
Jealousy (1927)
LASZLO MOHOLY-NAGY
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Medios
Preguntas a
los verdaderos amos del mundo
PIERRE BOURDIEUTexto
publicado en Le Monde (14 de octubre de
1999) y en Libération (13 de octubre de
1999)
Sería un poco ridículo
para mí tratar de exponer el estado del
mundo mediático a individuos que lo
conocen mejor que yo. A personas que se
hallan entre las más poderosas del
mundo, con ese poder que no es sólo el
del dinero sino el que el dinero puede
dar sobre los espíritus. Ese poder
simbólico que en la mayoría de las
sociedades era propio del poder político
o económico y hoy está en las manos de
las mismas personas, aquellas que
detienen el control de los grandes grupos
de comunicación, es decir, del conjunto
de los instrumentos de difusión de los
bienes culturales.
Me encantaría someter a
estas personas tan influyentes a un
interrogatorio similar al que Sócrates
planteaba a los poderosos de su tiempo.
No estoy en condiciones de hacerlo, pero
de todos modos quisiera arrojar algunas
preguntas -que a estas personas
seguramente ni se les ocurren, en
especial porque no tienen tiempo- que
remiten todas a una sola: Amos del mundo,
¿acaso ustedes dominan su dominio? O
para decirlo más sencillamente, ¿saben
qué es lo que están haciendo y todas
las consecuencias que ello acarrea?
Preguntas a las cuales Platón respondía
con una fórmula célebre que sin duda
también se aplica aquí: "Nadie es
malvado voluntariamente".
Nos dicen que la
convergencia tecnológica y económica de
lo audiovisual, las telecomunicaciones y
la informática y la confusión de las
redes hacen que las protecciones
jurídicas se vuelvan completamente
inoperantes e inútiles; nos aseguran que
la profusión tecnológica ligada a la
multiplicación de los canales temáticos
responderá a la demanda potencial de los
consumidores más diversos y que gracias
esta explosión of media choices todas
las demandas recibirán una oferta
adecuada; en suma, que todos los gustos
conseguirán satisfacerse. Afirman que la
competencia, en especial cuando está
asociada al progreso tecnológico, es
sinónimo de "creación".
Podría ilustrar cada una de mis
aserciones con decenas de referencias y
citas que me harían caer en la
redundancia. (...)
Sin embargo, también nos
dicen que la competencia de los nuevos
ingresantes, mucho más poderosos -que
provienen de las telecomunicaciones y la
informática- es tan fuerte que al
ámbito audiovisual le cuesta cada vez
más resistir; que las cifras de
derechos, en especial en materia de
deportes, son cada vez más elevadas; que
todo lo que producen y hacen circular los
nuevos grupos de comunicación
tecnológica integrados económicamente
-desde publicidades de televisión hasta
libros, películas o juegos televisivos-
debe recibir el mismo trato que cualquier
otra mercancía; y que este producto
industrial estándar tiene que obedecer
por lo tanto a la ley común, la del
beneficio, fuera de toda excepción
cultural sancionada por limitaciones
reglamentarias, como el precio único en
los libros o las restricciones de
difusión. Nos dicen finalmente que la
ley del beneficio, es decir, la ley del
mercado, es claramente democrática, pues
otorga el triunfo al producto
plebiscitado por la mayoría.
Deberíamos confrontar cada
una de estas "ideas" no con
otras ideas -correríamos el riesgo de
pasar por ideólogos perdidos en las
nubes- sino con hechos: a la idea de la
diferenciación y diversificación
extraordinaria de la oferta podríamos
oponerle la extraordinaria
uniformización de los programas de
televisión; las múltiples redes de
comunicación tienden cada vez más a
difundir -a menudo a la misma hora- el
mismo género de productos, juegos, soap
operas, música comercial,
melodramas sentimentales del tipo telenovela,
series policíacas que da igual que sean
francesas, como Navarro, o alemanas, como
Derrick, y tantos otros productos
surgidos de la búsqueda de beneficios
máximos con costos mínimos; o, en un
ámbito muy diferente, la
homogeneización creciente de los
periódicos y, sobre todo, de las
revistas semanales.
Otro ejemplo. A las
"ideas" de competencia y
diversificación podríamos oponerle la
concentración extraordinaria de los
grupos de comunicación. La suma de las
actividades de producción, explotación
y difusión desencadena abusos de
posición dominante que favorecen a las
películas de la misma empresa: Gaumont,
Pathé y UGC proyectan el 80% de las
películas de exclusividad presentes en
el mercado parisino; habría que
mencionar también la proliferación de
cines multiplex que incurren en una
competencia desdeal con las pequeñas
salas independientes, condenadas a menudo
a cerrar sus puertas.
