
Pasaje de los
Panoramas (París)

Anticuarios Calle
Bonaparte (París)

BAUDELAIRE,
Fotografía de Nadar, 1855
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Walter
Benjamin y París:
Individualidad y Trabajo
Intelectual
RENATO
ORTÍZ
Del libro Modernidad y Espacio.
Benjamin en París, Renato Ortíz
(Norma, Buenos Aires 2000)París capital
del siglo XIX es un libro
incompleto, una obra inacabada.
Mirando este conjunto de
anotaciones dispersas y de citas
múltiples, el lector, auxiliado
por el esfuerzo de montaje de los
editores, consigue tal vez tener
una idea del esquema de
redacción del autor; mientras
tanto, la visión que se tiene de
la totalidad del texto es siempre
incierta, imprecisa. El margen
para duda e interpretaciones es
grande; de cierto modo, se puede
siempre indagar en qué medida
Benjamin nos autorizaría, o no,
esta o aquella inferencia. La
fragmentación de la escritura,
las repeticiones, la
superposición de temas nos
encierran en la incompletud de la
obra, dejando una sensación de
arbitrariedad que el trabajo
criterioso y diligente de los
editores no consigue dirimir. Mi
intención no es, sin embargo,
hacer un análisis integral y
riguroso del libro, si es que
podemos llamarlo así. De él
subrayo algunos aspectos que me
permiten retomar cuestiones que
ya había abordado anteriormente.
Me interesa percibir cómo
Benjamin comprende las
transformaciones que ocurren
durante el siglo XIX y en qué
medida el proceso de
racionalización de la sociedad
(para hablar como Weber) incide
sobre el propio pensamiento que
se inclina para comprenderla.
Cabe, no obstante,
antes de enfocar la temática que
escogí, contextualizar las
intenciones del autor. En 1927,
fruto de una breve estadía en
París, Walter Benjamin escribe
en coautoría con Franz Hessel un
corto artículo sobre "Los
pasajes". El texto, que no
fue publicado en la época,
demuestra su curiosidad por este
nuevo tipo de arquitectura
urbana; entre 1927 y 1929,
convencido de la importancia del
tema, se dedica a desarrollar una
propuesta que denominó "Los
pasajes de París: una féerie
dialéctica". El encuentro
con Adorno en 1929 extenderá su
horizonte de trabajo; el proyecto
se expande y se torna más
ambicioso. Rolf Tiedmann,
organizador de la edición
original en alemán (Das
Passagen-Werk), considera que
la presencia de Adorno y
Horkheimer fue determinante: son
ellos quienes llevan a Benjamin a
aproximarse a los escritos de
Marx (Tiedmann, 1989). Eso
tendrá una influencia decisiva
en la elaboración del esbozo
inicial; primero, surgen nuevos
temas: haussmannización, combate
de barricadas, vías férreas,
bolsa de valores, historia
económica, además de las
secciones dedicadas a Marx,
Saint-Simon y Fourier. Segundo,
el propio tratamiento de la
problemática en curso. El
concepto de fantasmagoría,
ampliamente utilizado por
Benjamin, deriva de su lectura
del carácter fetichista de la
mercancía. Entre tanto, a pesar
de la apertura de nuevos
horizontes, debido a problemas
personales y políticos, entre
1931 y 1934 el proyecto se
desacelera; solamente cuando
Benjamin se exilia en París, el
ritmo de trabajo se intensifica.
Él tiene ahora a su disposición
el rico material bibliográfico
de la Bibliothèque Nationale.
