ARCHIVO DE REVISTA CONTRATIEMPO / EL OFICIO DE ESCRITOR
 
UN FRAGMENTO DE NICOLÁS AVELLANEDA
ESCRITO EN 1864

 

IV

La historia argentina no ha sido aún escrita. Nuestros hombres de letras, entregados los unos por la pasión política o por el sentimiento del deber a las agitaciones de la vida pública, arrebatados los más, de su grado, por el torbellino, viajeros pacíficos en una nave que azotaban las tempestades, no han podido dedicar a su estudio sino días fugitivos, o las últimas horas de una extistencia fatigada. En la imposibilidad de acometer la gran empresa, han escrito entonces biografías, narrando los hechos históricos para mostrar en su desenvolvimiento la influencia decisiva de sus personajes, levantados a alturas fantásticas por la pasión siempre creciente del escritor.

Tal es el carácter esencial de la biografía: apasiona por su héroe. Éste se engrandece, cobra proporciones en el ánimo de su escritor, ya sea por la simpatía ardiente del corazón, por la identidad de situación o de opiniones que han inspirado su trabajo mismo, o ya simplemente por aquel fenómeno fisiológico que nos muestra cómo tienden a enseñorearse, revistiéndose de formas colosales, la idea tenaz y la imagen fija que durante largo tiempo obedecían al pensamiento.

¡Paso al héroe cien veces acariciado en los sueños ardientes de la concepción literaria! Y el biógrafo, con mano febril y con el pensamiento inflamado, se apodera de los hechos históricos para formale arcos de triunfo. Luego se trata de dejar la estatua que se ha cincelado, grandiosa, elevada a los ojos de la posteridad; y siendo necesario para ello un inmenso pedestal, se postra a sus pies al pueblo, apagando su corazón y dejando flotar su brazo, que tan gigantescas obras ha ejecutado, como un instrumento inerte y ciego.

Los antiguos eran más sinceros cuando llamaban a sus biografías, panegíricos; y el joven Plinio, cuando quiso sobre todas las cosas rendir honores a Trajano, intituló su libro: El Panegírico de Trajano, creando un nuevo género de elocuencia.

Pero ya que la ocasión se presenta, queremos decirlo. Escapando a los peligros de este género de composición, las páginas de nuestros biógrafos se realzan a veces bajo el severo sello de la verdadera historia. Allá en los principios de este siglo un joven estudia, medita, anota sus pensamientos, y se mueve para buscar su realización en la limitadísima esfera de acción que la metrópoli española dejaba a sus colonos de la América. De pronto la escena cambia. Un ruido inmenso sucede al silencio sepulcral. Es la América que se levanta, trozando sus cadenas. Aquel amor por la verdad, aquella avidez del progreso y del bien que se ahogaban estériles en el alma del joven, tienen ya por delante el teatro más vasto que pudo haber soñado para su aplicación.

El escritor se apresta a seguir a su héroe por tan nuevo como dilatado campo; pero antes necesita referir el día, el lugar y el actor de aquella prodigiosa transformación. Entonces olvida momentáneamente a su héroe; desciende a la plaza pública, se pierde en la corriente popular, aspira su hálito de fuego, y sintiendo sobre su alma el alma del pueblo, escribe el relato de la revolución en páginas que tendrán la altísima gloria de transmitirla a la posteridad. El biógrafo ha olvidado a su héroe en esta hora de inspiración.

La historia suplantada por la biografía, el detalle íntimo, la impresión individual subordinando a su capricho los hechos históricos, el gran conjunto del movimiento social que desaparece, el individuo que abarca la escena: he ahí el origen de aquellas extrañas opiniones sobre las causas que han contribuido al desenvolvimiento gradual de la revolución, haciendo desaparecer al pueblo para enaltecer a sus prohombres, y presentarlos como los únicos actores en el gran teatro de nuestra historia.

Nosotros creemos que tales opiniones no son sino verdaderas perturbaciones de juicio, porque jamás alcanzaremos a comprender cómo la historia de un pueblo con sus guerras externas y sus revoluciones sociales, pueda ir a perderse oscura en la vida de un grupo de hombres, y cómo este drama de la vida libre con sus cien mil voces, con su escenario abierto a todos los intereses, a todas las ideas, a todas las pasiones, vaya a abismarse en un monólogo.

¿Dónde está la fuerza motriz de nuestros acontecimientos históricos? ¿Quién impulsó la revolución: el pueblo o sus hombres? Y después del hecho material de la cadena rota y de la independencia conquistada, ¿cuál es la fuerza que todavía nos conduce por este camino borrascoso, a través del cual la antigua colonia vase convirtiendo en república, y ésta encarnándose en la vida real, bajo formas regulares y permanentes?


Este fragmento forma parte de "El Congreso de Tucumán", publicado en Buenos Aires en 1864 y fue extraído del libro "ESCRITOS LITERARIOS" , Nicolás Avellaneda (Ed. Kapelusz / Buenos Aires, 1967)

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