Oralidad
cultural e imaginería popular
J. Martín
Barbero y Germán Rey
Del libro LOS
EJERCICIOS DEL VER. HEGEMONÍA
AUDIOVISUAL Y FICCIÓN TELEVISIVA, J.
Martín Barbero y Germán Rey
(Gedisa, España/1999)
Por más escandaloso que
suene, es un hecho cultural insoslayable
que las mayorías en América Latina se
están incorporando a, y apropiándose
de, la modernidad sin dejar su cultura
oral, esto es no de la mano del libro
sino desde los géneros y las narrativas,
los lenguajes y los saberes, de la
industria y la experiencia audiovisual.
Hablar de medios de comunicación en
América Latina se ha vuelto entonces una
cuestión de envergadura antropológica.
Pues lo que ahí está en juego son
hondas transformaciones en la cultura
cotidiana de las mayorías, y
especialmente en unas nuevas generaciones
que saben leer, pero cuya lectura se
halla atravesada por la pluralidad de
textos y escrituras que hoy circulan. Lo
que entonces necesitamos pensar es la
profunda compenetración la
complicidad y complejidad de relaciones-
que hoy se produce en América Latina
entre la oralidad que perdura como
experiencia cultural primaria de las
mayorías y la visualidad
tecnológica, esa forma de "oralidad
secundaria" (1) que tejen y
organizan las gramáticas
tecnoperceptivas de la radio y el cine,
del vídeo y la televisión. Pues esa
complicidad entre oralidad y visualidad
no remite a los exotismos de un
analfabetismo tercemundista sino a
"la persistencia de estratos
profundos de la memoria y la mentalidad
colectiva sacados a la superficie por las
bruscas alteraciones del tejido
tradicional que la propia aceleración
modernizadora comporta" (2)
Adelantándose a los
sociólogos, una antropóloga, Margaret
Mead, supo entrever a comienzos de los
años setenta la envergadura
antropológica de los cambios que
atraviesan nuestros modos de comunicar.
Habló ya entonces de una ruptura
generacional sin parangón en la
historia, que ella veía emerger en los
años sesenta, y que se manifestaba no en
un cambio de viejos contenidos en nuevas
formas, o viceversa, sino mediante una
transformación en la naturaleza del
proceso (3): la aparición de una
"comunidad mundial" en la que
hombres de tradiciones culturales muy
diversas emigran en el tiempo,
inmigrantes que llegan a una nueva era
desde temporalidades muy diversas, pero
todos compartiendo las mismas leyendas
y sin modelos para el futuro. Un futuro
que sólo balbucean los relatos de
ciencia ficción en los que los jóvenes
encuentran narrada su experiencia de
habitantes de un mundo cuya compleja
heterogeneidad no se deja decir en las
secuencias lineales que dictaba la
palabra impresa, y que remite entonces a
un aprendizaje fundado menos en la
dependencia de los adultos que en la
propia exploración que los habitantes
del nuevo mundo tecno-cultural hacen de
la imagen y la sonoridad, del tacto y la
velocidad.
Lo que ese mapa avisora es
tanto la des-territorialización que
atraviesan las culturas como la
emergencia de una experiencia cultural
nueva. Aun en nuestros subdesarrollados
países el malestar en la cultura
que experimentan los más jóvenes
replantea las formas tradicionales de
continuidad cultural, pues más que
buscar su nicho entre las culturas ya
legitimadas radicaliza la experiencia de desanclaje
que, según Giddens, la modernidad
produce sobre las particularidades de los
mapas mentales y las prácticas locales.
Ante la desazón y el desconcierto de los
adultos vemos emerger una generación
"cuyos sujetos no se constituyen a
partir de identificaciones con figuras,
estilos y prácticas de añejas
tradiciones que definen la cultura sino
a partir de la conexión-desconexión
(juegos de interfaz) con las
tecnologías" (4). Nos encontramos
ante sujetos dotados de una
"plasticidad neuronal" y
elasticidad cultural que, aunque se
asemeja a una falta de forma, es
más bien apertura a muy diversas formas,
camaleónica adaptación a los más
diversos contextos y una enorme facilidad
para los "idiomas" del vídeo y
del computador, esto es para entrar y
manejarse en la complejidad de las redes
informáticas. Al sensorium
moderno, que W. Benjamin vio emerger en
el paseante de las avenidas de la gran
ciudad, los jóvenes articulan hoy las
sensibilidades posmodernas de las
efímeras tribus que se mueven por la
ciudad estallada o de las comunidades
virtuales, cibernéticas.
