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LITERATURA
Sobre Comment
dire de Samuel Beckett
Cómo decir lo Otro
NORMA GARZA SALDÍVAR
La última obra de Samuel Beckett es justamente este
poema escrito originalmente en francés: Comment dire,
“What is the Word” en su
versión inglesa o “Cómo decir” en la española, de un Beckett
octogenario en su pequeña habitación de un asilo, donde
pasó sus últimos días para morir en 1989. Quizá, como han dicho
algunos, este poema aparece,
con la distancia de los años, como una especie de testamento
literario que sintetiza el germen de su obra entera; otros, en
cambio, ven este poema sin ningún carácter testamentario, mostrando
solamente “las dudas preafásicas de un anciano”. Sin embargo, no es
indiferente que se trate de un texto poético, pues
como ha escrito Jenaro Talens, en su introducción a la Obra
poética completa, Beckett “no es un novelista o dramaturgo que
en determinada época de su vida escribió poesía, sino es
esencialmente un poeta que ha utilizado los diferentes géneros
literarios para expresarse.” (2002:22).
El título del poema, ya en sí mismo
recoge la pregunta fundamental inscrita, de algún modo, en todos sus
textos: ¿cómo decir?, o cómo plantear la relación entre lo visual y
lo verbal; entre mirada y palabra como el sello constante de la
creación beckettiana (Carriedo, 2006). El
cómo decir de Beckett, la voz poética de su visión del mundo,
vislumbra las palabras como señales de fractura de
la representación de su decir acerca de lo que ve o
cree entrever.
Me
interesa en particular la mirada del autor en este poema porque se
vincula con una de las vertientes que se despliegan de la otredad,
como un modo de acercamiento a lo extraño, o como una forma de
cuestionar la familiaridad con la que nos movemos y el concepto
mismo de identidad. En efecto,
la escritura poética de Beckett redescubre el
lenguaje, y lo rescata del ruido y la charlatanería comunicacional.
De ahí que en muchos
casos, la literatura y el ensayo filosófico proyecten la experiencia
de la extrañeza, el “espacio de lo extraño”, diría
Maurice Blanchot, como un
campo de fuerza, donde el ser aparece desapareciendo, se afirma
sustrayéndose. Presencia ausente en un diálogo infinito e
inconcluso, que no tiende a la unidad o a la apropiación
sino a
la distancia como una constante expulsión de
lo propio para tornar en lo extraño y extranjero, en la extrañeza
del sí mismo.
La
escritura poética o ensayística nos acerca a esa presencia-ausente
del Otro en mí, ese espacio de tensión que se mueve justamente en lo
que Blanchot llamaba el “entre”, lugar de suspensión, sin cierre,
sin centro. Quizá sea el lugar de la periferia en donde la
experiencia de la escritura desarticula los límites de los géneros y
los saberes. Incesante movimiento o desplazamiento entre la palabra
y el silencio, entre la lejanía de lo “allá lejos” y la cercanía de
“todo este esto de aquí”; entre la locura de lo visto “todo este
esto de aquí” y la lucidez del “querer creer entrever”. Escritura
donde lo incierto de la percepción se refleja en lo incierto del
decir, porque se muestra justamente el problema de no poder
apropiarse o representar el afuera, sino desde o, mejor, en el
entre, manteniendo “un ojo vuelto hacia fuera y otro hacia dentro”,
como el mismo Beckett escribe.
La
extrañeza del poema, de la escritura, como la imposibilidad de
reducción a una lógica identitataria, identificadora, de lo que nos
aseguraría o nos resguardaría de la “contaminación” de lo Otro;
extrañeza que nos deja, en cambio, en la intemperie, sin resguardo,
sin la seguridad de lo representable, sin la apropiación del
sentido, desamparados, diría Beckett. Por ello una escritura
fragmentaria, como ha escrito Blanchot,
crea una “nueva relación con el
Afuera”. Una relación que desestabiliza, porque siempre se está en
el entre, en el trayecto, en
ir hacia;
movimiento que no consuma su conclusión sino con la muerte. De ahí
que, justamente, ese último poema, sin saber si Beckett tenía o no
conciencia de la cercanía de su muerte, conforma la conclusión que
agota todas las posibilidades, el punto final para cerrar y acabar
la Obra.
