
|
|
WALTER BENJAMIN
Construyendo
la Muralla China
Del
libro Imaginación y Sociedad,
Iluminaciones I (Taurus
Ediciones, Madrid 1988)Pongo al comienzo
una pequeña narración, tomada
de la obra que lleva el mismo
título, que pondrá de
manifiesto dos cosas: La magnitud
de este escritor y la dificultad
de dar sobre él un testimonio.
Kafka contaba supuestamente una
fábula china:
"El
emperador, a ti, miserable,
menguado súbdito, mínima sombra
imperial que huye a la más
lejana lejanía ante el sol
imperial, precisamente a ti te ha
enviado el emperador desde su
lecho de muerte un mensaje. Junto
al lecho ha susurrado el mensaje
a un mensajero que se
arrodillaba; y tanto le importaba
que hizo que se la repitiese al
oído. Con movimientos de cabeza
confirmaba la exactitud de lo
dicho. Y ante todos los
espectadores de su muerte (todas
las paredes, todos lo
impedimentos fueron derribados y
en la abierta escalera, batida
amplia y largamente, forman corro
todos los grandes del reino),
ante todos ellos despachó al
mensajero. Este se puso en
seguida en camino: un hombre
fuerte, incansable; echando una
vez hacia delante un brazo, luego
el otro, sea abría paso entre la
multitud; si encuentra
resistencia, muestra sobre su
pecho el signo del sol; avanza
con más facilidad que ningún
otro. Pero la multitud es tan
grande; sus habitaciones no
tienen fin. Si se abriese el
campo libre, cómo volaría y
qué pronto oirías en tu puerta
la espléndida llamada de sus
puños. En lugar de ello, se
consume en un esfuerzo inútil;
todavía sufre apretones en las
cámaras del palacio interior;
jamás llegará allá; y si lo
lograse, nada se ganaría con
ello; tendría entonces que
habérselas con los patios; y
tras los patios el segundo
palacio que los abarca; y otra
vez escaleras y patios; y otra
vez un palacio; y así durante
milenios; y si por fin se
descolgase por la puerta más
externa (cosa que nunca, nunca
sucederá), se encontraría en
primer lugar con la ciudad
residencial, el centro del mundo,
levantada muy alta sobre el
suelo. Nadie en absoluto la
atravesará con el mensaje de un
muerto. Tú en cambio te sientas
junto a tu ventana y sueñas con
él, cuando la tarde llega".
No interpretaré
esta historia. Porque no hace
falta indicación alguna por mi
parte para sentir que el aludido
es sobre todo el mismo Kafka.
¿Pero quién era Kafka? Él hizo
todo lo posible para embrollar el
camino de la respuesta a esa
pregunta. Resulta inconfundible
que es él mismo quien está en
el centro de su novela, lo cual
en cierto modo le empuja a hacer
invisible a quien las vive, a
hurtarlo, escondiéndolo en el
seno de la trivialidad. Y la
inicial K. con la que se designa
a la figura capital de su libro El
Castillo, no dice más de lo
que puede encontrarse en un
pañuelo o por dentro del borde
de un sombrero, con lo cual no se
sabe reconocer a quien haya
desaparecido. En todo caso de ese
Kafka podríamos formar una
leyenda; toda su vida se ha roto
la cabeza a cerca de cuál es su
aspecto, sin darse cuenta de que
hay espejos.
Pero volviendo a la
historia del comienzo, me
gustará de todos modos aludir a
cómo no se debe interpretar a
Kafka, ya que por desgracia es
ésta la única manera de enlazar
con lo que hasta ahora se ha
dicho sobre él. Es cierto que no
está traído por los pelos el
esquema filosófico-religioso que
se ha supuesto a los libros de
Kafka. También es muy posible
que el trato íntimo con un
escritor como Brod, meritorio
editor de sus escritos, haya
despertado o confirmado
semejantes pensamientos. Los
cuales, sin embargo, significan
un importante rodeo, casi diría
una violencia al mundo de Kafka.
