
La muerte y la
rueda órfica de las reencarnaciones
Mosaico romano del Museo de Nápoles
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| LA MUERTE
EN LA LITERATURA |
MAURICE
BLANCHOT
La muerte contenta
En una página de su diario,
Kafka hace una observación acerca de la
cual podemos reflexionar:
Al volver a casa
dije a Max que, a condición de que
mis sufrimientos no fueran demasiado
grandes, en mi lecho de muerte
estaría contento. Olvidé agregar, y
luego lo omití a propósito, que lo
mejor que he escrito se basa en esa
aptitud para morir contento. En todos
esos buenos pasajes, fuertemente
convincentes, se trata siempre de
alguien que muere y que lo encuentra
muy duro por ver en ello una
injusticia; todo ello, al menos en mi
opinión, resulta muy conmovedor para
el lector. Pero, para mí que creo
que podré estar contento en mi lecho
de muerte, esas descripciones en
secreto son un juego, incluso me
alegro de morir en el moribundo,
utilizo entonces de un modo calculado
la atención del lector concentrada
así en la muerte, conservo mucho
más claridad de espíritu que aquel
de quien supongo que se lamentará en
su lecho de muerte, mi lamentación
es por tanto perfecta en lo posible,
no se interrumpe de manera súbita
como una lamentación real, sino que
sigue su curso hermoso y puro
Esta reflexión data de
diciembre de 1914. No es seguro que
exprese un punto de vista que Kafka
todavía hubiera admitido con
posterioridad; por lo demás, es lo que
calla, como si presintiera su lado
impertinente. Pero, precisamente por su
ligereza provocativa, es reveladora. Todo
ese pasaje se podría resumir así: sólo
se puede escribir si se permanece dueño
de sí mismo ante la muerte, si con ella
se han establecido relaciones de
soberanía. Si es aquello ante lo cual se
pierde continente, lo que no se puede
contener, entonces retira las palabras
bajo la pluma, quita la palabra; el
escritor ya no escribe, grita, un grito
torpe, confuso, que nadie oye o que no
conmueve a nadie. Kafka siente aquí en
lo profundo que el arte es relación con
la muerte. ¿Por qué la muerte? Porque
es el extremo. Quien dispone de ella,
dispone en extremo de sí, está
vinculado a todo lo que puede, es
íntegramente poder. El arte es dominio
del momento supremo, supremo dominio.
La frase: "Lo mejor que
he escrito se basa en esa aptitud para
poder morir contento" sin embargo
sigue siendo difícil de aceptar, aunque
tenga un aspecto atractivo que proviene
de su simplicidad. ¿Cuál es esa
aptitud? ¿Qué dá a Kafka esa
seguridad? ¿Se ha acercado ya lo
suficiente a la muerte para saber cómo
se comportará ante ella? El autor parece
sugerir que, en los "buenos
pasajes" de sus escritos en que
alguien muere, muere de una muerte
injusta, que él mismo se ha puesto en
juego en el que muere. ¿Se tratará
entonces de una especie de aproximación
a la muerte, realizada so capa de la
escritura? Pero el texto no dice
exactamente eso: sin duda lo que indica
es una intimidad entre la muerte
desdichada que se produce en la obra y el
escritor que se alegra de ella; el
escritor excluye la relación fría,
distante, que permite una descripción
objetiva; si conoce el arte de conmover,
un narrador puede contar de una manera
emocionante hechos emocionantes a los que
es ajeno; en ese caso, el problema que se
presente es el de la retórica y, por
supuesto, del derecho a recurrir a ella.
Pero el dominio de que habla Kafka es
distinto, y el cálculo del que se
reclama es todavía más profundo. Sí,
fuerza es morir en el que muere, la
verdad lo exige, pero hay que ser capaz
de satisfacerse con la muerte, de hallar
en la suprema insatisfacción la suprema
satisfacción y de conservar, en el
instante de la muerte, la claridad de la
mirada que proviene de ese equilibrio.
Ese contexto está entonces muy próximo
a la sabiduría hegeliana, si ésta
consiste en hacer coincidir la
satisfacción y la conciencia de sí, en
encontrar en la extrema negatividad, en
la muerte hecha posibilidad, trabajo y
tiempo, la medida de lo absolutamente
positivo.
