nunca excusas para nadie. Niego
la buena intención, el error estimable,
el paso equivocado, la circunstancia
atenuante. Yo no bendigo, no distribuyo
absoluciones. Sencillamente, lo sumo todo
y lo digo: "Éste es el monto. Usted
es un perverso, un sátiro, un mitómano,
un pederasta, un artista, etc." Así
mismo. Secamente. En filosofía, lo mismo
que en política, soy, pues partidario de
toda teoría que niega la inocencia del
hombre y de toda práctica que lo trata
como culpable. En mí está viendo usted,
querido amigo, un partidario ilustrado de
la servidumbre.
A decir
verdad, sin la servidumbre no es posible
llegar a una solución definitiva. Lo
comprendí muy rápidamente. Antes yo
tenía la libertad sólo en la boca.
Cuando me desayunaba, yo la extendía
sobre las rebanadas de pan, la masticaba
todo el día y entonces, en medio de la
gente tenía yo un aliento deliciosamente
refrescado por la libertad. Asestaba esta
palabra maestra a quienquiera que me
contradijera. La había puesto al
servicio de mis deseos y de mi poder. La
murmuraba en el lecho adormecido de mis
amigas y ella me ayudaba a plantarlas. La
deslizaba
Vaya, me excita y pierdo
la medida. Después de todo, hube de
hacer de la libertad un uso más
desinteresado y hasta, juzgue usted mi
ingenuidad, hube de defenderla dos o tres
veces, sin llegar, claro está, a morir
por ella; pero así y todo, corriendo
algunos riesgos. Tiene que perdonarme
esas imprudencias; no sabía lo que
hacía. No sabía que la libertad no es
una recompensa ni una condecoración que
se celebra con champán; ni tampoco un
regalo, una capa de golosinas destinada a
satisfacer la gula. ¡Oh, no! Por el
contrario, con ella uno es un vasallo de
digno servicio y debe emprender una
carrera total, solitaria, extenuante.
Nada de champán, nada de amigos que
levanten sus copas y que nos miren con
ternura. Está uno solo en una lúgubre
sala, solo en el banquillo, frente a los
jueces, y solo para decidir frente a sí
mismo o frente al juicio de los otros. Al
cabo de toda libertad hay una sentencia.
Aquí tiene usted la razón de que la
libertad sea una carga demasiado pesada.
Sobre todo cuando uno tiene fiebre o
pesares o no ama a nadie.
¡Ah,
querido amigo, para quien está solo, sin
Dios y sin amo, el peso de los días es
terrible! De manera que no estando ya
Dios en el mundo, hay que elegirse un
amo. Por lo demás, la palabra Dios ya no
tiene sentido; no vale la pena que uno se
ponga a correr el riesgo de escandalizar
a la gente. Mire usted, a nuestros
moralistas, tan serios, que aman a sus
semejantes y todo, nada los separa en
definitiva del estado de cristianos, si
no es el que prediquen en las iglesias. A
su juicio, ¿qué les impide convertirse?
El respeto, tal vez, el respeto de los
hombres. Sí, el respeto humano. No
quieren dar escándalo y entonces se
guardan sus sentimientos para ellos.
Conocí a un novelista ateo que oraba
todas las noches. Eso no era impedimento:
¿qué le daba a Dios en sus libros?
¡Qué paliza!, como decía ya no me
acuerdo quién. Un librepensador
militante a quien yo me confié levantaba
los brazos al cielo, sin mala intención
por lo demás. "No me enseña usted
nada", suspiraba aquel apóstol.
"Son todos así". Según él,
el ochenta por ciento de nuestros
escritores, si pudiera no firmar sus
libros, escribiría y saludaría el
nombre de Dios. Pero los escritores
firman sus libros, también según él,
porque se aman, y no saludan a Dios
porque se detestan. Pero, como de todas
maneras no pueden prescindir de juzgar,
entonces se desquitan en la moral. En
suma, que tienen el satanismo virtuoso.
Época singular, verdaderamente. ¿Hay
que admirarse acaso de que los espíritus
estén turbados y de que uno de mis
amigos, ateo, mientras fue un marido
irreprochable, se haya convertido al
hacerse adúltero?
¡Ah, los
insignificantes cazurros, comediantes,
hipócritas, tan conmovedores con todo
eso! Créame, todos son así, aun cuando
incendien el cielo. Sean ateos o devotos,
moscovitas o bostonianos, son todos
cristianos de padre a hijo. ¡Pero,
precisamente ya no hay padre, ya no hay
regla! Entonces uno es libre y tiene que
arreglárselas por sí mismo. Y como no
quieren saber nada de la libertad ni de
sus sentencias, piden que les golpeen en
los dedos, inventan reglas terribles,
corren a construir piras para reemplazar
las iglesias, son Savonarolas, le digo a
usted. Pero únicamente creen en el
pecado; nunca en la gracia. Claro está
que piensan en ella. Eso es precisamente
lo que quieren: la gracia en sí, el
abandono, la felicidad de ser. Y quién
sabe si no quieren también, porque
además son sentimentales, los
esponsales, la muchacha fresca, el hombre
recto, la música. Yo, por ejemplo, que
no soy sentimental, ¿sabe usted con lo
que soñé? Con un amor completo, con un
amor de todo el corazón y todo el
cuerpo, amor de día y de noche, en un
abrazo incesante, en el que gozara y me
exaltara. Y que esto durara cinco años.
Después, la muerte. ¡Ay!
Entonces,
¿no es cierto?, sin esponsales o sin ese
amor incesante, tenemos el matrimonio,
brutal, con el poder y el látigo. Lo
esencial es que todo se haga sencillo,
como lo es para los niños. Lo esencial
es que se nos mande cada acto, que el
bien y el mal se nos designen de manera
arbitraria y por lo tanto evidente. Y yo,
por siciliano o javanés que sea, estoy
de acuerdo. Que no haya, pues, cristianos
de tres al cuarto, aunque yo aprecie
mucho al primero de ellos. Pero en los
puentes de París yo también me di
cuenta de que tenía miedo de la
libertad. ¡Viva, pues, el amo,
quienquiera que sea, que reemplace la ley
del cielo! "Padre nuestro, que
estás transitoriamente aquí
Guías
nuestros jefes deliciosamente severos,
¡oh, conductores crueles y muy
amados!
" En fin, ya ve usted
que lo esencial es dejar de ser libre y
obedecer, en el arrepentimiento, a quien
es más pillo que uno. Cuando seamos
todos culpables, tendremos la democracia.
Sin contar, querido amigo, el hecho de
que hay que vengarse de tener que morir
solo. La muerte es solitaria, en tanto
que la servidumbre es colectiva. Los
otros también tienen sus cuentas y al
mismo tiempo que nosotros; eso es lo
importante. Todos reunidos, por fin, pero
de rodillas y con la cabeza gacha.
¿No es
también conveniente vivir a semejanza de
la sociedad y para ello es menester que
la sociedad se asemeje a mí? La amenaza,
el deshonor, la policía, son los
sacramentos de esta semejanza.
Despreciado, acosado, obligado a obrar de
tal o cual manera, puedo desarrollarme
con la plenitud de mi medida, puedo gozar
de lo que soy, ser natural al fin. Por
eso, mi muy querido amigo, después de
haber saludado solemnemente a la
libertad, decidí, en secreto, que había
que endosársela sin dilación a
cualquier otro. Y cada vez que puedo
hacerlo, predico en mi iglesia del Mexico-City.
Allí invito a la buena gente a someterse
y a solicitar con empeño y humildad los
consuelos de la servidumbre, aun cuando
la presente como la verdadera libertad.
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