Desde luego que es irrebatible la
afirmación de que éste ha
querido representar en su novela El
Castillo el poderío y el
ámbito superiores de la gracia,
en El Proceso los
inferiores, el juicio, y en la
última gran obra América
la vida terrena todo ello
entendido en el sentido
teológico. Sólo que este
método da resultados muchos
menores que el de una
interpretación, desde luego
mucho más difícil, del escritor
desde el centro de su mundo de
imágenes. Un ejemplo: el proceso
contra Joseph K. se tramita en
pleno día hábil en patios
traseros, en salas de espera,
siempre en lugares inusuales en
los que el acusado se extravía
con mayor frecuencia que se
encuentra. Y así un día se
halla en una buhardilla. Las
tribunas están llenas de gentes
que apretujadas estrechamente
siguen el procedimiento; se han
preparado para una sesión larga;
pero no es fácil aguantar allá
arriba; el techo que en
Kafka casi siempre es bajo-
oprime y pesa; por eso han
llevado cojines para apoyar en
ellos la cabeza. Y ésta es la
imagen exacta de lo que conocemos
como capitel, adornado con
figuras que hacen muecas, en las
columnas de tantas iglesias
medievales. Naturalmente que ni
que decir tiene que Kafka no
pretendió imitarlas. Pero si
tomamos su obra como un disco
reflectante, aparecerá ese
capitel, que desde hace mucho
tiempo pertenece al pasado, como
objeto propiamente inconsciente
de esa descripción. La
interpretación habría entonces
apartado su reflejo en sentido
contrario del espejo tan lejos
como había buscado el modelo
reflejado. Con otras palabras, en
el futuro.
La obra de Kafka es
profética. Las singularidades
sumamente precisas, de las que
está llena la vida de la cual se
ocupa, no son para el lector sino
pequeños signos, indicaciones y
síntomas de desplazamientos, que
el escritor siente que hacen
camino en todas las
circunstancias, sin que él
mismo, por cierto, pueda
ensamblarse en las nuevas
ordenaciones. Por eso no le queda
otro remedio que responder con
asombro, en el cual desde luego,
se mezcla un terror pánico, a
esas dislocaciones, casi
incompresibles de la existencia,
que delatan el establecimiento de
dichas leyes. Kafka está tan
lleno de ello que no es
imaginable un solo proceso que
bajo su descripción no se
disloque (descripción que no
significa otra cosa que
indagación). Con otras palabras,
todo lo que describe enuncia otra
cosa. La fijación de Kafka a
este único, sólo objeto, la
dislocación de la existencia,
puede provocar en el lector una
impresión de obstinación por su
parte. Pero en el fondo esa
impresión, igual que la seriedad
desconsolada, que la
desesperación es a la vista del
escritor mismo sólo una señal
de que Kafka ha roto con la prosa
puramente literaria. Tal vez su
prosa no prueba nada; en
cualquier caso está hecha de tal
modo que puede a cada momento
insertarse en contextos
demostrativos. Habrá que
recordar aquí la forma de hagadah:
así se llaman entre los judíos
las historia y anécdotas de la
literatura rabínica, que sirven
de ilustración y confirmación
de la doctrina (de la halacha).
Al igual que las partes de
hagadah en el Talmud, estos
libros son narraciones, una
hagadah que se mantiene, que se
demora en las descripciones más
detalladas, con la esperanza a la
par que la angustia de que la
fórmula, la instrucción de la
halacha, la doctrina pueda
empujarla en su camino.
Es así; la demora
es el auténtico sentido de ese
detallismo tan curioso, a veces
tan sorprendente, del que Max
Brod ha dicho que consiste en la
natural perfección de Kafka y su
búsqueda del camino recto. Brod
opina que de todas las cosas
serias de la vida vale lo que una
muchacha afirma de las cartas
enigmáticas de los funcionarios
en El Castillo: "Las
reflexiones a las que dan motivo
son infinitas". Pero lo que
a Kafka le gusta en esa infinidad
es el miedo ante el final. Por
eso tiene su detallismo un
sentido muy distinto al de los
episodios de una novela. Las
novelas se bastan a sí mismas.
Los libros de Kakfa nunca, puesto
que son narraciones. El escritor
ha aprendido, si es que se puede
hablar así, no de los grandes
novelistas, sino de autores mucho
más modestos, de los narradores.