El fragmento, según Gilles Deleuze, y este poema
pareciera no sólo fragmentado sino que apela a la propia
fragmentación, es un medio apto para la exploración del mundo
actual, de sus lagunas y sus constelaciones, y para la exploración
del ser mismo. Así, el objeto parcial, el fragmento, el residuo da
“las condiciones de un pensamiento y de un ‘habla del fragmento’:
decir y pensar el objeto parcial sin presuponer ninguna totalidad
anterior de la cual derivaría; ningún todo futuro que se formaría a
partir de él, sino todo lo contrario: dejar que el fragmento derive
por sí mismo y para los demás fragmentos, creando distancias,
divergencias y descentramientos que los separan, pero que también
los mezclan, en una afirmación que es ‘una nueva relación son el
Afuera’, irreductible a la unidad”. (Deleuze, 2005:206-207). En
esa incomplitud o apertura del poema, en esa voz desgarrada,
se vislumbra, del mismo modo, una “identidad
fragmentada” que, como diría Blanchot, más
que inestabilidad promete desconcierto, desacomodo.
La voz poética se disemina y
pareciera incluso no haber un sujeto enunciador sino solo lo
enunciado en el qué y cómo ver, en el qué y cómo decir ese
“afuera”; y es que como explica Walter Benjamin “encontrar palabras
para lo que se tiene delante de los ojos: qué difícil puede ser eso.
Pero, cuando llegan, golpean lo real con pequeños martillazos hasta
grabar en él la imagen como sobre una bandeja de cobre. ”Así parece
construido el poema de Beckett, con pequeños martillazos que se van
grabando en el poema, cada palabra como si recién llegara, buscada y
acogida por la experiencia de la escritura. Por el cómo decir que
atraviesa gran parte de su obra, para mostrar la realidad que lo
atraviesa al discurrir de una palabra a otra. En efecto, muchos de
sus textos están escritos desde la
conciencia de que cuando el proceso ha concluído, una voz sigue
hablando más allá de las ruinas. Sin principio ni fin, sin
destinatario ni función alguna como no sea su propio discurrir en el
vacío, avanzan sin interrupción, cada vez más
neutros, más escuetos, más breves y se instalan en los límites de lo
indecible. Como un ronroneo inútil, lleno de lugares cerrados y
repeticiones agobiantes, la pura alquimia y mera fisicidad material
de las palabras asumen el pesado deber de decir la nada" (Talens
en Beckett, 2002:31, las cursivas son mías).
Pero,
como escribe Platón en un fragmento de su Teeteto: “nada
es jamás sino que está en proceso de llegar a ser. (...) y en
vías de hacerse, destruirse o alterarse...” (Platón,1984:301, las
cursivas son mías). Hay una relación intrínseca entre la escritura y
la ‘nada’, como si el decir se abriera en ese espacio amplio entre
una y otra, como escribe Claudio Magris: “es posible que escribir
signifique rellenar los espacios en blanco de
la existencia, esa nada que se abre de repente en las horas y en
los días, entre los objetos de la habitación, y los absorbe
dejando una desolación y una insignificancia infinitas” (Magris,1997:276,
las cursivas son mías). Mientras que el mismo
Beckett agrega: “mi propia lengua cada vez se me antoja más un velo
que ha de rasgarse para acceder a las cosas –o a la Nada– que
haya tras él. [...] Como no es posible eliminar la lengua de
golpe y porrazo (...) [habrá que] abrir en ella un agujero tras otro
hasta que lo que acecha detrás, sea algo, sea nada, comience a
rezumar y a filtrarse. No se me ocurre que el escritor de hoy en día
pueda fijarse una meta más alta (...) ¿Existe alguna razón por la
cual la terrible materialidad de la superficie que encostra la
palabra no se preste a su disolución?” (Beckett, 2004:34, las
cursivas son mías).
La
nada como palabra clave, pero una nada que,
paradójicamente, nos remite al proceso de llegar a ser, a la
necesidad de completar, o de arribar a los límites de lo indecible;
y, por otro lado, a la disolución de la estabilidad y la identidad,
de la unidad o de lo ya fijo y cerrado; finalmente a la necesidad de
seguir haciéndose, alterándose, construyéndose. Se trata de un Yo
abierto a la posibilidad de encontrarse con lo Otro, como en Beckett,
para deslizarse en una escritura por hacer, por decir, utilizando
frases cortas sin casi buscar el apoyo de un
verbo, como si no hubiera nada que predicar del sujeto, pero que al
mismo tiempo lo enuncia en medio de una
descomposición o disuelto en los blancos de las pausas y los
silencios.
