
Éxtasis de Santa
Teresa (detalle) / Bernini
Grupo en mármol
Iglesia de Santa María de la Victoria,
Roma
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GEORGES
BATAILLE
El erotismo sagrado
Más allá de las precarias
posibilidades dependientes de
azares favorables- que aseguran la
posesión del ser amado, la humanidad se
ha esforzado ya desde sus primeros
tiempos en acceder, sin que intervenga el
azar, a la continuidad que la libera. El
problema se planteó frente a la muerte,
la cual aparentemente precipita al ser
discontinuo en la continuidad del ser.
Este modo de ver no se impone al
espíritu de manera inmediata; y sin
embargo la muerte, siendo como es la
destrucción de un ser discontinuo, no
afecta en nada la continuidad del ser,
que generalmente existe fuera de
nosotros. No olvido que, en el deseo de
inmortalidad, lo que entra en juego es la
preocupación por asegurar la
supervivencia en la discontinuidad
la supervivencia del ser personal-;
pero esta cuestión la dejo de lado.
Insisto en el hecho de que, estando la
continuidad del ser en el origen de los
seres, la muerte no la afecta; la
continuidad del ser es independiente de
ella. O incluso al contrario: la
muerte la manifiesta. Este
pensamiento me parece que debería ser la
base de la interpretación del sacrificio
religioso, del cual dije que la acción
erótica se le puede comparar. Al
disolver la acción erótica a los seres
que se adentran en ella, ésta revela su
continuidad, que recuerda la de unas
aguas tumultuosas. En el sacrificio, no
solamente hay desnudamiento, sino que
además se da muerte a la víctima (y, si
el objeto del sacrificio no es un ser
vivo, de alguna manera se lo destruye).
La víctima muere, y entonces los
asistentes participan de un elemento que
esa muerte les revela. Este elemento
podemos llamarlo, con los historiadores
de las religiones, lo sagrado. Lo
sagrado es justamente la continuidad del
ser revelada a quienes prestan atención,
en un rito solemne, a la muerte de un ser
discontinuo. Hay, como consecuencia de la
muerte violenta, una ruptura de la
discontinuidad de un ser; lo que subsiste
y que, en el silencio que cae,
experimentan los espíritus ansiosos, es
la continuidad del ser, a la cual
se devuelve a la víctima. Sólo una
muerte espectacular, operada en las
condiciones determinadas por la gravedad
y la colectividad de la religión, es
susceptible de revelar lo que
habitualmente se escapa a nuestra
atención. Por lo demás, no podríamos
representarnos lo que aparece en lo más
secreto del ser de los asistentes si no
pudiéramos referirnos a las experiencias
religiosas que hemos realizado
personalmente, aunque fuese durante la
infancia. Todo nos lleva a creer que,
esencialmente, lo sagrado de los
sacrificios primitivos es análogo a lo divino
de las religiones actuales.
Dije hace un rato que
hablaría de erotismo sagrado; me hubiera
hecho entender mejor si hubiese hablado
ya de entrada de erotismo divino. El amor
de Dios es una idea más familiar y menos
desconcertante que el amor de un elemento
sagrado. No lo he hecho, repito, porque
el erotismo cuyo objeto se sitúa más
allá de lo real inmediato está lejos de
ser reducible al amor de Dios. He
preferido ser poco inteligible antes que
inexacto.
En esencia, lo divino es
idéntico a lo sagrado, con la reserva de
la relativa discontinuidad de la persona
de Dios. Dios es un ser compuesto que
tiene, en el plano de la afectividad,
incluso de manera fundamental, la
continuidad del ser de la que hablo.
La representación de Dios
no está por ello menos vinculada, tanto
en la teología bíblica como en la
teología racional, a un ser personal, a
un creador que se distingue del
conjunto de lo que es. De la continuidad
del ser, me limito a decir que, en mi
opinión, no es conocible, aunque, bajo
formas aleatorias, siempre en parte
discutibles, de ella nos es dada una experiencia.
En mi opinión, sólo la experiencia negativa
es digna de atención, pero esa
experiencia es rica. Jamás deberíamos
olvidar que la teología positiva siempre
va acompañada de una teología negativa,
que halla su fundamento en la experiencia
mística.
