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El Ano Solar
GEORGES BATAILLE Del libro
"EL OJO PINEAL",
Georges Bataille (Pre-Textos,
Valencia-1997)
Está claro que el
mundo es puramente paródico, es
decir, que cada cosa que miramos
es la parodia de otra, o incluso
la misma cosa bajo una forma
engañosa.
Desde que las frases
circulan en los cerebros ocupados
en reflexionar, se ha procedido a
una identificación total, ya
que, con la ayuda de una cópula,
cada frase liga una cosa a otra;
y todo estaría visiblemente
ligado si se abarcara con una
sola mirada el trazado, en su
totalidad, que deja un hilo de
Ariadna, conduciendo el
pensamiento en su propio
laberinto.
Sin embargo, la cópula
de los términos no es menos
irritante que la de los cuerpos.
Y cuando grito: SOY EL SOL, me
sobreviene una erección
completa, pues el verbo ser
es el vehículo del frenesí
amoroso.
Todo el mundo es
consciente de que la vida es
paródica y necesita una
interpretación.
Así, el plomo es la parodia del
oro.
El aire es la parodia del agua.
El cerebro es la parodia del
ecuador.
El coito es la parodia del
crimen.
El oro, el agua, el
ecuador o el crimen pueden
enunciarse indiferentemente como
el principio de todas las cosas.
Y si el origen no se asemeja al
suelo del planeta que parece ser
la base, sino al movimiento
circular que el planeta describe
alrededor de un centro móvil, un
coche, un reloj o una máquina de
coser pueden aceptarse igualmente
como principio generador.
Los dos movimientos
principales son el movimiento
rotativo y el movimiento sexual,
cuya combinación se expresa
mediante una locomotora compuesta
de ruedas y de pistones.
Estos dos movimientos se
transforman uno en otro
recíprocamente.
De este modo constatamos que la
tierra al girar hace copular a
los animales y a los hombres, y
(como lo que resulta es también
la causa de lo que provoca) que
los animales y los hombres hacen
girar a la tierra copulando.
La combinación o transformación
mecánica de estos movimientos es
lo que los alquimistas buscaban
bajo el nombre de piedra
filosofal.
Como consecuencia de esta
combinación de valor mágico, la
situación actual del hombre
está determinada en medio de los
elementos.
Un zapato
abandonado, un diente cariado,
una nariz demasiado corta, el
cocinero escupiendo en la comida
de sus señores, son al amor lo
que el pabellón es a la
nacionalidad.
Un paraguas, una sexagenaria, un
seminarista, el olor de los
huevos podridos, los ojos
penetrantes de los jueces, son
las raíces por las que el amor
se nutre.
Un perro devorando el estómago
de un oca, una mujer ebria que
vomita, un contable que solloza,
un tarro de mostaza, representan
la confusión que sirve al amor
de vehículo.
A un hombre situado
en medio de los otros hombres le
irrita saber por qué él no es
uno de los otros.
Acostado en una cama junto a una
chica que ama, olvida que no sabe
por qué es él, en lugar de ser
el cuerpo que toca.
Ignorándolo todo, sufre a causa
de la oscuridad de la
inteligencia, que le impide
gritar que él mismo es la chica
que olvida su presencia
agitándose en sus brazos.
El amor, o la
cólera infantil, o la vanidad de
una heredera de provincia, o la
pornografía clerical, o el solo
de una cantante, hacen divagar a
los personajes olvidados en
apartamentos polvorientos.
Se esforzarán en buscarse
ávidamente unos a otros: nunca
encontrarán más que imágenes
paródicas y se dormirán tan
vacíos como los espejos.
La chica ausente e
inerte que está suspendida en
mis brazos, sin hacerme
ilusiones, no me es menos
extraña que la puerta o la
ventana a través de la (s) que
puedo mirar o pasar.
Encuentro la indiferencia (que le
permite abandonarme) cuando me
duermo por incapacidad de amar
los acontecimientos.
Le es imposible saber a quién
encuentra cuando la estrecho
porque ella representa
obstinadamente un completo
olvido.
Los sistemas planetarios, que
giran en el espacio como rápidos
discos y cuyo centro se desplaza
igualmente describiendo un
círculo infinitamente más
grande, se alejan continuamente
de su propia posición para
volver a ella acabando su
rotación.
El movimiento es la figura del
amor incapaz de detenerse sobre
un ser en particular y pasando
rápidamente de uno a otro.
Aunque el olvido, que así lo
condiciona, no es más que un
subterfugio de la memoria.
Un hombre se levanta
tan bruscamente como un espectro
sobre un ataúd y se acuesta de
la misma manera.
Vuelve a levantarse algunas horas
después y se acuesta de nuevo y
continúa así cada día: este
gran coito con la atmósfera
celeste está regulado por la
rotación terrestre frente al
sol.
Así, aunque el movimiento de la
vida terrestre esté acompasado
por esta rotación, la imagen de
este movimiento no es la tierra
que gira, sino la verga
penetrando a la hembra y saliendo
de ella casi por completo para
volver a penetrar.
