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CARLOS ASTRADA
La
aventura finita (1925)
Del
libro Temporalidad,
Carlos Astrada, Ediciones Cultura
Viva, Buenos Aires, 1943"Somos los
aventureros de la tierra. Nuestra
vida es atravesada a cada
instante por las tensiones que
constituyen la aventura".
GEORG SIMMEL
"Vivimos un
instante; y, en seguida, la
tierra ya no nos conoce
más
Lo que importa
es
colmarlo de
intensidad".
WALTER PATER
Mi
amigo, el esteta, callaba.
"Mi vida es mi cánon,
mi norma", parecía
decirme. Sentí su fuerza y
comprendí su destino de
peregrino alucinado. Tocado
por su silencio hablé, y mi
palabra fue el eco de su
propia vida.
Nada soy en este
momento en que, identificado con
lo raudo y pasajero, me siento
brizna en el viento del azar.
Seducido por una vida bella y
distante, vengo arriesgando mis
propias emociones; y en este
ocaso, cuya luz se hermana con mi
fragilidad y mi abandono, es mi
vida una emoción más, suspensa
en el vuelo del minuto
Gota de una corriente que jamás
remontaré, entre lo que una vez
he sido y el presente está el
olvido; y entre lo que soy y el
futuro está la suerte
la
casualidad estética.
Sé, en contra de lo que afirman
los mercaderes de ultramundos,
que "la eternidad es sólo
la sustancia del momento
fugaz", y la busco en el
curso del tiempo. Por eso me he
embarcado, definitivamente, en el
terno presente.
En pos de una plenitud vital, me
he alejado de la realidad
utilitaria. No sé ni quiero
aplicar las viejas tablas de los
valores comunes, que permiten a
cualquier hombre prosperar entre
los hombres.
¿Acaso me he sustraído a la
vista y a los afanes del
cotidiano existir porque me
repugnen sus impurezas? No,
constantemente me sumerjo en su
turbión, buscando la gota
cristalina que refleja la imagen
de la múltiple belleza. Con
vehemencia me abrazo al instante
fugaz y, ahondando en él, siento
la sugestión de la idea y la
nostálgica resonancia de los
humanos ensueños.
Alguna vez quise
colocarme al margen de la
corriente para contemplar el
juego de sus ondas y gozar del
ímpetu de su carrera. Un
instante tuve la ilusión de la
estabilidad de sus riberas; pero
al punto vi que éstas eran parte
de su inquieto caudal, y también
marchaban
Y fui fiel a este
pasar sin sentido sin más
sentido que el de su fugitiva
plenitud- y libré al oleaje y a
los vientos mi bajel empavesado.
No podría dar una
fórmula de mi propio vivir.
Intentarlo, sería recoger la
espuma de la densa corriente o
cuajar en témpanos su fluir
indócil. Sólo sé que afirmo la
vida en la negación de todo lo
que le es exterior, y me acojo a
su hontanar profundo.
No es que carezca de un ideal:
Precisamente, en nombre de
exigencias ideales voy
sacrificando lo habitual y
utilitario del presente a las
vitales posibilidades, al fervor
del entusiasmo, a lo aleatorio
del empeño.
Aunque tengo la ilusión de mi
libertad, y soy el artífice de
mi destino, trabajo con la
levadura del azar. Y por extraña
paradoja, mi vida es una
aventura, una tensión entre la
necesidad de mi querer y esa vida
distante, imán de mis ímpetus,
tentación de mi riesgo!
No obstante toda el
ansia de vuelo que me infunde la
imaginación, a veces estoy
triste sin saber porqué, como en
verso de Verlaine.
Segregado de mi pasado, y sin
proyección alguna hacia el
porvenir, soy conato en el
vacío, efímera palpitación; y
sin embargo voluptuosamente me
complazco en mi pena, pensando
que tal vez es una floración de
la vida total de la vida
que anima toda cosa. Así ésta
me brinda su misterio, y hace
presentir que también ella es
inútil aventura, fluir sin
finalidad, hálito que va creando
y destruyendo sobre una
quimérica ruta de mundos
¡Bienvenida, entonces, esta
tristeza por cuyo milagro dejo,
por un momento de resbalar en el
tiempo y, alejándome de la
periferia, me imbuyo en ese
soplo, me identifico con el
supremo azar; con el azar de que
está tocada toda vida, y por el
cual es frágil y contingente
todo ser azar que es luz en
el astro más remoto y pena
inmotivada en el alma más
humilde!
Inmerso en la
corriente del tiempo, quiero
sentirme pasar, al acaso, en el
olvido de cada plenitud, en tanto
mi fantasía, obstinado
arquitecto, se complace en
levantar ilusorios castillos
obras de un día- sobre la
arena del eterno fluir.
Como Arístipo, de Cirene,
proclamo la "soberanía del
instante"; pero a condición
de no encadenarnos, por vanos
deseos, a los sucesivos instantes
y terminar deslizándonos en la
superficie del tiempo.
Es para mí soberano el
instante porque lo vivo en su
transitoria medularidad; porque
ahondo en él a fin de retomar la
fuente de la vida original.
Si en cada emoción
apuro, hasta el dolor del anhelo
frustrado, el vaso de la vida es
para que de nuevo vuelva a
llenarse; y si en cada riesgo de
la suerte hago gravitar íntegro
mi ser es porque espero
reencontrarme, enriquecido, en un
nuevo albur.
Y ya que aquí abajo, y hasta en
el más lejano confín de lo que
emerge y fluye, todo es azar y
mudanza, me acojo al renovado
espejismo de la ilusión
todopoderosa; y pido a la
potencia proteica y creadora me
deje gozar, una vez más, de la
plenitud del instante y apurar,
en la cárdena copa de un ocaso,
la voluptuosidad de sentirme
rodar a la nada a través de la
constante belleza.
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