Las
inscripciones en los carros
JORGE
LUIS BORGES
El presente
texto fue publicado en el libro EL
LENGUAJE DE BUENOS AIRES, Jorge L.
Borges, José E. Clemente (Emecé
Editores, Buenos Aires/1984)
Importa que mi lector se
imagine un carro. No cuesta imaginárselo
grande, las ruedas traseras más altas
que las delanteras como con reserva de
fuerza, el carrero criollo fornido como
la obra de madera y fierro en que está,
los labios distraídos en un silbido o
con avisos paradójicamente suaves a los
tironeadores caballos: a los tronqueros
seguidores y al cadenero en punta (proa
insistente para los que precisan
comparación). Cargado o sin cargar es lo
mismo, salvo que volviendo vacío,
resulta menos atado a empleo su paso y
más entronizado el pescante, como si la
connotación militar que fue de los
carros en el imperio montonero de Atila,
permaneciera en él. La calle pisada
puede ser Montes de Oca o Chile o
Patricios o Rivera o Valentín Gómez,
pero es mejor Las Heras, por lo
heterogéneo de su tráfico. El tardío
carro es allí distanciado perpetuamente,
pero esa misma postergación se le hace
victoria, como si la ajena celeridad
fuera despavorida urgencia de esclavo, y
la propia demora, posesión entera de
tiempo, casi de eternidad ( Esa posesión
temporal es el infinito capital criollo,
el único. A la demora la podemos exaltar
a inmovilidad: posesión del espacio.)
Persiste el carro, y una inscripción
está en su costado. El clasicismo del
suburbio así lo decreta y aunque esa
desinteresada yapa expresiva, sobrepuesta
a las visibles expresiones de
resistencia, forma, destino, altura,
realidad, confirme la acusación de
habladores que los conferenciantes
europeos nos reparten, yo no puedo
esconderla, porque es el argumento de
esta noticia. Hace tiempo que soy cazador
de esas escrituras: epigrafía de
corralón que supone caminatas y
desocupaciones más poéticas que las
efectivas piezas coleccionadas, que en
estos italianos días ralean.
No pienso volcar ese
colecticio capital de chirolas sobre la
mesa, sino mostrar algunas.
El proyecto es de retórica,
como se ve. Es consabido que los que
metodizaron esa disciplina, comprendían
en ella todos los servicios de las
palabras, hasta los irrisorios o humildes
del acertijo, del calembour, del
acróstico, del anagrama, del laberinto,
del laberinto cúbico, de la empresa. Si
esta última, que es figura simbólica y
no palabra, ha sido admitida, entiendo
que la inclusión de la sentencia carrera
es irreprochable. Es una variante indiana
del lema, género que nació en los
escudos. Además, conviene asimilar a las
otras letras la sentencia de carro, para
que se desengañe el lector y no espere
portentos de mi requisa. ¿Cómo
pretenderlos aquí, cuando no los hay o
nunca los hay en las premeditadas
antología de Menéndez y Pelayo o de
Palgrave?
Una equivocación es muy
llana: la de recibir por genuino lema de
carro, el nombre de la casa a que
pertenece. El modelo de la
Quinta Bollini, rubro perfecto de la
guarangada sin inspiración, puede ser de
los que advertí; La madre del Norte,
carro de Saavedra, lo es. Lindo nombre es
este último y le podemos probar dos
explicaciones. Una, la no creíble, es la
de ignorar la metáfora y suponer al
Norte parido por ese carro, fluyendo en
casas y almacenes y pinturerías, de su
paso inventor. Otra es la que previeron
ustedes, la de atender. Pero nombres como
éste, corresponden a otro género
literario menos casero, el de las
empresas comerciales: género que abunda
en apretadas obras maestras como la
sastrería El coloso de Rodas por
Villa Urquiza y la fábrica de camas La
dormitológica por Belgrano, pero que
no es de mi jurisdicción.
La genuina letra de carro no
es muy diversa. Es tradicionalmente
asertiva La flor de la plaza
Vértiz, El vencedor- y suele
estar como aburrida de guapa. Así El
anzuelo, La balija, El
garrote. Me está gustando el
último, pero se me borra al acordarme de
este otro lema, de Saavedra también, y
que declara viajes dilatados como
navegaciones, práctica de los callejones
pampeanos y polvaredas altas: El barco.
Una especie definida del
género es la inscripción en los
carritos repartidores. El gateo y la
charla cotidiana de la mujer los ha
distraído de la preocupación del
coraje, y sus vistosas letras prefieren
el alarde servicial o la galantería.
