| |
| La oposición entre la
ciudad y el campo y sus correlatos la
civilización y la barbarie han marcado
profundamente la historia argentina. El
objeto de este artículo es señalar
cómo el basamento ideológico de estas
antinomias, que tanto mal le hicieron a
nuestro país, tuvo su origen en la
época colonial. Decía
Aristóteles que
"la
ciudad es una de las cosas naturales y
que el hombre es, por naturaleza, un
animal cívico. Y el enemigo de la
sociedad ciudadana es, por naturaleza, y
no por casualidad, o bien un ser inferior
o más que un hombre
".
Esta concepción fue uno de los
principios básicos del accionar de los
misioneros. Todo grupo indígena que no
aceptara reducirse a pueblo pasaba a
integrar la clasificación de los
"bárbaros
e inhumanos
".
El espíritu errante de los
nómades contradecía la indisoluble
asociación de la familia y la propiedad
que provenía de la antigüedad
clásica
¿Qué hay más sagrado,
decía Cicerón, que la morada de un
hombre? Y los nómades no tenían casas
sino
"unas bárbaras
tiendas de pocas esteras o de cueros de
caballos, unas pequeñas como una alcoba,
otras algo mayores
". Vivére
(latin), quiere decir morada,
habitación, domicilio y especialmente
género de vida o modo de vivir. En
cambio, las tiendas de los nómades eran
verdaderas
"aduares de
alarbes montaraces
" (aduares:
conjuntos de tiendas que los moros o
gitanos levantaban en el campo para su
habitación) (alarbe: árabe, hombre
inculto o brutal).
|
 |
Para colmo, todos los indios fugados
de las reducciones, los gauchos que habían
tenido problemas con la ley, los soldados
desertores tanto los portugueses como los
españoles- se acercaban a convivir con los
charrúas y guenoas, siendo siempre bien
recibidos y aceptados. Muchos de ellos se
quedarían conviviendo con las mujeres indias.
Para el espíritu de la época las tolderías
representaban realmente un lugar maligno donde se
concentraban todos los pecados conocidos. Pero
los guenoas y nómades charrúas continuarían
resistiéndose a todas las formas de
convencimiento que tenían los españoles. Un
sacerdote le habría dicho a un guenoa que mirase
bien, que si no se hacía cristiano iría al
infierno y este contestaría: "
- y
bien, si es así, me calentaré en la otra
vida
". Las reducciones tendrían
escasa duración a pesar de que estos grupos
indígenas tenían conciencia que si no se
asimilaban el proyecto europeo era pasarlos a
degüello.
Ahora,
si un observador atento se detiene a investigar
se dará cuenta que este aparente aquelarre no
era tal. No eran adúlteros, obedecían a sus
mayores, cuidaban a sus hijos e inclusive
respetaban los tratos que tenían con los
europeos. Es que, más que todo, amaban la
libertad de la que gozaban en sus correrías por
los campos. Un cronista de la época, Gonzalo de
Doblas, diría que
"el buen
natural de estos indios parece franquearía la
entrada a su reducción y conversión; pero en
nada menos piensan que en reducirse, y aunque no
le es repugnante nuestra religión, es la
sujeción que ven en los indios de estos pueblos
reducidos a pueblos y precisados a trabajar lo
que a ellos no sucede. Nadie determina sus
operaciones, cada uno es dueño de las
suyas
". Más poéticamente un
misionero que había trabajado con ellos varios
años reflexionaba en su exilio europeo:
"acaso les parezca intolerable estar
encerrados entre los límites de una sola ciudad,
depender de una voluntad ajena y estar
constreñidos en sus casas como el
caracol
", para luego deslizar,
"se dejaban llevar por rápidos caballos,
libres de la voluntad de nadie
".
Los
nómades tenían el defecto de dedicarse al robo.
Habían sido cazadores, recolectores y pescadores
pero gran parte de su hábitat había sido
destruido por los europeos. La desaparición de
los bosques debido a la extracción de la madera,
los cultivos y la presencia de grandes
formaciones de ganado vacuno habían cambiado las
condiciones del ecosistema. Por medio del trueque
con los indios misioneros conseguirían yerba y
tabaco; a los portugueses les entregarían
caballos a cambio de armas de hierro pero,
fundamentalmente, lo que alteraría su carácter
sería el hecho de recibir bebidas alcohólicas
por parte de los santafesinos y correntinos, a
cambio del producto de sus atracos.
Un
Cabildo Eclesiástico celebrado en Buenos Aires
en 1747 declararía que
con ocasión de
la paz en que se halla la ciudad de Santa Fe de
la Vera Cruz de esta diócesis, de algunos
tiempos a esta parte, con los indios de nación
Abipones y Mocovíes y otras que pueblan el
Chaco, se ha reconocido que algunas personas sin
temor de Dios Nuestro Señor y con abandono de
sus conciencias, les están comprando a menor
precio la plata sellada, tallada, labrada y otros
despojos que hurtan, roban y quitan a los
cristianos de las demás ciudades de estas
provincias
Los
portugueses también los usarían pero para
luchar contra los indios misioneros. El sistema
misional disputaba con los lusos la posesión de
la riquísima reserva ganadera de la Vaquería
del Mar y los nómades se prestarían a destruir
el circuito de producción. Sería atacada San
José, la principal estancia de Yapeyú,
considerada la puerta de las vaquerías y desde
dónde se abastecían todos los otros pueblos.
