
Berlín hacia
1900
|
Walter Benjamin
Crónica de
Berlín (fragmento)
Del libro "Escritos
Autobiográficos", Walter
Benjamin, Alianza. Madrid, 1996El lenguaje ha
supuesto inequívocamente que la
consciencia no sea un instrumento
para explorar el pasado, sino su
escenario. Es el medio de lo
vivido, como la tierra es el
medio en el que las ciudades
muertas yacen sepultadas. Quien
se trate de acercar a su propio
pasado sepultado debe comportarse
como un hombre que cava. Eso
determina el tono, la actitud de
los auténticos recuerdos. Éstos
no deben tener miedo a volver una
y otra vez sobre uno y el mismo
estado de cosas; esparcirlo como
se esparce tierra, levantarlos
como se levanta la tierra al
cavar. Pues los estados de cosas
son sólo almacenamiento, capas,
que sólo después de la más
cuidadosa exploración entregan
lo que son los auténticos
valores que se esconden en el
interior de la tierra: las
imágenes que, desprendidas de
todo contexto anterior, están
situadas como objetos de valor
como escombros o torsos en
la galería del coleccionista- en
los aposentos de nuestra
posterior clarividencia. Y no
cabe duda que para emprender
excavaciones con éxito se
requiere un plan. Pero igual de
imprescindible es la prospección
cuidadosa de tanteo en la oscura
tierra, y aquel que guarde en su
escrito únicamente el inventario
de los hallazgos sin incluir esta
oscura suerte del propio lugar
exacto donde los ha encontrado,
ése se está privando a sí
mismo de lo mejor. La búsqueda
desafortunada forma parte de ello
tanto como la afortunada, de ahí
que el recuerdo no deba avanzar
de un modo narrativo, ni menos
aún informativo, sino ensayar
épica y rapsódicamente, en el
sentido estricto de la palabra,
su prospección de tanteo en
lugares siempre nuevos, indagando
en los antiguos mediante capas
cada vez más profundas.
Sin duda hay
incontables fachadas de la ciudad
que están exactamente igual que
en mi infancia; pero cuando las
miro no me encuentro con mi
propia infancia. Con demasiada
frecuencia las han rozado mis
miradas desde entonces, con
demasiada frecuencia han sido
decoración y escenario de mis
paseos y recados. Y las pocas que
constituyen una excepción a esta
regla sobre todo la iglesia
de San Mateo en la plaza de San
Mateo- quizá sólo lo sean
aparentemente. Pues ¿realmente
he visto de niño con frecuencia,
o he conocido siquiera ese
rincón, tan apartado como está?
No lo sé. Eso que hoy me dice se
lo debe probablemente en su
totalidad a la propia
arquitectura: a la iglesia con
sus dos angulosos tejados a dos
vertientes encima de las naves
laterales y con el ladrillo
amarillo y ocre del que está
hecha. Es una idea pasada de moda
con la que sucede como con
algunos edificios pasados de
moda; aunque por supuesto no han
sido pequeños con nosotros,
aunque tal vez ni siquiera nos
conocían cuando éramos niños,
sin embargo saben muchas cosas de
nuestra infancia y los amamos por
ello. Pero yo me encontraría a
mí mismo muy cambiado
actualmente, a esta edad, si
tuviese el valor de cruzar la
puerta de cierta casa por la que
he pasado de largo miles de
veces. Una puerta situada en el
Viejo Oeste. Aunque ni ella ni la
fachada de su casa le dicen nada
ya a mis ojos. Las plantas de los
pies seguramente serían las
primeras que, una vez cerrada la
puerta de la casa detrás de mí,
me avisarían de que habían
encontrado en mi propio interior
la distancia y el número de los
ya pisados escalones, de que al
entrar en esta pisada escalera
que une las plantas del edificio
habían encontrado viejos
rastros, y si no vuelvo a cruzar
el umbral de esa casa es por
miedo a que un encuentro con ese
interior de la escalera que, en
su retiro, ha conservado la
capacidad de reconocerme que la
fachada ya perdió hace mucho
tiempo. Pues ella, con sus
cristales de colores, ha
permanecido igual, pero en el
interior, donde se habita, nada
siguió siendo como antes.
Monótonos versos llenaban los
intervalos de los latidos de
nuestros corazones cuando,
agotados, hacíamos una pausa en
el descansillo que hay entre las
plantas. En ellas se reflejaba la
luz del atardecer, o bien
relampagueaba una ventana de la
que una mujer de marrón castaño
con una copa salía flotando como
la Madonna de Rafael de una
hornacina, y mientras los
cordones del cartapacio me
cortaban en los hombros yo tenía
que leer: El trabajo es el adorno
del ciudadano, el éxito es la
recompensa del esfuerzo. Afuera
llovía otra vez. Uno de los
cristales de colores estaba
abierto, y al ritmo de las gotas
se continuaba escaleras arriba.
Nunca me he tumbado
en la calle en Berlín. He visto
el arrebol del crepúsculo y el
de la aurora, pero entre medio
estaba cobijado. Sólo saben algo
de una ciudad que yo no conozca
aquellos para quienes la miseria
o el vicio la han convertido en
un paisaje por el que vagan desde
el anochecer hasta el amanecer.