Entre sus autores preferidos
estaban el moralista Hebel y el
suizo Robert Walser, de fondo tan
difícil.
Hemos hablado antes
de la cuestionable construcción
filosófico-religiosa que se ha
puesto a la base de la obra de
Kafka y en la cual se ha hecho de
la montaña del castillo el
asiento de la gracia. Que los
libros hayan quedado sin
terminar, eso es el dominio
propio de la gracia. Que en Kafka
no se exprese la ley nunca, eso y
no otra cosa es el ensamblamiento
agraciado del fragmento.
Quien tenga dudas
acerca de esto, que lo confirme
según lo que Max Brod refiere de
sus amistosas conversaciones con
el escritor sobre el final que
planeaba para El Castillo.
Tras una larga vida sin fuste y
sin calma en aquella aldea, se
encuentra K. inerme, perdidas las
fuerzas en la lucha, en su lecho
de muerte. Y entonces, por fin,
por fin aparece el mensajero del
castillo que trae la noticia
decisiva: este hombre no tiene
derecho alguno a habitar en esta
aldea, pero considerando ciertas
circunstancias marginales se le
permitirá vivir y trabajar en
ella. Pero el hombre muere en ese
momento.
Sentimos que esta
narración pertenece al mismo
orden de la fábula con la que
hemos comenzado. Además Brod nos
ha comunicado que en esta aldea y
al pie de la montaña del
castillo Kafka imaginaba una
determinada colonia, una pradera
en plenos montes. Por mi parte,
creo reconocer en ella la aldea
de una leyenda del Talmud. Es una
leyenda con la que un rabino
contesta a la pregunta capciosa
de por qué el judío prepara el
viernes por la tarde un banquete.
Cuenta entonces la historia de
una princesa que languidecía en
el destierro, lejos de sus gentes
y entre un pueblo cuya lengua no
entiende. Un día le llega a la
princesa una carta con la noticia
de que su prometido no la ha
olvidado y se ha puesto en camino
para encontrarla. El prometido,
dice el rabino, es el Mesías, la
princesa el alma, y la aldea en
la que está desterrada el
cuerpo. Y como no puede dar a
aquellos que no conocen su lengua
señal alguna de su alegría,
adereza el alma un banquete para
su el cuerpo.
Un pequeño
desplazamiento de acentos en esta
historia talmúdica y ya estamos
en medio del mundo kafkiano. El
hombre actual vive en su cuerpo
como K. en la aldea al pie de la
montaña del castillo: cómo un
extraño, como un paria que nada
sabe de las leyes que unen a ese
cuerpo con otros órdenes
superiores. Quizá ilustre este
lado del asunto que Kafka coloque
con tanta frecuencia animales en
el centro de sus narraciones.
Podemos seguir un buen rato sus
historias de animales sin
percatarnos en absoluto de que no
se trata en ellas de hombres. Al
topar con el nombre del animal
un ratón o una araña-
despertamos asustados y
advertimos de una vez que estamos
muy lejos del continente del
hombre. Por cierto que la
elección de animales, en cuyos
pensamientos Kafka envuelve los
suyos, está llena de
referencias. Siempre son de los
que viven dentro de la tierra o
al menos, como el escarabajo de Metamorfosis,
de los que se esconden entre las
grietas y hendiduras del suelo.
Este madriguerismo es lo único
que al escritor le parece
adecuado para los miembros de su
generación, aislados,
desconocedores de la ley y para
su mundo entorno. Pero esa falta
de legalidad se ha ido formando;
Kafka no se cansa de designar los
mundos de los que habla como
viejos, corrompidos, vividos en
demasía, polvorientos. Los
aposentos en los que se
desarrolla el proceso son igual
que los ordenamientos según los
cuales se procede en la colonia
de castigo o que los hábitos
sexuales de las mujeres que
están al lado de K. Pero no
sólo en las figuras femeninas,
que todas viven en una
promiscuidad sin barreras,
podemos palpar la depravación de
ese mundo; con la misma
desvergüenza la proclama en sus
obras y manejos el poderío
superior, del que acertadamente
se sabe que es tan cruel como el
inferior y que como él juega con
sus víctimas de manera felina.