Cuando
los indios misioneros intentarían una
represalia, los nómades serían protegidos por
los santafesinos, sumamente interesados en
apropiarse de las tierras realengas de la actual
provincia de Entre Ríos y de conservar la mano
de obra barata que le aportaban los charrúas.
Pero
una vez que los nómades entendieran a la fuerza
que no les convenía atacar a los pueblos
misioneros e intentaran dirigir sus ataques a sus
anteriores amigos, la orden que tendrían los
soldados encargados de reprimirlos sería la de
degollar a los charrúas mayores de 18 años. La
campaña oficial, allá por 1749, terminaría con
la fundación de Concepción de Cayastá; en esa
reducción serían explotados por los hacendados
de la región. Luego habría nuevos episodios de
este proceso de exterminio de los nómades. La
batalla de Salsipuedes en 1831 sería el
corolario para los charrúas.
Evidentemente
se había fallado en su integración a la
sociedad colonial. Esta estructura,
indisolublemente asociada al concepto de ciudad,
aparentemente había dejado en manos de los
misioneros la captación de estos indios. Pero
¿habrá sido realmente así? Si analizamos la
relación de los misioneros con los nómades
surge la evidencia de que las diversas tentativas
misioneras fracasarían por el propio interés de
los habitantes de las ciudades. Tanto los
españoles, correntinos, santafesinos y
porteños, como los propios portugueses
sabotearían los intentos de reducirlos. Por un
lado, los tentarían con los objetos que los
misioneros no podían darles y, por el otro, les
pagarían para realizar las tareas innobles que
ellos no podían realizar.
Si
los nómades hubiesen aceptado la reducción
pacífica, las ciudades se hubiesen quedado sin
la mano de obra barata que ellos le aportaban. El
sistema misional ya les había quitado a los
paraguayos los grupos guaraníes. Esto había
originado los levantamientos encabezados por el
Obispo Cárdenas en el siglo XVII y por Antequera
con los comuneros en el siglo XVIII.
Habrían
sido los propios europeos los que pretendieron
mantener a los nómades en su supuesta barbarie.
Diría el Padre Provincial Aguilar SJ, en 1735,
que
"muchos españoles y otros
cristianos quieren más que estas naciones
infieles, con quienes así francamente comunican,
persistan infieles, que no se reduzcan para no
perder el torpe y franco cebo de sus apetitos y
sus leves granjerías
".
Los
comerciantes españoles, para poder competir
contra los indios misioneros que no pagaban a la
Corona los mismos impuestos, necesitarían de esa
mano de obra barata. Lo que queremos significar
es que la propia escisión de la ciudad y el
campo, de la civilización y la barbarie, no
habría sido causada por la reticencia de los
indios nómades a ser evangelizados. La causa
principal habría sido la política económica de
la Corona española. Si bien durante los siglos
XV, XVI y XVII dio prioridad a la evangelización
de los indios por su carácter de representante
de la iglesia en América, al mismo tiempo impuso
un rígido monopolio comercial y un sistema
impositivo que no habría permitido el desarrollo
de sus ciudades. Esta política sería cambiada
de cuajo por los Borbones del llamado despotismo
ilustrado. La nueva orientación consistiría en
incentivar el comercio, dejando totalmente de
lado lo que del sistema anterior podía proteger
al indígena. El resultado de esta nueva
ideología sería la destrucción total de los
pueblos misionales de la Compañía de Jesús en
pocos años. Los guaraníes deberían integrarse
como mano de obra barata al sistema colonial y se
organizaría una persecución encarnizada de los
nómades para liberar a las apetecidas tierras
realengas de su presencia. La primera experiencia
de esta política absolutista sería la
concreción del Tratado de Permuta de 1750, el
cual demostraría concluyentemente que al
despotismo ilustrado no le interesaban los
indios.
Los
siete pueblos misionales de la Banda Oriental
serían obligados a mudarse en un tiempo
perentorio, debiendo abandonar sus casas, sus
campos y su ganado.En ese momento los nómades
charrúas y guenoas se unirían a los indios
misioneros contra los ejércitos de España y
Portugal para defender las tierras misioneras.
Los indios nómades
. "convidados
por los españoles a pelear contra los
guaraníes, les respondieron que no; que los
guaraníes eran indios como ellos
".
A
partir de esa fecha sólo la epopeya de Artigas
intentaría cobijar en un proyecto común a la
civilización y la barbarie. Justamente, sus
ideas serían combatidas por los continuadores de
la cultura europea, residentes en Buenos Aires,
quienes serían capaces de aliarse con los
portugueses, hipotéticamente los enemigos de la
independencia argentina, para combatir al
proyecto federal de las provincias del litoral
donde eran mayoría los guaraníes y los
charrúas.
|