Pero lo esencial es que las
preocupaciones comerciales y en
particular la búsqueda del beneficio
máximo a corto plazo se imponen más y
más en el conjunto de las producciones
culturales. De esta manera, en la
edición de libros -ámbito que he
estudiado de cerca- las estrategias de
los editores se limitan a orientarse
inequívocamente hacia el éxito: cuando
las editoriales están integradas por
grupos multimedias deben extraer tasas de
beneficio muy elevadas.
Es momento de empezar a
plantear preguntas. Hablé de
producciones culturales. ¿Acaso se puede
seguir hablando hoy, y se podrá seguir
haciéndolo mañana, de producciones culturales
y de cultura? A quienes construyen el
nuevo mundo de la comunicación y son
construidos por él les gusta evocar el
problema de la velocidad, los flujos de
información y las transacciones que se
vuelven cada vez más rápidas; en parte
tienen razón cuando piensan en la
circulación de la información y en la
rotación de los productos. Dicho esto,
la lógica de la velocidad y del
beneficio que se reúnen en la
búsqueda del beneficio máximo a corto
plazo -el rating para la
televisión, el número de lectores para
los libros y diarios y la cantidad de
espectadores para las películas- me
parecen difícilmente compatibles con la
idea de cultura. Como decía Ernst
Gombrich, el gran historiador del arte,
cuando las "condiciones ecológicas
del arte" se destruyen, éste y la
cultura no tardan en morir.
A modo de prueba, podría
contentarme con mencionar lo que resultó
del cine italiano, que fue uno de los
mejores del mundo y que sobrevive sólo
gracias a un puñado de cineastas, o del
cine alemán o del de Europa del Este. O
la crisis que conoce en todas parte el
cine de autor por la falta, entre otras
cosas, de circuitos de difusión. Y ni
hablemos de la censura que los
distribuidores pueden imponer a ciertas
películas como la de Pierre Carles, que
no por casualidad versaba acerca de la
censura en los medios. O incluso el
destino de una radio cultural como France
Culture, uno de los pocos lugares de
libertad frente a la presión del mercado
y del marketing editorial, que
hoy está entregada a la liquidación en
nombre de la modernidad, el rating y
las connivencias mediáticas.
Pero únicamente podemos
comprender realmente lo que significa la
reducción de la cultura al estado de
producto comercial si recordamos cómo se
constituyeron los universos de
producción de las obras que consideramos
universales en el terreno de las artes
plásticas, la literatura o el cine.
Todas las obras expuestas en los museos,
todas esas obras de la literatura que se
convirtieron en clásicos, todas esas
películas conservadas en las cinematecas
y en los museos del cine son el producto
de universos sociales que se conformaron
de a poco, liberándose de las leyes del
mundo ordinario y en particular de la
lógica del beneficio. Pensemos en el
siguiente ejemplo: el pintor del quattrocento
tuvo que luchar contra los apoderados
para que su obra dejara de ser tratada
como un simple producto y evaluada en
función de la superficie pintada y de
los colores empleados; debió pelear para
obtener el derecho de firmar, es decir,
el derecho de ser tratado como un autor;
debió combatir por la singularidad, la
unicidad, la calidad y gracias a la
colaboración de los críticos,
biógrafos y profesores de historia del
arte se impuso como artista, como
"creador".
Pero todo esto es lo que se
encuentra hoy amenazado por la reducción
de la obra a un mero producto o
mercancía. Las luchas actuales de los
cineastas por el final cut y
contra la pretensión del productor de
retener el derecho final sobre la obra
son el equivalente exacto de los
esfuerzos del pintor del quattrocento.
Fueron necesarios casi cinco siglos para
que los pintores obtuvieran el derecho de
escoger los colores empleados, la manera
de emplearlos, y luego el derecho de
elegir el tema, en especial haciéndolo
desaparecer, con el arte abstraco, para
gran escándalo del apoderado burgués.
Asimismo, para tener un cine de autor
hace falta todo un universo social,
pequeñas salas y cinematecas que
proyecten películas clásicas y que sean
visitadas por los estudiantes, cineclubs
dirigidos por profesores de filosofía
formados por la frecuentación de dichas
salas, críticos bien preparados que
escriban en los Cahiers du cinéma
(Revista de cine), cineastas que hayan
aprendido su oficio viendo películas que
reseñaban en esos Cahiers, en
fin, todo un medio social en el cual un
cierto tipo de cine sea reconocido como
valioso.
