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CARLOS ASTRADA
Paisaje,
Cultura, Estilo (1960)
Del
libro Tierra y Figura, Buenos
Aires, Editorial Ameghino, 1963Cultura es la
actividad específica que tiene
preponderantemente por objeto el
desarrollo pleno y armónico de
la humanidad en el hombre,
y a través de éste el del
contenido humano de un pueblo,
diversificado en sus modalidades
de acuerdo a su peculiar
idiosincrasia.
Así entendida, la
cultura es un todo organizado
desde dentro, que se manifiesta
en una multiplicidad de
estructuras objetivas, y que
presupone determinadas exigencias
y nexos operantes.
Las formas
esenciales de la cultura sólo se
integran en una unidad viviente
cuando convergen coordinadas
hacia el rumbo que se ha marcado
un pueblo para la promoción de
la tarea que a su comunidad
nacional le ha propuesto su
propia historia en el ámbito del
paisaje de que ella es oriunda.
La vocación para la esencia de
la comunidad nacional es también
vocación para la cultura y sus
direcciones fundamentales,
concebida aquélla como voluntad
apasionada de cumplir plenamente,
en el plano de valores y
aportaciones universales, la
misión histórica de un pueblo
entre los demás pueblos, esto
es, con relación a lo humano
ecuménico. Ningún pueblo, por
extraordinariamente dotado que
fuere, accede solo a toda la
verdad, a toda la belleza, a la
realización de la humanidad
plena, sino que a su revelación
y logro concurren todos los
demás pueblos, con su
pensamiento, con sus esfuerzos,
sus propios ideales y sus
sueños.
"Cultura
ha enunciado Nietzsche- es
ante todo unidad de estilo
artístico en todas las
manifestaciones de un
pueblo", agregando que éste
"tiene que ser, con plena
efectividad, una unidad
viviente". Esta definición,
aunque apunta a lo fundamental,
es restrictiva por la primacía
excluyente que da a lo
artístico, en lo cual, sin duda,
debemos computar lo que el pueblo
tiene ya por tradición oral en
canciones, en romances, poesía
anónima, en leyendas y en
múltiples modalidades
expresivas, susceptible todo ello
de una ulterior elaboración
estética. Mas no cabe excluir
las otras formas de cultura,
conocimiento, ciencia, técnica,
etc. Además, lo fundamental que
aquella definición tiene en
cuenta es parcial, pues prescinde
de lo que aporta la tierra en que
esa unidad viviente se ha
asentado, el paisaje que la acoge
y que, en lo que a su naturaleza
se refiere, ella ha venido
humanizando, en la medida en que
lo ha transformado en su hábitat.
Asimismo, respecto a esto
último, tenemos que contar con
el influjo reactivo del paisaje
sobre la unidad viviente de un
pueblo, acotada por él; influjo
indosificable pero constante con
que el paisaje, su genius,
su numen ha moldeado
anímicamente un tipo humano e
impreso en éste su
"estilo" telúrico.
Cultura que
viene de colere- es, en
sentido originario, cultivar la
tierra, preparándola para la
cosecha, para la fructificación.
En acepción figurada viene a
significar el cultivo de las
facultades y disposiciones
humanas, pero aquí también
está presente su primaria y
fundamental acepción, puesto que
tal cultivo se resume en la
humanización del hombre,
asentado en su sustrato
telúrico, es decir en la
remoción del pathos hondo
de su experiencia vital, para que
aflore como humus ya
labrado y decantado en su
diálogo con la tierra su humanitas.
En este sentido, la humanización
del hombre es también la
labranza cotidiana, y no sólo
pragmática sino incluso
estética, de su paisaje, que
él, merced a esta faena
intercomunicativa con su
contorno, humaniza. Como
sembrador, el hombre se integra
en su paisaje, resultando a la
postre un producto de éste, su
fruto más preciado. De este modo
el ciclo dinámico del cultivo se
cierra, y el hombre culto
deviene, de cerca o de lejos, humus
estructurado, en el que la vida y
su tarea han puesto una
vibración múltiple.
La cultura y sus
formas no es asunto que concierna
a una consideración puramente
teórica sin consecuencias
prácticas y al margen de la
realidad histórica; no es algo
que quede confinado a la esfera
de una sedicente pura
contemplación, sin eco ni
resonancia en la vida cotidiana
de los hombres y en las
aspiraciones y necesidades
vitales de un pueblo. Todo afán
cultural, cuando es auténtico,
supone, por el contrario, activa
participación en el destino de
la comunidad y en sus rumbos
históricos.