Las transformaciones de la
sensibilidad que median las nuevas formas
de comunicación quedan bien expresadas
en este testimonio: "En nuestras
barriadas populares urbanas tenemos
camadas enteras de jóvenes cuyas cabezas
dan cabida a la magia y a la hechicería,
a las culpas cristianas y a su
intolerancia piadosa, lo mismo que a
utópicos sueños de igualdad y libertad,
indiscutibles y legítimos, así como a
sensaciones de vacío, ausencia de
ideologías totalizadoras, fragmentación
de la vida y tiranía de la imagen fugaz
y el sonido musical como lenguaje único
de fondo".(5) Esos jóvenes viven
una des-localizada experiencia cultural
que proviene de la profunda ligazón
entre su malestar en la Cultura (con
mayúscula) y el estallido de las
fronteras espaciales y sociales que la
llave televisión/computador introduce en
el estatuto de los sentires, los saberes
y los relatos. Y que se traduce en una
fuerte complicidad cognitiva y
expresiva con las nuevas imágenes y
sonoridades, sus fragmentaciones y
velocidades, en las que encuentran su
propio ritmo e idioma.
Pero ¿cómo entender esos
desplazamientos sin desamurallar la
"ciudad letrada", desde la que
la intelligentsia latinoamericana
ha desconocido tenazmente y continúa
desvalorizando la estratégica y más
peculiar de las batallas culturales
vivida en nuestros países? ¿Cómo
entender el descubrimiento y la
conquista, la colonización y la
independencia del Nuevo Mundo por fuera
de la guerra de imágenes que
todos esos procesos movilizaron?, se
pregunta Serge Gruzinski. (6) ¿Cómo
pueden comprenderse las estrategias del
dominador o las tácticas de resistencias
de los pueblos indígenas desde Cortés
hasta la guerrilla zapatista, desde las
culturas cimarronas de los pueblos del
Caribe hasta el barroco del carnaval de
Río, sin hacer la historia que nos lleva
de la imagen didáctica franciscana del
siglo XVI al manierismo heroico de la
imaginería libertadora, y del didactismo
barroco del muralismo mexicano a la
imaginería electrónica de la
telenovela? ¿Cómo penetrar en las
oscilaciones y alquimias de las
identidades sin auscultar la mezcla de
imaginarios desde los que los pueblos
vencidos plasmaron sus memorias y
reinventaron una historia propia?
Mirando desde México,
Gruzinski ilumina los escenarios
latinoamericanos en que se libra esa
batalla cultural, y responde a esas
preguntas señalando tres momentos
claves. El primero y quizá más denso
corresponde a la guerra de ciframientos y
resignificaciones de que está hecha la
significación religiosa y profana de la
Virgen de Guadalupe. Abiertos a la
novedad del mundo americano, los jesuitas
no le temen a la hibridación cultural y
no sólo admiten la imagen milagrosa
sino que alientan las experiencias
visionarias, las conexiones de la imagen
con los sueños, la irrupción de lo
sobrenatural en lo surreal humano. Pero
los indígenas, por su parte, aprovechan
la experiencia de simulación que
contenía la imagen milagrosa para
insertarla en un relato otro,
hecho de combinaciones y usos que
desvían, desde dentro, la lectura que
imponía el relato de la Iglesia.
El sincretismo de la
simulación y subversión cultural que contiene
la imagen milagrosa de la Virgen
guadalupana ha sido espléndidamente
descifrado por los trabajos de Octavio
Paz y Roger Bartra, pero la guerra de
imágenes que atraviesa ese icono no
queda sólo entre los referentes
coetáneos de la aparecida del Tepeyac,
la diosa de Tonantzin y la Malinche, sino
que continúa produciéndose hoy, en las
hibridaciones iconográficas de un mito
que reabsorbe el lenguaje de las
historietas impresas y televisivas
fundiendo a la Virgen guadalupana con el
hada madrina de Walt Disney y hasta con
el mito de la mujer maravilla.
El segundo escenario reúne
el barroco popular del siglo XIX
con el muralismo que, de Orozco y
Diego Rivera a Siqueiros resignifica en
un discurso revolucionario y socialista
el didactismo de los misioneros
franciscanos y el barroquismo visionario
de los jesuitas, esto es el discurso
ideológico y el impulso utópico. El
tercer momento se halla en la
recuperación actual de los imaginarios
populares por las imaginerías
electrónicas de Televisa, en las que
el cruce de arcaísmos y modernidades que
hacen su éxito no es comprensible sino
desde los nexos que enlazan las
sensibilidades a un orden visual
social en el que las tradiciones se
desvían pero no se abandonan,
anticipando en las transformaciones
visuales experiencias que aún no tienen
discurso. El actual des-orden posmoderno
del imaginario deconstrucciones,
simulacros, descontextualizaciones,
eclecticismos- remite al dispositivo
barroco (o neobarroco que
diría Calabrese) cuyos nexos con la
imagen religiosa anunciaban ya el nuevo
cuerpo con sus prótesis tecnológicas:
walkmans, videocaseteras, computadores.