Poema
que se convierte en travesía o pasaje por las posibilidades del
decir para llegar a la experiencia poética.
Puntos de fuga de todo régimen de significación para ser en el
exilio, en la errancia que pone en entredicho la totalidad o la
identidad para explorar desde otro ámbito lo insospechado y singular
del lenguaje. En esa visión alterna, la escritura beckettiana
despliega un ritmo visual y sensorial propio en donde,
paradójicamente, hay una insuficiencia del lenguaje para expresar la
realidad y, sin embargo, como él mismo dijo en una entrevista, “ahí
están las palabras, no tenemos otra cosa”. Palabras con las cuales no
se trata de revelar universos de sentido para hacer algo visible o
transmisible, tampoco implica una voluntad comunicativa, sino
pareciera más bien el desenlace de un trayecto, que emerge de manera
autónoma contra el lenguaje habitual o contra el fracaso de la
comunicación en la cultura moderna.
Escritura beckettiana que surge desde los márgenes de la
significación, apenas meros balbuceos, ecos, huellas, resabios,
fragmentos que sin una identidad preestablecida nombran el derrumbe
de la significación, el fracaso de toda pretensión de sentido para
irrumpir en ese vacío que se convierte en el deseo mismo de la obra,
del cómo decir,
del extrañamiento y la perplejidad de no
saberse, de no tenerse, de no estar sino extraviado en ese mundo
otro de la razón: el mythos, la locura; o de la normatividad
y el orden del lenguaje: el caos, la ruptura.
Pareciera, entonces, que el universo del lenguaje es promesa y
extravío; caos y posibilidad de inaugurar el mundo; todo lo cual
lleva al deseo de incrustarse en el espacio de la escritura;
así como Teseo lo hizo en el laberinto, o como
Odiseo en el camino de regreso a casa, finalmente Beckett se sumerge
en la errancia del cómo decir. La incertidumbre, la ambigüedad, la
duda, el extravío, el deseo son los caminos que conducen siempre a
la perplejidad de la voz poética, ahí donde se emparentan existencia
y escritura que, en su radical alteridad, devela elementos que se le
escapan a la percepción real, pero que confluyen en diversos
trayectos de sentido.
Formas
inasibles, inaprensibles como restos desperdigados, y, sin
embargo, palabras que nombran lo que todavía no es; quizá por ello,
Beckett deja la última consigna: la de seguirnos
preguntando sobre el cómo decir aquello que aparece pero a la vez se
ausenta, aquello que, al final, da forma a la experiencia de la
escritura y se despliega como existencia. En efecto,
como afirma George Steiner: “los silencios, las
demencias, los suicidios de buen número de grandes escritores
proclaman en rigor, una experiencia de los límites últimos del
lenguaje” (2001: 370).
Límites del cómo decir y en esos límites
encontrar la falta, las grietas que fracturan el mundo del sentido,
y que ponen en cuestión la relación entre palabra y realidad. Porque
entre una y otra se abre el abismo donde habita el silencio, la
falta, la ruina, la huella, y en ese distanciamiento
se da la posibilidad de la escritura. Pero
nuevamente,
¿cómo decir todo eso?, quizá sólo cancelando los reclamos
de identidad, de unidad; sólo enrareciendo esas identidades que
buscan un sentido; sólo intensificando el desarraigo y diluyendo así
las verosimilitudes y las certezas.
Beckett busca en las ruinas del lenguaje, en las huellas del tiempo,
o en su propia vejez. Vejez que
Claudio Magris califica como
“exuberancia caótica”; exuberancia quizá de
experiencias y acontecimientos, de imágenes y palabras, de espacio y
tiempo acumulados, y, por otro lado, la vejez como carencia,
limitación, derrumbe, demencia y olvido.
Según Radomir
Konstantinovic, uno de sus amigos íntimos, el olvido era para
Beckett lo que la memoria para Proust, pero quizá no para olvidarse
de su conocimiento y su historia, de su experiencia y su mundo, de
la condición humana, sino justamente para hacerse cargo de ese
olvido, como de algún modo también lo hizo Benjamin, con respecto a
lo que la modernidad había desechado y olvidado; pero también para
hacerse cargo de ese lenguaje olvidado, gastado y aprisionado,
“contaminado” ya no por lo Otro, sino por la recurrente mirada a lo
mismo que tiende a reducir todo a una lógica identitataria.