El amor y la vida
parecen individuales sobre la
tierra sólo porque en ella todo
se rompe por vibraciones de
amplitud y duración diversas.
Sin embargo, no existen
vibraciones que no estén
conjugadas con un movimiento
circular continuo, lo mismo que
la locomotora que rueda sobre la
superficie de la tierra, imagen
de la metamorfosis continua.
Los seres sólo mueren para nacer
a la manera de los falos que
salen de los cuerpos para volver
a penetrarlos.
Las plantas se elevan en la
dirección del sol y se acuestan
a continuación en la dirección
del suelo.
Los árboles erizan el suelo
terrestre de una cantidad
innumerable de floridas vergas
apuntando hacia el sol.
Los árboles que crecen con
fuerza acaban quemados por el
rayo, talados, o desarraigados.
Devueltos al suelo, se elevan
idénticamente con una forma
distinta.
Y su coito polimorfo está en
función de la uniforme rotación
terrestre.
La imagen más simple de la vida
orgánica unida a la rotación es
la marea.
Del movimiento del mar, coito
uniforme de la tierra con la
luna, procede el coito polimorfo
y orgánico de la tierra y el
sol.
Sin embargo, la primera forma del
amor solar es una nube que se
eleva por encima del líquido
elemento.
La nube erótica se torna a veces
tormenta y vuelve a caer a la
tierra en forma de lluvia,
mientras el rayo desfonda las
capas de la atmósfera.
La lluvia vuelve a elevarse
pronto en forma de planta
inmóvil.
La vida animal
procede en su totalidad del
movimiento de los mares, y en el
interior de los cuerpos la vida
continúa emergiendo del agua
salada.
El mar ha jugado así el papel
del órgano hembra que se licúa
bajo la excitación de la verga.
El mar se masturba continuamente.
Los elementos sólidos que
contiene, removidos por el agua
animada de un movimiento
erótico, resplandecen en forma
de peces voladores.
La erección y el
sol escandalizan lo mismo que el
cadáver y la oscuridad de las
cuevas.
Los vegetales se dirigen
uniformemente hacia el sol y, por
el contrario, los seres humanos,
aunque sean faloides como los
árboles, en oposición al resto
de los animales, desvían
necesariamente los ojos.
Los ojos humanos no soportan ni
el sol, ni el coito, ni el
cadáver, ni la oscuridad, sino
con reacciones diferentes.
Cuando tengo el
rostro inyectado en sangre, se
torna rojo y obsceno.
Traiciona al mismo tiempo, por
mórbidos reflejos, la sangrienta
erección y una sed exigente de
impudor y de desenfreno criminal.
Por eso no temo afirmar que mi
rostro es un escándalo y que mis
pasiones sólo puede expresarlas
el JÉSUVE.
El globo terrestre está cubierto
de volcanes que le sirven de
anos.
Y aunque este globo no devore
nada, a veces arroja al exterior
el contenido de sus entrañas.
Ese contenido surge
estrepitosamente y vuelve a caer
chorreando por las pendientes del
Jésuve, sembrando por todas
partes el terror y la muerte.
En efecto, los
movimientos eróticos del suelo
no son fecundos como los de las
aguas, pero son mucho más
rápidos.
La tierra se masturba a veces con
frenesí y sobre su superficie
todo se desploma.
El Jésuve es, así,
la imagen del movimiento
erótico, dando por fractura a
las ideas contenidas en la mente
la fuerza de una erupción
escandalosa.
Aquellos en los que se acumula la
fuerza de erupción se sitúan
necesariamente abajo.
Los obreros comunistas parecen a
los burgueses tan feos y tan
sucios como las partes sexuales y
velludas o partes bajas: tarde o
temprano tendrá lugar una
erupción escandalosa en el curso
de la cual las cabezas asexuadas
y nobles de los burgueses serán
cortadas.
Desastres, las
revoluciones y los volcanes no
hacen el amor con los astros.
Las deflagraciones eróticas
revolucionarias y volcánicas
están en antagonismo con el
cielo.
Lo mismo que los amores
violentos, se producen
quebrantando la fecundidad.
A la fecundidad celeste se oponen
los desastres terrestres, imagen
del amor terrestre incondicional,
erección sin fin ni regla,
escándalo y terror.
El amor exclama así
en mi propia garganta: soy el Jésuve,
inmunda parodia del sol tórrido
y cegador.
Desearía ser
degollado violando a la chica a
quien hubiera podido decir: eres
la noche.
El Sol ama exclusivamente la
Noche y dirige hacia la tierra su
violencia luminosa, verga
innoble, pero se encuentra en la
incapacidad de conmover la mirada
o la noche, aunque las nocturnas
extensiones terrestres se dirigen
continuamente hacia la inmundicia
del rayo solar.
El anillo solar es el ano
intacto de su cuerpo a los
dieciocho años, al cual nada tan
cegador puede compararse, con la
excepción del sol, aunque el ano
sea la noche.
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