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ROLAND
BARTHES
Salir del cineDel
libro Lo obvio y lo obtuso, Imágenes, gestos,
voces (Paidós Comunicación, Barcelona 1992)
¿Qué
quiere decir la "oscuridad" del cine
(nunca he podido evitar al hablar de cine, pensar
más en la "sala" que en la
"película")? La oscuridad no es tan
sólo la propia sustancia del ensueño (en el
sentido pre-hipnoide) del término); es,
también, el color de un difuso erotismo; por su
condensación humana, por su ausencia de
mundanidad (contraria a la "apariencia"
cultural de toda sala de teatro), por el
aplanamiento de las posturas (muchos espectadores
se deslizan en el asiento, en el cine, como si
fuera una cama, con los abrigos y los pies en el
asiento delantero), la sala cinematográfica (de
tipo común) es un lugar de disponibilidad, y es
esa disponibilidad (mayor que en el ligue), la
ociosidad del cuerpo, lo que mejor define el
erotismo moderno, no el de la publicidad o el strip-tease,
sino el de la gran ciudad. En esta oscuridad
urbana es donde se elabora la libertad del
cuerpo; este trabajo invisible de los afectos
posibles procede de algo que es una auténtica
crisálida cinematográfica; el espectador de
cine podría hacer suya la divisa del gusano de
seda: Inclusum labor illustrat; justamente
porque estoy encerrado trabajo y brillo con todo
mi deseo.
En
esa oscuridad del cine (oscuridad anónima,
poblada, numerosa: ¡qué aburrimiento, qué
frustración la de las llamadas proyecciones
privadas!) yace la misma fascinación de la
película (sea ésta la que fuere). Evoquemos la
experiencia contraria: en la televisión, aunque
también se pasan películas, no hay
fascinación; la oscuridad está eliminada,
rechazado el anonimato; el espacio es familiar,
articulado (por muebles y objetos conocidos),
domesticado: el erotismo (digamos mejor la
erotización del lugar, para que se comprenda lo
que tiene de ligero, de inacabado) ha sido
anulado: la televisión nos condena a la
familia, a convertirse en el instrumento del
hogar, como lo fuera antaño la lar, flanqueada
por la marmita comunal.
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