
Sueño de una
noche de Domingo en la Alameda
(detalle)
Rivera (1947)
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JAIME
BARRIOS PEÑA
Muerte y Melancolía en la obra del
mestizo
El tema de lo ausente,
remite a un vacío o a una falta que para
el mestizo es su espacio virtual, entre
la propia realidad y la realidad material
que desliza en su creatividad como un
proceso envolvente. Lo ausente se da en
lo inconcluso o inacabado, en lo detenido
entre lo defectuoso y grotesco, entre lo
vital y lo siniestro. En la pintura sacra
y evangelizadora se presenta en el
tratamiento de las figuras y el entorno
mágico y simbólico de los lienzos.
Antes lo encontramos en las esculturas y
pinturas y ornamentación de los templos
y pirámides donde se asoma lo delicado
del movimiento plástico, encubriendo
algo de salvaje y demoníaco. En el
mestizo se sigue librando la batalla de
Cuactemoc, Tecún-Umán y Atahualpa
frente a los españoles y la derrota
sumergida en el inconsciente se mantiene
en las formaciones substitutas de un
discurso nuevo, portador del mito de sus
orígenes y saturado de una inefable
melancolía.
El mestizo en su plástica y
su narrativa ríe y se alegra dentro de
un panteísmo psíquico que como tal no
llega a asumir la muerte sino en forma
fantasmagórica. Esa muerte que los
libros de los antepasados mayas, incas,
aztecas y ketchuas trataron como enigmas
o alegoría del tránsito y que
actualmente en Terra Nostra, en El
Señor Presidente, Pedro Páramo,
Cien años de soledad o en Rayuela,
deambula como compañero de viaje dentro
de la inmanencia del dolor y la lucha.
Esa muerte que anticipó Cervantes en el
sueño del caballero de la triste figura
y que hace decir a Unamuno: "Sólo
los débiles se resignan a la muerte
final, y substituyen con otro el anhelo
de inmortalidad personal. En los fuertes,
el ansia de perpetuidad sobrepuja a la
duda de lograrla, y su rebose de vida se
vierte al más allá de la muerte."
(Miguel de Unamuno, "Del sentimiento
trágico de la vida"). En la
plástica indígena cuando aparecen las
líneas rígidas o geométricas como una
parálisis o muestra de lo inerte, se
detecta también ese asomo a la agonía,
a la muerte misma, como un elemento
gravitante alrededor de su base
existencial. En lo sacro, a través de
los cuadros clásicos de los grandes
pintores mestizos, los elementos rígidos
o inertes compensan las formas rítmicas
y armónicas de lo que podríamos
reconocer como el cromatismo y la
composición formal de la pintura. En el
juego de la vida y de la muerte el
mestizo se recrea en ella, pero sin
asumirla definitivamente ya que
predominan los elementos vitales de la
creatividad, de la búsqueda de sí mismo
y de la propia identidad.
El mestizo con su palabra
dice menos de lo que siente y dice más
de lo que busca. Desde su espacio mítico
como plaza inexpugnable, organiza la
búsqueda de lo perdido y la defensa de
sus hallazgos rescatados de la muerte
amenazante. Desde este punto de su
creatividad se perfila la nueva
enunciación, los nuevos signos, verdades
dilatadas con ropaje de ficción e
instauradas en su discurso. En estos
ángulos del quehacer espiritual del
mestizo se hace presente lo informe, lo
que está a un paso de precipitarse a lo
grotesco, a lo maldito y prohibido, a lo
inédito de la vida que contradice el
formalismo artificial de las costumbres.
Mucho de ello aparece en el chiste de
nuestros grupos humanos, en las agudezas
de los refranes, en el significado de los
gestos para expresar "nada" o
"todo", en la ironía de los
actos sacramentales, en el festejo del
"día de los difuntos"
acompañándose de visitas protocolarias,
flores, recordatorios y comidas
especiales para la ocasión.
No asumir la muerte, es
detenerla, deseo inmanente de seguir
siendo, es un culto que dista mucho de lo
solemne cuando se acepta el más allá.
En nuestro caso es más una aproximación
tragicómica que vehiculiza el contacto
con lo real. De su incompletud y trauma
original las formas compensatorias en el
mestizo desencadenan una serie de
expresiones verbales que van desde el
machismo exacerbado y la procacidad
verbal destructiva a la sumisión mágica
ante la autoridad, a la creencia en los
amuletos y los fetiches, al desprecio por
la vida como lo sostiene de manera
magistral Jorge Carrión en su obra
citada: "
La muerte, en cambio,
nada cuesta, no tiene precio y quizás
inconscientemente se sabe que es valiosa,
que buscarla es como acudir al refugio
del seno materno, donde los hombres no
son alcanzados por las penas. Este
equilibrio inestable, entre el precio de
la vida y el desprecio de la muerte, no
se expresa solamente en el matonismo
primitivo y en el machismo provocador y
pendenciero. Se significa también en las
formas más altas de convivencia, pero en
este caso, claro, atenuado y a la manera
de los símbolos." ("Mito y
Magia del Mexicano, Jorge Carrión)
El mestizo gusta del
presagio, del hechizo y la leyenda que
rompe la rigidez de la razón y el
formalismo estereotipado de la
convivencia, escapando así a la realidad
concreta de la muerte. Esta tendencia
conduce a la desarticulación de la
realidad externa por el sujeto creador a
un traslape de lo real con lo fantástico
y llenar su vacío de origen. De la
transgresión nace su historia y su ser
en el tiempo, somos una recopilación de
sucesos y narraciones que como herencia
verbal se ha prolongado de generación en
generación, de hombre a hombre como un
atavismo lingüístico que culmina en
nuestro complejo cultural. El mestizo en
América Latina es un discurso, somos
símbolos y tradiciones. Lo anterior es
observable aún donde los extranjeros han
absorbido las costumbres y tradiciones.
Pero así como el mestizo
sigue la ruta de su definición
existencial bajo el signo de sus
imágenes primordiales, el fuerte vigor
de su estilo y definición de su
presencia productiva conlleva
necesariamente la huella del trauma
primario y de la muerte. Esta dimensión
observable en la presencia-ausencia de
una penumbra destructora puede llegar a
diluir la brillantez de las figuras o
situaciones más relevantes en la
composición plástica. En toda
expresión creadora del mestizo se asoma
la sombra prematura de la muerte y los
medios posibles para dilatarla, como una
forma de conjuro o destrucción de ésta
en la detención de los sucesos; para
traspasar la vida hay que estatizarla, de
lo contrario se escapa. En la plástica
este hecho se manifiesta como rigidez y
en la narrativa como estación o límite.
Por el contrario los puntos relevantes de
contraste se dan en los pasajes y
recorridos excitantes de la fantasía que
se desplaza, busca y se pierde en lo
inconmensurable del cosmos o en el
espacio de su mismidad. Cuando en su
travesía el mestizo es atrapado a pesar
de las mediaciones frente a la nada, se
refugia en su dimensión intermedia; en
la magia, prevaleciendo la negación en
su defensa ontológica que le permite
deslizarse al sueño y al mito en donde
el tiempo se hace reversible y las
fuerzas de la vida se imponen aunque sea
a base de superstición, ironía,
blasfemia, chiste o sarcasmo. Se
reimplanta la imaginación y la
naturaleza como rescate de su propio ser
frente a la rutina, la máquina y la
repetición destructora de lo uniforme.
Del libro ARTE
MESTIZO EN AMÉRICA LATINA, Discurso
y Mutación Cultural, Jaime Barrios
Peña (Editorial Fénix, Buenos
Aires/1989)
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