/contratiempo | El pensamiento en la Argentina / Año II N° 5 / Invierno-Primavera 2002

/LITERATURA Y PERIODISMO


La bohemia literaria
La inserción en el periodismo

JORGE B. RIVERA

Si en el siglo pasado la inserción en el periodismo es una forma de militancia programática, como lo demostraron Sarmiento, Hernández, los Gutiérrez, Mitre, etc., la nueva prensa propondrá en cambio un matiz de especialización y división del trabajo que ya depende fundamentalmente del salario (el salario profesional que aguarda Payró o el salario estético que reclama Darío).

A comienzos de siglo -en los días de Caras y Caretas, La Nación, La Tribuna, Última Hora, El Diario, etc.- la colaboración periodística, permanente o adventicia, hará sentir al "proletario de pluma" o al escritor temporariamente convertido en periodista, lo que su obra "vale", en términos reales, porque a la vieja función moralista y política de la prensa se han anexado otras funciones informativas, didácticas, recreativas, críticas, etc., que exigen una especialización y un rigor técnico del que suelen estar desprovistos los meros diletantes o los puros predicadores políticos.

La nota y la viñeta costumbristas, por ejemplo, estarán a cargo de auténticos y talentosos especialistas, como Alvarez, Lima, Villoldo, Trejo, Dallegri, Mertens, Saldías, etc.; la crítica teatral, por su parte, correrá por cuenta de escritores que ya no son simples amateurs dispuestos a la divagación impresionista y algo similar ocurrirá con la música, las artes plásticas y la literatura. Basta con recordar, en este sentido, los nombres de Eugenio Díaz Romero, ex director de El Mercurio de América; de Joaquín de Vedia, crítico teatral de La Nación; de Emilio Becher, vinculado también con el diario de Mitre; de Roberto Payró, que hizo célebre el seudónimo de "Magister Prunum"; de Atilio Chiappori, Mariano Barrenechea, Juan Pablo Echagüe y José León Pagano, entre otros "benjamines" que en cierta forma detentan el monopolio de la crítica estética en los grandes diarios consagratorios.

Gente de prensa como Eustaquio Pellicer, el creador de Caras y Caretas y PBT, como Julio Piquet, como el dibujante Mayol, como Natalio Botana, etc., ya son claros testimonios de un tipo de periodista que ha avizorado cambios e implementado nuevas soluciones teconológicas y conceptuales.

Más que la orientación ideológica interesará ahora el caudal de talento, creatividad y especialización que puedan aportar los nuevos escritores, y así verificamos los casos del socialista José Ingenieros como colaborador de la conservadora Revista de Derecho, Historia y Letras de Estanislao Zeballos, el del anarquista Florencio Sánchez actuando en El País de Carlos Pellegrini, el del espiritualista y antipositivista Becher escribiendo para La Nación; o bien, paradoja de paradojas, el del católico y ex-teniente del Parque Charles de Soussens como activísimo escriba de La Protesta de Alberto Ghiraldo (como en otros momentos lo será de La Nación, El País, El Tiempo, Caras y Caretas, el primer Martín Fierro de Ghiraldo, El Gladiador o Sarmiento).

Y como rasgo novedoso esta nueva promoción de escritores ya no depende, por lo menos fundamentalmente, de la tutoría y el espaldarazo de las grandes figuras culturales del grupo de referencia. Si el elogio de Miguel Cané todavía resulta consagratorio o por lo menos halagüeño en el Buenos Aires de 1900 a 1905, los escritores recién advenidos, como Gálvez, Echagüe, Gerchunoff, etc., se atreven en cierta forma a "maltratarlo" y prefieren pensar en el nuevo público como en un más sólido dispensador de éxito y renombre literario. Resultará elocuente, en este sentido, examinar el tipo de carrera "profesional" que elige Horacio Quiroga o el tipo de crítica que preifere Manuel Gálvez -un neto "profesionalista"-, para quien tienen más interés los comentarios dispersos en medios destinados al nuevo público potencial, aunque sean menos "prestigiantes" desde el punto de vista de la élite, que los aparecidos en los dos o tres diarios tradicionales. No será aleatorio, en consecuencia, que Gálvez -cuya trayectoria católica y nacionalista es harto conocida- acceda en 1919 a publicar su novela Nacha Regules como folletín de La Vanguardia, órgano notoriamente socialista. Gálvez acota en sus memorias: "...yo estaba cierto de que cada ejemplar de La Vanguardia con mi novela sería leído, como ocurrió, por docenas de personas" (cfr. En el mundo de los seres ficticios, cap. VII).

Especialización, existencia de nuevos medios (periodísticos o editoriales) y público, en consecuencia, serán factores decisivos en el proceso de configuración y desarrollo del nuevo tipo de escritor "profesional", falange en la que se enrolaron, como hemos visto, muchas de las figuras notorias de la denominada "bohemia".

Serán los colaboradores más adventicios quienes problematicen con mayor insistencia las relaciones entre literatura y periodismo, a partir generalmente de una verificación del carácter todavía transitivo de ese momento. Los diarios y magazines (como Caras y Caretas) les abren la posibilidad de asumir su vocación literaria como un verdadero campo "profesional", pero al mismo tiempo se plantean como una distorsión de su imagen de la literatura (una imagen por cierto sobrevalorada) y de las expectativas de "renombre" que habían albergado a partir de ella.

Para los adventicios del periodismo esta forma de "profesionalización" -en una etapa en la que no se reconocen derechos de autor y la estructura editorial es todavía incipiente- se convierte en un instrumento posible pero al mismo tiempo riesgoso, y así lo expresa Manuel Gálvez cuando afirma que "la mayor desgracia del escritor auténtico es carecer de medios suficientes para vivir, porque se verá condenado a escribir artículos y los artículos, por mucho que valgan, son hojas que se lleva el viento. La pérdida de tiempo que significan es enorme y por escribir artículos dejamos de escribir libros".

Otro campo en el que los escritores comienzan a experimentar las nuevas posibilidades y también los límites de la "profesionalización" es el teatro; y en este sentido alcanzará con recordar que entre 1900 y 1916 se fundan en Buenos Aires no menos de 29 teatros, en relación con los 19 creados entre 1880 y 1899.

Frente al periodismo, el teatro es un territorio con alternativas de acceso más caprichosas, que pueden oscilar desde la mediación de figuras respetadas, como ocurre en el circuito Sánchez-de Vedia-Podestá, hasta experiencias privilegiadas como las que vivió Saldías con Noche de garufa, una pieza estrenada "sin obstáculos, sin espera, sin peregrinaciones por los vestíbulos", aunque conviene no olvidar episodios como el rechazo de Sobre las ruinas, de Roberto J. Payró, y las reiteradas frustraciones de Gálvez como autor dramático.

El presente artículo fue publicado en la colección La vida de nuestro pueblo, La Bohemia literaria, Fascículo 4
(Colección del Centro Editor de América Latina / Buenos Aires, 1981)

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