WALTER
BENJAMIN
Sobre el
lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres
Del libro ANGELUS NOVUS, Walter Benjamin
(Editorial Sur, Barcelona / 1971)
Toda manifestación de la
vida espiritual humana puede ser
concebida como una especie de lenguaje y
esta concepción plantea como todo
método verdadero- múltiples problemas
nuevos. Se puede hablar de una lengua de
la música y de la escultura, de una
lengua de la jurisprudencia, que no tiene
directamente ninguna relación con
aquellas en que son redactadas las
sentencias de los tribunales ingleses o
alemanes, de una lengua de la técnica,
que no es la especializada de los
técnicos. Lenguaje significa en este
contexto el principio encaminado a la
comunicación de contenidos espirituales
en los objetos en cuestión: en la
técnica, en el arte, en la justicia o en
la religión. En resumen, toda
comunicación de contenidos espirituales
es lenguaje. La comunicación mediante la
palabra constituye sólo un caso
particular, el del lenguaje humano y del
que está en la base de éste o fundado
en él (jurisprudencia, poesía). Pero la
realidad del lenguaje no se extiende
sólo a todos los campos de expresión
espiritual del hombre a quien en un
sentido y otro pertenece siempre una
lengua-, sino a todo sin excepción. No
hay acontecimiento o cosa en la
naturaleza animada o inanimada que no
participe de alguna forma de la lengua,
pues es esencial a toda cosa comunicar su
propio contenido espiritual. Y la palabra
"lengua" en esta acepción no
es en modo alguno una metáfora. Puesto
que es una noción plenamente objetiva la
de que no podemos concebir nada que no
comunique en la expresión su esencia
espiritual, el mayor o menor grado de
conciencia con el que se logra
aparentemente (o realmente) esta
comunicación no modifica en nada el
hecho de que no podemos representarnos en
ninguna cosa una completa ausencia de
lenguaje. Un ser que estuviese
enteramente sin relaciones con la lengua
es una idea; pero esta idea no puede
resultar fecunda ni siquiera en el
ámbito de las ideas que definen, en su
contorno, la de Dios.
/Sólo
esto es verdad: en esta terminología
cada expresión, en cuanto es una
comunicación de contenidos espirituales,
está vinculada con el lenguaje. Y no hay
dudas de que la expresión, en su entera
esencia, sólo puede ser entendida como
lenguaje; y por otra parte, para entender
a un ser lingüístico es necesario
preguntarse siempre de qué ser
espiritual es él la expresión
inmediata. Es decir que la lengua
alemana, por ejemplo, no es precisamente
la expresión para todo aquello que
nosotros podemos o suponemos poder
expresar a través de ella, sino que es
la expresión inmediata de lo que en ella
se comunica. Ese "se" es una
esencia espiritual. Por lo que resulta ya
obvio que la esencia espiritual que se
comunica en la lengua no es la lengua
misma sino algo distinto de ella. La
opinión de que la esencia espiritual de
una cosa consista en su lengua, tal
opinión, tomada como hipótesis, es el
gran abismo en el cual corre el riesgo de
caer toda teoría del lenguaje, y su
tarea consiste en mantenerse sobre ese
abismo, justamente sobre él. La
distinción entre el ser espiritual y el
lingüístico mediante el cual el primero
se comunica, es la distinción primordial
en una investigación de teoría
lingüística. Y esta diferencia se
aparece en forma tan indudable que
incluso la identidad a menudo afirmada
entre esencia espiritual y lingüística
constituye una paradoja profunda e
incomprensible
Sin embargo, esta
paradoja como solución tiene su puesto
en el centro de la teoría del lenguaje,
a pesar de seguir siendo tan paradójica
e insoluble como cuando se la pone al
comienzo.
¿Qué comunica la lengua?
La lengua comunica la esencia espiritual
que le corresponde. Es fundamental saber
que esta esencia espiritual se comunica
en la lengua y no a través de la lengua.