El liberal, Viva quien me protege, El
vasquito del Sur, El picaflor, El
lecherito del porvenir, El buen mozo,
Hasta mañana, El record de Talcahuano,
Para todos sale el sol, pueden ser
alegres ejemplos. Qué me habrán
hecho tus ojos y Donde cenizas
quedan fuego hubo, son de más
individuada pasión. Quien envidia me
tiene desesperado muere, ha de ser
una intromisión española. No tengo
apuro es criollo clavado. La
displicencia o severidad de la frase
breve suele corregirse también, no sólo
por lo risueño del decir, sino por la
profusión de frases. Yo he visto carrito
frutero que, además de su presumible
nombre El preferido del barrio,
afirmaba en dístico satisfecho.
Yo lo digo y lo sostengo
Que a nadie envidia le tengo.
y comentaba la figura de una
pareja de bailarines tangueros sin mucha
luz, con la resuelta indicación Derecho
viejo. Esa charlatanería de la
brevedad, ese frenesí sentencioso, me
recuerda la dicción del célebre
estadista danés Polonio, de Hamlet,
o la del Polonio natural, Baltasar
Gracián.
Vuelvo a las inscripciones
clásicas. La media luna de Morón
es lema de un carro altísimo con
barandas ya marineras de fierro, que me
fue dado contemplar una húmeda noche en
el centro puntual de nuestro Mercado de
Abasto, reinando a doce patas y cuatro
ruedas sobre la fermentación lujosa de
olores.
La soledad es
mote de una carreta que he visto por el
sur de la provincia de Buenos Aires y que
manda distancia. Es el propósito de El
barco otra vez, pero menos oscuro. Qué
le importa a la vieja que la hija me
quiera es de omisión imposible,
menos por su ausente agudeza que por su
genuino tono de corralón. Es lo que
puede observarse también de Tus besos
fueron míos, afirmación derivada de
un vals, pero que por estar escrita en un
carro se adorna de insolencia. Qué
mira, envidioso tiene algo de
mujerengo y de presumido. Siento
orgullo es muy superior, en dignidad
de sol y de alto pescante, a las más
efusivas acriminaciones de Boedo. Aquí
viene Araña es un hermoso anuncio. Pala
rubia, cuándo lo es más, no sólo
por su apócope criolla y por su
anticipada preferencia por la morena,
sino por el irónico empleo del adverbio cuándo,
que vale aquí por nunca ( A ese
renunciado cuándo lo conocí
primero en una intransferible milonga,
que deploro no poder estampar en voz baja
o mitigar pudorosamente en latín.
Destaco en su lugar esta parecida,
criolla de México, registrada en el
libro de Rubén Campos El folklore y
la música mexicana: Dicen que me han
de quitar las veredas por donde
ando; -las veredas quitarán, -pero la
querencia, cuándo. Cuándo, mi vida
era también una salida habitual de los
que canchaban, al atajarse el palo
tiznado o el cuchillo del otro.) La
rama está florida es una noticia de
alta serenidad y de magia. Casi nada,
Me lo hubieras dicho y Quién lo
diría, son incorregibles de buenos.
Implican drama, están en la circulación
de la realidad, corresponden a
frecuencias de la emoción: son como del
destino, siempre. Son ademanes perdurados
por la escritura, son una afirmación
incesante. Su alusividad es la del
conversador orillero que no puede ser
directo narrador o razonador y que se
complace en discontinuidades, en
generalidades, en fintas: sinuosas como
el corte. Pero el honor, pero la
tenebrosa flor de este censo, es la opaca
inscripción No llora el perdido,
que nos mantuvo escandalosamente
intrigados a Xul Solar y a mí, hechos,
sin embargo, a entender los misterios
delicados de Robert Browning, los
baladíes de Mallarmé y los meramente
cargosos de Góngora. No llora el
perdido; le paso este clavel retinto
al lector.
No hay ateísmo literario
fundamental. Yo creía descreer de la
literatura, y me he dejado aconsejar por
la tentación de reunir estas partículas
de ella. Me absuelven dos razones. Una es
la democrática superstición que postula
méritos reservados en cualquier obra
anónima, como si supiéramos entre todos
lo que no sabe nadie, como si fuera
nerviosa la inteligencia y cumpliera
mejor en las ocasiones en que no la
vigilan. Otra es la facilidad de juzgar
lo breve. Nos duele admitir que nuestra
opinión de una línea pueda no ser
final. Confiamos nuestra fe a los
renglones, ya que no a los capítulos. Es
inevitable en este lugar la mención de
Erasmo: incrédulo y curioseador de
proverbios.
Esta página empezará a
ponerse erudita después de muchos días.
Ninguna referencia bibliográfica puedo
suministrar, salvo este párrafo casual
de un predecesor mío en estos afectos.
Pertenece a los borradores desanimados de
verso clásico que se llaman versos
libres ahora.
Lo recuerdo así:
Los carros de costado
sentencioso
franqueaban tu mañana
y eran en las esquinas tiernos los
almacenes
como esperando un ángel.
Me gustan más las
inscripciones de carro, flores
corraloneras.
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