De todos modos Kafka no se
sitúa directamente aquí desde una
perspectiva tan ambiciosa. También es
cierto que, cuando vincula su capacidad
de escribir bien con la capacidad de bien
morir, no hace alusión a una idea que
concierna a la muerte en general, sino a
su experiencia propia: porque, por una y
otra razón, se tiende imperturbable
sobre su lecho de muerte, puede dirigir a
sus personajes una mirada imperturbable,
unirse a su muerte mediante una intimidad
clarividente. ¿En cuáles de sus
escritos piensa? Sin duda, en el relato In
der Strafkolonie (En la colonia
penitenciaria), del que unos días antes
hizo para sus amigos una lectura que le
ha dado aliento; entonces escribe El
proceso, varios relatos inconclusos
en que la muerte no es su horizonte
inmediato. También debemos pensar en La
metamorfosis y en El veredicto.
El recuerdo de estas obras demuestra que
Kafka no piensa en una descripción
realista de escenas de muerte. En todos
estos relatos, los que mueren lo hacen en
una cuantas palabras rápidas y
silenciosas. Esto confirma la idea de que
no sólo cuando mueren, sino al parecer
también cuando viven, los héroes de
Kafka cumplen sus actos en el espacio de
la muerte, pertenecen al tiempo
indefinido del "morir". Pasan
la prueba de esa extrañeza y, en ellos,
también Kafka está a prueba. Pero a él
le parece que no podrá llevarla a
"feliz término", sacar de ella
relato y obra sólo si, de alguna manera,
de antemano está de acuerdo con el
momento extremo de esa prueba, si es el
igual de la muerte.
Lo que nos choca en esta
reflexión es que parece autorizar la
triquiñuela en el arte. ¿Por qué
describir como un hecho injusto lo que
él mismo es capaz de acoger contento?
¿Por qué, contento con ella, nos hace a
la muerte terrible? Esto da al texto una
ligereza cruel. El arte tal vez exija
jugar con la muerte, tal vez introduzca
un juego, un poco de juego, allí donde
ya no hay recurso ni dominio. Mas, ¿qué
significa ese juego? "El arte vuela
en torno a la verdad, con la intención
decidida de no quemarse en ella".
Aquí, vuela en torno a la muerte, no se
quema en ella, pero hace sensible la
quemadura y es lo que quema y lo que
conmueve fría y mentirosamente.
Perspectiva esta que bastaría para
condenar el arte. Sin embargo, para ser
justos con la observación de Kafka,
también es preciso comprenderla de otro
modo. A sus ojos, morir contento no es
una actitud buena en sí, pues, antes que
nada, lo que expresa es el descontento
por la vida, la exclusión de la dicha de
vivir, esa dicha que hay que desear y amar
antes que nada. "La aptitud para
morir contento" significa que la
relación con el mundo normal ya está
rota: en cierto modo Kafka ya está
muerto, ello se le da como se le dio el
exilio y ese don está ligado al de
escribir. Como es natural, el hecho de
hallarse exiliado de las posibilidades
normales, por ello mismo, no da dominio
sobre la posibilidad extrema; el hecho de
ser privado de la vida no garantiza la
posesión feliz de la muerte, sólo hace
a la muerte contenta de una manera
negativa (se está contento de terminar
con el descontento por la vida). De ahí
la insuficiencia y el carácter
superficial de la observación. Mas,
precisamente, ese mismo año y en dos
ocasiones, Kafka escribe en su Diario:
"No me aparto de los hombres para
vivir en paz, sino para poder morir en
paz". Esa separación, esa exigencia
de soledad le es impuesta por su trabajo.
"Si no me salvo en un trabajo, estoy
perdido. ¿Lo sé tan claramente como es?
No me entierro ante los seres porque
quiera vivir apaciblemente, sino porque
quiero perecer en paz". Ese trabajo
es escribir. Se retira del mundo para
escribir y escribe para morir en paz.
Ahora, la muerte, la muerte contenta es
el salario del arte, es la meta y la
justificación de la escritura. Escribir
para morir en paz. Sí, pero, ¿cómo
escribir? Conocemos la respuesta: sólo
se puede escribir si se es apto para
morir contento. La contradicción nos
devuelve a la profundidad de la
experiencia.
Del libro DE
KAFKA A KAFKA, Maurice Blanchot
(Fondo de Cultura Económica, Buenos
Aires-1993)
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