"Ambos mundos son un
laberinto medio oscuro,
polvoriento, estrecho, mal
aireado, de cancillerías,
despachos, salas de espera, con
una jerarquía imprevisible de
empleados pequeños y grandes y
muy grandes y enteramente
inasequibles, empleados
inferiores, conserjes, abogados,
auxiliares, botones, que
externamente hacen el efecto de
una ridícula y absurda parodia
burocrática". Se ve que los
superiores tampoco tienen ley,
que aparecen en el mismo grado
que los inferiores, que las
criaturas de todos los órdenes
pululan en montones sin paredes
divisorias, furtivamente
solidarias sólo en un único
sentimiento, el miedo. Un miedo
que no es reacción, sino
órgano. No es difícil
determinar para qué tienen en
todo tiempo una aguda,
insoslayable sensibilidad. Pero
antes de que conozcamos su
objeto, nos da que pensar la
curiosa, doble situacionalidad de
dicho órgano. Recordemos la
metáfora del espejo al comienzo.
Ese miedo es a la par y por
partes iguales, miedo ante lo muy
antiguo, ante lo inmemorial, y
miedo ante lo más próximo, ante
lo que está surgiendo. Para
decirlo de una frase: es miedo
ante la culpa desconocida y su
expiación, cuya única,
imperiosa bendición es que se de
a conocer la culpa.
La dislocación más
precisa, tan característica para
el mundo de Kafka, procede de que
en él lo nuevo, grande y
liberador se representa tras la
figura de la expiación en tanto
lo que ya ha sido no esté
penetrado, conocido y abolido por
entero. Por eso Willy Haas ha
descifrado con toda razón como
olvido la culpa desconocida que
conjura el proceso contra Joseph
K. La creación literaria de
Kafka rebosa de configuraciones
del olvido mudas súplicas
de que por fin llegue a
ocurrírsenos. Pensemos en el
"cuidado del padre de
familia", en la extraña
madeja parlante Odradek, de la
que nadie sabe lo que es, o en el
escarabajo, el héroe de Metamorfosis,
del que sabemos muy requetebién
lo que era, un hombre, o en el
"cruce", el animal que
es mitad felino, mitad cordero,
para el cual el cuchillo del
matarife tal vez fuera una
redención.
Si voy a mi
pequeño jardín
a regar mi pequeña flor
haya allí un jorobadito
que empieza a estornudar
Así dice una
insondable canción popular.
También el hombrecito jorobado
es algo olvidado que una vez
supimos y que estaba ya en paz,
aunque ahora nos ataja el camino
hacia el futuro. Es enormemente
significativo que Kafka no haya
creado la figura del hombre más
religioso, del hombre bueno, pero
que sí la haya reconocido y en
quién. Y en nadie más que en
Sancho Panza, que se ha redimido
de la promiscuidad con el demonio
al lograr darle otro objeto
distinto de sí mismo. Así es
como llevaba una vida tranquila
en la que no necesitaba olvidar
nada.
"A lo largo de
los años", dice su
interpretación tan breve como
espléndida, "logró Sancho
Panza, proporcionándole en las
horas de la tarde y de la noche
una gran cantidad de novelas de
caballería y de ladrones a su
diablo, al que más tarde llamó
Don Quijote, que éste se
distrajese de él y que montase
las fechorías más locas e
inconsistentes, que sin embargo a
falta de un objeto
predeterminado, que hubiera
debido ser Sancho Panza, no
dañaban a nadie. Sancho Panza,
un hombre libre, seguía de buen
ánimo, quizá por un sentimiento
de responsabilidad, a Don Quijote
en sus andanzas y en ello tenía
entretenimiento muy útil hasta
su fin".
Si las novelas del
escritor son los campos bien
abonados que deja tras sí, el
nuevo volumen de historia, del
que hemos tomado esta
interpretación, es la bolsa del
sembrador llena de granos, que
tienen la fuerza de los
naturales, de lo que sabemos que
después de milenios, sacados de
las cavas a la luz del día, dan
fruto.
Volver a Libros
2000-2007 Revista
Contratiempo | Buenos Aires |
Argentina
Directora Zenda Liendivit
/
|
|