Aunque sea claramente
distinta de ella, la experiencia mística
se da, me parece, a partir de la
experiencia universal que constituye el
sacrificio religioso. Introduce, en el
mundo dominado por un pensamiento que se
atiene a la experiencia los objetos (y al
conocimiento de lo que la experiencia de
los objetos desarrolla en nosotros), un
elemento que, en las construcciones de
ese pensamiento intelectual, no tienen
ningún lugar, como no sea negativamente,
en tanto que determinación de sus
límites. En efecto, lo que la
experiencia mística revela es una
ausencia de objeto. El objeto se
identifica con la discontinuidad; por su
parte, la experiencia mística, en la
medida en que disponemos de fuerzas para
operar una ruptura de nuestra
discontinuidad, introduce en nosotros el
sentimiento de la continuidad. Lo
introduce por unos medios distintos del
erotismo de los cuerpos o del erotismo de
los corazones. Más exactamente, la
experiencia mística prescinde de los
medios que no dependen de su voluntad. La
experiencia erótica, vinculada con lo
real, es una espera de lo aleatorio: es
una espera de un ser dado y de unas
circunstancias favorables. El erotismo
sagrado, tal como se da en la experiencia
mística, sólo requiere que nada
desplace al sujeto.
En principio no se
trata de una regla-, la India toma en
consideración, y con la máxima
simplicidad, una tras otra, las
diferentes formas de las que he hablado.
La experiencia mística se reserva para
la edad madura, cuando la muerte se
acerca: para el momento en que faltan las
condiciones favorables para la
experiencia real. A veces, la experiencia
mística, tal como está vinculada a
ciertos aspectos de las religiones
positivas, se opone a esa aprobación de
la vida hasta en la muerte en la que
discierno de una manera general el
sentido profundo del erotismo.
Pero no es necesaria la
oposición. La aprobación de la vida
hasta en la muerte es un desafío, tanto
en el erotismo de los corazones como en
el erotismo de los cuerpos. Es un
desafío, a través de la indiferencia, a
la muerte. La vida es acceso al ser; y,
si bien la vida es mortal, la continuidad
del ser no lo es. Acercarse a la
continuidad, embriagarse con la
continuidad, es algo que domina la
consideración de la muerte. En primer
lugar, la perturbación erótica
inmediata nos da un sentimiento que lo
supera todo; es un sentimiento tal que
las sombrías perspectivas vinculadas a
la situación del ser discontinuo caen en
el olvido. Luego, más allá de la
embriaguez abierta a la vida juvenil, nos
es dado el poder de abordar la muerte
cara a cara y de ver en ella por fin la
abertura a la continuidad imposible de
entender y de conocer, que es el secreto
del erotismo y cuyo secreto sólo el
erotismo aporta.
Quien me haya seguido con
exactitud entenderá ahora claramente, en
la unidad de las formas del erotismo, el
sentido de la frase que cité al
comienzo:
"No hay mejor medio para
familiarizarse con la muerte que aliarla
a una idea libertina". (Sade)
Lo que he dicho permite entender en ella
la unidad del terreno erótico que se nos
abre si rechazamos la voluntad de
replegarnos sobre nosotros mismos. El
erotismo abre a la muerte. La muerte
lleva a negar la duración individual.
¿Podríamos, sin violencia interior,
asumir una negación que nos conduce
hasta el límite de todo lo posible?
Para terminar, querría
ayudarles a sentir plenamente que el
lugar al que he querido conducirles, por
poco familiar que a veces haya podido
parecerles, es, sin embargo, el punto de
encuentro de violencias fundamentales.
He hablado de experiencia mística; no he
hablado de poesía. No habría podido
hacerlo sin adentrarme más aún en un
dédalo intelectual. Todos sentimos lo
que es la poesía; nos funda, pero no
sabemos hablar de ella. No hablaré de
poesía ahora, pero creo tornar más sensible
la idea de continuidad que he querido
dejar por sentada, y que no puede
confundirse hasta el extremo con la del
Dios de los teólogos, recordando estos
versos de uno de los poetas más
violentos: Rimbaud.
Recobrada está.
¿Qué? La eternidad.
Es la mar, que se fue
con el sol.
La poesía lleva al mismo
punto que todas las formas del erotismo;
a la indistinción, a la confusión de
objetos distintos. Nos conduce hacia la
eternidad, nos conduce hacia la muerte y,
por medio de la muerte, a la continuidad:
la poesía es la eternidad. Es
la mar, que se fue con el sol.
Del libro EL
EROTISMO, Georges Bataille (Tusquets
Editores, Barcelona/2000)
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