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/ Urbanismo y ciudad

     
 
Ensayo de Estética Contemporánea de Vautier y Prebisch
Una visión crítica

Arq. NORBERTO LEVINTON

Cuando se decide encarar un trabajo crítico, lo primero que preocupa es resolver desde qué ángulo ubicarse frente al tema. Aparecía en principio este 2° Premio del XIV Salón Nacional de Bellas Artes (1924) como una propuesta "utópica", un adelantamiento a la época, una ruptura con lo existente.

El "Ensayo de Estética Contemporánea: Una Ciudad Azucarera en la Provincia de Tucumán", de Vautier y Prebisch, comienza con un discurso enunciativo que aparecería como el sustento ideológico de la propuesta urbanística... ¿era así en realidad? Nuestra intención en este trabajo es la de producir una introspección en el "espíritu" con que se produjo; creemos que demasiados discursos neutros o indefinidos recorren nuestra profesión con impunidad absoluta.
Comenzamos a diseccionar el discurso, tratamos de ver qué elementos le dan su pretendida coherencia. El texto, supuestamente autónomo y autosuficiente, remitía constantemente, nombrándolos o no, a distintos autores, como fuentes de verdad.

Una senda de investigación fue la Biblioteca de Vautier, los nombres de los libros allí colocados hablaban a los gritos. Pero el mejor camino fue la detección de fuentes no explícitas en el texto, algunas detectadas a través de conversaciones con Vautier; otras localizadas fortuitamente al encontrar en la biblioteca de "Oikos" una colección de libros donados por este arquitecto.

Así podríamos decir que entendemos al "ENSAYO DE ESTÉTICA CONTEMPORÁNEA", como un "texto de placer".
El seguimiento del proceso de construcción del mismo, la percepción de la combinación de las diversas partes como "sistema de remisiones entre sí" nos fue llevando a destacar temas o nudos de la problemática: la validez relativa de sus consideraciones sobre el sitio de implantación (la obra fue proyectada en Buenos Aires y no recurrieron a ningún tipo de información sobre su posible localización concreta); un cierto número de afirmaciones "científicas" provenientes de los más afamados urbanistas, expertos europeos, que justifican ciertas decisiones (buscamos sus obras y las leímos para contextualizar los conceptos); la falta de reflexión sobre sí (arquitectos argentinos, 1924, Tucumán, una determinada problemática potítico-social y económica); el jurado del Salón que aprueba y premia una propuesta "innovadora" pero cuyos miembros representan lo más granado de las instituciones de legitimación de la época, con discursos arquitectónicos propios conservadores y tradicionalistas; una extrema contradicción entre las huelgas azucareras de 1928 y las ideas corbusieranas de progreso incondicionado y reconciliación social...

Si los intelectuales de la literatura se peleaban con bordoneos en verso, los arquitectos estaban imbuídos del famoso "fair-play". Desde los trabajos en la facultad, los viajes de egresados, la revista de arquitectura, los concursos de fachadas, todo es ostentación de "buena educación".

Mientras en Tucumán regía una estructura social-económica pre-capitalista donde el patrón era un magistrado doméstico revestido de autoridad política (ley de conchabos de 1888), Vautier y Prebisch se relacionan con el París bohemio de pintores y escritores, como Petorutti, Güiraldes y otros que luego formarían el grupo "Martín Fierro", así como personajes de la talla de Picasso, Le Corbusier o Tony Granier.

Los enemigos eran los de "pronunzia exótica"; ellos eran los argentinos sin esfuerzo que viajaban a París a recibir la bendición de "la culture". Nuestros corresponsales de la modernidad se inscriben en la dialéctica del iluminismo; hacen una mitología de "la razón", de "la civilización" (como Sarmiento en Facundo); es el ticket de entrada al "espíritu de la época".

Lo paradójico es que mientras Prebisch reafirma en el texto nuestra condición de "pueblo sin pasado y sin tradición", situación ideal para ver el claro de ese "espíritu de la época", Picasso muestra su decisiva ruptura con la tradición mediante aspectos fundamentales de esta misma tradición; define su condición de actualidad en función de haber asimilado el pasado.

