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/ Literatura y Ciudad

       

  CHARLES BAUDELAIRE
Edgar Poe, su vida y sus obras
Del libro Escritos sobre literatura (Ed. Bruguera, Barcelona 1984)

…Algún maestro desventurado a quien la inexorable Fatalidad ha perseguido encarnizadamente, cada vez más encarnizadamente, hasta que sus cantos se reducen a un único estribillo, hasta que los cantos fúnebres de su Esperanza adoptan este melancólico estribillo: ¡Nunca! ¡Nunca más!
EDGAR POE, El cuervo

En su trono de bronce el Destino burlón
Ha empapado su esponja en la hiel más amarga,
y la Necesidad atenaza sus vidas
THÉOPHILE GAUTIER, Tinieblas

En estos últimos tiempo un desdichado fue llevado ante nuestros tribunales, y en su frente se leía un raro y singular tatuaje: ¡No hubo suerte! Llevaba así encima de sus ojos la etiqueta de su vida, como un libro exhibe su título, y el interrogatorio demostró que aquel extravagante rótulo era cruelmente verídico. En la historia literaria existen destinos análogos, verdaderas condenas… hombres que llevan la mala suerte escrita en caracteres misteriosos en los sinuosos pliegues de su frente. El Ángel ciego de la expiación se ha adueñado de ellos y les azota implacablemente para edificación de los demás. En vano su vida muestra talentos, virtudes, gracias; la Sociedad guarda para ellos un anatema especial, y acusa en ellos las deformaciones que su persecución les han producido. ¿Qué fue lo que no hizo Hoffmann para desarmar al Destino y qué fue lo que no emprendió Balzac para conjurar la fortuna? ¿Existe, pues, una Providencia diabólica que prepara la desgracia desde la cuna, que arroja con premeditación a naturalezas espirituales y angélicas a ambientes hostiles, como si fueran mártires en mitad del circo? ¿Existen, pues, almas sagradas, dedicadas al altar, condenadas a dirigirse a la muerte y a la gloria a través de sus propias ruinas? La pesadilla de las Tinieblas, ¿acechará eternamente a esas almas privilegiadas? Será inútil que se debatan, será inútil que se adapten al mundo, a sus previsiones, a sus astucias; perfeccionarán la prudencia, cegarán todas las salidas, acolcharán las ventanas contra los proyectiles del azar; pero el Diablo entrará por una cerradura; una perfección será el defecto de su coraza, y una cualidad superlativa el germen de su perdición.

Desde lo alto del cielo ha de abatirle el águila arrojando en su frente la tortuga, pues ellos tienen que perecer inevitablemente.

Su destino está escrito en toda su complexión, brilla con fulgor siniestro en sus miradas y en sus ademanes, circula por sus arterias con cada uno de sus glóbulos sanguíneos.

Un célebre escritor de nuestro tiempo ha escrito un libro para demostrar que el poeta no podía encontrar un buen lugar ni en una sociedad democrática ni en una aristocrática, ni en una república ni en una monarquía absoluta o atemperada. ¿Y quién ha sabido responderle perentoriamente? Hoy yo aporto una nueva leyenda en apoyo a su tesis, añado un santo nuevo al martirologio: he escrito la historia de uno de estos ilustres desventurados, demasiado rico en poesía y en pasión, que después de tantos otros viene a hacer en este bajo mundo el triste aprendizaje del genio entre las almas inferiores.

¡Lamentable tragedia la vida de Edgar Poe! Su muerte, ¡desenlace horrible a cuyo horror se agrega la trivialidad! De todos los documentos que he leído me he quedado con la convicción de que los Estados Unidos no fueron para Poe más que una vasta prisión que él recorría con la agitación de un ser nacido para respirar en un mundo más amoral, una gran barbarie iluminada por el gas, y que su vida interior, espiritual, de poeta o incluso de borracho, no era más que un perpetuo esfuerzo para escapar a la influencia de esta atmósfera antipática. Implacable dictadura la de la opinión en las sociedades democráticas; no imploréis de ella ni caridad ni indulgencia ni elasticidad ninguna en la aplicación de sus leyes a los múltiples y complejos casos de la vida moral. Diríase que del amor impío de la libertad nació una tiranía nueva, la tiranía de las bestias o zoocracia, que por su feroz insensibilidad recuerda al ídolo de Jaggernaut. Un biógrafo nos dirá gravemente –porque el buen hombre es bien intencionado-, que Poe, si hubiese querido regularizar su genio y aplicar sus facultades creadoras de un modo más apropiado al suelo americano hubiese podido convertirse en un autor de dinero, a money making author; otro –éste es un cínico ingenuo-, que por muy grande que fuera el genio de Poe, para él hubiera sido mejor tener sólo talento, porque el talento se impone siempre con mayor facilidad que el genio. Otro, que ha dirigido periódicos y revistas, un amigo del poeta, confiesa que era difícil emplearle, y que estaban obligados a pagarle menos que a los demás, porque escribía en un estilo demasiado por encima del vulgo. ¡Cómo apesta a tendero!, como decía Joseph de Maistre (…).

Repito que yo he llegado al convencimiento de que Edgar Poe y su patria no estaban a la misma altura. Los Estados Unidos son un país gigantesco e infantil, naturalmente celoso del viejo continente. Satisfecho de su crecimiento material, anormal y casi monstruoso, este recién llegado a la historia tiene una fe ingenua en la omnipotencia de la industria; está convencido, como algunos desventurados entre nosotros, de que terminará por devorar al Diablo. ¡El tiempo y el dinero tienen allí un valor tan grande! La actividad material, exagerada hasta las proporciones de una manía nacional, deja en los espíritus muy poco lugar para las cosas que no son de la tierra. Poe, que era de buen linaje, y que por otra parte creía firmemente que la mayor desgracia de su país era la de carecer de aristocracia de raza, dado que, decía, en un pueblo sin aristocracia, el culto a la Belleza sólo puede corromperse, menguar y desaparecer… Que reprochaba a sus conciudadanos, hasta en su lujo enfático y costoso, todos los síntomas del mal gusto característico de los advenedizos; que consideraba el Progreso, la gran idea moderna, como un éxtasis de papanatas, y que llamaba a los perfeccionamientos de la vivienda humana, cicatrices y abominaciones rectangulares… Poe era en su país un cerebro singularmente solitario. Sólo creía en lo inmutable, en lo eterno, en lo self-same, y gozaba -–cruel privilegio en una sociedad enamorada de sí misma- de ese enérgico sentido común a lo Maquiavelo que precede al sabio como una columna luminosa a través del desierto de la historia. ¿Qué hubiese pensado, qué hubiese escrito el infortunado de oír a la teóloga del sentimiento suprimir el Infierno por amistad para con el género humano, al filósofo de las cifras proponer un sistema de seguro, una suscripción de un sueldo por cabeza para la supresión de la guerra… y la abolición de la pena de muerte y de la ortografía, esas dos locuras correlativas, y tantas otras enfermedades que escriben, con la oreja tendida al viento, fantasías giratorias tan huecas como el elemento que las dicta? Si añadimos a esta visión impecable de lo verdadero, auténtica enfermedad crónica en ciertas circunstancias, una delicadeza exquisita de los sentidos, para la que una nota falsa era una tortura, una finura de gusto que, excepto la proporción exacta, todo hería, una amor insaciable de la Belleza, que había adquirido la fuerza de una pasión morbosa, nadie puede extrañarse de que para semejante hombre la vida se convirtiera en un infierno, y que haya tenido un mal fin; lo admirable es que haya podido durar tanto tiempo.

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