En 1935 cambia de rumbo. La
propuesta ya no se titula más
"Pasajes", sino
"París capital del siglo
XIX". En una carta a
Scholen, Benjamin justifica el
cambio de título ponderando que,
análogamente a su estudio sobre
el barroco, en el cual había
desarrollado su pensamiento sobre
el siglo XVII a partir de
Alemania, le gustaría comprender
el XIX a partir de Francia. La
aclaración merece una atención
especial porque nos remite al
concepto de alegoría. Sabemos
que la alegoría es una figura
del lenguaje mediante la cual se
dice una cosa para significar
otra. Esta técnica es muy
utilizada por Benjamin cuando
escribe El origen del drama
barroco alemán. ¿Pero cuál
sería esa "otra cosa"
significada a través del
barroco? En sus comentarios a la
obra benjaminiana, Sergio Paulo
Rouanet, responde: "en
esencia, la alegoría barroca
remite a una cosa última,
referente unitario que engloba
todas las significaciones
parciales: la historia"
(Rouanet; 1984:38). Esto es, a
una concepción de historia
dominante en Alemania durante el
siglo XVII. El barroco denota
así otra cosa; a través de él,
es posible captar situaciones,
una sensibilidad artística, una
manera de "estar en el
mundo" característica de un
momento histórico. Lo mismo
puede ser dicho con relación a
París. Tal vez haya sido la
proximidad a Baudelaire lo que
haya permitido a Benjamin darse
cuenta de en qué punto la
ciudad, no en su totalidad, se
puede constituir en un objeto
alegórico. Cito dos pasajes
sugerentes a ese respecto:
"El talento de Baudelaire,
nutrido de melancolía, es un
talento alegórico: Tout
pour moi devient allégorie.
Con Baudelaire, por primera vez
París se vuelve objeto de la
poesía lírica (
) En la
poesía de Baudelaire el tema de
la muerte se funde con la imagen
de París. Los Tableaux
parisiens, el Spleen
de París, Excursus, sobre
los elementos arquitectónicos de
la ciudad de París"
(Benjamin, 1986:49)
Centrar el análisis
sobre la ciudad, sobre su
configuración, sus efluvios, su
atmósfera, significa revelar
algo que en ella está contenido
pero que la trasciende. En este
sentido se puede comprender,
"a partir de París",
los mecanismos estructurantes de
la modernidad del siglo XIX. Si
eso es verdad, queda una duda:
¿por qué el autor abandona la
metáfora de los pasajes para
sustituirla por otra?
No es difícil
percibir que los pasajes tienen
también, en diferentes
anotaciones a lo largo del libro,
un valor alegórico. En las
páginas de una Guía Ilustrada
de París, se puede leer el
siguiente comentario: los pasajes
forman un "mundo en
miniatura" en el cual el fláneur
puede encontrar "todo"
lo que necesita (Benjamin).
"Mundo" que contiene
elementos diversos, parcelas de
realidad para ser decodificadas
por la mirada atenta del
intérprete. Otra referencia
refuerza el aspecto en cuestión.
"Balzac aseguró la
constitución mítica de su mundo
determinándolo a través de su
contorno topográfico. El terreno
de su mitología es París.
París con sus dos o tres
banqueros, París con el gran
médico Horace Bianchon, el
emprendedor César Birotteau, con
sus cuatro o cinco cocottes,
el usurero Gobseck, el pequeño
grupo de abogados y de militares.
Lo que cuenta es que los
personajes de este circuito son
cómplices en las mismas calles,
en los mismos ángulos, en los
mismos cuartos oscuros. Eso
significa que la topografía
delinea el espacio mítico de la
tradición, y, de la misma forma
como para Pausanias se volvió la
clave para la comprensión de
Grecia, los pasajes serían la
clave de este siglo en el cual
París se enraiza"
(Benjamin). Los pasajes
expresarían así
"todo" el siglo XIX,
constituirían la clave para su
comprensión. Creo, mientras
tanto, que Benjamin poco a poco
se da cuenta de la fragilidad de
esta proposición inicial. La
París de Balzac es muy distinta
de la París de Baudelaire. La
distancia que se interpone entre
ellas es ocupada por las
transformaciones urbanísticas,
por el advenimiento de la luz
eléctrica y de los tranvías,
por la invención del
cinematógrafo y de los nuevos
estilos arquitectónicos en
hierro y vidrio, estaciones
ferroviarias y grands magasins.
Con el pasar de los años París
se metamorfosea apartándose de
su pasado arraigado al Antiguo
Régimen. El esplendor de los
pasajes tiene incluso una vida
corta confinándose al periodo
que va del final de los años 20
al inicio de los 50
("Razones de la caída de
los pasajes: calzadas grandes,
luz eléctrica, transformación
de la prostitución, cultura de
áreas abiertas", Benjamin).
Sería poco plausible elegir como
argumento central de análisis un
elemento en decadencia. Benjamin,
al renombrar su proyecto,
desplaza sus preocupaciones a una
totalidad que contiene en sí
huellas nodales para ser la
"capital del siglo
XIX", o mejor, un palco en
el cual se pondría en escena el
drama de la modernidad.