Recordemos a este
respecto la altísima lección de
Grecia, creadora de ciencia y de
cultura, aunque su paideia
estuvo asentada en la esclavitud
de la inmensa mayoría excluida
de la ciudadanía y de los
derechos a ésta inherentes. Es
sabido, aunque frecuentemente
olvidado a causa de erróneas
interpretaciones y
tergiversaciones, que la teoría
entre los griegos no surge a
causa de sí misma, para
permanecer como tal, sino que
ella aflora en la pasión del
hombre griego por aproximarse a
la oculta esencia de las cosas,
por adueñarse, a título
precario, sin duda, de sus
posibilidades y ponerlas al
servicio de su propia comunidad
social y estatal. Los griegos,
precisamente, se empeñaron por
concebir y realizar la teoría,
toda teoría, como el modo más
eficiente de estar activo del
ciudadano y de una clase social
dominante. El griego, fiel a este
propósito, no tiende a asimilar
la praxis a la teoría,
sino que, a la inversa, se
esfuerza por comprender la
teoría misma como la suprema
realización y remate de una
auténtica praxis. De ahí que
los griegos no hayan considerado
la ciencia como un bien cultural,
en el sentido de un saber ya
logrado y cristalizado, sino que
la concibieron como el ambiente
propio de la existencia de su
Estado. A éste, ciertamente,
sólo pertenecían los hombres
libres, es decir, los
"ciudadanos" que
constituían una ínfima minoría
privilegiada, la cual se
asentaba, como sobre su base,
sobre la esclavitud de la
mayoría, pues la libertad de
unos pocos excluía de su
beneficio a los eslavos y los
"bárbaros".
La voluntad esencial
para la cultura, así entendida,
crea para un pueblo consciente de
su propio esfuerzo y de la meta a
que se encamina, su verdadero
mundo histórico. El ámbito
cultural de un pueblo no es la
superestructura anodina de lo que
común y erróneamente suele
considerarse como mero acervo de
conocimientos, ni sólo un plexo
instrumental de valores
susceptibles de rendir utilidad,
sino que tal conjunto de formas
orgánicamente unificadas
entraña el más eficiente poder
de conservación e incremento de
las fuerzas que en un pueblo
están adheridas a la tierra, a
la estirpe y al idioma. Sólo por
la vigencia de un estilo anímico
y cultural, en consonancia con la
tierra, con un paisaje humanizado
por generaciones sucesivas,
volcadas todas ellas a una tarea
común y con sentido de
continuidad, un pueblo, una
comunidad nacional, puede tener
en la instancia universal de la
historia accesión a la grandeza.
La cultura, en su intrínseca
relación con la vida de un
pueblo, es, en sus direcciones
específicas, convivencia
orientada en un destino, social e
histórico.
La vida de un
pueblo, la que transcurre en un
predio geográfico que desde su
origen la condiciona, impone a la
existencia individual una tarea
al servicio de la comunidad a que
ella pertenece y que ha de
realizarla dentro de las formas
de la cultura que el pueblo ha
venido creando con la finalidad
de adquirir, mediante un modo
peculiar de autocomprensión
histórica, conciencia de sí
mismo y de su misión. El hombre
individual, como expresión
concreta y viviente de una
idiosincracia y de un modo de ser
nacionales, sólo sabe de su
libertad y es apto para
realizarla en la medida en que se
impone a sí mismo la ley
implícita en la vida y en la
misión del pueblo cuya suerte y
aspiraciones comparte y promueve.
Una nueva libertad,
oreada por el soplo de las
grandes afirmaciones vitales, se
abre paso en el mundo. Es una
libertad de signo positivo que
consiste en imponerse a sí mismo
la ley inherente a la progresión
de cada sociedad en el ámbito
histórico de su cultura. A
partir de esta nueva libertad y
del proceso universal que la
dinamiza, libertad de que está
grávida la hora dramática que
está viviendo el mundo, nacen y
se desarrollan deberes y tareas
esenciales para las promociones
juveniles, en particular, de
todos los pueblos, en relación
con la propia comunidad nacional
y su aporte al acervo humano y
cultural de los valores
universales.
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