La bohemia
literaria
La inserción en el periodismoJORGE B.
RIVERA
El
presente artículo fue publicado en la
colección
La vida de nuestro pueblo, La
Bohemia literaria, Fascículo 4
(Colección del Centro Editor de América
Latina
Buenos Aires, 1981)
Si en el siglo pasado la
inserción en el periodismo es una forma
de militancia programática, como lo
demostraron Sarmiento, Hernández, los
Gutiérrez, Mitre, etc., la nueva prensa
propondrá en cambio un matiz de
especialización y división del trabajo
que ya depende fundamentalmente del
salario (el salario profesional que
aguarda Payró o el salario estético que
reclama Darío).
A
comienzos de siglo -en los días de Caras
y Caretas, La Nación, La
Tribuna, Última Hora, El
Diario, etc.- la colaboración
periodística, permanente o adventicia,
hará sentir al "proletario de
pluma" o al escritor temporariamente
convertido en periodista, lo que su obra
"vale", en términos reales,
porque a la vieja función moralista y
política de la prensa se han anexado
otras funciones informativas,
didácticas, recreativas, críticas,
etc., que exigen una especialización y
un rigor técnico del que suelen estar
desprovistos los meros diletantes o los
puros predicadores políticos.
La nota y la viñeta
costumbristas, por ejemplo, estarán a
cargo de auténticos y talentosos
especialistas, como Alvarez, Lima,
Villoldo, Trejo, Dallegri, Mertens,
Saldías, etc.; la crítica teatral, por
su parte, correrá por cuenta de
escritores que ya no son simples amateurs
dispuestos a la divagación impresionista
y algo similar ocurrirá con la música,
las artes plásticas y la literatura.
Basta con recordar, en este sentido, los
nombres de Eugenio Díaz Romero, ex
director de El Mercurio de América;
de Joaquín de Vedia, crítico teatral de
La Nación; de Emilio Becher,
vinculado también con el diario de
Mitre; de Roberto Payró, que hizo
célebre el seudónimo de "Magister
Prunum"; de Atilio Chiappori,
Mariano Barrenechea, Juan Pablo Echagüe
y José León Pagano, entre otros
"benjamines" que en cierta
forma detentan el monopolio de la
crítica estética en los grandes diarios
consagratorios.
Gente de prensa como Eustaquio
Pellicer, el creador de Caras y Caretas
y PBT, como Julio Piquet, como el
dibujante Mayol, como Natalio Botana, etc., ya
son claros testimonios de un tipo de periodista
que ha avizorado cambios e implementado nuevas
soluciones teconológicas y conceptuales.
Más
que la orientación ideológica interesará ahora
el caudal de talento, creatividad y
especialización que puedan aportar los nuevos
escritores, y así verificamos los casos del
socialista José Ingenieros como colaborador de
la conservadora Revista de Derecho, Historia
y Letras de Estanislao Zeballos, el del
anarquista Florencio Sánchez actuando en El
País de Carlos Pellegrini, el del
espiritualista y antipositivista Becher
escribiendo para La Nación; o bien,
paradoja de paradojas, el del católico y
ex-teniente del Parque Charles de Soussens como
activísimo escriba de La Protesta de
Alberto Ghiraldo (como en otros momentos lo será
de La Nación, El País, El
Tiempo, Caras y Caretas, el primer Martín
Fierro de Ghiraldo, El Gladiador o Sarmiento).
Y
como rasgo novedoso esta nueva promoción de
escritores ya no depende, por lo menos
fundamentalmente, de la tutoría y el espaldarazo
de las grandes figuras culturales del grupo de
referencia. Si el elogio de Miguel Cané todavía
resulta consagratorio o por lo menos halagüeño
en el Buenos Aires de 1900 a 1905, los escritores
recién advenidos, como Gálvez, Echagüe,
Gerchunoff, etc., se atreven en cierta forma a
"maltratarlo" y prefieren pensar en el
nuevo público como en un más sólido
dispensador de éxito y renombre literario.
Resultará elocuente, en este sentido, examinar
el tipo de carrera "profesional" que
elige Horacio Quiroga o el tipo de crítica que
preifere Manuel Gálvez -un neto
"profesionalista"-, para quien tienen
más interés los comentarios dispersos en medios
destinados al nuevo público potencial, aunque
sean menos "prestigiantes" desde el
punto de vista de la élite, que los aparecidos
en los dos o tres diarios tradicionales. No será
aleatorio, en consecuencia, que Gálvez -cuya
trayectoria católica y nacionalista es harto
conocida- acceda en 1919 a publicar su novela Nacha
Regules como folletín de La Vanguardia,
órgano notoriamente socialista. Gálvez acota en
sus memorias: "...yo estaba cierto de que
cada ejemplar de La Vanguardia con mi
novela sería leído, como ocurrió, por docenas
de personas" (cfr. En el mundo de los seres
ficticios, cap. VII).
Especialización,
existencia de nuevos medios (periodísticos o
editoriales) y público, en consecuencia, serán
factores decisivos en el proceso de
configuración y desarrollo del nuevo tipo de
escritor "profesional", falange en la
que se enrolaron, como hemos visto, muchas de las
figuras notorias de la denominada
"bohemia".
Serán
los colaboradores más adventicios quienes
problematicen con mayor insistencia las
relaciones entre literatura y periodismo, a
partir generalmente de una verificación del
carácter todavía transitivo de ese momento. Los
diarios y magazines (como Caras y Caretas)
les abren la posibilidad de asumir su vocación
literaria como un verdadero campo
"profesional", pero al mismo tiempo se
plantean como una distorsión de su imagen de la
literatura (una imagen por cierto sobrevalorada)
y de las expectativas de "renombre" que
habían albergado a partir de ella.
Para
los adventicios del periodismo esta forma de
"profesionalización" -en una etapa en
la que no se reconocen derechos de autor y la
estructura editorial es todavía incipiente- se
convierte en un instrumento posible pero al mismo
tiempo riesgoso, y así lo expresa Manuel Gálvez
cuando afirma que "la mayor desgracia del
escritor auténtico es carecer de medios
suficientes para vivir, porque se verá condenado
a escribir artículos y los artículos, por mucho
que valgan, son hojas que se lleva el viento. La
pérdida de tiempo que significan es enorme y por
escribir artículos dejamos de escribir
libros".
Otro
campo en el que los escritores comienzan a
experimentar las nuevas posibilidades y también
los límites de la
"profesionalización" es el teatro; y
en este sentido alcanzará con recordar que entre
1900 y 1916 se fundan en Buenos Aires no menos de
29 teatros, en relación con los 19 creados entre
1880 y 1899.
Frente
al periodismo, el teatro es un territorio con
alternativas de acceso más caprichosas, que
pueden oscilar desde la mediación de figuras
respetadas, como ocurre en el circuito
Sánchez-de Vedia-Podestá, hasta experiencias
privilegiadas como las que vivió Saldías con Noche
de garufa, una pieza estrenada "sin
obstáculos, sin espera, sin peregrinaciones por
los vestíbulos", aunque conviene no olvidar
episodios como el rechazo de Sobre las ruinas,
de Roberto J. Payró, y las reiteradas
frustraciones de Gálvez como autor dramático.
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