
XUL
SOLAR
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Attilio
Rossi
Buenos Aires en tinta china
Prólogo de Jorge L. Borges al
libro Attilio Rossi, Buenos
Aires en tinta china. Texto publicado
en el libro "Jorge Luis
Borges. Prólogos con un prólogo
de prólogos" (Alianza
Editorial, Madrid 1998)
Que estas sensibles
y precisas imágenes de nuestra
querida ciudad sean obras de un
espectador italiano es cosa que
no debe asombrarnos. En lo
arquitectónico, Buenos Aires
tendió a apartarse de lo
español como ya se había
apartado en lo político; diferir
de los padres es tal vez una
fatalidad de los hijos. Hay
quienes tratan de ignorar o de
corregir esa propensión;
tenazmente perpetran edificios
"coloniales", edificios
demasiado visibles el nuevo
Puente Alsina, digamos, con su
traza caricatural de muralla
china- que no se funden con el
resto de la ciudad y quedan como
monstruos aislados. Con o sin
justificación, Buenos Aires
atenuó lo español y tendió a
lo italiano; italianos fueron los
rasgos diferenciales de su
arquitectura, la balaustrada, la
azotea, las columnas, el arco.
Italianos fueron los jarrones de
mampostería que había en la
entrada de las quintas.
En algún tiempo, el
concepto de paisajes urbanos debe
haber sido paradójico; no sé
quién lo introdujo en las artes
plásticas; fuera del algún
ejercicio satírico (A
Description of the Morning, A
Description of a City Shower,
de Swift), su aparición en la
literatura, que yo recuerde, no
es anterior a Dickens
Este
libro evidencia la felicidad con
que Rossi cultiva tal género; de
las muchas imágenes que lo
forman, las más admirables,
entiendo, son las que reflejan el
Barrio Sur. Ello, por cierto, no
es casual. Más que una
determinada zona de la ciudad,
más que la zona que definen el
Paseo Colón y las calles Brasil,
Victoria, Entre Ríos, el Sur es
la substancia original de que
está hecha Buenos Aires. El
patio, la puerta cancel, el
zaguán, son (todavía) Buenos
Aires; sobreviven, patéticos, en
el Centro y en barrios del Oeste
y del Norte; nunca los vemos sin
pensar en el Sur. No sé si puedo
intercalar, aquí, una mínima
confesión. Hace treinta años me
propuse cantar mi barrio de
Palermo; celebré con metros de
Whitman las oscuras higueras y
los baldíos, las casas bajas y
las esquinas rosadas; redacté
una biografía de Carriego;
conocí a un hombre que había
sido caudillo; oí con
veneración los trabajos de
Suárez el Chileno y de Juan
Muraña, cuchilleros
incomparables. Un almacén
iluminado en la noche, una cara
de hombre, una música, me traen
alguna vez el sabor de lo que
busqué en esos versos; esas
restituciones, esas
confirmaciones, ahora, sólo me
ocurren en el Sur. Yo, que creí
cantar a Palermo, había cantado
el Sur, porque no hay un palmo de
Buenos Aires que pudorosamente,
íntimamente, no sea, sub
quadam specie aeternitatis,
el Sur. El Oeste es una
heterogénea rapsodia de formas
del Sur y formas del Norte; el
Norte es símbolo imperfecto de
nuestra nostalgia de Europa
(También son Barrio Sur las
otras ciudades de este lado de
América, Montevideo, La Plata,
el Rosario, Santiago del Estero,
Dolores). La arquitectura es un
lenguaje, una ética, un estilo
vital; en la del Barrio Sur
y no en las casas de
tejado, en las de azotea- nos
sentimos confesos los argentinos.
A lo anterior se
replicará que el estilo que he
juzgado esencial está condenado
a morir, ya que las nuevas
construcciones lo ignoran y las
antiguas no pueden aspirar a
perpetuas. No está lejos el día
en que no quede un solo patio
ajedrezado, una sola puerta
cancel. Realmente, no sé qué
responder a esa objeción. Sé
que Buenos Aires, alguna vez,
dará con su otro estilo y que
esas formas venideras preexisten
(secretas y evasivas para mis
ojos, claras para el futuro) en
las deleitables páginas de este
libro.
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