Una alegoría es,
mientras tanto, algo abstracto;
para comprenderla es necesario
subordinar el análisis a
elementos más concretos.
Benjamin los encontrará en temas
como: iluminación a gas, sistema
ferroviario, pasajes,
electricidad, fotografía,
folletín, magasins de
nouveautés, grands
magasins, etc. Su elección
de asuntos aparentemente dispares
no es casual; constituyen objetos
heurísticos que alegóricamente
expresan una
"realidad". París se
torna así "un mundo en
miniatura". La estrategia
benjaminiana privilegia, por lo
tanto, los "pequeños"
objetos. Lo que le llama la
atención es el trazado y los
nombres de las calles, de las
catacumbas, las edificaciones,
cómo se visten las personas,
comen y viven. Hay algo de Simmel
en esa mirada posicionada al lado
de los individuos y del paisaje.
Las relaciones sociales son
captadas en el fluir del día a
día. Se puede entender el estilo
de Benjamin como una propuesta de
contrapunto a una forma más
abstracta de trabajar las
relaciones sociales, punto de
vista que privilegiaría lo que
muchos historiadores denominan
actualmente "vida
cotidiana". En las ediciones
alemana y francesa del libro,
Rolf Tiedmann llama la atención
sobre este aspecto de la démarche
benjaminiana. Todo pasa como si
él se dejase envolver por un
"dulce empirismo",
abandonando el pensamiento a la
singularidad de los objetos.
Visto así, su enfoque se
encontraría en la
contracorriente de una filosofía
más académica (es de esa forma
como muchos autores entienden el
contraste entre Benjamin y
Adorno) o de una perspectiva
sociológica macro cuyo interés
focalizaría mucho más las
estructuras que propiamente el
dinamismo de las interacciones
sociales. Mientras tanto, es
preciso tener claro que la
temática de lo cotidiano no es
sólo fruto de una construcción
intencional del autor, de su
postura filosófica, sino que
penetra el propio material por
él utilizado. Es suficiente
mirar los textos citados a lo
largo del libro: Quand j
etais photographe (de Nadar,
1900). "La photographie au
salon de 1859" (de Figuier,
1989), Histoire de la
Publicité (de Datz, 1894), Ce
quon voit dans les rues de
Paris (de Fournel, 1858). Sin
olvidarnos de los diversos
escritos de Georges de
Avenel sobre "los mecanismos
de la vida moderna", que
hablan de alimentación,
transformación del comercio,
advenimiento del transporte
urbano, publicidad, estaciones de
tren, desagües, etc. Se trata de
un tipo de literatura, de
crónica escrita en primera
persona, en la cual la ciudad se
revela en sus entrañas. En ellas
se encuentran insertos los
individuos con sus modos de vida,
sus miedos y deseos. Basta mirar
las publicaciones de la época
para percibir hasta qué punto
los temas elaborados por Benjamin
se superponen a los asuntos por
éstas descriptos; por ejemplo,
en la Revue des Deux Mondes,
encontramos artículos sobre el
lujo, la distribución del agua
en París, las exposiciones
universales, el telégrafo sin
hilos, la hora legal, la
iluminación eléctrica, etc. El
ensayismo del siglo XIX moviliza
la imaginación de literatos,
periodistas, fotógrafos,
filósofos y críticos de arte.
París, en su día a día, es
tematizada en sus múltiples
aspectos. La forma de escritura
de esos autores se desarrolla en
el sabor de la idiosincrasia de
cada uno, nada tiene de
"universitaria" y
difícilmente podría encajarse
en las exigencias de una ciencia
social que apenas existía (la
sociología y la historia estaban
en proceso de estructuración
como campos autónomos del
saber). El ensayismo sobre
"la vida cotidiana" era
el lenguaje dominante en el cual
se expresaba la mayoría de los
escritos de la época. Benjamin,
al reapropiarse de ese legado
bibliográfico, ciertamente lo
resignificará, pero es difícil
decir que entre su propuesta y el
material disponible existe una
ruptura, por lo menos temática.
Benjamin bebe de la fuente de la Bibliothèque
Nationale para, allí sí,
elaborar su interpretación
personal.
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