Estos universos sociales
están bajo amenaza por la irrupción del
cine comercial y el dominio de los
grandes difusores, con los cuales deben
contar los productores -salvo cuando
éstos también trabajan de difusores-:
son la culminación de una larga
evolución y hoy se hallan en un proceso
de involución. Presenciamos una
regresión de la obra al producto, del
autor al ingeniero o al técnico que
utiliza los famosos efectos especiales o
acude a grandes estrellas, recursos
extremadamente costosos, para manipular o
satisfacer las pulsiones primarias del
espectador, pulsiones a menudo
anticipadas gracias a las investigaciones
de otros técnicos: los especialistas en marketing.
Y sin embargo sabemos todo el tiempo que
hace falta para crear creadores, es
decir, espacios sociales de productores y
receptores en el interior de los cuales
aquellos puedan aparecer, desarrollarse y
tener éxito.
Reintroducir el reino del
comercio y de lo "comercial" en
universos que muy lentamente se habían
construido contra él es poner en peligro
las obras más altas de la humanidad, el
arte, la literatura e incluso la ciencia.
No creo que alguien realmente pueda
desear eso. Por tal razón al comienzo
recordaba la célebre fórmula
platónica: "Nadie es malvado
voluntariamente". Si las fuerzas de
la tecnología aliadas con las fuerzas de
la economía, la ley del beneficio y de
la competencia amenazan la cultura,
¿qué podemos hacer para
contrarrestarlas? ¿Qué podemos hacer
para fotalecer las chances de aquellos
que sólo pueden existir en los plazos
largos, aquellos que, como los pintores
impresionistas de otro tiempo, trabajan
para un mercado póstumo? Me refiero a
los que se esfuerzan para que sobrevenga
un nuevo espacio, en oposición a quienes
se someten a las exigencias del mercado
actual y reciben beneficios inmediatos,
materiales, económicos o simbólicos
(premios, condecoraciones o renombre
académico).
La elección no es entre la
"globalización", es decir, la
sumisión a las leyes del comercio y en
consecuencia al reino de lo
"comercial" -que siempre se
distingue de lo que casi universalmente
se entiende por cultura- y la defensa de
las culturas nacionales o tal o cual
forma de nacionalismo o localismo
cultural. Los productos kitsch de
la "globalización" comercial,
la película de entretenimiento con
efectos especiales o incluso la world
fiction cuyos autores pueden ser
italianos o ingleses, se contrapone a los
productos de la internacional literaria,
artística y cinematográfica cuyo centro
está en todas partes y en ninguna, aun
si por mucho tiempo se halló en París,
Londres o Nueva York, sedes de una
tradición nacional de internacionalismo
artístico. Así como Joyce, Faulkner,
Kafka, Beckett o Gombrowicz, productos
puros de Irlanda, Estados Unidos,
Checoslovaquia o Polonia florecieron en
París, muchos cineastas contemporáneos
como Kaurismaki, Manuel de Olivera,
Satyajit Ray, Kieslowski, Woody Allen,
Kiarostami -y tantos otros- deben sus
logros a esa internacional literaria,
artística y cinematográfica situada en
París. Sin duda porque allí, por
razones estrictamente históricas, ese
microcosmos de productores, críticos y
receptores informados que resulta tan
vital se constituyó hace mucho tiempo y
pudo sobrevivir hasta hoy.
Insisto: lleva muchos siglos
crear productores que trabajen para
mercados póstumos. Colocar por un lado
una "globalización"
supuestamente vinculada al poderío
económico-comercial, al progreso y la
modernidad y por otro un nacionalismo
atado a formas arcaicas de conservación
de la soberanía no ayuda a comprender el
problema. En realidad presenciamos una
lucha entre una potencia comercial que
pretende expandir universalmente los
intereses particulares del comercio y de
sus amos y una resistencia cultural
basada en la defensa de las obras
universales producidas por la
internacional desnacionalizada de los
creadores.
Quisiera terminar con una
anécdota histórica también ligada a la
cuestión de la velocidad y que en mi
opinión señala bastante bien las
relaciones que un arte liberado de las
presiones del comercio podría mantener
con los poderes temporales. Se cuenta que
Miguel Angel empleaba tan pocas formas
protocolares en su vínculo con el Papa
Julio II, su apoderado, que éste se
veía obligado a sentarse muy rápido
para impedir que Miguel Angel se sentara
antes que él. En cierto sentido, podría
decir que aquí he intentado perpetuar,
muy modestamente, pero con total
fidelidad, la tradición inaugurada por
Miguel Angel: distanciarse de los poderes
y muy especialmente de esas nuevas
fuerzas que se apoyan en el dinero y en
los medios.
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