
George Grosz, Schull
und Rauch
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Walter Benjamin
Mendigos
y prostitutas
Del libro
Infancia en Berlín hacia 1900,
Walter Benjamin (Ediciones
Alfaguara, Buenos Aires 1990)En mi infancia
estuve aprisionado por el antiguo
y el nuevo Oeste. Mi clan vivía
por entonces en dos barrios, con
una actitud en la que se
mezclaban la obstinación y el
amor propio que hacía de ambos
un ghetto al que consideraba como
su feudo. En este barrio de
propietarios quedé encerrado,
sin saber nada de los otros. Para
los niños de mi edad, los pobres
sólo existían como mendigos. Y
supuso un gran paso adelante en
mis conocimientos cuando, por
primera vez, la pobreza se me
traslució por la ignominia de un
trabajo mal pagado. Era una
pequeña composición, la primera
tal vez, que había redactado
para mí. Tenía que ver con un
hombre que reparte hojas y con
las humillaciones que sufre por
parte del público que no tiene
interés en las hojas. Así
sucede que el pobre, y con esto
concluía, se desembaraza con
disimulo de todo su paquete.
Ciertamente, la manera más
ineficaz para aclarar la
situación. Pero entonces yo no
alcanzaba a comprender ninguna
otra forma de sublevación sino
la del sabotaje, y ésta, sin
duda, por propia experiencia.
Recurría a ella cuando trataba
de eludir a mi madre. Sobre todo
en los "recados", y con
una porfía y terquedad que a
menudo desesperaban a mi madre. Y
es que había adquirido la
costumbre de quedarme siempre
rezagado. Era como si de ningún
modo quisiese hacer frente aunque
fuera a mi propia madre. Lo que
tenía que agradecer a esta
resistencia soñadora durante los
paseos comunes por la ciudad se
mostró más tarde cuando su
laberinto se franqueó al
instinto sexual. Este, sin
embargo, no buscaba el cuerpo con
los primeros tanteos, sino a
Psyque, cuyas alas relucían
pútridas a la luz de una farola
de gas o reposaban, sin haberse
desplegado, cual ninfa, debajo de
la pelliza. Entonces me regala
con una mirada que no parecía
captar ni la tercera parte de lo
que en realidad abarcaba. Pero ya
en aquella época, cuando mi
madre me regañaba por mi
hosquedad y mi modo de andar
soñoliento, sentí la
posibilidad confusa de librarme
más tarde de su dominio, en
unión de estas calles, en las
que aparentemente no me
orientaba. En todo caso, no cabe
duda de que la sensación
engañosa, por desgracia-
de abandonarla a ella, a su clase
y a la mía, era la causa del
impulso sin igual de dirigirme a
una prostituta en plena calle.
Podían pasar horas hasta que
llegué a ponerlo en práctica.
El pavor que iba sintiendo era el
mismo que me hubiese producido un
autómata al que una simple
pregunta fuera suficiente para
ponerlo en marcha. Y así eché
mi voz por la hendidura. Luego me
zumbaban los oídos y no era
capaz de recoger las palabras que
cayeron de la boca pintarrajeada.
Me fui corriendo, para repetir la
misma noche, y en otras muchas,
el temerario intento. Y cuando me
detenía, a veces al amanecer, en
algún portal, los lazos
asfálticos de la calle me
tenían enredado sin remedio y no
fueron precisamente las manos
más limpias las que me
liberaron.
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