Así, fuimos detectando a Le Corbusier, como el "alma mater" de lo verborrágico de este "texto de placer"; y a Tony Garnier, Patrick Geddes y Raymond Unwin como personajes de detrás de la escena pero quienes mueven los hilos de la trama de la propuesta urbanística.

Si Vautier y Prebisch hacen llegar al "Ingeniero" a un resultado de belleza plástica partiendo del cálculo estricto, Corbu ya había declamado en "Hacia una arquitectura" que existe una estética del "Ingeniero", ya que al "calcular es preciso calificar ciertos términos de la ecuación..."

Así también, a la propuesta urbanística (a primera vista llamada utópica) más que considerarla como tal, la reconocemos inscripta en el "texto de placer", produciéndose una fisura entre ésta y la manifestación previa filo-corbusierana de "ideales estéticos".

¿Cómo reconocemos esta situación? Entendemos que el proyecto urbanístico coincide más con lo aprendido por Vautier en el curso del urbanista Leon Jaussely (en L'Ecole de Beaux Arts de París, de 1921 a 1923); con la propuesta de la Ciudad Industrial de Tony Garnier (premio de Roma, realizada en 1904 y publicada en 1917), y con la estética urbanística inglesa (Geddes, Unwin, entre otros, de principios de siglo), que con las propuestas corbusieranas, mucho más radicales en su "modernidad".

El trabajo nos entusiasma con su lenguaje (osado para la época) pero como dice Barthes: "todos los significantes están allí pero ninguno alcanza su finalidad..."

Otro aspecto es la manipulación (por cualquiera que se acerque al texto con fines críticos) del concepto de "utopía como separación de la sociedad", como "constitución de otro mundo". Esto debe relacionarse indefectiblemente con la sociedad tucumana de la época donde existía un sistema feudal de explotación de los trabajadores.

Así, la Ciudad Azucarera es verdaderamente "otro mundo", pero no en el concepto manejado por Marín sino en el más rudimentario y popular. Vautier-Prebisch no reflexionan sobre la sociedad hacia la cual teóricamente vá dirigida su propuesta, la desconocen; por ello, se ven imposibilitados de criticarla.

Hoy Vautier nos comenta:
"Recién en 1948, en un viaje que hice al sur, me enteré de los fusilamientos de la Patagonia...". "La propuesta de la Ciudad Azucarera nunca fue exhibida en Tucumán, ni tampoco fuimos allí para realizar el trabajo..."
(Preguntamos): "¿Por qué una Ciudad Azucarera?".
(Vautier):"Porque Prebisch era de Tucumán".

Analizando el término "utopía", que aparece en el diccionario de la Real Academia Española, entendemos que su sentido no coincide con el espíritu del plan urbanístico. Éste, en esencia, es factible de ser realizado, pero por supuesto mediante una serie de decisiones de tipo económico-político y social impensables para ese período histórico y no redituable para la alianza de la oligarquía y el capital extranjero que dominaba el mercado azucarero.

Por todo esto, tampoco entendemos esta propuesta como un "simulacro de la síntesis", o como "una organización plural de la espacialidad", o como "expresión de lo neutro" (al decir de Marín), puesto que la coherencia de esta propuesta deriva de su "tecnocrática" respuesta a modelos económicos europeos, a la Francia y/o Inglaterra de 1924.

Lamentablemente, para esa supuesta modernidad cosmopolita, las ciudades no solo "funcionan" sino que también "significan". El problema es que intelectuales latinoamericanos como Sarmiento, adjudicaron a un rol modernizante y de "desarrollo" esa significación, definiendo la ciudad como instrumento de "apropiación" del territorio y de "ordenamiento de la sociedad", desconociendo que en la Argentina el campo y la ciudad, la "civilización y la barbarie" no estaban separadas sino fusionadas en una única sociedad.

Nuestros autores proyectan la modernidad de Francia en Tucumán, quieren convertir a la ciudad capital de la provincia en Metrópolis y así, según la idea de "vastas regiones urbanas" (de P.Geddes), aparece la "Ciudad Azucarera".