No hay por lo tanto un sujeto hablante de
las lenguas, si con ello se entiende a
quien se comunica a través de tales
lenguas. El ser espiritual se comunica en
y no a través de una lengua: es decir,
no es exteriormente idéntico al ser
lingüístico. El ser espiritual se
identifica con el lingüístico sólo en
cuanto es comunicable. Lo que en un ser
espiritual es comunicable es su ser
lingüístico. La lengua comunica por lo
tanto el ser lingüístico de las cosas,
pero comunica su ser sólo en la medida
en que está directamente encerrado en el
lingüístico, sólo en la medida en que
es comunicable.
La lengua comunica el ser
lingüístico de las cosas. Pero su
manifestación más clara es la lengua
misma. La respuesta a la pregunta: ¿qué
comunica la lengua? Es, por lo tanto:
cada lengua se comunica a sí misma. El
lenguaje de esta lámpara, por ejemplo,
no comunica la lámpara (pues la esencia
espiritual de la lámpara, en cuanto
comunicable, no es en absoluto la
lámpara misma), sino
la-lámpara-del-lenguaje, la
lámpara-en-la-comunicación, la
lámpara-en-la-expresión. Pues así
acontece en la lengua: el ser
lingüístico de las cosas es su lengua.
La comprensión de la teoría
lingüística depende de la capacidad de
llevar dicha afirmación a un grado de
claridad que elimine en ella toda
apariencia de tautología. Esta
proposición no es tautológica, puesto
que significa: lo que en un ser
espiritual es comunicable es su lengua.
Todo depende de este
"es" (que significa "es
inmediatamente"). No: aquello que en
un ser espiritual es comunicable se
manifiesta con la máxima claridad en su
lengua, como se ha dicho en forma de
tránsito; pero eso comunicable es
inmediatamente la lengua misma. O la
lengua de un ser espiritual es
inmediatamente aquello que en él es
comunicable. Aquello que en un ser
espiritual es comunicable es aquello en
lo cual se comunica; es decir, cada
lengua se comunica a sí misma, cada
lengua es en el sentido más puro-
el "medio" de la comunicación.
Lo "medial", es decir lo
inmediato de cada comunicación
espiritual, es el problema fundamental de
la teoría lingüística, y si se quiere
llamar mágica a esta inmediatez, el
problema originario de la lengua es su
magia. La fórmula bien conocida de la
magia del lenguaje envía a otra: a su
infinidad. La infinidad está
condicionada por la inmediatez.
Justamente debido a que nada se comunica
a través de la lengua, lo que se
comunica en la lengua no puede ser
delimitado o medido desde el exterior, y
por ello es característica de cada
lengua una inconmensurable y específica
infinidad. Su esencia lingüística, y no
sus contenidos verbales, define sus
confines.
La esencia lingüística de
las cosas es su lengua: esta
proposición, aplicada al hombre, dice:
la esencia lingüística del hombre es su
lengua. Es decir que el hombre comunica
su propia esencia espiritual en su
lengua. Pero la lengua de los hombres
habla en palabras. El hombre comunica por
lo tanto su propia esencia espiritual (en
la medida en que es comunicable)
nombrando todas las otras cosas. Pero
¿conocemos otras lenguas que nombran las
cosas? No se objete que no conocemos otra
lengua fuera de la del hombre: no es
cierto. En realidad, no conocemos ninguna
lengua denominante fuera de la del
hombre; al identificar lengua denominante
con lengua en general, la teoría
lingüística se priva de sus nociones
más profundas. La esencia lingüística
del hombre es por lo tanto nombrar las
cosas.
¿Por qué las nombra? ¿Con
quién se comunica el hombre? -¿Es acaso
este problema en el caso del hombre
distinto que en otras comunicaciones
(lenguas)? ¿Con quién se comunica la
lámpara? ¿Y la montaña? ¿Y el zorro?-
Pero aquí la respuesta dice: con el
hombre. Ello no es en absoluto
antropomorfismo. La verdad de esta
respuesta se revela en el conocimiento y
quizás también en el arte. Además: si
la lámpara y la montaña y el zorro no
se comunicaran con el hombre, ¿cómo
podría él nombrarlos? Pero los nombra;
se comunica nombrándolos. ¿Con quién
se comunica?