Frente al permanente
soslayamiento de esa batalla y al control
ejercido por la "ciudad
letrada" se abre lentamente paso una
otra mirada, apoyada en la nueva
historia cultural que, de un lado,
redescubre la línea de pensamiento que
inaugura la consideración de W. Benjamin
sobre el papel de las "imágenes
dialécticas" en la configuración
de la sensibilidad y la ciudad moderna, y
de otro, conecta con la de Heidegger al
ligar la pregunta por la técnica a un
mundo que se constituye en imágenes,
a la modernidad como "la época de
las imágenes del mundo", y nos
lleva hasta la renovadora pista que
introduce Vattimo sobre el sentido actual
de la relación entre tecnología y
sociedad al afirmar que "el sentido
en que se mueve la tecnología no es ya
tanto el dominio de la naturaleza por las
máquinas cuanto el específico
desarrollo de la información y la
comunicación del mundo como imagen".(7)
Debemos dar entonces el
salto de la ciudad letrada a la ciudad
comunicacional para comprender la
estrecha simetría entre la
expansión/estallido de la ciudad y el
crecimiento/densificación de los medios
y las redes electrónicos. Si las nuevas
condiciones de vida en la ciudad exigen
la reinvención de lazos sociales y
culturales, son las redes audiovisuales
las que hoy instauran desde su propia
lógica las nuevas figuras de los
intercambios urbanos. En la ciudad
diseminada e inabarcable sólo el medio
posibilita una experiencia-simulacro de
la ciudad global: es en la televisión
donde la cámara del helicóptero nos
permite acceder a una imagen de la
densidad del tráfico en las avenidas o
de la vastedad y desolación de los
barrios de invasión, es en la
televisión o en la radio donde
cotidianamente conectamos con lo
que en la ciudad "que vivimos"
sucede y nos implica. La imbricación
entre televisión e informática produce
una alianza entre velocidades
audiovisuales e informacionales, entre
innovaciones tecnológicas y hábitos de
consumo, que ya está produciendo un
"aire de familia" entre las
diversas pantallas que reúnen nuestras
experiencias laborales, hogareñas y
lúdicas, que atraviesa y reconfigura los
trayectos callejeros y hasta las
relaciones con nuestro cuerpo, un cuerpo
sostenido cada vez menos en su anatomía
y más en sus extensiones o prótesis
tecnomediáticas: la ciudad informatizada
no necesita cuerpos reunidos sino
interconectados. Ahora bien, lo que
constituye la fuerza y la eficacia de la ciudad
virtual, que entretejen los flujos
informáticos y las imágenes
televisivas, no es el poder de las
tecnologías en sí mismas sino su
capacidad de acelerar, de amplificar y
profundizar tendencias estructurales de
nuestra sociedad. Como afirma F. Colombo,
"hay un evidente desnivel de
vitalidad entre el territorio real y el
propuesto por los massmedia. La
posibilidad de desequilibrios no deriva
del exceso de vitalidad de los media,
antes bien proviene de la débil, difusa
y estancada relación de los ciudadanos
del territorio real ".(8). Pues del pueblo
que se toma la calle al público
que va al teatro o al cine, la
transición es transitiva y conserva el
carácter colectivo de la experiencia. De
los públicos de cine a las audiencias
de televisión el desplazamiento señala
una profunda transformación: la
pluralidad social sometida a la lógica
de la desagregación hace de la
diferencia una mera estrategia de rating.
Y no representada en la política, la
fragmentación de la ciudadanía es
tomada a cargo por el mercado: ¡de ese
cambio la televisión es la principal
mediación!
1) Sobre ese concepto veáse
W. Ong, Oralidad y escritura, FCE,
México, 1987.
2) G.Marramao, "Metapolítica: más
allá de los esquemas binarios
acción/sistema y
comunicación/estrategia", en
X.Palacios y F.Jarauta (comps.), Razón,
ética y política, Anthropos,
Barcelona, 1983, pág.60.
3) M. Mead, Cultura y compromiso.
Gedisa, Barcelona, 1988, págs. 99 y ss.
4) S. Ramírez y S. Muñoz, Trayectos
del consumo, Univalle, Cali, 1995,
pág. 60.
5) F. Cruz Kronfly, "El intelectual
en la nueva Babel colombiana", en La
sombrilla planetaria, Planeta,
Bogotá, 1994, pág.60
6) S. Gruzinski, La guerra de las
imágenes. De Cristóbal Colón a
"Blade Runner", FCE,
México, 1994. Véase también M. Augé, La
guerra de los sueños, Gedisa,
Barcelona, 1998.
7) G. Vattimo, La sociedad
transparente, Paidós, Barcelona,
1990, pág.95.
8) F. Colombo, Rabia y televisión,
Gustavo Gili, Barcelona, 1983, pág.47
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