Lo que verdaderamente terminó por impactarnos fue entender que para Vautier, Buenos Aires era una "cosmópolis" y no una "metrópolis". Aquí está en juego el mismo concepto de "vanguardia" como crítica social, como agente crítico de la realidad o como una construcción conceptual pretendidamente autónoma de la realidad e impensable al margen de ella.

Poner de acuerdo a la arquitectura con el desarrollo científico-técnico significó en aquellos años hacer "cartesianismo" (poner el acento en la geometría). "La máquina es pura geometría" decía Corbu, lo que connotaba definir una voluntad de forma con independencia de las condiciones empíricas.

Este proyecto aparece aquí como a medio camino de lo enunciado ut-supra. No tiene una traza geométrica marcada, aparece una preocupación por las visuales y los recorridos peatonales. Hay un manejo de escala humana en las separaciones funcionales (no aparecen grandes espacios rompiendo el continum de la ciudad). Aparecen algunos elementos que se destacan y dominan, como el reloj (Time is money), que es un instrumento de organización que aparece en la lectura de Geddes y en la Ciudad Industrial de Garnier.

La categorización de los espacios es similar a la de Garnier, realizando una reducción de escala; el "centro" contiene funciones similares; todas las calles principales me llevan a él y se produce una imágen clásica, reminiscencia del ágora griega. Este clasicismo aparece en las imágenes de Garnier del interior de las viviendas y de la escuela de enseñanza artística.

Aparece la misma relación de la Ciudad industrial entre el centro y la estación ferroviaria, que aparece como la puerta de la ciudad... ("Es por ella que la mayor parte de las personas llega a las ciudades modernas...", R. Unwin). El tema del ferrocarril es básico en Geddes (ver "Ciudades en evolución") puesto que considera a las líneas férreas como "líneas de unión" (también para L.Mumford).

En la Ciudad Azucarera, Vautier propone tomar la ciudad de Tucumán como centro y colgar de ella ciudades azucareras de "pequeños hilos, llamados vías de ferrocarril...". Hoy nos comenta: "La ciudad azucarera era una obra desinteresada, un banco es otra cosa..." Pero, ¿es desinteresada la lucha entre los ingleses y sus ferrocarriles contra los yankees y su petróleo (leáse carreteras), en 1924...?

Si el cartesianismo de Le Corbusier no es tomado a la tremenda es porque se adoptan los criterios de rompimiento del damero aconsejados por Unwin. Esta voluntad contradice la oposición a Camilo Sitte expuesta en el texto. Sólo se opta por las posiciones de Van Svaelmen que otorgan a la ciudad una escenografía paisajística. A esta elección se suma el delicado análisis que hace Unwin de los puntos de vista de entrada, la ubicación de las construcciones para favorecer la conciencia rápida de la aproximación de un encuentro, etc.

La tradición negada en el texto declamativo aparece en este proyecto, entre otras cosas como decíamos arriba, en la estructuración del centro administrativo y la imagen de los edificios públicos, la fusión de lo arcaico con lo nuevo. Tal es el propósito de un arte poliglótico y cosmopolita. Lo arcaico en Vautier-Prebisch es la tradición clásica, que es la historia de Europa y no de América Latina. Nuestros arquitectos son actuales porque han asimilado el pasado, pero no nuestro pasado (Roberto Segre lo llama "contaminación clásica").

¿Cómo encarar el tema habitacional?

Cada objeto construido debe ser descompuesto en elementos simples y posteriormente recompuesto, asociando estos elementos de forma nueva, racionalmente motivada (varias habitaciones forman una vivienda, varios barrios forman una ciudad). Este es el famoso método científico, que permite afrontar con "orden" esta serie de "problemas".

Es que para la ciudad moderna ya no importa la vivienda para seres humanos sino la vivienda que sirva a la máquina, o sea, la fábrica. Creemos que las viviendas de la Ciudad Azucarera contienen una filosofía distinta a la "vivienda racionalista".

¿Cómo podemos caracterizar a esta última? La posibilidad de confundir la parte superior y la inferior del edificio con la consiguiente predilección del techo plano; la elección de superficies planas homogéneas sin elementos plásticos ni perfiles; la transformación de los muros en divisiones abstractas; la falta de todo intercambio orgánico entre la arquitectura y el paisaje, de modo que las arquitecturas "puras" parecen caídas del cielo en medio de la "pura" naturaleza...

