Revista de pensamiento y cultura
/ ¿Existe la libertad? / Año IV N° 7 / Primavera - Verano 2004/05

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Danaide (1889)
RODIN

   
Filosofía y Política
La caída (fragmento)
ALBERT CAMUS

Del libro LA CAÍDA, Albert Camus (Losada, Buenos Aires / 1985)

Mi punto de partida, mi principio, consiste en no admitir nunca excusas para nadie. Niego la buena intención, el error estimable, el paso equivocado, la circunstancia atenuante. Yo no bendigo, no distribuyo absoluciones. Sencillamente, lo sumo todo y lo digo: "Éste es el monto. Usted es un perverso, un sátiro, un mitómano, un pederasta, un artista, etc." Así mismo. Secamente. En filosofía, lo mismo que en política, soy, pues partidario de toda teoría que niega la inocencia del hombre y de toda práctica que lo trata como culpable. En mí está viendo usted, querido amigo, un partidario ilustrado de la servidumbre.

A decir verdad, sin la servidumbre no es posible llegar a una solución definitiva. Lo comprendí muy rápidamente. Antes yo tenía la libertad sólo en la boca. Cuando me desayunaba, yo la extendía sobre las rebanadas de pan, la masticaba todo el día y entonces, en medio de la gente tenía yo un aliento deliciosamente refrescado por la libertad. Asestaba esta palabra maestra a quienquiera que me contradijera. La había puesto al servicio de mis deseos y de mi poder. La murmuraba en el lecho adormecido de mis amigas y ella me ayudaba a plantarlas. La deslizaba…Vaya, me excita y pierdo la medida. Después de todo, hube de hacer de la libertad un uso más desinteresado y hasta, juzgue usted mi ingenuidad, hube de defenderla dos o tres veces, sin llegar, claro está, a morir por ella; pero así y todo, corriendo algunos riesgos. Tiene que perdonarme esas imprudencias; no sabía lo que hacía. No sabía que la libertad no es una recompensa ni una condecoración que se celebra con champán; ni tampoco un regalo, una capa de golosinas destinada a satisfacer la gula. ¡Oh, no! Por el contrario, con ella uno es un vasallo de digno servicio y debe emprender una carrera total, solitaria, extenuante. Nada de champán, nada de amigos que levanten sus copas y que nos miren con ternura. Está uno solo en una lúgubre sala, solo en el banquillo, frente a los jueces, y solo para decidir frente a sí mismo o frente al juicio de los otros. Al cabo de toda libertad hay una sentencia. Aquí tiene usted la razón de que la libertad sea una carga demasiado pesada. Sobre todo cuando uno tiene fiebre o pesares o no ama a nadie.

¡Ah, querido amigo, para quien está solo, sin Dios y sin amo, el peso de los días es terrible! De manera que no estando ya Dios en el mundo, hay que elegirse un amo. Por lo demás, la palabra Dios ya no tiene sentido; no vale la pena que uno se ponga a correr el riesgo de escandalizar a la gente. Mire usted, a nuestros moralistas, tan serios, que aman a sus semejantes y todo, nada los separa en definitiva del estado de cristianos, si no es el que prediquen en las iglesias. A su juicio, ¿qué les impide convertirse? El respeto, tal vez, el respeto de los hombres. Sí, el respeto humano. No quieren dar escándalo y entonces se guardan sus sentimientos para ellos. Conocí a un novelista ateo que oraba todas las noches. Eso no era impedimento: ¿qué le daba a Dios en sus libros? ¡Qué paliza!, como decía ya no me acuerdo quién. Un librepensador militante a quien yo me confié levantaba los brazos al cielo, sin mala intención por lo demás. "No me enseña usted nada", suspiraba aquel apóstol. "Son todos así". Según él, el ochenta por ciento de nuestros escritores, si pudiera no firmar sus libros, escribiría y saludaría el nombre de Dios. Pero los escritores firman sus libros, también según él, porque se aman, y no saludan a Dios porque se detestan. Pero, como de todas maneras no pueden prescindir de juzgar, entonces se desquitan en la moral. En suma, que tienen el satanismo virtuoso. Época singular, verdaderamente. ¿Hay que admirarse acaso de que los espíritus estén turbados y de que uno de mis amigos, ateo, mientras fue un marido irreprochable, se haya convertido al hacerse adúltero?

¡Ah, los insignificantes cazurros, comediantes, hipócritas, tan conmovedores con todo eso! Créame, todos son así, aun cuando incendien el cielo. Sean ateos o devotos, moscovitas o bostonianos, son todos cristianos de padre a hijo. ¡Pero, precisamente ya no hay padre, ya no hay regla! Entonces uno es libre y tiene que arreglárselas por sí mismo. Y como no quieren saber nada de la libertad ni de sus sentencias, piden que les golpeen en los dedos, inventan reglas terribles, corren a construir piras para reemplazar las iglesias, son Savonarolas, le digo a usted. Pero únicamente creen en el pecado; nunca en la gracia. Claro está que piensan en ella. Eso es precisamente lo que quieren: la gracia en sí, el abandono, la felicidad de ser. Y quién sabe si no quieren también, porque además son sentimentales, los esponsales, la muchacha fresca, el hombre recto, la música. Yo, por ejemplo, que no soy sentimental, ¿sabe usted con lo que soñé? Con un amor completo, con un amor de todo el corazón y todo el cuerpo, amor de día y de noche, en un abrazo incesante, en el que gozara y me exaltara. Y que esto durara cinco años. Después, la muerte. ¡Ay!

Entonces, ¿no es cierto?, sin esponsales o sin ese amor incesante, tenemos el matrimonio, brutal, con el poder y el látigo. Lo esencial es que todo se haga sencillo, como lo es para los niños. Lo esencial es que se nos mande cada acto, que el bien y el mal se nos designen de manera arbitraria y por lo tanto evidente. Y yo, por siciliano o javanés que sea, estoy de acuerdo. Que no haya, pues, cristianos de tres al cuarto, aunque yo aprecie mucho al primero de ellos. Pero en los puentes de París yo también me di cuenta de que tenía miedo de la libertad. ¡Viva, pues, el amo, quienquiera que sea, que reemplace la ley del cielo! "Padre nuestro, que estás transitoriamente aquí…Guías nuestros jefes deliciosamente severos, ¡oh, conductores crueles y muy amados!…" En fin, ya ve usted que lo esencial es dejar de ser libre y obedecer, en el arrepentimiento, a quien es más pillo que uno. Cuando seamos todos culpables, tendremos la democracia. Sin contar, querido amigo, el hecho de que hay que vengarse de tener que morir solo. La muerte es solitaria, en tanto que la servidumbre es colectiva. Los otros también tienen sus cuentas y al mismo tiempo que nosotros; eso es lo importante. Todos reunidos, por fin, pero de rodillas y con la cabeza gacha.

¿No es también conveniente vivir a semejanza de la sociedad y para ello es menester que la sociedad se asemeje a mí? La amenaza, el deshonor, la policía, son los sacramentos de esta semejanza. Despreciado, acosado, obligado a obrar de tal o cual manera, puedo desarrollarme con la plenitud de mi medida, puedo gozar de lo que soy, ser natural al fin. Por eso, mi muy querido amigo, después de haber saludado solemnemente a la libertad, decidí, en secreto, que había que endosársela sin dilación a cualquier otro. Y cada vez que puedo hacerlo, predico en mi iglesia del Mexico-City. Allí invito a la buena gente a someterse y a solicitar con empeño y humildad los consuelos de la servidumbre, aun cuando la presente como la verdadera libertad.

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