Antes de responder a esta
pregunta es menester examinar aún la
pregunta: ¿cómo se comunica el hombre?
Es necesario establecer una diferencia
profunda, una alternativa frente a la
cual se desenmascare inevitablemente la
concepción esencialmente falsa de la
lengua. ¿Comunica el hombre su ser
espiritual mediante los nombres que da a
las cosas? ¿O más bien en tales
nombres? En la paradoja de esta pregunta
está ya su respuesta. Quien considera
que el hombre comunica su ser espiritual
a través de los nombres no puede
sostener que es su ser espiritual lo que
comunica, porque ello no acontece a
través de los nombres de cosas, a
través de las palabras con las que las
cosas son designadas. Sólo puede
sostener que el hombre comunica un objeto
a otros hombres, porque ello ocurre
mediante la palabra con la cual designo
una cosa. Esta concepción es la
concepción burguesa de la lengua, cuya
vacua inconsistencia resultará enseguida
más clara. Tal teoría dice que el medio
de la comunicación es la palabra, que su
objeto es la cosa y que su destinatario
es un hombre. Mientras que la otra
teoría no distingue ningún medio,
ningún objeto, ningún destinatario de
la comunicación. Dice: en el nombre el
ser espiritual del hombre se comunica con
Dios.
El nombre tiene en el campo
de la lengua sólo este significado y
esta función incomparablemente alta: la
de ser la esencia más íntima de la
lengua misma. El nombre es aquello a
través de lo cual no se comunica
absolutamente nada. En el nombre la
esencia espiritual que se comunica es la
lengua. Allí donde la esencia espiritual
en su comunicación es la lengua misma en
su absoluta integridad, allí sólo está
el nombre y allí está el nombre solo.
El nombre como patrimonio de la lengua
humana garantiza, por lo tanto, que la
lengua humana es la esencia espiritual
del hombre; y sólo por ello la esencia
espiritual del hombre, el único entre
todos los seres espirituales, es
enteramente comunicable. Ello funda la
diferencia entre la lengua humana y la de
las cosas. Pero dado que la existencia
espiritual del hombre es la lengua misma,
el hombre no puede comunicarse a través
de ella, sino en ella. La síntesis de
esta totalidad intensiva de la lengua
como esencia espiritual del hombre es el
nombre. El hombre es aquel que nombra, y
por ello vemos que habla la pura lengua.
Toda naturaleza, en cuanto se comunica,
se comunica en la lengua, y por lo tanto
en última instancia en el hombre. Por
ello el hombre es el señor de la
naturaleza y puede nombrar las cosas.
Sólo a través de la esencia
lingüística de las cosas llega el
hombre desde sí mismo al conocimiento de
éstas: en el nombre. La creación de
Dios se completa cuando las cosas reciben
su nombre del hombre, de quien en el
nombre habla sólo la lengua. Se puede
definir el nombre como la lengua de la
lengua (con tal de que el genitivo no
signifique la relación del medio sino de
lo central), y en este sentido
ciertamente, puesto que habla en el
nombre, el hombre es el sujeto de lengua
y por ello mismo el único. En la
designación del hombre como parlante
(que es, según la Biblia, el dador de
nombres: "toda denominación que el
hombre pusiera a los seres vivientes, tal
fuese su nombre") muchas lenguas
encierran en sí este conocimiento
metafísico.
Pero el nombre no es sólo
la última exclamación, sino también la
verdadera alocución de la lengua.
Aparece así en el nombre la ley esencial
de la lengua, para la cual expresarse y
apostrofar toda otra cosa es un mismo
movimiento. La lengua y en ella un
ser espiritual- se expresa puramente
sólo cuando habla en el nombre, es decir
en la denominación universal. Culmina
así en el nombre la totalidad intensiva
de la lengua como del ser espiritual
absolutamente comunicable, y la totalidad
extensiva de la lengua como de ser
universalmente comunicante (denominante).
La lengua es imperfecta en su esencia
comunicante, en su universalidad, cuando
el ser espiritual que ella habla no es
lingüístico, es decir, comunicable, en
toda su estructura. Sólo el hombre tiene
la lengua perfecta en universalidad e
intensidad.(...)
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