En la Ciudad Industrial de Garnier estos axiomas no se verifican porque las viviendas tienen cornisas, con molduras sencillas que definen la parte superior de la vivienda; pérgolas que contribuyen a lograr una relación exterior-interior no violenta y a dar protección solar en determinadas orientaciones, que hacen a una implantación no caprichosa de la vivienda; vanos en los muros que hacen una texturación de los mismos, atentando contra las superficies "puras"; ornamentaciones con esculturas, macetones, carpinterías de vidrio repartido y enormes pilares haciendo marco a la entrada (coronadas por macetones con plantas); carpinterías con preemincencia de sentido vertical, etc.

En cambio, es más terminante el hecho de que hacia 1924, Le Corbusier ya había diseñado la Maison Dominó (1914) utilizando un sistema estructural completamente independiente del funcionamiento de la planta y corporizado por elementos standard. Inmediatamente la Maison Citrohan (1920) también resuelta con estructura independiente y planta libre. En este modelo aparecen los pilotis ...."para separar la vivienda de la tierra...". El volúmen podría ser equiparado a una "caja de zapatos", desestructurada plásticamente con un "techo jardín", una ventana alargada "la fenétre en longueur" y la escalera al exterior.

Todo esto clama a gritos que definamos las viviendas de nuestros arquitectos como a mitad de camino entre Tony Garnier y Le Corbusier, puesto que aparecen un lenguaje definido por un juego de volúmenes (similar al de Garnier) con adelantamiento y atraso de fachadas, y no volúmenes puros como Corbu; con ventanas en sentido vertical y no la "fenetre en longueur"; con juegos de pérgolas y/o balconcitos y galerías con maceteros, proponiendo una relación con el exterior similar a la de Tony Garnier, árboles que se "meten dentro de las casas", escalera interior con volúmen destacado totalmente cerrado (como cuando Corbu utiliza la escalera como "dinamizador" de la fachada), etc.

En síntesis, no hay cornisamientos, no hay muros texturados a lo Garnier. El lenguaje es una mixtura de la "pureza" de Corbu y la relación con la naturaleza del primero.

En cuanto a las plantas de las viviendas, en Corbu muestran la idea de agrupar la vida familiar alrededor de un "foyer" espacioso (dormitorios y servicios en los tres lados de la sala de estar central, esta última con doble altura) (hay una idea rectora plástico-espacial).

En Vautier-Prebisch el centro de la preocupación es el "higienismo"; hay varias referencias al interés por la salubridad, sustentada por las orientaciones que surgen de la implantación, la tranquilidad (alejada de los ruidos y con cierta privacidad) y las vistas (criterios paisajísticos).

Por un lado, una concepción plasticista de la vivienda, que trata de resolver con elementos arquitectónicos las condiciones internas (Corbu); por el otro, una adecuación al lugar de implantación, una interacción hombre-medio ambiente desvalorizada por el estilo internacional.

Esos aspectos psicofísicos de las relaciones entre el individuo y el espacio urbano (principios de originalidad y variabilidad) se visualizan en el trazado de avenidas y en determinadas anécdotas que ocurren en torno a las viviendas (plazoletas, calles peatonales, etc.). Por eso insistimos que la Ciudad Azucarera es producto del curso de Jaussely en L'Ecole de Beaux Arts de París y no de los valores puristas.

Para finalizar este trabajo, compondremos la voz, nos arreglaremos la corbata y diremos:

-"Respecto a la Sala de Arquitectura citaremos a los jovenes arquitectos E. Vautier y A. Prebisch, quienes marchan por la vía de la renovación, de simplicidad y de buen gusto, yendo contra las construcciones atrabiliarias cargadas de cornisones y capiteles que en vez de adornar afean...".
(de Atalaya, Crítico de Arte - 1924)

 

El "ENSAYO DE ESTÉTICA CONTEMPORÁNEA", de los arquitectos Ernesto Vautier y Alberto Prebisch, fue publicado en la Revista de Arquitectura (Noviembre de 1924, Año X, N°47).

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