Una mismidad
en la que el sí mismo “nunca es en sí mismo ni idéntico a sí mismo”;
como explica Derrida, la alteridad está pensada como la
“presencia-ausente” del otro en mí. Es esto lo que desestabiliza y
pone en cuestión; lo que la experiencia poética recoge en el “cómo
decir” de Beckett y en la condición misma de su finitud, de su
saberse cercano a la muerte, al final, al silencio al que también
nos remite su mismo cómo decir.
Por ello, “la
exigencia ética del silencio atraviesa como una constante a todos
aquellos –poetas, filósofos, místicos y escritores— que enfrentados
al universo laberíntico del lenguaje, y al proceso casi irreversible
de su degradación en una época que ha trivializado el sentido de las
palabras, no pueden sino hacerse cargo de un vacío que rodea a la
cultura moderna.” (Forster, 1991:101). Vacío que se ahonda con la
explotación desmedida de la información, y el olvido cada vez mayor
de la narración, como ya lo había previsto Benjamin en su ensayo “El
narrador”. Olvido que anunciaba el fracaso de la humanidad cuando
los soldados de la primera guerra mundial regresaban empobrecidos de
experiencias; insertos más bien en el vacío no del “cómo decir”,
sino del ya no decir, ya no recordar, ya no tener algo memorable
para contar, silenciados por la barbarie y la violencia. ¿Será que,
como dice Gadamer, la modernidad la podamos pensar como la pérdida
de lo sagrado, la pérdida de un cierto tipo de experiencia poética,
y por ello el gran desamparo del que hablaba Beckett sobre sus
propios personajes? Desamparo
que muestra de algún modo los desechos y los escombros del ser y su
sentido, no para regodearse en la nada de una postura nihilista sino
para mostrar esa estrecha relación con el lenguaje, o mejor esa
síntesis entre palabra y ser, a veces de personajes mutilados no
sólo del cuerpo sino de la palabra, como
figuras sombrías entre los márgenes del silencio y la periferia de
su decir, en busca de su propia condición humana, pero en el centro
de la indigencia moral que caracteriza también a la modernidad.
Visión desencantada del mundo que en su decir nos muestra, a la
manera de Walter Benjamin, los desechos, los olvidos, los restos:
“no tengo nada que decir. Sólo que mostrar. No me
apropiaré de ninguna formulación profunda, no hurtaré nada valioso.
Pero los harapos, los desechos: ésos no los quiero describir, sino
mostrar.” (2007:854). Los desechos en este poema no se refieren
tanto a lo que a su paso ha dejado, o ha olvidado el progreso o el
proyecto civilizatorio de la modernidad, lo que realmente interesaba
a Benjamin, sino a todo aquello que se ha quedado en la
demasiada cercanía de
las palabras a la realidad; como si se pudiera decir lo que se ve,
representar, si fuera así la pregunta del cómo decir, sería
totalmente irrelevante.
La exigencia misma de la escritura destruye la
identidad, como ya lo exponía Blanchot, y revela que sólo es posible
conocer, si lo conocido, es decir lo que
se nos vuelve habitual y familiar, conserva las huellas de su
extrañeza, de su radical alteridad. Quizá eso desconocido, eso
extraño se pone en juego en la escritura para “trastornar”, en el
sentido que da a esta palabra Roland Barthes en su Cámara lúcida,
cuando dice que “lo que
puedo nombrar no puede realmente punzarme. La incapacidad de nombrar
es un buen síntoma de trastorno” (Barthes, 2007:100). O,
en otras palabras, de dejarse trastocar, afectar, punzar por lo
desconocido e
innombrable, y no disolverlo en lo conocido. Porque,
como sigue diciendo Barthes
“la foto me conmueve si
la retiro de su charloteo ordinario: ‘técnica’, ‘realidad’,
‘reportaje’, ‘arte’, etc.: no decir nada, cerrar los ojos, dejar
subir sólo el detalle hasta la conciencia afectiva.” (Barthes,
2007:105) o lo que ya había dicho el maestro y amigo de Beckett,
James Joyce: “hay que cerrar los ojos para ver”.
Beckett
parece también retirar las palabras de ese charloteo ordinario para,
en el silencio, empezar a oír. Y a pesar de “no
tener nada que decir, nada con que decirlo, no querer decirlo, no
poder decirlo”, como él mismo escribe, se ve en el deber, la
necesidad o el deseo de seguir escribiendo
hasta el final; y si en aquel poema último se preguntaba por el cómo
decir, curiosamente en el primer poema, que aparece en este mismo
libro de la Obra poética completa, pero que es el último con
el que Beckett termina la edición inglesa Collected poems
(1930-1978), se pregunta:
¿Quién podría contar
la
historia del anciano?