Yo siempre he encontrado un
alojamiento, si bien algunas
veces era uno tardío y además
desconocido que no volvía a
ocupar y en el que tampoco estaba
solo. Cuando a esas horas tan
tardías me detenía bajo un
portal, mis piernas se habían
enredado en las cuerdas de la
calle, y no eran precisamente las
manos más limpias las que me
liberaban.
Los recuerdos,
incluso cuando se extienden en
detalles, no siempre representan
una autobiografía. Y con toda
seguridad esto no lo es, ni
siquiera en lo referente a los
años de Berlín, que son de los
que únicamente aquí se trata.
Pues la autobiografía tiene que
ver con el tiempo, con el
transcurso y con aquello que
constituye el constante fluir de
la vida. En cambio aquí se trata
de un espacio, de momentos y de
inconstancia. Pues aunque
también aquí aparecen meses y
años, lo hacen en la forma que
tienen en el momento de la
rememoración. Esta extraña
forma llámese fugaz o
eterna-, en ningún caso la
materia de la que está hecha es
la de la vida. Y eso se revela
aún menos en el papel que aquí
desempeñará mi propia vida que
en el de las personas que eran
cuando fuese y quienes
fuesen- las más próximas a mí
en Berlín. El ambiente de la
ciudad que aquí se evoca sólo
les permite a ellas una breve y
vaga existencia. Se introducen
furtivamente en sus paredes como
mendigos, emergen fantasmalmente
en sus ventanas, para luego
desaparecer, husmean por los
umbrales igual que un genius
loci, y si efectivamente
ellas llenan incluso barrios
enteros con sus nombres, lo hacen
del mismo modo que el nombre de
un muerto llena la lápida de su
tumba. El Berlín sensato y
ruidoso, la ciudad del trabajo y
la metrópoli del tráfago,
realmente se ha mostrado no menos
sino más bien más llena que
algunas otras de muertos en los
lugares y en los instantes en que
da testimonio de esos muertos, y
tal vez el oscuro sentido de
estos instantes, de estos
lugares, sea más que cualquier
otra cosa lo que le da a la
infancia eso que la hace tan
difícil de comprender y al mismo
tiempo tan seductoramente
atormentadora como los sueños
medio olvidados. Pues la niñez,
que no conoce ninguna oposición
preconcebida, tampoco conoce
ninguna sobre la vida. Se muestra
tan artificialmente unida (aunque
no menos reservada) al reino de
los muertos, allí donde éste
surge introducido en el de los
vivos, que a la propia vida. Es
difícil saber hasta dónde es
capaz un niño de remontarse;
depende de muchas cosas: de la
época, del entorno, de la
naturaleza y de la educación.
Que mi sensibilidad a esa
tradición de la ciudad de
Berlín que no se deja refundir
en unos cuantos datos sobre la
redada de Stralau, Fridericus mil
ochocientos cuarenta y ocho, es
decir, a esa tradición
topográfica que representa la
unión con los muertos de este
suelo, sea limitada, está
determinado por el hecho de que
las familias de mis padres no
fueran nativas de aquí. Esto
pone sus límites al recuerdo
infantil, y es éste, más que la
propia experiencia infantil, la
que se expresa a continuación.
Pero por donde quiera que
discurra este límite, es seguro
que la segunda mitad del siglo
XIX está a este lado del mismo,
y a ella es a la que pertenecen
las siguientes imágenes, no en
el sentido de imágenes generales
sino en el de aquellas que según
la teoría de Epicuro se disocian
constantemente de las cosas y
condicionan nuestra percepción
de ellas.
A la espalda quedaba
el almacén, con las peligrosas y
pesadas puertas que dentro de las
fuertes espirales oscilaban
elásticamente, y ahora se había
entrado en el embaldosado, que
estaba resbaladizo por el agua
del pescado o por el agua de
fregar y sobre el que tan
fácilmente se podía uno
resbalar con zanahorias o con
hojas de lechuga. Detrás de
separaciones de alambre, cada una
provista de un número, reinaban
las mujeres de torpes
movimientos, sacerdotisas de
Ceres en venta, mercaderes de
todos los frutos del campo y del
árbol, de todos los pájaros,
peces y mamíferos comestibles,
alcahuetas, colosos intocables,
de lana de labores, que de puesto
a puesto se entendían temblando
como un relampagueo de los
grandes botones de nácar o con
un golpe al negro delantal
retumbante o al monedero lleno de
dinero. Bullía, brotaba y se
hinchaba bajo el dobladillo de
sus faldas, ¿no era éste el
verdadero suelo fértil? ¿No
arrojaba a sus regazos un dios
del mercado en persona los
artículos fresas,
mariscos, setas, masas compactas
de carne y de berza-,
invisiblemente presente junto a
ellas, que se le encomendaban
mientras que, apáticas y
silenciosas, pasaban revista a
las filas de las amas de casa
indecisas que, cargadas con
cestos y bolsos, se afanaban en
conducir a su cría delante de
ellas por esas callejuelas
resbaladizas de mala reputación?
Y cuando en invierno se
encendían temprano por la tarde
las lámparas de gas, uno creía
de pronto sumergirse y sólo
entonces sentir en el suave
resbalar la profundidad que se
esconde bajo la superficie
marítima que, perezosa y
traslúcida, se movía en las
aguas estancadas y vidriosas.
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