¿quién ponderar la
ausencia, dar miserias
de
a palmo?
¿quién valorar la suma
de
tantos infortunios?
¿quién la nada que envuelven
las
palabras, el mundo?
Apéndice
Nadie,
quizá, como Samuel Beckett para contar la historia de la vejez, de
las miserias y los infortunios de los hombres; de la nada y sus
sentidos; del vacío y la superficialidad que parece llenar cada vez
más el mundo; del silencio y el desamparo.
Escritura de lo que se queda al margen, de lo que confluye entre una
palabra y otra, de lo que parece quedarse en el absurdo, en la
pregunta o el deseo del cómo decir. Lo Otro que queda en los
intersticios, en el extrañamiento de una realidad que se vuelve más
ajena, y al mismo tiempo que apela a un volver a contar, valorar,
ponderar porque, como escribe Georges Steiner, las palabras han sido
reducidas a una corrupta servidumbre, y quizá por ello la poesía o
la escritura poética sean ahora una de las formas más rigurosas del
pensamiento y también una de las maneras para seguir pensando lo
Otro.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Beckett,Samuel
(2002):Obra poética completa. Hiperión, Madrid.
Benjamin,Walter
(2007):El libro de los pasajes. Akal, Madrid.
Barthes,Roland(2007):
La cámara lúcida. Paidós, Barcelona.
Carriedo,Lourdes:“Samuel
Beckett: Cómo decir la imposible
imagen”, Thélème. Revista Complutense de Estudios Franceses,
2006, 21, 49-62.
Deleuze,Gilles( 2005):La
isla desierta. Pre-textos,Valencia.
Forster,Ricardo(1991):El
ensayo como filosofía. Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires.
Magris,Claudio(1997):
Microcosmos. Anagrama, Barcelona.
Platón(1984):Diálogos, Editorial
Porrúa, México.
Steiner,George(2001):Después
de Babel. Fondo de Cultura Económica, México.
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NORMA GARZA SALDÍVAR es Doctora en Letras
Modernas por la Universidad Nacional Autónoma de México, Colegio
de Humanidades y Ciencias Sociales. Ha obtenido el Premio Nacional
de Ensayo Literario José Revueltas. Tuvo el reconocimiento de
“Artes Por Todas Partes”, del Gobierno del Distrito Federal,
Secretaría de Cultura. Ha publicado diversos artículos, reseñas y
ensayos en libros y revistas, entre los que se encuentran: “Walter
Benjamin, una escritura melancólica” en Revista de occidente,
número 336, mayo 2009, pp. 90-100; “El espacio de la memoria” en
Acta Poética, número 30-2, otoño, 2009, pp. 151-165. Así
como los libros Borges: La huella del Minotauro (México,
Aldus, 1999) y Por una ética de la mirada. En torno a la obra
de José Saramago (México, Universidad Autónoma de Coahuila,
2010). Es profesora-investigadora de la Universidad Autónoma de la
Ciudad de México desde el 2004 e integrante del comité editorial
de la revista Andamios. Revista de Investigación Social.
UACM, desde el 2007.
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Cómo decir
locura -
locura de -
de -
cómo decir –
locura de lo -
desde -
locura desde lo -
dado –
locura
dado lo de -
visto –
locura visto lo -
lo –
cómo decir –
esto -
este esto –
esto de aquí -
todo este esto de aquí -
locura dado todo lo -
visto -
locura visto todo este esto de aquí de -
de –
cómo decir -
ver –
entrever –
creer entrever –
querer creer entrever -
locura de querer creer entrever qué -
qué -
cómo decir –
y dónde –
de querer creer entrever qué dónde –
dónde –
cómo decir -
allá –
allá lejos -
lejos –
lejos allá allá lejos -
apenas–
lejos allá allá lejos apenas qué –
qué –
cómo decir –
visto todo esto -
todo esto esto de aquí –
locura de ver qué–
entrever –
creer entrever –
querer creer entrever -
lejos allá allá abajo apenas qué–
locura de querer creer entrever en ello
qué -
qué–
cómo decir -
cómo decir
(Traducción de Jenaro Talens)
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Manuscritos originales
de Cómo decir,
en francés y en inglés / Archivo Beckett
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